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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (11/10/2012)

Juego de supervivencia

En algún momento habría que empezar a reflexionar sobre si el interés del Festival de Sitges por crecer y expansionarse vale el precio que está pagando. Más películas en la sección oficial, más cine asiático, más categorías y por ende más capacidad de elección. Todo parece ir in crescendo, ¿Todo? Pues lamentablemente la respuesta es no, y más triste aún cuando esta negativa va referida a lo que nos ocupa: la calidad de las películas.

Cierto que ni el programador ni el espectador pueden esquivar el factor suerte. El caso paradigmático sería The Lords of Salem. Programar a Rob Zombie es un acierto, que su film sea mejor o peor es otra cosa. Lo que resulta más preocupante es que el nivel general cinematográfico ha bajado alarmantemente. Dos ejemplos paradigmáticos de ello los hemos podido ver hoy. Son A Fantastic Fear of Everything (Crispian Mills y Chris Hopewell) y Tai Chi Zero (Stephen Fung), que parecen expresamente proyectados para fans de Simon Pegg y del wu xia sin haberse parado a revisar si realmente, por mucho público que pudieran atraer a priori, son buenas o, al menos, interesantes.

En el primer caso nos hallamos ante un film de la factoría Simon Pegg, es decir una combinación de humor y terror para mayor gloria del actor británico que, en este caso, se adueña prácticamente en su totalidad del show. Un espectáculo consistente en amontonar gags y creer que en el efecto acumulación está la gracia. Una película que pretende ironizar sobre los miedos propios y cómo los trasladamos y acaba por parecerse más a una de las peores películas de los hermanos Farrelly que no al producto inteligente que aspiraba a ser. Si algo positivo en cambio tiene Tai Chi Zero es su nula voluntad de trascender; quiere ser un producto divertido a la par que ambicioso en su estética steampunk. Una voluntad que queda truncada por un 3D espantoso y un desarrollo visual que consiste en atiborrar al espectador de información en la pantalla cortando todo atisbo de ritmo. Junto a ello la no menos incoherente transformación de muchas de las escenas en meras pantallas de un videojuego con el que, naturalmente, el espectador no puede interactuar. En Tai Chi Zero no hallamos atisbo alguno de lo cinematográfico, haciendo así irónicamente honor a su título.

No todo han sido decepciones en la jornada de hoy, especialmente destacable el mediometraje Mekong Hotel de Apichatpong Weerasethakul. Una muestra más del universo particular del director tailandés. Un film coherente con su estilo, que se balancea entre lo documental y lo fantástico y que tiñe situaciones con un aire de suave y relajante ironía. Una película que sugiere más que explicita y que invita a la reflexión a través del desconcierto. Todo lo contrario es lo que Kim Ki-duk nos ofrece en su última película, Pieta. Este es un regreso al Kim de lo excesivo, de lo casi pornográfico en su explotación visual de las miserias humanas. Una cinta que remite a primeros trabajos del director coreano como Bad Guy (Nabbeun namja, 2001) tanto argumental como estéticamente. Un descenso a los infiernos y la mugre de las bajezas humanas que consigue mantener un interés alto. No obstante, Pieta se resiente de una poesía visual muy impostada dando la sensación de que, aunque Kim recupera en parte el pulso, aún no ha vuelto al nivel de, por ejemplo, Hierro 3 (Bin-jip, 2004).

En una modesta pero necesaria equidistancia visionamos el esperado anime Wolf Children (Okami kodomo no ame to yuki) de Mamoru Hosoda, autor de las deliciosas The Girl Who Leapt Through Time (Toki o kakeru shôjo, 2006) y Summer Wars (Samâ uôzu, 2009). Este, aunque con una factura igual de preciosista, no es un trabajo a la altura de los anteriores. Demasiado edulcorado y alargado, se recrea en un drama y en unos acontecimientos muy obvios que llevan al espectador a sentir el peso de un metraje excesivo para lo que la historia pide. Una película a la que sin duda le hubiera convenido una mayor concreción argumental y mejor exposición en el desarrollo del drama, especialmente a la hora de no hacer tanto hincapié en el subrayado musical.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (08/10/2012)

Una de expectativas subvertidas

Sitges nos ha traído hoy una jornada intensa, con películas a la altura de lo esperado, alguna brillante sorpresa y un par de decepciones sonadas y sonadas dada la reacción del respetable una vez finalizados los pases respectivos. Empezamos pues la jornada con Sightseers, film con muchas y buenas expectativas después de que su director, Ben Wheatley, nos ofreciera el año pasado una de las revelaciones del festival, Kill List. En esta ocasión se plantea una road movie llena de humor negro, mala leche y una clara advertencia sobre los lobos disfrazados de cordero. Un film irónico aunque a ratos descompensado en una mezcla genérica que no acaba de cuajar del todo.

Pero para expectación la que había despertado el último film de Rob Zombie, The Lords of Salem, un film sobre brujería que prometía de nuevo el espectáculo visual al que el director nos tiene acostumbrados. Sin embargo, y aunque elementos característicos del cine de Zombie no faltan, como esa estética sacada del circo burlesque pasado por un tamiz malsano, nos hallamos ante un auténtico canto a la nada más absoluta. Con un guión que no sabe muy bien adónde va se nos narra una historia que divaga constantemente y que no acaba de encontrar su punto de conexión con la audiencia. Una película en general aburrida y cuyo mayor interés se puede resumir en los planos de Sheri Moon Zombie vinculados directamente a los de Brigitte Bardot en Le mépris (Jean-Luc Godard, 1963).

Todo país y cultura tiene un sentido del humor propio. Esto, aunque parezca de perogrullo, sirve para introducirse en una película como Robo-G (Robo Jî, Shinobu Yaguchi), una comedia amable, de tono familiar, cuyo mayor problema no estriba tanto en su blandura e ingenuidad, sino en que juega con un registro humorístico muy alejado del nuestro. Resulta especialmente difícil empatizar con el catálogo de muecas y expresiones niponas que seguro que tienen mucho éxito en su país pero que aquí resultan cargantes de tan infantiles. Una película sin nada destacable, para ver y olvidar.

Justo lo contrario de la que es, hasta ahora, la mejor película del festival. Hablamos de Safety Not Guaranteed (Colin Trevorrow), un film de factura independiente que aparentemente se mueve en la temática de los viajes en el tiempo. Y sí, sólo lo es de forma lateral, porque esta temática sirve de excusa para narrar una historia sobre relaciones y épocas pasadas. Una reflexión sobre el tiempo que ya no vuelve y cómo nos vincula emocionalmente al presente. Un viaje lleno de ternura, de naturalidad y de conexiones emocionales tratadas con una delicadeza muy cuidada, que huye conscientemente del exceso a través de sus tonalidades cálidas y de unos planos que optan por la desnudez y la transparencia. Una joya.

Aunque como documental no aporte nada formal al género sí vale la pena visionar Side by Side (Chris Kenneally), ni que sea para establecer a posteriori un debate sobre lo visto y lo opinado en el film. En él se nos muestra el enfrentamiento entre defensores del celuloide y los que optan por el cine digital. Un enfrentamiento un tanto maniqueo ya que pocas veces se tienen en cuenta posiciones más equilibradas y se opta por una confrontación de tintes talibanescos entre los directores que dan su punto de vista. No obstante es muy enriquecedor conocer quién es quién, cómo se posiciona y cuáles son sus razones.

Si el director de The Cabin in the Woods, Drew Goddard, hubiera visionado Modus Anomali (Joko Anwar), posiblemente estaría aún más satisfecho de su trabajo, y es que el film indonesio con el que cerramos la jornada podría describirse tal cual como la cinta americana. Las similitudes se quedan, no obstante, en la descripción, ya que contemplamos atónitos una película que intenta romper el cliché y cae en la obviedad más absoluta sin atisbo alguno de humor autorreferencial, tomándose totalmente en serio cuando debería ofrecer margen para la autoparodia. Lo peor está en su tramo metacinematográfico, disparando sin ton ni son a referencias tan dispares como Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), Funny Games (Michael Haneke, 1997) e incluso planos a lo Tropical Malady (Sud parlad, Apichatpong Weerasethakul, 2004). Una cinta en definitiva a la que le falta capacidad para desatarse, viviendo demasiado constreñida en sus propios márgenes autoimpuestos, lo que aún la acaba perjudicando al ser todo demasiado explícito.

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