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S21: La máquina roja de matar (Rithy Panh, 2003)

La humanidad del mal

El cineasta camboyano Rithy Panh (conocido por La imagen perdida, 2013) fue testigo de la muerte de su familia. Esta pereció en las largas caminatas que los jemeres rojos obligaban a hacer a los citadinos hacia los campos, mientras hacían su tan cara revolución. El pequeño Rithy, de once años, fue enviado a un “campo de rehabilitación” –una prisión donde el Partido buscaba “eliminar los vicios de la burguesía”– con otros niños que se habían quedado solos, y escapó con la llegada de los vietnamitas en el año 1979 a Tailandia y luego a Francia, esa paridora de revolucionarios tan cercana a la negación. Panh estudió cine y dirigió el documental de nombre tan elocuente S21: La máquina roja de matar (2003) sobre el genocidio camboyano.

El Número Uno, ese joven camboyano educado en La Sorbona que se hizo llamar Pol Pot, estableció un régimen comunista de corte maoísta en su territorio natal, reduciendo su población de siete a poco más de cinco millones de habitantes en cuatro años de revolución. [La francesa Denise Affonço, quien vivió en carne propia el hambre del genocidio camboyano –y lo cuenta en El infierno de los jemeres rojos[1]se encontró a su vuelta a Francia con un profesor francés que le comentó que los jemeres habían hecho bien a su pueblo, para la indignación suya y nuestra]. El edificio de una escuela de Nom Pen (y no de otro sitio: otra imagen muy elocuente) fue convertido en la sede del S21, la policía política de los jemeres, centro de torturas y asesinatos. El documental de Panh reúne algunos guardias, torturadores y víctimas sobrevivientes en este edificio para que describan el horror.

“Sangre roja cubre nuestros campos/ la sangre de hombres y mujeres/ combatientes revolucionarios”. Así reza la canción camboyana que suena al inicio de la cinta. Y de inmediato, estamos ante el tema más importante de esta obra: uno de los torturadores declara que ellos no eran los malos en realidad, sino que “la maldad provenía de los hombres que daban las órdenes”. Cómo no tomar en cuenta, sobre todo después del siglo veinte, la maldad del ser humano. Y sin embargo es completamente posible si se está convencido de que el mal solo existe en los otros.

El pintor Vann Nath es uno de los sobrevivientes que aparece en el documental, y quien lleva el hilo narrativo de la cinta. Cuenta que no sabe por qué lo mantuvieron con vida. Se pregunta por qué él, había mejores pintores y todos fueron asesinados. Es de los pocos que increpa a los torturadores, preguntándoles lo que el otro sobreviviente, Chum Mey, hace en un ataque de llanto al inicio de la película: “¿por qué tuvo que pasar aquello?” [¿Por qué? Es la pregunta que se hace Martin Amis en Koba el temible, aludiendo entre tantas cosas a un facilitador de Stalin enviado a fusilar por el Padrecito: “¿por qué, Koba? ¿Por qué?”]. Las respuestas casi no son tales. “Éramos jóvenes”. “Angkar (el Partido) dijo que esos eran los enemigos de la patria”. “Cumplíamos órdenes del S21”. Y sin embargo, con qué saña se hace.

Panh ha filmado todo dentro del edificio y ha hecho que los guardias reproduzcan las acciones que llevaban a cabo todos los días, sus rutinas del horror, de manera muy similar a como lo ha hecho Joshua Oppenheimer en The Act of Killing (2012). La película de Panh es mucho más austera y claustrofóbica. Un plano secuencia magistral muestra a uno de los guardias entrar a la celda, describiendo que esta se encontraba repleta de prisioneros hambrientos y putrefactos, sujetos con grilletes y obligados a permanecer en silencio. El guardia entra y sale con cada tarea, darles agua de arroz en una lata inmunda, llevarles una caja para que measen o cagasen, azotarlos si se quejaban y mandarlos callar. La cámara permanece junto al guardia –“a distancia de toque” ha dicho Panh–, pero se detiene en la puerta y muestra lo que sucede dentro de la celda desde una ventana. No debe entrar porque pisaría a los detenidos, dice Panh. Con esta simple decisión de ubicación de la cámara el director asume a su vez su postura moral en la cinta. Y vemos en la secuencia lo que el propio Panh refirió como la memoria del cuerpo de los torturadores. Cuenta que logró acceder a una recreación natural de sus rutinas luego de haber fallado pidiéndoles que se las describiesen con palabras. Lo que no se podía hacer ver mediante el lenguaje articulado, lo vemos cuando el cuerpo accede con familiaridad a la memoria de esos movimientos habituales. El cuerpo joven como ejecutor. “El corazón y la mano estaban de acuerdo, eso era la tortura”, dice uno de ellos.

¿Por qué?, pregunta Amis. Por qué se cumplen órdenes asesinas, por qué se tortura, por qué se mata de hambre a los hombres. Por qué siempre hay un grupo listo para ejecutar. ¿Por qué?, llora Chum Mey. Entre muchas razones, hay una clave que tiende a olvidarse, a menudo voluntariamente. Los hombres son también malvados, y disfrutan haciendo el mal. Que no se pase por alto: la máquina de matar es roja, como los jemeres, como la Unión Soviética, como el charco de sangre que el Occidente complaciente ha dejado correr.

La expresión komtach utilizada en Camboya durante la Revolución significa “reducir a cenizas”. El aniquilamiento era lo menos que podía alcanzarse cuando del enemigo se tratase. Lo explica con un discurso fino y una voz suave y profesoral el genocida Kaing Guek Eav, alias Duch, en el documental Duch, el señor de las fraguas del infierno (2011, Rithy Panh). Igualmente austero que el anterior S21: La máquina roja de matar, esta suerte de secuela sobre el genocidio camboyano está centrada en el primero de los jemeres rojos que pagó juicio y condena por asesinato en masa, director del S21, el lugar donde torturaron y mataron a la mayor parte de los funcionarios de su régimen, además de civiles comunes. La cifra de muertos supera los doce mil.

Duch es un hombre delgadísimo de dientes manchados, mirada vidriosa, y una inteligencia tan vasta como su cinismo. Da gusto escuchar su tono de voz, su cadencia, sus pausas. Elocuente y nunca dubitativo, Duch cita pasajes en francés y deja ver su amplia cultura a lo largo de casi dos horas de cinta, durante las cuales la cámara de Panh apenas se aparta de planos medios y primeros del personaje. El propio Panh ha comentado la seducción que ejerce este personaje. “Quería pintarme”, comentó.

Panh combina las imágenes de su sujeto con imágenes de las muertes, de gestos pequeños y breves que explican mejor lo que se está diciendo, de fragmentos de su documental anterior. Estos últimos se los hace ver a Duch quien la mayoría de las veces reacciona con una sonrisa apenas perceptible, mínima, pues se trata de secuencias en las cuales los torturadores y guardias que trabajaron bajo su mando hablan sobre las maneras de trabajar del personaje. Duch explica que es un marxista-leninista, que quiso apoyar la Revolución, y no soporta el trabajo mal hecho. Desprecia la incompetencia y las excusas. Dice que nunca mató a nadie, que él era un gran maestro, impartía la ideología y los métodos de tortura del Partido. “¿Qué pasa, camarada? ¿Ya no da la talla?” es lo que recuerda Duch le dijo una vez un superior cuando algo bajo su mando no salió como se esperaba. Y no pudo soportarlo.

“¿Cómo pude ir en contra de mi propio pueblo y matarlo?” dice con voz delicadísima hacia el final de la película. La lucidez de este hombre lo revela racional y profundamente humanista, no un monstruo como se insiste en llamarle. Tampoco es incoherente su discurso: están muy claramente expuestos sus lineamientos éticos. Él lo sabe. Panh también. Por eso no se aleja de él a un plano más abierto sino al inicio y al final de la cinta, en un par de planos casi americanos en los cuales vemos a Duch en su celda ejercitándose, como si alejarse significase que se aparta la mirada, y al hacerlo, surja la posibilidad de que este se convierta en amenaza real, de que su zarpazo alcance nuestro cuello.

Duch continúa comentando la ideología como algo criminal; sin embargo, dice que la crueldad y la maldad no forman parte de ella. En contraste, uno de los torturadores que aparece en el documental anterior de Panh, explica cómo se le daba de comer cucharadas de mierda a los prisioneros para que hablasen. “A veces no nos gusta decir la verdad por vergüenza, decimos media verdad y media mentira” susurra Duch el cínico, el encantador. Panh ha puesto al espectador frente a frente con el Mal, lúcido, seductor, y profundamente humano en este documental que, dejando de lado las imágenes de los miles de muertos, podría verse como una clase de academia, o como una conversación necesariamente cercana con la maldad que se insiste en desestimar como fuerza principal de totalitarismos y genocidios como el camboyano.

[1] https://www.viceversa-mag.com/el-infierno-de-los-jemeres-rojos/

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