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Suspiria (Luca Guadagnino, 2018)

Behind the scenes

Constituye todo un reto plantear un remake de un título tan característico como Suspiria (1977) de Dario Argento. Afortunadamente, Guadagnino toma la decisión de alterar la trama original sumándole diversos elementos que la adaptan a un nuevo público. El resultado es un alejamiento de las constantes del giallo, en especial de su perturbador sentido del suspense, para acercarse a la estructura del filme de terror norteamericano. De esta manera, el guion anticipa el horror del que nos irá haciendo partícipes la obra, así como la inclusión de imágenes pesadillescas desde el inicio del metraje. Operando de esta forma se rompe el suspense aunque se mantenga eficazmente un clima de gélida inquietud.

Además del cambio de género, puede sorprender la dilatada duración de la propuesta, una estructura dividida en seis actos y un epílogo. Tal vez esta mayor longitud respecto a la obra de Argento resulte innecesaria para resolver la trama, pero precisamente esta repetición de escenas y situaciones (como los ensayos o las cenas) deviene un imaginativo símil de la repetición de gestos y movimientos necesarios para adquirir la perfección en la práctica de la danza.

Dentro de esta ecléctica producción destaca una dirección de arte excelente capaz por sí sola de transportar al espectador dentro de la academia de danza, desde los exteriores del edificio hasta las profundidades de su sancta sanctorum. Además de unos originales movimientos de cámara entre lo objetivo y lo subjetivo, para crear este ambiente se utiliza una remarcable multiplicidad de referentes tanto cinematográficos como del arte contemporáneo: la apariencia grotesca de los monstruos que retrata Guadagnino no deja de recordarnos la carnosidad decadente de las criaturas ideadas por David Cronenberg o las desgarradoras muñecas hipersexualizadas y desestructuradas que creó Hans Bellmer.

También se intuye una influencia del imaginario de Louise Bourgeois, en especial la manera de retratar a la madre como un ser arácnido y letal. Del mismo modo encontramos ecos sutiles del Rainer Werner Fassbinder de Die dritte Generation (1979), y no solamente por ligar hechos terroristas con la trama principal, sino por la forma en la que los aparatos de televisión y la radio nos hacen conscientes de la existencia de un clima de violencia aun sin abandonar el segundo plano. Resulta lógico, al inscribirse Suspiria en el género de terror con guiños a lo sobrenatural, que se hayan adaptado con nuevas técnicas recursos formales que aluden al objeto mágico per se presentes en la obra de culto El señor de las ilusiones (1995) de Clive Barker. En el citado filme también encontramos el retrato de una sociedad secreta unida por misteriosos lazos incomprensibles para el resto de la población.

Pero, ante todo, Suspiria nos habla de la búsqueda de la propia identidad. La creación de una nueva familia, en este caso la íntima unión de este cuerpo de baile, implicará el abandono del hogar de nacimiento. El proceso de creación de la obra de arte perfecta siempre supone un sacrificio que queda oculto entre bambalinas, pero en este caso Luca Guadagnino lo ha querido mostrar en paralelo a la ejecución de la pieza danzada. Así, no solamente podemos ver la belleza de la coreografía una vez escenificada, sino que se nos muestran de manera explícita los estragos físicos que los ensayos producen en las bailarinas.

Como hacían los atletas en la antigua Grecia, estas jóvenes intérpretes ofrecen su esfuerzo como exvoto a modo de requisito indispensable para el funcionamiento del rito, tanto a nivel superficial (el espectáculo de danza) como a nivel espiritual (el sacrificio que hay detrás). Se trata de una reflexión sobre la violencia que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres, pero quizás no se halla cargada en exceso de tintes negativos sino que se limita a constatar que en el proceso de construcción de nuestro ser, la ambición de intentar superar al maestro conduce a la voracidad. Aunque ésta se muestre con frialdad e ironía.

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D’A 2014 (01/05/2014) – Escuchar el silencio, observar el vacío, llorar ante el tiempo, reír frente a la muerte

El séptimo día del Festival Internacional de Cinema d’Autor nos trajo cuatro experiencias bastante distintas entre sí. Cuba Libre –un homenaje a Rainer Werner Fassbinder y Günther Kauffman–, Shirley: Visions of Reality –otro homenaje, esta vez a Edward Hopper–, Stray Dogs –la nueva y singular película de Tsai Ming-Liang–, y Gerontophilia –una comedia romántica con sorprendentes protagonistas–.

Empezamos hablando de Cuba Libre, incorporación de último minuto que en un principio no se encontraba programada. Este cortometraje abre la retrospectiva dedicada a Albert Serra en el Centro Georges Pompidou de París y es en realidad parte de un proyecto mucho mayor: el que realizó el director de Bañolas para la dOCUMENTA (13) de Kassel, una de las exposiciones de arte contemporáneo más importantes del mundo. Ya sabemos todos que la iconoclastia y excentricidad del cineasta son dos de sus características más representativas (entre muchas otras). Sea por estos u otros motivos, el mundo del arte contemporáneo ha decidido adoptar a este enfant terrible del cine catalán y por eso su obra es incluso más frecuente en museos que en salas de cine. Pero a lo que íbamos. Las intenciones de Serra para la dOCUMENTA (13) consistían en (nada más y nada menos) rodar una película de más de 100 horas que pusiese en relación las figuras de Rainer Werner Fassbinder, Johann Wolfgang von Goethe y Adolf Hitler. Lo que pudimos ver ayer en el D’A fue una muestra, escasa pero representativa, de este inabarcable proyecto cuya realización tuvo lugar en la propia Kassel.

Un escenario que se nos antoja anacrónico, como si se hubiese detenido el tiempo en él durante cuarenta años. Sin diálogos pero sin silencios, sin escenas al aire libre. Un club nocturno, con luces de neón y alguna que otra bola de discoteca. Una decoración polvorienta y una clientela digna de las películas de Fassbinder. Un cantante misterioso y enigmático, una voz profunda y cavernosa que nos podría recordar a la de Günther Kauffman, cantante y actor fetiche en muchas películas de Fassbinder. En definitiva, un fragmento de experiencia que, descontextualizado del resto de la obra del director catalán, se convierte en algo muy distinto a lo que nos tiene acostumbrados.

cubalibre

El segundo homenaje de la noche fue el realizado por Gustav Deutsch en Shirley: Visions of Reality. Deutsch parte de 13 obras del pintor estadounidense Edward Hopper y realiza una película extremadamente ambiciosa y parcialmente fallida. Un artificio metalingüístico en el que el fondo queda supeditado a la forma. La Shirley que da título al film es una mujer introspectiva y comprometida. Sus reflexiones en off y los noticieros de la radio sirven a Deutsch para estructurar 30 años de la historia de Norteamérica. O al menos, para intentarlo. El Macarthismo y la caza de brujas, la guerra fría, el asesinato de Kennedy o el famoso discurso de Martin Luther King son algunos de los hechos clave que contextualizan la acción. O en todo caso, la falta de ella. Porque en esta película apenas suceden cosas (y no lo digo necesariamente como algo peyorativo). Los escenarios (fieles adaptaciones tridimensionales de las obras de Hopper) sirven de hierático fondo a los personajes. Los personajes (y sobre todo la Shirley del título) pretenden representar la esencia de esos 30 años de historia norteamericana. Los hechos (levantarse de la cama, fumar un cigarro, leer un libro) devienen algo probablemente intrascendente, pero necesario para que la escasa acción discurra. Las reflexiones de la protagonista, eso sí, son de lo más trascendente. Mi duda principal es hasta qué punto es lícito politizar hasta el extremo la obra del pintor dotándola de unas connotaciones que probablemente no tenga. En fin, la pregunta más básica y recurrente, la de si el fin justifica los medios. La de qué pasa cuando la forma puede más que el fondo y el fondo, con gran tristeza y desaliento, se refugia en un rincón pidiendo clemencia.

Pero si hay una experiencia que permanecerá en el recuerdo de los espectadores que habitaron ayer la Sala 1 de los cines Aribau Club, esa es el visionado de Stray Dogs. Para bien o para mal. Tsai Ming-liang permanece fiel a su marca de fábrica y nos ofrece una película estructurada por largos planos secuencia, repleta de incómodos silencios, salpicada de momentos surrealistas y plagada de incontables elipsis.

La trama narra, grosso modo, la supervivencia de una familia y su adaptación a las rutinas que conlleva la miseria. Poco sabemos de estos personajes y poco se nos dará a conocer. Palabras, las justas. Acciones, las mínimas. La expresión “estética de la resistencia” era hasta ayer para mí el título de una obra de Peter Weiss. Una obra de marcado carácter político y social. Pero viendo el film de Tsai Ming-liang no pude evitar pensar en la necesidad de apropiarme de dichas palabras y reinterpretarlas para hablar de aquello que estaba viendo y sintiendo. La resistencia del director, la de los actores, y la de aquel que ve la película. Porque Stray Dogs incomoda al espectador. Obviamente, es su intención más clara. Lo deja a la deriva, perdido en medio del mar, sin alimentos y sin brújula, sin apenas posibilidades de supervivencia. El campo de interpretaciones queda abierto para todo aquel que sea capaz de enfrentarse al film. Tal vez demasiado abierto, todavía no lo sé.

Y la última experiencia de la noche fue Gerontophilia, la nueva película del fotógrafo y cineasta Bruce LaBruce. LaBruce se aleja de la polémica y radicalidad que suele acompañar a sus filmes y nos presenta una comedia romántica mucho más accesible para el "gran público". Con la peculiaridad, eso sí, de que la historia narrada es la de un joven enamorado de un anciano. LaBruce hace algunas concesiones y se ablanda en su característico estilo. Tal vez, para llegar de este modo a un mayor número de espectadores. Aun así, el acercamiento a la relación es sutil, honesto, valiente y respetuoso. Los guiños constantes (tanto a películas suyas como a escritores y artistas cuya obra tiene un marcado carácter reivindicativo) están bien integrados en el argumento y funcionan como una pieza más dentro del engranaje. Puede que Gerontophilia no sea una obra maestra ni una película especialmente revolucionaria. Puede que su poso no perdure a lo largo de los años. Pero afortunadamente, consigue dejar un buen sabor de boca y una sonrisa en los labios. Y eso ya es mucho.

gerontophilia

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