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D’A 2014 – ‘Metalhead’ (‘Málmhaus’, Ragnar Bragason, 2013)

Caminante no hay camino, se hace camino al tocar

Uno de los elementos más destacados, por no decir el único, de la serie La cúpula (Under the Dome, basada en un libro de Stephen King) es ver cómo la dimensión espacial generada por los límites de la mencionada cúpula actúa sobre el microcosmos que se encierra en ella. Al mismo tiempo, los propios límites físicos impuestos por la trama también alimentan un cierto reduccionismo argumental y, también hay que decirlo, una ingente cantidad de trampas de guión para “franquear” esas barreras de manera que la trama pueda seguir avanzando.

En cierto modo Metalhead es una película que habla de esos límites infranqueables pero que, en contraste con los de la cúpula citada, son si cabe aún más peligrosos porque son físicamente invisibles. Sí, se trata evidentemente del entorno geográfico, una isla, con las limitaciones geográficas que conlleva, y sí, son los límites de un clima que invita al encierro y por tanto a la autolimitación introspectiva de la persona. En este sentido, los planos generales de la película remiten a ello mostrándonos grandes espacios abiertos, pero en cierto modo delimitados por la bóveda celeste, para rápidamente contrastarlos con la reclusión de una comunidad encerrada en los pequeños espacios que suponen casa, iglesia, sala de fiestas.

En el fondo la cuestión de la afición a la música metal de la protagonista no es más que el disparador hecho excusa del argumento. Un hilo conductor, bizarro e incluso divertido por el contexto en el que se emplaza, pero que no deja de ser la vía de escape al drama familiar (la muerte de un hermano) con el que se inicia la película. El heavy, la actitud de rebeldía de la protagonista, su estética incluso se presentan como un medio para un fin: liberarse de un contexto si no opresivo sí enormemente conservador y cerrado. Sin embargo Metalhead tiene la virtud de no descuidar ni obviar en ningún momento que ese medio proviene fundamentalmente de una obsesión, de un trauma mal curado por el silencio y la no aceptación de la realidad y la culpa. Por ello no se duda en ningún momento en mostrar cómo las propias barreras autoimpuestas en forma de rechazo de toda convención social pueden convertir una herramienta de liberación, el amor por la música, en el cerrojo de la propia prisión obsesiva.

Ciertamente no estamos ante una película que quiera dejar un poso dramático de gran calado, más bien y quizás peque en eso de buenista, tienda a simplificar el drama y su resolución mediante algunos brochazos facilones y previsibles. Ello no es óbice para que estos momentos queden hábilmente tapados por un humor soterrado, entrañable que por momentos remite al cine de Aki Kaurismäki en su concepción del sentimiento lacónico, frío pero profundamente humano. Un estilo que nos permite, tras una cierta dosis de extrañamiento inicial, empatizar con sus personajes a un nivel casi familiar, cariñoso en la comprensión de sus múltiples virtudes y defectos.

Todo ello conforma un estado de ánimo final en el espectador que hace de Metalhead algo muy parecido a una feel good movie. Puede que no convenza tal happy end en esta historia a ratos tan cubierta de negrura a ratos tan alejada de convencionalismos estéticos y argumentales. No obstante el objetivo del film, si no moralizante, sí tiene una importante dosis de lanzamiento de mensajes al respecto de las apariencias, las obsesiones y los traumas y cómo afrontarlos para superarlos. En este sentido Metalhead puede presumir de su diáfana capacidad de exposición y claridad en sus metas a alcanzar. Hacer sufrir, extrañar, analizar, ejemplarizar y sonreír. Nada de diferente de cualquier cuento de monstruos, princesas y caballeros andantes que, al fin y al cabo, con mayor complejidad si se quiere, es lo que acaba siendo este film.

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D’A 2014 (04/05/2014) – Cuando la música se detuvo, el mundo se terminó

En 1970 la banda de rock británico Led Zeppelin compone la canción Stairway to Heaven y la incluye en su cuarto álbum de estudio. Treinta años después, el videoartista Jeroen Offerman reinterpreta dicho tema y propone con The Stairway at St Paul’s una aguda reflexión sobre la polémica y controversia que generó. Durante tres meses, Offerman aprende a cantar la canción completamente del revés. Backward y forward se entremezclan y confunden, la grabación se reproduce de nuevo del revés y su estrategia se nos presenta como una suerte de espejismo sutilmente irónico. Parece que es la canción de Led Zeppelin, pero hay algo extraño. Una especie de absurda búsqueda que interfiere en la posibilidad de una interpretación objetiva.

En 1974 Stairway to Heaven fue acusada de contener mensajes satánicos cuando se reproducía del revés. Supuestamente, dichos mensajes llegan a la mente de aquel que escucha y le influyen de modo subliminal. O al menos, eso es lo que argumentaban dichas acusaciones. Cuarenta años después el peso de la leyenda todavía flota en el ambiente y muchas bandas de rock o heavy metal siguen siendo mal vistas por una gran parte de la sociedad. La música acentúa la brecha generacional y reafirma la personalidad de los adolescentes, conllevando ésta con frecuencia problemas de comunicación con sus progenitores. Pues bien, todo esto es el punto de partida de dos de las últimas películas vistas en el D’A: Metalhead (Ragnar Bragason) y Somos Mari Pepa (Samuel Kishi Leopo).

El filme de Bragason nos acerca a las frías tierras islandesas y narra la historia de la joven Hera Karlsdottir, hija de granjeros protestantes cuya vida transcurre de modo apacible e idílico. Al menos, hasta que su hermano mayor muere de forma inesperada. Tras el desgraciado accidente, Hera toma una decisión radical que transformará su vida. Al igual que hizo su hermano, ella se acercará al metal. Por eso, en un arranque de ira, decide quemar sus jerseys de punto y utilizar en su lugar las camisetas heavys y las chupas de cuero de su hermano. A partir de aquí, rabietas desaforadas, iglesias incendiadas, pagafantas resignados e incontables guiños a la historia del rock. O del heavy metal. O del death metal. O de la música en general (sí, la verdad es que esperaba que el asunto fuese un poco más riguroso a nivel musical).

Metalhead tenía todos los puntos a favor para ser algo diferente. ¿Diferente a qué? Probablemente diferente a casi todo lo demás. Por desgracia, lo pintoresco del argumento y el contraste del personaje protagonista con su entorno no son suficiente. Porque en el fondo, el film acaba sucumbiendo a mecanismos narrativos ya muy manidos, clichés perpetuados hasta la saciedad y situaciones algo forzadas que suplican la sonrisa cómplice del espectador. Un buenismo imperante y un desenlace previsible para una historia, eso sí, con algunos momentos francamente divertidos.

Y si Metalhead se acerca en cierta manera al folclorismo del heavy islandés, Somos Mari Pepa se aproxima, de un modo mucho más naturalista, al folclore del punk mexicano. Samuel Kishi Leopo realiza una película cuya gran virtud (y no lo digo con ironía) es la falta de pretensiones. Porque Somos Mari Pepa no es más que la insignificante vida de unos adolescentes mexicanos cualquiera. Que tienen sueños, que tienen esperanzas, que tienen una banda de punk, que cometen errores, que aprenden a marchas forzadas. Durante la película comprobaremos con cierta tristeza que su supervivencia como (mediocre) banda se encuentra seriamente amenazada. Básicamente porque la vida se interpone, no hace falta ningún otro impedimento. Nos queda, eso sí, el flaco consuelo de la lucha. Aunque el eterno y persistente luchador no consiga al final lo que se propone.

Sé que han quedado muchas cosas en el tintero. Una programación inabarcable y muchas cosas de las que hablar. Premio de la crítica al nuevo talento para la francesa Mouton (Marianne Pistone y Gilles Deroo, 2013), premio del público para Sobre la marxa (Jordi Morató, 2014), colas interminables para la última película de Tsai Ming-liang, entradas agotadas para la ceremonia de clausura y la proyección de 10.000 Kms (Carlos Marques-Marcet, 2014)… En fin, que resulta imposible una recapitulación exhaustiva, nada más lejos de mi intención. Pero antes de terminar sí que me gustaría hablar de algunos filmes, en concreto tres, que no deberían pasar desapercibidos entre el maremágnum de celuloide y píxeles.

Pirjo Honkasalo es una indiscutible veterana del documental, pero en Concrete Night demuestra su solvencia con el cine de ficción y dirige una amarga película sobre la juventud y la supervivencia, con una cuidada puesta en escena y una preciosista fotografía. El frío, la noche, las insuficientes palabras de significados ambiguos, los comportamientos que heredamos –queriendo o sin querer–, las posibilidades –cada vez más escasas– de escapar de un entorno hostil que ha acabado por impregnar nuestro interior. En definitiva, la deriva –en cierto modo situacionista– de un protagonista que duda ante la vida.

concrete_night

Y si hay una búsqueda indefinida en la película de Honkasalo, también la hay en Cenizas, largometraje de Carlos Balbuena que aborda el modo en que nos relacionamos con aquellos lugares que forman parte de nuestro pasado. Balbuena graba en un pequeño pueblo minero de León llamado Santa Lucía de Gordón, pero la experiencia es extrapolable a otros lugares porque su director no se refiere tanto a un espacio geográfico como a un espacio mental. Prescinde casi por completo de estrategias argumentales y propone al espectador una incursión sensitiva en las imágenes. Esas imágenes que a veces son como los recuerdos y aparecen envueltas de bruma e indefinición, que tienen su propio tempo y permanecen ajenas al resto del mundo. Esas imágenes que hacen que tu reloj interno avance un poco más despacio y quedes sumido en un leve estado de hipnosis. La nieve y el carbón, el blanco y el negro. El pasado, el presente, el silencio, la ansiedad…

cenizas

Y por último, pero no menos importante, el tiempo. Siempre el tiempo. Ese tiempo con el que también juega Miguel Gomes en el cortometraje Redemption. El director de Tabú mezcla material visual de diversos orígenes y lo articula mediante voces en off en varios idiomas. Momentos trascendentes en la vida de unos personajes cuya identidad no conoceremos hasta que lleguen los títulos de crédito del final. Con ellos, los aplausos y también las risas. Ese factor sorpresa que nos hace disfrutar –todavía más– de un entrañable y melancólico experimento del director portugués.

Redemption

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