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Estados Unidos del Amor (Zjednoczone stany milosci, Tomasz Wasilewski, 2016)

Amor, sexo y represión

La década de los 90 fue un período agitado para Europa del este en general y Polonia en particular. La caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética no solo cambiaron el mapa político del continente, sino también el ideológico. Polonia —como otros países de influencia soviética— vivió en estos años una serie de «aperturas», o adaptaciones, de su sistema político, social y económico a los nuevos tiempos capitalistas.

En este contexto se ambienta Estados Unidos del Amor, una película de Tomasz Wasilewski que presenta las historias cruzadas de cuatro mujeres: Agata (Julia Kijowska) convive con un marido al que desprecia, mientras tiene ardientes deseos con un cura. Iza (Magdalena Cielecka) tiene una aventura con el padre de uno de sus alumnos, recientemente enviudado. Su hermana, Marzena (Marta Nieradkiewicz) debe enfrentarse a las turbias prácticas que le exigen para ser modelo; mientras su vecina, Renata (Dorota Kolak) sufre fascinación sexual por ella.

Cuatro historias con el factor común del papel de las mujeres que intentan abrirse camino a través de un empoderamiento sexual en la nueva sociedad polaca. Un intento de liberación que se topa sistemáticamente con la barrera de un heteropatriarcado firme que, de manera frustrante y lamentable, no va a permitir que los cambios sociales lleguen al punto en el que la mujer tiene poder sobre su cuerpo. El deseo por otro hombre desemboca en desgracia y depresión; la lujuria en maltrato; la homosexualidad en represión; y la voluntad de lucir el cuerpo, en violación.

Las mujeres de Estados Unidos del Amor pierden sistemáticamente cuando intentan cobrar protagonismo en sus propios deseos. La película no les concede una mínima victoria, ni tan siquiera cuando experimentan orgasmos que terminan por condenarlas a más penurias. El tono de la película, sin embargo, no cae en el pesimismo dramático de lágrimas saltadas. Wasilewski maneja el discurso desde una postura de cierta distancia física —apenas abundan los primeros planos—, que no moral.


La estética austera, característica de un cierto cine de Europa del este y del norte, donde los colores parecen desposeídos de cualquier contraste, como si la película tuviera una pátina blanca permanente, y donde la banda sonora permanece completamente ausente; enfatiza este acercamiento aséptico que la película propone hacia sus personajes, a los que, por otra parte, vemos más sufrir que quejarse.

Esta frialdad es quizás la clave de todo el largometraje. El elemento que le confiere el carácter que posee, que le permite desplegar un discurso que eluda las trampas «sentimentales» a las que suele acudir el cine cuando presenta una situación dramática. Pero también es el punto que puede provocar la desconexión, la falta de empatía e, incluso, el desinterés, aun cuando se está ante situaciones tan duras e indignantes.

Estados Unidos del Amor cuenta un discurso claro y potente, una muestra de la desigualdad de género y los daños que provoca. Una cinta sobria que, si bien no se empeña en poner trabas y complicaciones a quien la vea, tampoco hace llamativos aspavientos para ganar adeptos. Es, en definitiva, una película que seguro será muy del gusto de los programadores de festivales europeos.

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Los últimos años del artista: Afterimage (Powidoki, Andrzej Wajda, 2016)

El artista incomprendido

La película póstuma del reputado Andrzej Wajda nos relata la historia de Wladyslaw Strzeminski, un artista de vanguardia cuya obsesión pictórica era plasmar las imágenes remanentes que aparecen al cerrar los párpados tras estar observando algo. Strzeminski se presenta como un individuo comprometido con los ideales del artista libre, lo que le hace chocar, sistemáticamente, con la política cultural del gobierno socialista de la Polonia de postguerra.

Wajda es uno de los grandes nombres de la historia del cine polaco y europeo. Desde que inició su producción en los años cincuenta, en el marco de la Escuela de Cine de Łódź, y hasta esta Los últimos años del artista: Afterimages, ha realizado más de cuarenta películas, casi todas atravesadas por un mismo discurso: la oposición frontal y feroz a la Polonia socialista y el ideario comunista. En más de una ocasión, incluso, creando personajes que le sirven como una suerte de alter ego para denunciar su incomodidad como artista frente al régimen.

Wladyslaw Strzeminski es el último de estos personajes mediante los cuales Wajda parece pretender identificarse como mártir por el arte. El conflicto de Los últimos años del artista surge cuando los responsables gubernamentales de cultura instan a Strzeminski, profesor en la Escuela de Arte de Łódź, a que sus obras y doctrinas sean fieles a la lógica del realismo socialista; es decir, que su discurso no vaya en contra del de la Revolución. El artista se niega en rotundo, alegando la necesidad de practicar un arte sin ataduras para poder alcanzar altas cotas de excelencia, lo que le causa un veto y toda una serie de problemas económicos.

En este punto, la película podría plantear una serie de cuestiones y debates realmente interesantes. Podría invitar, por ejemplo, a la reflexión sobre los mitos y romanticismos que rodean los discursos artísticos que evocan una excelencia casi divina a partir del genio libre del individuo. Podría, también, reflexionar sobre la incompatibilidad de un discurso tan individualista y, en definitiva, liberal, como el que propone Strzeminski, en un Estado que busca un sistema opuesto a esta filosofía. Igualmente válido e interesante sería colocar en una balanza el derecho del artista a expresarse y crear sin ningún condicionamiento ideológico desde la administración, y el deber de un sistema (minoritario y en continuo ataque) que busca —al menos teóricamente— la igualdad entre todos sus ciudadanos, de blindarse ante posibles mensajes dañinos.

Uno podría, entonces, salir de la sala reflexionando que tal vez es mejor una sociedad con una clase obrera empoderada que una con cuatro o cinco obras de «alta cultura». O lo contrario. O incluso establecer que no es algo incompatible. Por desgracia, en ningún momento la idea de pensar sobre las fricciones entre arte e ideología pasa por la cabeza de un Andrzej Wajda que tiene claro, por enésima vez, cual es su película: crear una serie de imágenes tramposas y sesgadas que presenten al otro como el enemigo. Un ejercicio de maniqueísmo del que salir erigido como el mesías que acabó siendo mártir por la causa.

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