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‘Who can say that we should not live like dogs?’ Retrospectiva de Shuji Terayama 4

Programme Four: Terayama Live

La cuarta sesión fue probablemente la más provocadora de todas. En ella Terayama transciende los límites del propio medio cinematográfico desdibujando los roles tradicionalmente asignados al espectador y los actores, desdibujando la frontera entre el universo de la representación y el de la realidad.

En las dos proyecciones del programa 4, The Trial (Shinpan, 1975) y Laura (1974), se fusionan la representación teatral y cinematográfica, constituyendo una sugerente forma intermedia. En ellas se reproduce la performance con el colaborador original de Terayama en los años setenta, Henrikku Morisaki.

En Laura tres mujeres mirando a cámara se dirigen a los espectadores, los interrogan y los provocan. Morisaki, sentado entre el público, las interpela, tirándoles palomitas. Finalmente se levanta y entra dentro de la pantalla. A continuación se ve al señor Morisaki dentro peleando con las mujeres. Dejando de lado lo anecdótico de ver al actor Morisaki 40 años más joven en la pantalla, lo interesante es contemplar el ataque brutal contra el aparato cinematográfico, operando la consumación definitiva entre el actante y el espectador. Morisaki vuelve a salir y escapa por la puerta de la sala de cine. El cine expande sus limitaciones físicas a ambos lados de la pantalla y el universo de la ficción y de la realidad quedan más íntimamente entrelazados que nunca.

¿Y dónde queda el papel del espectador? Esta cuestión se resuelve de forma magistral en The Trial. El surrealismo vuelve a ser el elemento dominante en este corto donde vuelven a aparecer los clavos como elementos freudianos que torturan nuestra mente. En The Trial se suceden escenas con clavos que nos atan a la vida familiar, a la pareja, a las relaciones sexuales… El clavo termina como manifestación psicoanalítica de las cargas que tenemos que llevar a cuestas y esa representación simbólica se plasma en las secuencias intercaladas de un hombre desnudo arrastrando un clavo gigante a sus espaldas.

En la parte final del film, se nos presenta un muro blanco lleno de clavos, que no puede ser otra cosa sino la pantalla cinematográfica, y un personaje arrancándolos compulsivamente. A continuación algunas personas del público salen a clavarlos de nuevo (cuidadosamente se han dejado preparados martillos y clavos para el uso del público de la sala) y de forma espontánea el resto de los espectadores se levanta para realizar la misma operación, a clavar los clavos que lo unen al cine. ¿No era esta identificación del espectador con lo representado el objetivo final del trabajo de invisibilidad del sujeto de la enunciación y de todo el artificio desde los inicios del cine clásico? Sea esta la consumación final de uno de los objetivos del cine o la desestructuración final del mismo medio, la voluntad de acabar con la posición hipnótica del espectador como voyeur pasivo se torna aquí, podemos decir, altamente exitosa. El simple hecho de levantar al espectador y hacer que coloque ese clavo en la pantalla no es menor. Supone un tremendo acto de rebeldía contra el discurso burgués dominante que nos aletarga y esclaviza.

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