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Venecia 2012 (4)

En el interior de la fortaleza. La frontera de al lado

Seguimos considerando el festival de Venecia como un espacio hermético y casi repugnantemente ignorante de todo lo que sucede en el mundo, y que juega toda su legitimidad ideológica a la carta del cine que pretende proyectar y amplificar. Observamos y valoramos las películas que nos ofreció Venecia 69 en función de su capacidad para ofrecernos algo de esas realidades que, cada vez más, conforman el momento histórico que vivimos y llaman a las puertas de nuestras privilegiadas posiciones con fuerza creciente.

Empecemos por lo light, Passion, de Brian De Palma. Una pequeña violación cinematográfica: sexo sin amor, Passion parece una formalización generosa de sensaciones en base al esquema del thriller, con un subtexto que conduce a una reflexión acerca de la manera en que se gestionan las emociones. En la película, una misma situación resulta risible cuando debería ser triste (cuando la trama la ubica en un clímax emotivo, y la puesta en escena roza lo paródico por la extrema radicalidad del dramatismo) y sólo entristece cuando, vista de nuevo desde un punto de vista mucho más frío, afecta retrospectivamente a su protagonista (todo muy De Palma). En Passion, las mujeres con poder van enseñando a las demás a ignorar cualquier nobleza o humanidad que contamine sus instintos y a sustituirlas por anhelo de más poder y control sobre los seres humanos de su entorno. El juego de luces, los desequilibrios de los encuadres y los tonos oníricos de brocha gorda son vetustos, básicos y potentísimos para quien no vea la película con el martillito de juez de la historia del cine.

Todavía más interesante resulta Spring Breakers, de Harmony Korine. Volvemos al corazón mismo de la fortaleza occidental: los Estados Unidos de América. El plan de la película es uno de sus elementos más importantes: Korine ha escogido a las 3 niñas buenas y cursis de las pelis de Disney y las ha metido en un fregado tremendo que incluye: tetas mojadas de whisky, braguitas espolvoreadas de cocaína, anarquía sexual absoluta, pistolas, morbo... Se establece, de entrada, una antigua dicotomía entre el deber y el placer, el recato y el desenfreno. Emerge del torbellino visual y sonoro de Spring Breakers una suerte de canto al hedonismo superficial de una generación, la de los Beliebers y sus distintas encarnaciones por todo el espectro de los países desarrollados, que los intelectuales tienden a obviar, preocupados por la de los treintañeros y sus múltiples carencias.

Entre el puritanismo disfrazado de transgresión y algunas ideas fuertes sobre los límites del viaje iniciático hacia lo puramente dionisíaco que puedan emprender las niñitas blancas americanas, Korine hila su discurso. Llegados a cierto punto, las chicas protagonistas topan con SU otredad, en forma de EL NEGRO, auténtica frontera interna de la sociedad norteamericana. Insinuaciones potentes de los grilletes que todavía someten occidente a la polaridad moral que emana del cristianismo.

El punto flojo de Spring Breakers es su incapacidad para MOSTRAR. No es lo videoclipesco de sus imágenes lo que molesta, sino que nunca enseña lo que realmente están haciendo esas chicas. Sólo vemos retazos esterilizados, lomographicos, de su actividad. El estilo fluido, “popero”, del director, escamotea la visualización (que Tarantino, por poner un ejemplo pertinente, nunca nos negaría) de la violencia, física o psicológica, que producen los desmadres de las protagonistas. Sólo en momentos en que las situaciones violentas son “recreadas” por las chicas y narradas a otros personajes, sentimos de manera indirecta las consecuencias que tendría una “REALIDAD” parecida. Es una estrategia interesante (empleada por Korine ya en Gummo -1997-) pero que evade las implicaciones profundas del contenido. El flagrante y cobarde off en que las familias se ubican, formidable estrategia narrativa, es el epítome de esta ambivalencia creada por la desaparición de algunos de los agentes importantes de la trama, una decisión deliberada que quiere remarcar lo independientes que las nuevas generaciones son del influjo paterno. Por omisión, la no-presencia de los padres es importante, pero también nos priva de una de las dimensiones más estremecedoras de una escapada como la de las protagonistas: el daño que produce en los seres queridos.

Última apreciación sobre esta obra maestra, polémica y potente como el mejor Houellebecq: quizás todo sea, en el fondo, un STATMENT acerca del advenimiento y triunfo de una cierta forma de feminidad que pervierte incluso lo masculino mientras transmuta los valores (haciéndole comer su propia polla/pistola a James Franco) en busca de algo que no se sabe muy bien lo que es. Chicas como ménades del siglo XXI lanzadas a un caos moral esplendoroso.

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