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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 – Nocturama (Bertrand Bonello, 2016)

Apuntes para (anular) una teoría de la revolución (I)

París era una fiesta

En una Europa que en los últimos años sufre el terrorismo yihadista, y en un contexto global(izado) en el que la sociedad ha perdido el rumbo, surge un film como Nocturama, ya no necesario para reflexionar sobre los tiempos en que vivimos, sino acusadamente sintomático de los mismos. Precedida por una polémica injusta, creada al quedarse fuera del pasado Festival de Cannes por la excesiva prudencia de sus programadores, la última película de Bertrand Bonello, uno de los cineastas que mejor sabe interpretar (y reproducir en imágenes) las paradojas de nuestra época, se muestra como un artefacto a medio camino entre el realismo más banal y la metáfora más desconcertante.

Con un título que remite a la clandestinidad de las horas sin sol y que recuerda, además, vagamente a “Glamourama”, novela de Bret Easton Ellis con la que comparte no pocos puntos de conexión, la película está fragmentada en su narración en dos partes diferenciadas. La primera transcurre a plena luz del día en las calles y el metro de París, dónde un grupo de jóvenes, de forma autónoma, se sube en una estación y se baja en otra. Hablan por el móvil para acto seguido tirarlo en una papelera. Se abren puertas. Se cierran puertas. Caminan por la calle. Algunos trabajan, otros deambulan. Los jóvenes podrían ser cualquiera, no tienen una procedencia concreta, ni una fisonomía concreta, ni una religión concreta. Son, simplemente, jóvenes… que no han ido al instituto esa mañana, que no podrán pasear al perro esa tarde y que han tenido que poner una excusa en su casa para pasar esa noche fuera. Uno de ellos se arregla y se prepara para una entrevista en el Ministerio del Interior de Francia. Todo parece normal, pero a la vez excesivamente raro, incluso algo sospechoso.

A partir del explosivo giro argumental, el cineasta encierra a sus personajes en un centro comercial dónde estos dejarán pasar las horas. La cámara los sigue con ambigua suavidad en su continuo deambular con curiosidad, en sus fetichistas ratos muertos, en sus consumistas pérdidas de tiempo. Si la primera parte del film toma como modelo de forma confesa por Bonello, el Elephant (1989) de Alan Clarke, y su puesta en escena parca y sin palabras circunscribiéndose estrictamente a la acción -una suerte de Atraco perfecto (Kubrick, 1956) en versión atentado terrorista-, para la segunda mitad, la que transcurre propiamente de noche y en un centro comercial, el director parece remitirse al otro Elephant (2003), el de Van Sant, con una cámara que acompaña y mima a sus personajes en todo momento.

El no-lugar de ocio y consumo postmoderno por antonomasia, el centro comercial, deviene purgatorio de unas almas que nunca llegan a ser juzgadas por su creador. Así tienen lugar los momentos más álgidos del film, cuando Bonello se atreve a utilizar algunas de las canciones populares de mensaje más explícito, como “Call me” de Blondie o la brillante performance de estética queer que, en forma de playback, realiza uno de los jóvenes, maquillado y ataviado con un batín a lo Hugh Heffner, del “My Way” de Frank Sinatra en la versión de Shirley Bassey. Contrariamente a lo que pueda parecer, el dominio de Bonello en la utilización dramática de la música y los tiempos narrativos, evita lo ridículo y ortopédico que pudieran resultar los pasajes musicales. Estos actúan, más bien, como catalizadores emocionales de sus personajes y remarcan, así, su fragilidad, la de una juventud insumisa que no sabe siquiera contra qué se está rebelando. Por momentos creemos haber vuelto a los grandes almacenes de Zombi (George A.Romero, 1979), con unos personajes encerrados en una jaula de cristal y entregados completamente al consumismo, como si hubiesen sido enviados allí por sus padres, cuyos ideales se han vendido a la comodidad de la lógica capitalista. Por eso, más que un simple atentado terrorista, lo que Bonello parece explicar es una insurrección, un levantamiento en armas de la conciencia, una llamada a despertar del sueño (en este caso insomnio) en la interminable noche del declive de Occidente.

Por eso, de puro anecdótico, deviene memorable el momento de la fiesta, con una (última) cena a modo de celebración, a la que acuden una pareja de clase obrera invitada por uno de los jóvenes, y que acaba, cómo no, con un brindis (al neón) por una revolución que ni ellos mismos se creen. Y del consumismo decadente y autodestructivo, la película vira hacia la claustrofobia de un asedio policial mediatizado. Hacia el final, las palabras de uno de los jóvenes suplicando ayuda al policía que lo está apuntando con la pistola, se convierten en un desesperado grito generacional, en el accidentado final de la fiesta del capitalismo.

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‘Midnight in Paris’ (Woody Allen, 2011)

París es una fiesta

En el tramo final de Todos dicen I Love You (Everyone Says I Love You, 1996), Woody Allen se marca un baile con Goldie Hawn a orillas del río Sena en el que la pareja, literalmente, vuela: en un género como el musical que ya de por sí es fantástico (rompe con la realidad cada vez que los personajes expresan sus emociones a través de canciones y coreografías) se apuesta claramente y sin tapujos por lo mágico, lo onírico, como si a ese estado de ánimo solo se pudiera embarcar desde la capital gala, aunque el filme haya viajado antes por destinos tan seductores como Venecia y Nueva York.

A ese mismo rincón, y con ese mismo espíritu de feliz irrealidad, regresa Allen en Midnight in Paris, posiblemente su mejor comedia desde el citado musical y su mejor filme desde Match Point (2005). Bueno, a ese rincón y a otros muchos de una París que no aparece solo como esa postal turística, y en ocasiones descolorida, de Europa que el cineasta nos ha mostrado en su reciente (y aún inconcluso) tour por el viejo continente sino que se presenta, más que como una ciudad, como un auténtico universo vivo donde pasado, presente y futuro se mezclan y confunden bajo la lluvia.

Una de las grandes virtudes de Midnight in Paris es su continua capacidad de sorpresa, por lo que se disfruta más y mejor cuanto menos se conoce su argumento, algo cada vez más difícil en estos tiempos de tráileres que parecen sagas y 'espoilers' agazapados en cada esquina de la red. Así que únicamente apuntaremos que, como en otros Allen, tenemos a un escritor en crisis de identidad con varias encrucijadas abiertas (debe elegir si lanzarse a escribir su primera novela o malgastar su talento en la industria de Hollywood, quiere vivir como un bohemio en París en contra de su prometida y de sus republicanos padres…) que, como en los cuentos de hadas, acabará encontrando su propio camino cada vez que el reloj marque la medianoche.

Gil, el escritor en cuestión, es un sorprendente Owen Wilson, capaz de ir más allá del sosias alleniano con una creación tan tierna como divertida: un Quijote paseando entre molinos de viento acompañado de una bella escudera, la cada vez más imprescindible Marion Cotillard, y flanqueado por un acertado elenco de secundarios, donde destacan Rachel McAdams, Michael Sheen y Carla Bruni (no tanto por sus dotes de actriz como por los maliciosos susurros en la sala cada vez que aparece en plano), amén de una legión de chanantes e ‘ilustres’ cameos.

Como si le hubieran pitado los oídos cada vez que hemos criticado durante la última década que este Allen había perdido la puntería del viejo Woody, asumiendo que no habrá más Annie Hall (1977) ni Manhattan (1979) ni Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986) ni Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) pero consciente de que aún guarda balas en la recámara y de que nadie puede ver el futuro para firmar que lo mejor no está por llegar, el cineasta neoyorquino reflexiona con ironía sobre ese mantra tan asimilado de que cualquier tiempo pretérito fue mejor por el mero hecho de que ya es irrecuperable, lo que uno de los personajes del filme define como complejo de la Edad de Oro. Y lo hace con una comedia elegante y calmada (curiosamente, la secuencia más vodevilesca, la de los pendientes, es la que peor funciona), que pasea entre el suelo de la realidad y el cielo de la nostalgia sin prisa pero sin pausa, y que consigue que el cine de Allen, como París, sea otra vez una auténtica fiesta.

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