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La hermosura del horror: el futuro de la generación post-pandemia. De cascos con pantallas, burbujas, y genética modificada

"Sólo falta seleccionar al candidato más compatible. (...). Han optado por ojos almendrados, cabello oscuro y piel blanca. He extirpado toda afección perjudicial: calvicie prematura, alcoholismo,propensión a la violencia, obesidad. (...) Den a su hijo el mejor comienza, nosotros ya tenemos imperfecciones. No lo carguen de lastres adicionales. Sigue siendo su hijo, Solo que es lo mejor de ustedes."

Gattaca (Íd., Andrew Niccol, 1997)

La imagen que encabeza este texto, que incluso me bajé al móvil como recuerdo de estos días inciertos, extraños, me persigue desde que el pasado 10 de abril varios periódicos y noticiarios recogían la noticia: recién nacidos en países asiáticos a los que se les protegía con cascos con pantallas. Cascos casi tan grandes como su cuerpo. Corazas de protección.

Llegar al mundo y comenzar a vislumbrar la vida a través de un filtro aparentemente transparente. El horror más profundo.

"No pasa nada", dirán muchos. "Es como llevar gafas."

Pero... no. No.

El bebé sonríe, ajeno a que su vivencia no es anecdótica, sino la nueva realidad del mundo. Él crecerá amenazado periódicamente, con toda seguridad, con ciclos de confinamiento, con distancia social, con mascarilla y guantes. Será su día a día. Desconocerá otra. Verá películas en las que aglomeraciones se manifestaban a favor de la independencia, en las que una horda de personas se abrazaban en un abarrotado bar para celebrar el gol de su equipo de fútbol, o en las que las macrofiestas de fin de año en discotecas poligoneras intentaban, incluso (y bajo la incrédula mirada de nuestro bebé, ya mayor), saltarse el ya máximo aforo legalmente permitido. Alguien, quizá su madre, le explicará que esa era la normalidad antes del 2020, que antes podía hacerse. Que ella lo recuerda. Que se trata de documentales, no de films de ciencia ficción.

El niño no la creerá. O pensará que todos estábamos locos.

Estábamos locos. Seguramente.

Porque nos pasamos de listos.


(Nota mental, 1: ya sabéis de mi predisposición a mantener mis reservas sobre la necesidad del hombre a jugar a ser Dios. Lo que me ha recordado que seguramente se trate de parte de otro ciclo, ese que nosotros no veremos completar (o continuar), en el que nuestras creaciones querrán imitarnos a nosotros. Robots queriendo ser Hombres que quieren ser Dios. Robots que quieren ser Dioses, siguiendo la lógica que se enseñaba en la asignatura de filosofía de 3º de BUP. Sí, me hago mayor, pero esa no es la cuestión. La cuestión la explicaba muy bien Ridley Scott en su infravaloradísima - ok, un poco sí que se le fue de las manos, pero el subtexto es abrumador - Alien: Covenant - Íd., 2017).


Tras el horror de la imagen, la mente humana siempre intenta protegernos.  En mi caso, la mía me llevó a esa escena de Marty McFly en Regreso al Futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) en la que sale tambaleándose del DeLorean de 1985 tras chocar contra un granero en 1955. El propietario le observa con horror. El niño le muestra un cómic: extraterrestres.

       

Curiosamente, ahora nos sentimos más identificados con el granjero que con el viajero en el tiempo. Solo que nosotros observamos con horror las calles vacías, y no podemos disparar a un virus invisible que amenaza con cambiar nuestra vida para siempre.


(Nota mental, 2: una amenaza que nos está llevando a la depresión, e incluso a la locura. No hay otra explicación, al menos tras escuchar las palabras de ayer del presidente de EEUU, Donald Trump: “Lo que vemos es que el desinfectante noquea [al virus] en un minuto –¡en un minuto!–, así que quizás hay una manera de hacer algo así inyectándolo en el interior, como una limpieza, porque como pueden ver penetra en los pulmones y tiene un efecto enorme. Habrá que usar médicos para hacerlo, pero a mí me parece interesante probarlo”. Increíble pero cierto. Esto sí que es realidad que supera a la ficción.)


Pero somos tan estúpidos, o tan responsables, que desafiamos a nuestra propia descompresión mental, y volvemos a pensar en lo peor. Así que retornamos al bebé, y a esa pantalla transparente, pero curva. La realidad de ese niño estará siempre deformada. Para ver bien, deberá mirar siempre hacia adelante.

Como un burro con orejeras.

Mirar hacia adelante. Mirar sólo lo que otros quieren.  Control. "Para tu bien".

Lo mejor de todo es que este control de las nuevas generaciones no responderá a ningún maléfico plan de ninguna multinacional o mega-gobierno totalitario. Lo mejor de todo es que partirá de la creencia de que se está haciendo para que puedan (sobre)vivir felices. Ni '1984' (George Orwell, 1948), ni 'Un mundo feliz' (Aldous Huxley, 1982), ni nada parecido. Inocente autocensura. ¿Cómo terminará? La conexión es obvia (al menos en mi cabeza): la humanidad se dividirá entre los que acepten esta nueva vida sin rechistar, y los que le den tantas vueltas a su negación que acabarán siendo más inteligentes, pero también más crueles.

Estoy hablando, por supuesto, de los Eloi y los Morlocks. La nueva evolución natural del ser humano. ¡Cuánta razón tenía el visionario H. G. Wells cuando publicó 'La máquina del tiempo' (1895)! Y nosotros pensando que era una fantasía.... Qué bien que fue llevada al cine, por cierto, en ese film de culto que es El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960).

El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960)

El tiempo en sus manos

¿Estoy siendo exagerada? Para nada. Años de evolución me darán la razón. Mientras... seguiremos intentando combatir el virus como mejor sabemos: yendo al supermercado envueltos con bolsas de plástico. O mejor aún: directamente dentro de una pelota. Esto ha pasado, sí. Y, cómo no...

Siguiente imagen: John Travolta metido en una burbuja de plástico toda su vida. El chico de la burbuja de plástico (The Boy in the Plastic Bubble, Randal Kleiser, 1976).

 

Pero al menos la película está basada en un hecho real: un niño que carecía de sistema inmunológico efectivo. De nuevo: qué horror. Pobre criatura. Y pensar que estamos abocando a nuestros hijos y nietos a esto mismo.... Lo que yo os diga: en el año 802.701, todos Elois y Morlocks.

Bueno, sí que hay una esperanza para no verse convertido en Eloi (en mi caso, llegado el día, la verdad que preferiría ser un Morlock. Pero esto da para otro texto). Y es que los gobiernos, y el nuestro en particular, hagan eso que otros echaron por tierra la anterior década: invertir en investigación.

La ciencia nos protegerá. La ciencia nos mantendrá en nuestro sitio, en la cúspide de la pirámide de la vida. Pero. Pero.

Para cerrar el círculo: la ciencia, avanzada, saca lo peor de nosotros mismos. Empezaremos queriendo seleccionar genéticamente a nuestros hijos para dotarles de un sistema inmunológico fuerte contra grandes enfermedades. Luego, y ya que estamos, seleccionando también que, hombre, si puede no ser calvo, pues mejor. Más tarde, que si su tono de piel puede ser lo más blanco posible (el racismo será algo difícil de erradicar. Me encanta la cara del Dr. en Gattaca, un hombre de color, cuando pronuncia precisamente esta selección ante los ansiosos - y blancos - padres). Gattaca en todo su esplendor, y siendo exclusivamente el primer paso hacia la aproximación a convertirnos en Dioses (esa meta recurrente, sí). Acabaremos siendo prácticamente inmortales. Quizá, eso sí, la única "pega" sea el tener que llevar en brazos a nuestros cerdos continuamente, ese salvoconducto personal para regenerarnos hasta el infinito, tal y como se augura en Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009).

Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009)

Las vidas posibles de Mr.Nobody

La ciencia a nuestro servicio. La ciencia y nuestros descubrimientos. Al inicio idolatrados, luego tan comunes e integrados en nuestro entorno que acabaremos por no considerarlos...


(Nota mental, 3: Esta conexión sí que es extraña, pero igualmente recomendable. En 'Nana' (Chuck Palahniuk, 2002), un periodista que investiga la muerte súbita - otra vez bebés, todo está conectado - descubre que en todas las casas los padres leían la nana de un cuento africano. Al principio el descubrimiento es terrorífico. Al final... (SPOILER) el periodista la recita mentalmente para matar a cualquiera que le moleste, incluso si simplemente le han dado un codazo en la calle. Maravilloso).


....  Como el jabón, ese que ahora utilizamos a todas horas para lavarnos las manos. "Wash your fuc#ing hands", el nuevo lema - y merchandising benéfico - de 30 Seconds to Mars. No sé cómo siempre acabo hablando de Jared Leto).

Termino con una esperanza (sí, soy un poco así con este tema), y otro pronóstico. La ciencia nos hará avanzar, sí. En nuestra protección, en nuestra regeneración, y seguro también en nuestra forma de (no) relacionarnos. La llegada de los robots domésticos se adelantará gracias a esta pandemia, estoy convencida de ello. Los robots evolucionarán, tanto que dispondrán de emociones tan complejas como las nuestras. Estaremos rodeados de Davids (Prometheus, Alien: Covenant - Íd., Ridley Scott, 2012, 2017) , de Nexus (Blade Runner, Íd., otra vez Ridley Scott, 1982), y de Andrews (El hombre bicentenario, Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999). A algunos les perseguiremos. A otros les abriremos nuestras casas de par en par. Pero a todos les temeremos. Porque todos querrán ser como nosotros. Hombres, que juegan a ser Dioses.

Pero no avancemos acontecimientos... quedémonos, por ahora, exclusivamente con la sonrisa que hay detrás de la máscara. Ojalá perdure.

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* Foto de portada: Lillian Suwanrumpha / AFP / REUTERS / EFE /Samutprakarn / AP

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La niebla y el horizonte

Me gustaría empezar este texto con una confesión: estoy llevando todo esto bastante regular. Supongo que, en una situación como la que estamos viviendo, cada cual canaliza la ansiedad a su manera y yo probablemente todavía no he encontrado la mía. Hay gente cuya rutina no ha cambiado en lo esencial y siguen teletrabajando desde casa solos y precarizados, as usual, otros han descubierto su pasión por la cocina o las manualidades, hay quien está aprovechando este apocalíptico intermedio para ponerse al día con las series (cosa para la que, de hecho, necesitaría varias vidas) y a otros les ha dado por la vida sana, el yoga en el salón y los vídeos de mindfulness en Youtube. También hay quien se pasa el día enviando memes y vídeos graciosos a sus familiares, allegados, amigos, colegas y conocidos, y los que se estresan porque no van a ser capaces de hacer todas las actividades en streaming que ahora se nos proponen. ¿Será que la hiperproductividad neoliberal también genera dopamina y por eso en momentos como estos preferimos hacer más y pensar menos?

Para ser sincera, ninguna de estas alternativas me resulta demasiado tentadora y es por ello que intento quedarme con lo de siempre: cine y literatura pendientes. Os aseguro que me encantaría aprovechar estas horas muertas disfrutando de todos esos libros sin leer amontonados en los estantes (tsundoku, le llaman a esto los japoneses) o de todas esas películas que ahora podemos disfrutar online de manera gratuita. Pero por desgracia, de poco sirve el tiempo si no hay suficiente ánimo y predisposición. Porque desconecto con frecuencia sea cual sea la película, para consultar, una y otra vez, las estadísticas de muertes por Covid-19 en el teléfono móvil (en escala lineal y logarítmica), las discusiones por redes sociales de todos los cuñaos capaces de arreglar el mundo, los artículos amarillistas escritos por reporteros que, cual habilidosos prestidigitadores, convierten la desgracia en pornografía, los mensajes oficiales de los distintos presidentes (los que nos caen bien y los que no), los pronósticos de los epidemiólogos optimistas y los pronósticos de los epidemiólogos pesimistas, los artículos que rememoran la peste bubónica del S XIV y las fotos de las principales capitales de Europa completamente vacías. Lo sé, es un considerable compendio de lo peor que se podría hacer en estas circunstancias. Lo sé, tendría que aprovechar estas semanas para desconectar por completo, focalizar en las cosas que puedo hacer sin atormentarme, empezar algún proyecto nuevo, hacer limpieza a fondo de la casa, empezar a escribir una nueva novela… Y sí, de nuevo la adicción a la hiperproductividad, como un fantasma siempre presente a nuestro alrededor, cualesquiera que sean las circunstancias.

Pero, aunque no lo parezca, he venido aquí a hablaros de cine. O al menos, a intentarlo. Aunque en estos momentos tenga unas irreprimibles ganas de llorar. Como Keiko, la camarera protagonista de uno de los primeros largometrajes de Sion Sono, Keiko desu kedo (I am Keiko, 1997), y apoye las manos en el cristal de la ventana con la esperanza de sentirme un poquito más cerca del exterior. Aunque cuente, como ella, los segundos, los minutos, los días que faltan para que todo esto termine y lo recordemos tan solo como una inoportuna pesadilla.

"Keiko desu kedo" ("I am Keiko", Sion Sono, 1997)

Por supuesto, todos sabemos que podría ser mucho peor. Al fin y al cabo, en mi caso, y en el de mucha gente, no deja de ser una suerte de pandemia en diferido retransmitida a través de redes sociales. Obviamente no es así para quienes la están sufriendo de verdad (ya sabemos todos quiénes son) y no en modo burgués o semiburgués, que al fin y al cabo es como muchos de nosotros la estamos observando desde nuestros cómodos hogares. Y sí, cuando pienso en todo eso, como es lógico aflora en mí el sentimiento de culpabilidad. ¿Quién eres tú para quejarte cuando hay gente que lo está pasando infinitamente peor? Deja de darle vueltas al asunto y habla de cine, que al fin y al cabo, es a lo que has venido.

Porque no eres víctima de violencia de género ni vives en una barraca de cartón. Porque tu nevera está llena y tienes ahorros para sobrevivir una temporada. Porque no tienes un hijo como Julito de la Cruz ni has de ser 24 horas al día como Clara, el personaje de Victoria Abril en Mater Amatísima (José Antonio Salgot, 1980), encerrándote en casa con el pequeño autista y evitando toda relación con el mundo exterior. Porque tus vecinos no son depredadores como los vecinos de Robert Laing en High-Rise (Ben Wheatley, 2015) y por el momento no vas a necesitar armas de fuego para seguir adelante. Porque tu familia siempre ha sido permeable a las influencias –positivas– del mundo exterior y no te han educado como los progenitores de Canino (Kynodontas, Yorgos Lanthimos, 2009) a sus hijos. Porque sí, porque hay gente que está mucho peor que tú, así que deja de dramatizar y habla de cine.

"High-Rise" (Ben Wheatley, 2015)

 

"Canino" ("Kynodontas", Yorgos Lanthimos, 2009)

En definitiva, de poco sirve hacerse la víctima y sentirse mal, aunque el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau nos haya dicho por Twitter que estamos en nuestro derecho a hacerlo, debido a lo excepcional de las circunstancias. Opta, en cambio, por la vía positiva, para variar. Recomienda a los lectores buenas películas, preferentemente largas (recuerda que ahora tienen mucho tiempo libre). Háblales de la estética magnificencia de los 450 minutos de Sátántangó (Béla Tarr, 1994), de la gozosa y juguetona incontinencia narrativa de Mariano Llinás en La flor (2018), de la ambición y la suntuosa complejidad experimental de Noticias de la antigüedad ideológica (Alexander Kluge, 2008), estupendas opciones todas ellas a las que dedicar ese tiempo que no queremos desperdiciar.

También puedes aprovechar el filón apocalíptico-epidémico para ser un poco oportunista y recomendar obras maestras desconocidas que tus compañeros de profesión crítica todavía no hayan desempolvado. Como la escalofriante Variola Vera (Goran Markovic, 1982), por ejemplo. Porque el cine yugoslavo de los años 80 es todavía para muchos un gran desconocido y la película lo merece. Por eso, y porque recrea un caso real de epidemia de viruela, la última que hubo en Europa, y que afectó a toda Yugoslavia en 1972. También por su inesperada mezcla de terror costumbrista y humor negro, y porque algo de esperanza no viene mal de vez en cuando (la epidemia fue contenida con relativo éxito y finalmente, “tan solo” hubo 175 contagiados y 35 fallecidos en todo el estado. Al menos, según los datos oficiales.).

"Variola Vera" (Goran Markovic, 1982)

Y si piensas en un espectador más dado a la melancolía y la decadencia sofisticadas, le puedes sugerir que recupere Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), una de las obras maestras de Luchino Visconti, en la que una epidemia de cólera azota una Venecia que, años después, se verá obligada a revivir el pánico en el mundo real. Puedes proponerle que busque paralelismos. Que analice la incredulidad inicial generalizada, tanto en el filme como a su alrededor. Que preste una especial atención a esa secuencia en la que Gustav von Aschenbach busca desesperado a alguien que le diga la verdad, a alguien que le cuente sin reservas todo lo que en realidad está pasando.

"Muerte en Venecia" ("Morte a Venezia", Luchino Visconti, 1971)

Me gustaría, en momentos como estos, tener la entereza de Jafar Panahi y utilizar la cuarentena forzosa para crear. A ser posible, una obra maestra. Aprovechando además, que las autoridades ni siquiera me lo prohíben como a él (a no ser claro, que necesite salir de casa). Pero admitámoslo, no soy Panahi y en estos días de encierro no creo que logre nada parecido a Esto no es una película (In Film Nist, 2011). Tampoco soy JD Salinger ni Emily Dickinson y, como ya dije al principio del texto, este confinamiento lo estoy llevando regular.

"Esto no es una película" ("In Film Nist", Jafar Panahi, 2011)

De hecho, mi tendencia al tremendismo desaforado (que por respeto a mis amistades intento manejar en privado) me lleva a menudo a imaginarnos, a mí y a mi pareja, como si fuésemos los entrañables ancianos de Cuando el viento sopla (When the Wind Blows, Jimmy T Murakami, 1986), asomándonos dentro de unas semanas a la puerta de la calle, asustados, hambrientos y deshidratados, manteniendo la esperanza de que no se repita el paisaje postapocalíptico del filme. Por supuesto, soy consciente de que la realidad no será así, y si bien las consecuencias de lo que está sucediendo serán nefastas para una mayoría, tal vez lo más sensato (o en todo caso, lo menos desalentador) sea dejar una puerta abierta al optimismo, como hace el filósofo Slavoj Žižek. Aun a pesar de que temamos que las medidas coercitivas van a acabar quedándose entre nosotros bastante más tiempo del necesario. Aun a pesar de que temamos que el neoliberalismo, con cada desgracia, acabe haciéndose un poco más fuerte.

"Cuando el viento sopla" ("When the Wind Blows", Jimmy T Murakami, 1986)

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La imagen confinada

En el año del coronavirus, el campo de visión se reduce. La profundidad de campo se limita a la pista de baloncesto desierta del parque, los techos de las naves industriales y los bloques de hormigón del otro lado de la calle, exactamente iguales a los que uno habita.

Los tendederos están siempre ocupados. Hacer coladas, esa labor tan poco grata que otrora se posponía para el fin de semana, no parece tan mala idea cuando no hay mucho más que hacer. Excepto esperar. Podría ser alguno de aquellos planos de transición tan queridos por Ozu. Un poste de telefonía, una esquina con las ventanas medio abiertas. La chimenea de una casa de tres alturas rodeada de gigantes construidos a contrarreloj. Esa empalizada precaria donde se recostaban los vecinos para hablar, ver pasar a otros vecinos, criticar el nuevo impuesto, enumerar las reformas que requiere el barrio.

Como los planos-estrambote del cineasta japonés, aquí tampoco hay nadie. Objetos, estructuras, paisajes urbanos. Algo falta.

Lo más parecido a la panavisión sería el ventanal del comedor. Lástima que se abra sobre la nada de otra fachada alicaída y desconchada, otro simétrico sucederse de aperturas, ventanucos, desagües y persianas venecianas. Es el lugar desde el que uno más ve y esperaría por ello ver algo sorprendente, espectacular (¿para qué emplear ese formato, si no?). Pero no. Decoración de multinacional sueca, competición de maceteros, anhelo de jardines que se desparraman sobre el gris y las humedades. ¿Un espejo deformante y feísta o tu propio reflejo sin condescendencia?

No tarda en aparecer el documentalista que todos llevamos dentro, a la espera de encontrar el motivo, el lugar, el tiempo. ¿Qué hubiese sido de Robert J. Flaherty sin hombres montaraces ni una naturaleza incomparable? ¿Se limitaría a seguir a la gente con la cámara, ese goteo de seres humanos guardando la distancia de seguridad que transita por la calle tres pisos por debajo de mí? ¿O se centraría en el ir y venir de los pájaros sobre los tejados? (ver cine siempre ha sido clasificación y taxonomía: descubro, tras años compartiendo desayunos con ellos, que la pareja que se posa en la barandilla del terrado de enfrente son tórtolas turcas y no “dos palomas”. Guardo la guía de naturalista y vuelvo a mis fantasías de realizador empoderado).

Frances Flaherty, Robert Flaherty, and Richard Leacock on “Louisiana Story”.

Necesitaremos un Patricio Guzmán cuando esto acabe. Habrá una batalla de Italia, una batalla de España. Cada país necesitará un cronista de la inacción y la abulia gubernamental. Y tendrá que ser así, como Guzmán: un testigo de primera mano, sincero, cruel, desesperanzado.

¿O preferiríais alguien más poético, como Werner Herzog? Seguramente sería este un filme plagado de paradojas, de tipos carismáticos y solitarios, de supervivientes que escuchan ópera a medianoche. Herzog, humanista avant la lettre, creería también en la cultura como postrero salvavidas de unas sociedades desencantadas.

Frederick Wiseman estará ya recopilando material deliciosamente anecdótico. Seguramente empezará por rodar su propio encierro. Su estilo -en retaguardia, esperando siempre que el milagro se produzca- quizás se resienta de esta realidad desabrida: calles vacías, profesionales que interaccionan a través de pantallas, dinámicas de grupo sin grupo.

¿Qué le escribiría la madre de Chantal Akerman en estos días extraños? Las noticias que le traería de casa serían todavía más insípidas, la añoranza -a pesar de que estuviesen compartiendo cuarentena a solo unas manzanas de distancia- sería mucho menos llevadera. Pero sabría transmitir esta sensación que lo embarga todo: la incertidumbre.

"News from Home" (Chantal Akerman, 1977)

Fijarse más es un imperativo de la imagen confinada. La cámara paso a ser yo mismo, un tipo moviéndose entre los dos laterales del edificio. No hay espacio ni necesidad para los travellings. Todavía no he llegado a la categoría de voyeur, pero entiendo el uso y disfrute del teleobjetivo. Quizás me permitiría acercarme más a los demás: la vecina que fuma cigarrillos compulsivamente mientras parece rezar a los de abajo, el hooligan ululante que utiliza la ovación-catarsis de las 20:00h para combatir la ansiedad acumulada durante el día, el personaje recurrente que va y viene con sospechosa frecuencia. A estos desconocidos cotidianos -en 15 años todavía no les puse nombre- se unen los desconocidos recalcitrantes: los que bajan por la calle provenientes de la cercana estación de metro. Estos no se regodean en sus desplazamientos; avanzan veloces, enviando algún mensaje que anticipa su llegada, recolocándose la mascarilla. Secundarios en una narrativa estancada, pendiente de lo que pasa allí donde no hay ninguna cámara.

Me puedo tirar veinte minutos de reloj viendo pasar a la gente. Como en una película de Frank Capra, sería momento de epifanías: ¿por qué no pregunté más? ¿Por qué no hice más porque me importasen? ¿Por qué no reconocer que hasta ahora la tuya ha sido la mirada miserable del Harry Lime de El tercer hombre desde la noria del Prater? Sólo te faltó contarlos y multiplicar, hacer estadística con ellos. Pero no, para eso ya están los telediarios vespertinos.

La imagen confinada necesita independizarse del discurso oficial. Porque a estas alturas ya sospecha que todos mienten. Que el diario de rodaje se alargará muchas más semanas, que para conservar la mirada nítida deberá de apagar el televisor y dejar de consultar compulsivamente las webs de los diarios del Armagedón. Porque cuando todo hace aguas, el hombre sólo sabe hacer una cosa: entrar en pánico y proclamar en alto su recién descubierta falibilidad.

Así que nos desvinculamos de cualquier influencia, de cualquier intento por condicionar nuestra mirada. Lo cuál no quiere decir que renunciemos al peso de la historia. El día a día deja de importar en estas trincheras nuestras a tanta distancia del frente. Tan lejos, que ni escuchamos bengalas, balas ni bombas. Sólo el ronroneo de una lamentación que se prolongará mucho más allá. Hasta el día en el que seamos capaces de hacer recuento de todos nuestros muertos, esa generación de la postguerra a la que vamos a dejar morir sola, en cola.

Pero la imagen confinada no debe de dejarse vencer por la desazón. Eso le repiten constantemente. Cansados de constatar el imposible entendimiento de todas las familias del bloque -ayer gritó este, anteayer se puso a dar saltos el otro, “¡¿qué te he dicho, Sara?!”, “díselo a tu padre, a ver qué opina”, “caguen en Dios, ¡no me hagas ir!”-. Descubrimos que la intimidad ajena es un calco de las miserias propias, que todos los argumentos del mundo se condensan en tres docenas de convivencias descaradamente mediocres. Que “todo lo que haremos cuando ya no trabajemos” no supera ni tan siquiera el test de una semana enfrentados a nosotros mismos.

No hace falta seguir mirando las imágenes que generan los demás. El volumen hace tiempo que lo hemos bajado: nunca importó tan poco lo que se dice. Corremos las cortinas y nos refugiamos en la memoria cinéfila, lejos de las propuestas de las principales plataformas de streaming. Nuestro lugar seguro, tras nuestro ensayo como cineastas, pasa a ser alguno de esos sitios en los que ya estuvimos. La habitación se expande y dejamos a un lado el saxofón de Gene Hackman.

"El año pasado en Marienbad" (Alain Resnais,1961)

… y paseamos por un jardín de Marienbad. El eclipse antonioniano, a pie de acera. Un niño asustado en la playa mirando a cámara. Un baile en la mansión de los Ambersons. Las ruinas de Berlín y alguien que sube las escaleras del esqueleto de un edificio. Un diletante romano aficionado a los excesos. Lawrence jugando con su túnica tras la duna. John Wayne pegándole una patada a uno de los esbirros de Liberty Valance. Alguien preguntándole al espejo si está hablando con él. Un camión cargado de explosivos. El baile de una banda de tres. Un balcón desde el que escuchar las explicaciones de nuestro alcalde. Un fuera de la ley, dos en la carretera. Cuatro tipos que quieren volver a ver a Ángel. Un predicador al que le gusta escenificar el combate entre el amor y el odio. Una escalera por la que verla bajar de nuevo, un corredor sin retorno y ese olor a napalm por la mañana.

Algún día acabará esta guerra.

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