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D’A 2014 (03/05/2014) – La palabra: ¿ausencia o presencia?

El penúltimo día del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona nos trajo cine de Portugal y Brasil  (entre otras cosas a las que hubo que renunciar porque el don de la omnipresencia es algo que no se tiene). Hoy hablamos de E Agora? Lembra-me y O Homem das Multidões, dos películas en las que la palabra –bien por adición, bien por sustracción– tiene un papel fundamental.

E Agora? Lembra-me

En la película de Joaquim Pinto lo personal deviene brutalmente político y el último plano, el que corresponde a los títulos de crédito del final, nos lo muestra: cientos de aves de corral hacinadas en un camión. Probablemente, de camino al matadero. Pero echemos la vista atrás 164 minutos y empecemos por el principio. Por un video diario autobiográfico de esos que tanto han proliferado en estos últimos años, desde que necesitamos fortalecer nuestros respectivos egos para sobrevivir a una sociedad neocapitalista que lo devora todo. Por eso nos hacemos selfies, los colgamos en las redes sociales y nos intentamos reafirmar en nuestra cuestionable posición. Como si lo nuestro, realmente, importase más que lo del vecino del piso de abajo. Dicho así suena despiadado, lo sé. Pero es que el terreno es peliagudo y hay que abordarlo desde el ángulo adecuado. Si no, se corre el riesgo de homogeneizar la individualidad. Y eso es un problema.

E_Agora_Lembra_Me

Por suerte, el descomunal filme de Pinto evita tópicos y clichés aunque el punto de partida sea una tanto conflictivo. Pinto, afectado por el virus del SIDA y la hepatitis C, nos muestra su vida durante un año. Su relación con la enfermedad, su relación con su pareja, su relación con sus perros, su relación con la vida. Dadas estas premisas podríamos predecir un exceso de dramatismo y lágrima fácil. Música triste de violines, gente llorando y sufriendo, enfermeras yendo y viniendo. Metáforas facilonas sobre la muerte y demás. Pero la estrategia de Pinto es muy distinta, y también muy osada. Su estrategia es la de filmar la vida y el esfuerzo por seguir viviéndola, aun a pesar de ese pequeño inconveniente que es la muerte. Y de fondo, en el salón, escuchamos las noticias. El PP llega al poder y con él los recortes. En educación, en cultura, en sanidad, y sobre todo en esperanza. ¿Lo que sigue? El ir y venir de Pinto. De un aeropuerto a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. Buscando desesperadamente un tratamiento, aunque sea experimental, que acabe con aquello que le está matando. Pero nuestra vida, por desgracia, no depende en exclusiva de nosotros. Y sí, el gobierno manda y dictamina. A veces echa una mano y otras (las más) toca las narices. Porque estos señores que deciden, piensan en abstracto. Porque para ellos, ese camión de aves de corral que van directas al matadero es una imagen más, tan ordinaria e intrascendente como cualquier otra. Y da igual que la instantánea muestre aves de camino al matadero o personas muriendo por culpa del virus del SIDA. Y como elemento imprescindible del film, la voz de Pinto. Esa voz que recorre todo el metraje de modo incansable y pertinaz. Enriqueciéndolo de infinitos matices y contradicciones. Impactantes y demoledoras palabras que esperemos no se lleve el viento.

O Homem das Multidões

Y en el otro extremo, el silencio casi absoluto. Ese que resulta incómodo y nos provoca una risa nerviosa. Ya de entrada, me reconozco incapaz de vislumbrar en O Homem das Multidões el germen de la historia. En el homónimo relato de Edgar Allan Poe, el narrador y protagonista sigue a un anciano y misterioso desconocido con la sospecha de que éste pueda haber cometido un asesinato. En la película de Cao Guimarães y Marcelo Gomes no existe esta tensión original. No hay persecución, no hay misterioso anciano desconocido y no amenaza la presencia de la muerte. La película narra, en cambio, la insignificante rutina de un conductor de trenes silencioso, pusilánime, e incapaz de decir que no a los demás. Juvenal tiene una vida gris, no nos vamos a engañar. Pero no pasa nada, tampoco parece que aspire a mucho más. Se contenta con hacer su trabajo, fumar un cigarro de vez en cuando y fundirse entre la multitud de Belo Horizonte. Pasar desapercibido ante los ojos de los demás del mismo modo que el protagonista de Un hombre que duerme (1967), novela de Georges Perec en la que un estudiante de sociología se acercaba voluntaria y progresivamente a la invisibilidad casi absoluta.

Y así transcurre la vida para Juvenal, día tras día, sin cambios significativos. Al menos, hasta que un buen día una compañera de trabajo le pide inesperadamente que sea padrino en su boda.

A partir de aquí los encuentros entre ambos se repiten y los silencios incómodos se prolongan, provocando en el espectador una extraña mezcla de incomodidad, compasión y empatía. Solitario él. Solitaria ella. Solitarios todos.

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