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El espectador mal educado

Entre mayo y junio Madrid ha acogido generosamente al cine de vanguardia gracias a Rencontres Internationales Paris/Berlin/Madrid, El cielo en la Tierra y Leer las imágenes, leer el tiempo. Se define al cine experimental como aquel no narrativo, pero tal vez sería más útil aproximarse a él de forma menos dogmática, no parcelar a priori y despejar la mirada. Como afirma Nathaniel Dorsky, Ozu y Ford comparten con Brakhage elementos esenciales (la luz, el plano, el corte…); así también se acercaba al cine en su totalidad Manny Farber, sin aspavientos, atendiendo a la materialidad física y sensorial.

De estados de inconsciencia o duermevela surge una corriente emersoniana (Hollis Frampton, Nathaniel Dorsky, Peter Hutton…). Lo que podríamos llamar escritura automática (como el creacionismo poético de Vicente Huidobro) retrata instantes del Universo, en su vertiente micro con planos cuasi científicos (Dorsky) o en la macro con paisajes soñados (Hutton); entre medias, se intercalan cuadros de expresionismo abstracto, debido a nuestra incapacidad de discernir el referente. De esta visión espiritual no pueden escaparse sin embargo tampoco los directores racionales de vanguardia. Los tableaux de James Benning captan esencias de historia y el zoom de Michael Snow (Wavelenght, 1967) nos transporta desde un oscuro apartamento al mar abierto, del mismo modo que Robert Beavers alcanza un éxtasis acuático siguiendo el curso de un río griego (The Stoas, 1991-1997).

Pero, asimismo, no hemos de despreciar las virtudes de un espectador mal educado, de aquel que lucha contra el mundo de las sensaciones y necesita hilar los fotogramas entre sí de manera consciente. Un filme como Nuit Bleue (2009) de Ange Leccia desconcierta y engaña a este respecto; con duración estándar de largometraje y personajes interpela y golpea a la audiencia de forma constante con amagos de narración frustrados. Lleva a su máximo extremo el cine de planos vacíos contemporáneo y se sitúa en una tierra no transitada. El espectador, vapuleado, aprende que ha de mirar de manera diferente y trenza, por sí mismo, analogías distintas a las narrativas. De esta forma también se enfrenta a Straits of Magellan: Drafts & Fragments [Panopticons] (1974) de Frampton, donde de cada plano surge un apunte de película frustrado; a partir de la repetición y la serialidad, así como de la intercalación de fundidos, el espectador empieza a recopilar y asociar taxonómicamente cada corte con una idea. Igualmente, un mero título nos induce hacia un determinado estado de ánimo o predisposición hacia una película de Dorsky: Compline (2009), la última oración del día antes de acostarse, nos sumerge en un ambiente de misterio próximo a La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955), mientras que Aubade (2010) nos hace interpretar sus imágenes como escenarios recién abandonados por amantes sorprendidos ante la llegada del día.

Pondremos un ejemplo práctico. Tomemos el filme (Todos vós sodes capitáns, 2010) de Oliver Laxe. A la mitad del metraje, unos niños marroquíes recriminan el modo de filmar películas de su profesor de Cine: rueda hechos sueltos, sin historia, dándoles órdenes absurdas. A la pregunta de qué les gustaría a ellos sorprende, no obstante, que no quieran realizar grandes epopeyas, sino que opten por retratar paisajes conocidos: los animales, las casas, los árboles... Estos chiquillos bien pudieran ser espectadores comunes que mirarían, aturdidos, las últimas imágenes del filme como lo que son, una revelación del milagro de esas horas aparentemente banales que han posado ante la cámara, por un lado, y de los deseos materializados de rever sus espacios cercanos, por otro.

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