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‘The Yellow Sea’ (‘Hwanghae’, Na Hong-jin, 2010)

Los hombres que no amaban... nada

Cuando hablamos de cine noir no solo definimos un género, hablamos de un periodo, de un lugar, de un país. América, bajos fondos, mediados de los años 40 hasta mediados de los 50. ¿El resto? Herederos más o menos bastardos. Neo-noir, cine polar en Francia y para acabar de llegar hasta aquí redefinición del género hasta convertirlo en esa gran bolsa llamada thriller donde te cabe una cantidad de acción descerebrada que llega hasta las piruetas más o menos esteticistas de un Guy Ritchie, por poner solo un ejemplo. Sin embargo obviar el término original por su deslocalización temporal o geográfica parece cuando menos menospreciativo y más cuando se aprecia tanto amor por unas reglas de género como el que muestra Na Hong-jin en su segunda película, The Yellow Sea.

Bajos fondos, un antihéroe en busca de redención, una mujer capaz de llevar a la ruina, moralidad ambigua cuando no dudosa o inexistente, criminales de todo pelaje y una indisimulada aunque sutil crítica social de fondo a la sociedad retratada. Todos ellos elementos aparentemente nada novedosos por los que han transitado grandes como Wilder, Lang y otros tantos. ¿Qué es entonces lo que convierte a The Yellow Sea en un film a destacar? Precisamente la ausencia de diferencia. Evidentemente son otros tiempos y otros métodos. Hay cámara en mano a lo Michael Mann, hay movimientos nerviosos y furiosos en las persecuciones con el objetivo de integrarnos en el estado emocional entre desquiciado y nervioso del protagonista, pero más allá de eso permanece la esencia, el férreo ajuste a unas convenciones que el director coreano parece negarse a abandonar mostrando lo innecesario de un revisionismo estilístico que se descarta por artificioso.

Lo que subyace en la película es la primacía de la emoción, de ahí su ritmo contenido, exprimiendo la historia en 4 capítulos que en sí mismos contienen sus clímax propios, sus explosiones sentimentales, sus dramas íntimos y por qué no decirlo una suerte de pequeños cliff hangers que sirven como enlace de suspense entre parte y parte. No en vano esos fundidos en negro entre capítulo y capítulo no dan pie nunca a la elipsis argumental. Son pequeños respiros más pensados para que el espectador recobre fuerzas. El film se erige como un recorrido por las entrañas geográficas del alma coreana y de su(s) protagonista(s). Cada primer plano, cada arruga o herida mostrada parecen corresponderse con un elemento del país. Una nación que transita entre la modernidad, la opulencia y la corrupción de los poderosos y la podredumbre de sus ghettos raciales escondidos.

Fácilmente se hablará de la violencia en grado sumo que muestra The Yellow Sea, sin embargo a pesar de su presunta exageración lo realmente interesante es que tanto en su forma como en el fondo su presencia es esencial en la trama. No cabe ceñirse solo a lo realmente explícito, la violencia no está solo en un machetazo sino en la propia vida y ambiente de los personajes. Desde la hostilidad racial hasta el menosprecio clasista entre ricos y pobres todo acaba generando un conglomerado que estalla en forma de cuchillazos pero que dista mucho de las escenas estilizadas a lo Kill Bill Vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003) o Old boy (Park Chan-wook, 2003). Estamos en un territorio de sequedad, de rudeza sin estética, de suciedad, de una espiral de crueldad que ni la muerte puede parar.

Y es que a diferencia de otros noirs lo más desesperanzador es que Na Hong-jin firma un producto absolutamente pesimista (incluso la gama cromática de la película oscila entre tonos mates y la oscuridad nocturna), que no es que no ofrezca un happy end sino que hasta el último plano nos roba cualquier atisbo de redención. Por ello The Yellow Sea se configura como uno de los filmes más duros, crudos y salvajes de los últimos tiempos. Una película donde al amor sólo aparece en forma de respeto al género cinematográfico, al vehículo para narrar la historia. El resto es negrura, pesimismo, cadáveres desconocidos y cenizas que se hunden para siempre en el mar amarillo.

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Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (10/10/2011)

Aviso para navegantes

No soy muy amante de los pronósticos, y menos en cuanto a los galardones de un festival, donde nunca se sabe cuál será el criterio (o a veces capricho) del jurado. Sin embargo, y a falta aún de varios de días de competición, me permito hacer una apuesta al ganador de este certamen: The Yellow Sea.

Se albergaban serias dudas sobre si el director Na Hong-jin podría repetir un film al mismo nivel que The Chaser (2008), su primera y aclamada obra. Después de los intensos 140' de metraje del que consta su segunda película se puede afirmar con rotundidad que estamos ante uno de los thrillers más memorables de los últimos tiempos. El director surcoreano usa su cámara como un preciso instrumento quirúrgico para mostrar las realidades sociales más oscuras de la Corea contemporánea para, a continuación, convertir ese bisturí en un martillo inmisericorde con el que hará explotar la trama en una espiral interminable de violencia, luchas y persecuciones cuyo mayor mérito no está en la precisión con la que se han rodado sino que a pesar de la acción constante nunca se deja de lado el factor humano, la descripción y la inmersión psicológica en unos personajes oscuros y corruptos.

Por otro lado he tenido la ocasión de establecer un diálogo informal con el director de Hell, Tim Helbaum, que nos ha comentado sus impresiones sobre el festival, todas ellas positivas, amén de escuchar de forma amable y contestar algunas cuestiones sobre su película. Por otro lado también ha valorado positivamente alguna película que ha visto en el festival, como Another Earth; aquí he discrepado con él, por lo que se ha prestado a entrar en pequeño debate sobre los pros y contras del citado título.

Volviendo a lo estrictamente cinematográfico dos son las otras propuestas del día. Por un lado Mirages, del director marroquí Talal Selhami que, a través del marco de un proceso de selección para un trabajo, muy en la línea de El Método (Marcelo Piñeyro, 2005), desmenuza las contradicciones de una sociedad marroquí en plena modernización pero que aún arrastra lastre en forma de costumbres y usos de tiempos pretéritos. Un film interesante en cuanto a la habilidad para sugerir en vez de mostrar explícitamente y que es capaz de, mediante su inconclusivo desenlace, abrir una ventana al debate posterior.

Por otro lado, parece que no hay día sin “película horror” y no nos referimos precisamente al género que aborda el festival sino a la calidad de la propuesta. Con The Sorcerer and the White Snake de Tony Ching entramos de lleno en el terreno de la fantasía kitsch, en un mundo que parece sacado de la mente de un Tsui Hark pasado de LSD o de los creadores de cualquier anuncio de champú con aromas de la selva tropical. Auténtico recital de despropósitos en una historia de amor que chorrea almíbar por los cuatro costados al tiempo que carece, por supuesto, de cualquier atisbo de coherencia interna en su narración. Un film solo para los muy fans de un Jet Li muy avejentado y poco más a resaltar.

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