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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (III)

Reflexiones en torno a la idea de ficción y documental...

Hace varios años que se viene hablando de un cierto cine que hibrida la ficción, sea eso lo que sea, y el documental: Jia Zhangke, Ari Folman... Una tendencia que se ha ido consolidando y que ha ido generando toda una serie de obras que sorprenden a la vez que incomodan dada la indefinición y ambigüedad de sus mecanismos. ¿Intromisión de la creación ficticia a través de unos mecanismos documentales? ¿Adopción de un estilo documental dentro de las ficciones? ¿Desnaturalización de los métodos o un modo de ver las dos caras de una misma moneda, es decir, la ficción y el documental? No pretendo, ni mucho menos, dar respuesta a estas preguntas en este breve artículo, pero sin duda, ha habido tres propuestas en este Atlántida Film Festival que darán mucho que hablar: se trata de los filmes Why Don’t You Play in Hell? (Jigoku de naze warui?, Sion Sono), La batalla de Solférino (La bataille de Solférino, Justine Triet) y Is the Man Who Is Tall Happy? (Michel Gondry).

Empecemos por el inclasificable Sion Sono: su última obra, Why Don’t You Play in Hell?, es la quintaesencia del juego metacinematográfico puesto al servicio del gamberrismo y vandalismo cinematográficos, es decir, al servicio de la risa grotesca y la burla reflexiva. Ya no sólo por su constante referencia a Kill Bill, Bruce Lee, el cine de Yakuza, de samuráis... y un largo etcétera inabarcable, sino por ese maravilloso tramo final que pone patas arriba toda idea de “making of”: la batalla anticlimática entre los dos clanes enfrentados es, en realidad, una explicación de cómo los mecanismos de la filmación cinematográfica interfieren con la realidad (desde las repeticiones, hasta los ángulos de cámara, las interpretaciones). Intentar explicar el argumento del film es, como en gran parte del cine de Sono, tratar de racionalizar las fugas narrativas del realizador, una acción tan improductiva como innecesaria: baste decir que un grupo de cineastas amateurs reciben el encargo de un jefe yakuza de filmar una obra maestra del cine, valga la redundancia, yakuza. A partir de aquí, realidad y cine se entremezclan en una vorágine de delirios que desembocan en un final para enmarcar. Vean el plano final de esta película y díganme si no se trata de otra vuelta de tuerca al cine híbrido del que hablamos en el párrafo anterior. Entre carcajada y delirio, Sono ha sabido colarnos una reflexión sobre la vida y el cine, la realidad y la ficción.

Pero dejemos de lado la vertiente más gamberra del festival y acerquémonos a Justine Triet, para ver cómo el cine adopta los ropajes del lenguaje televisivo, en concreto de los informativos, para desmontar los andamiajes de la ficción en la magnífica La batalla de Solférino. Obra de difícil catalogación, el filme se erige en torno a Laetitia, una reportera que cubre las elecciones presidenciales de 2012, pero que también es una mujer divorciada, con dos hijos a su cargo y un exmarido. Es esa doble condición de Laetitia, disparidad que todos compartimos en un sentido o en otro, lo que permite al filme moverse entre las dos aguas de la gran Historia y la vida minúscula que acontecen en el mismo espacio y tiempo, en la misma persona. Dos corrientes contrapuestas pero unidas por una cámara que trata de entrelazarlas a través de una filmación próxima al documental, con imágenes filmadas el mismo día de las elecciones, con la protagonista entrevistando (cual reportera) a transeúntes, votantes, y caminando entre la marea social que provocan los grandes acontecimientos, batallando por sobreponerse a su condición de cronista y madre. De este modo, el filme “ficcionaliza” los hechos verídicos de aquel día a la vez que “documentaliza” la cotidianidad de la protagonista a través de una grabación que navega entre ambos géneros fílmicos. Una hibridación que nace de la humanización del filme, de su aproximación a la condición humana de Laetitia.

Demos paso, por último, a la excepcional propuesta documental de Michel Gondry Is the Man Who Is Tall Happy?. El cineasta francés realiza una entrevista al lingüista y filósofo Noam Chomsky y decide que, en lugar de utilizar la imagen de una cámara, realizará dibujos que representen la entrevista. Una idea que convierte lo que podría haber sido simplemente un documental interesante en una obra brillante, creativa y emocionante: no se trata, como pudieran pensar, de dibujar a entrevistador y entrevistado conversando, nada más lejos de la realidad. Lo que Gondry hace es una doble pirueta: dibuja aquello que las palabras tratan de explicar... o callar. Sus dibujos no son un intento de representación fidedigna ni realista, son los subterfugios que dinamitan la idea de lenguaje, el arquetipo de pregunta-respuesta que rige toda entrevista. Jugando a expandir los límites de la imagen documental a través de la animación manual, Gondry logra crear una obra que habla del lenguaje, de los malentendidos del lenguaje (impagables los momentos en que Gondry explicita sus malentendidos con Chomsky), del amor y de la muerte, de la vida, en definitiva... y del cine. Una obra que, contrapuesta a la última creación de Errol Morris, The Unknown Known, nos permite contrastar qué caminos puede tomar el formato de la entrevista. Y con ello no quiero decir que sea un mal documental, al contrario, es un filme que cumple perfectamente con su intención de dibujar el recorrido político de Donald Rumsfeld, y, de paso, la política norteamericana del último medio siglo a través de una guerra dialéctica más o menos encubierta entre entrevistador y entrevistado. El título procede de una frase del propio Rumsfeld [1] en la que las certezas e incertidumbres dan paso a la necesidad de la imaginación como catalizadora del conocimiento (algo que, lamentablemente, podríamos ligar con esa política del terror). Un trabalenguas que pone el acento en esa política de prevención que el gobierno estadounidense lleva años y años llevando a cabo y que queda perfectamente dibujado en el rostro y la política de Rumsfeld.

En fin, dejando de lado este último filme de Errol Morris, el Atlántida Film Fest nos ha regalado tres obras, tres propuestas, que juegan, a su manera, a poner en entredicho la idea de ficción y documental, ya sea mediante un juego bizarro metacinematográfico, una crónica sobre la doble condición humana o la aportación del dibujo sobre la imagen fílmica de una entrevista. Tres aportaciones que noquean, derriban y reconstruyen los géneros que ponen en entredicho, que dejan al espectador con la profunda impresión de que el cine siempre nos guarda una sorpresa nueva entre risas, llantos y malentendidos (y esto va por las tres películas).

Notas:

  1. “There are known knowns; there are things that we know that we know. We also know there are known unknowns; that is to say we know there are some things we do not know. But there are also unknown unknowns, the ones we don't know we don't know”. 
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D’A 2013 (28/04/2013) – Nuestras guerras cotidianas

'Cómo celebré el fin del mundo' (Catalin Mitulescu, 2006)

El fin del mundo que imaginan los personajes de la cinta de Catalin Mitulescu no tiene nada que ver con el apocalipsis sino con una liberación: sueñan con el fin de la dictadura de Ceaucescu, tema sobre el que orbita parte del cine rumano de los últimos años que, a partir de historias personales con ruido político de fondo, ha sabido forjarse una identidad propia. La acción aquí se ubica en el último año de mandato tiránico del dictador rumano, donde a partir de la jocosa (por ingenua) visión de un niño, se nos cuenta el día a día de personales que creen en una vida más allá del oscuro horizonte que se dibuja en las sombrías colinas de los Cárpatos. Asustado por la idea de que su hermana decida exiliarse con su amante, el niño planea, junto a sus compañeros de colegio, ni más ni menos que el asesinato de Ceaucescu. Cómo celebré el fin del mundo es un film oscuro desde el primer plano y, a medida que avanza, intenta vislumbrar la luz al final del túnel. Buen indicativo de ello es que gran parte de la acción acontece en la intimidad de la noche, incontrolada por el régimen, que contrasta con las secuencias diurnas ubicadas en la escuela: visión condescendiente y consabida “oficialidad” de una dictadura que sólo puede enseñar canciones nacionales como forja de valores. Catalin Mitulescu, productor de Si quiero silbar, silbo (Eu cand vreau sa fluier, fluier, Florin Serban, 2010) también proyectada en esta edición del festival, demuestra oficio tanto en la dirección de actores como dosificando el tempo narrativo para hacer avanzar la historia sin agotar antes de tiempo su deseado final. El fin del mundo es, como decíamos antes, la posibilidad de un nuevo comienzo. Para saber cómo lo celebran sus personajes se recomienda ver la película.

Una Historia del Bronx ('The We and the I', Michel Gondry, 2012)

Michel Gondry, quien nos tenía acostumbrados a historias fantásticas ubicadas en el terreno de lo orínico, pone, con esta película, los pies en el suelo y nos cuenta, con inusitada transparencia, una fábula sobre la identidad. The We and the I es, más que un relato cotidiano de un grupo de jóvenes de un instituto del Bronx, una radiografía con fuerte sustrato social que ofrece una caleidoscópica visión de dos colectivos perjudicialmente estereotipados por el cine (estadounidense): el afromericano y el latino. La decisión de Gondry de situar la totalidad de la acción en el autobús que hace el viaje de vuelta después del último día de clase, justo en el inicio del verano, imprime un sutil tono melancólico a la historia y condiciona el desarrollo narrativo de la misma. Con la inevitable y amenazadora sombra del cine de Spike Lee, el director francés despliega una puesta en escena sencilla (que no minimalista) pero de ritmo ágil, donde la palabra (en la verborreica dicción de sus personajes) es el principal (aunque no el único) motor de la acción. Así, la peligrosa combinación de un guión pensado al milímetro junto a la obligada naturalidad de los actores, todos ellos debutantes, imprimen al conjunto frescura y magnetismo. Gondry deja aquí de lado la pirotecnia y el exceso formal, aunque estos afloran en pequeñas dosis y en momentos puntuales de la historia, para ilustrar flashbacks y pasajes fugaces que ocurren en la mente de los personajes, algo que no resulta nuevo en su obra. Aún así, la principal virtud del cineasta es no perder el pulso en ningún momento de la narración, manejando con oficio momentos cómicos y dramáticos, sin llegar a posicionarse ni moral ni ideológicamente. Sorprende, pues, muy positivamente, la madurez demostrada por Gondry que, probablemente sin sospecharlo, acaba reflejándose en el protagonista de su película.

La guerra no ha terminado ('Children of Sarajevo', Aida Begic, 2012)

Cerraba la jornada del domingo este duro film que muestra de forma natural (aunque por momentos se caiga en el tópico) la dura situación que vive la población de Sarajevo años después de la guerra de los Balcanes. Un país tan destruido en sus cimientos como en su estructura social. Aquí se da buena cuenta de ello: para olvidar el pasado traumático del conflicto bélico, Rahima se ha convertido al Islam, algo que su família no ha asimilado. Trabaja en una cocina y cuida de su hermano adolescente, que no tiene más visión de la realidad que la de un mundo armado por su propia supervivencia, reforzado en los videojuegos de su Play Station. La recreación de un entorno, ya no asfixiante sino también post-apocalítico, de la Sarajevo actual y cómo se desenvuelve en este terreno Rahima (convincente Marija Pikic) son los principales baluartes de la película, otra ficción más proveniente de Europa del Este y ambientada en un contexto bélico-político conflictivo.

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