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‘Safe’ (Boaz Yakin, 2012)

Body count descontrolado

En la primera secuencia de Cobra, el brazo fuerte de la ley (Cobra, George P. Cosmatos, 1986), un psicópata amenazaba al teniente Marion Cobretti con hacer estallar una bomba en un supermercado, a lo que el personaje interpretado por Sylvester Stallone respondía: “Adelante. Yo no hago mis compras aquí”. Era un farol, por supuesto, porque él estaba allí para reducir y detener (o mejor aún, matar) al tipo, pero era una línea de diálogo que daba la medida de una película bastante inmoral y sucia, en las antípodas de la ética apolínea y la corrección política de los machos aceitosos que pueblan los thrillers de hoy, todos demasiado limpios y demasiado nobles. En Safe hay un momento, hacia el final del metraje, en que el protagonista, Luke Wright, decide arriesgarse a ser capturado y entra solo en el despacho del alcalde, siendo recibido por el corrupto político con un “Tienes muchos cojones para entrar aquí”, a lo que el personaje que encarna Jason Statham responde: “Sí, me sorprende que pueda caminar”. Son estas bravuconadas tan groseras e inusuales en el cine actual las que nos dan una pista de por dónde van los tiros (perdón por el chiste malo) en esta curiosa película que consigue alejarse (no mucho, pero lo suficiente) de la limpieza moral imperante en la actualidad y harmanarse con aquel cine bruto, tosco, de los años 70 y 80, con el famoso “Alégrame el día” que le soltaba Harry Callahan a un delincuente animándole a que matara a una víctima inocente y así tener una excusa para dispararle.

Voluntaria o involuntariamente, Safe deviene, pues, una anomalía. La odisea personal de Wright, que se pasa toda la película intentando proteger a una niña del acoso tanto de dos clanes mafiosos rivales como de un grupo de policías corruptos, es un viaje a la maldad humana de una considerable crueldad (la niña, por ejemplo, es forzada en diversas ocasiones a presenciar un asesinato a sangre fría). Las tinieblas a las que son arrastrados estos dos personajes centrales se manifiestan en una acertada fotografía, lúgubre y granulada, que transmite con precisión ese desasosiego existencial tanto de Wright, un despojo humano al borde del suicidio, como de la niña, un espíritu aún por corromper rodeado de vileza humana. Es brillante, en este sentido, el uso de la luz en la escena en la que Wright llega al hogar conyugal: un sitio que debería ser un espacio de amor y de paz es fotografiado con unas nada tranquilizadoras sombras que anuncian la tragedia que el protagonista está a punto de descubrir. Fruto de esta concepción oscurantista, la violencia exhibida en Safe está muy lejos de la pulcra espectacularidad à la Michael Bay y se acerca mucho a la violencia áspera y en los límites de lo desagradable de los años 70, por ejemplo, la que retrató Don Siegel en Harry, el sucio (Dirty Harry, 1971). Una violencia nada complaciente con el espectador y sin freno alguno en cuanto a desprecio por la vida humana se refiere: es imposible seguir la cuenta de los cadáveres, que se amontonan a docenas secuencia tras secuencia.

Hay también algunos detalles de estilo que tienen bastante gracia, como el uso del fuera de campo y del espejo retrovisor de un coche para mostrar el repetido atropello de uno de los malos, o la preferencia por los planos largos y sin montaje (con movimiento frenético de cámara, eso sí) para enseñarnos algunas situaciones de máxima tensión. Así pues, un muy reivindicable regreso a otras maneras de entender el thriller, apuntalado, por si alguien tenía alguna duda al respecto de su condición retro, por la presencia en papeles de malvados (dudo que casual) de un par de actores a los que debemos dos de los villanos más celebrados del cine fantástico de los años 80: Chris Sarandon, el turbador Jerry Dandrige de Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985), y James Hong, inolvidable David Lo Pan de Golpe en la Pequeña China (Big Trouble In Little China, John Carpenter, 1986).

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Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (13/10/2010)

La irregularidad como bandera

Abrimos fuego esta mañana con dos propuestas que provienen del cine oriental. Por un lado Tormented de Takashi Shimizu y a continuación Sector 7 del coreano Kim Ji-hoon. Lo mejor que se puede decir de la propuesta japonesa es que no se esperaba gran cosa de ella; parece que Shimizu exprimió demasiado la idea del “J-terror” con su saga Ju-on y en esta, su última película, se dedica sin piedad a ofrecer todo un catálogo de tópicos que ya ni sorprenden ni asustan, es más, por momentos el film incurre en secuencias que bordean el ridículo más espantoso amén de estirar el metraje en lo posible desvirtuando por completo un argumento que ya de por sí en ningún momento levanta el vuelo pero que con un mayor ahorro de efectismo y metraje más reducido podía haber llegado a funcionar.

Sin embargo, la gran decepción llega de la mano de Sector 7, una monster movie muy esperada, especialmente por los fans de The Host (Bong Joon-ho, 2006), y que por desgracia no cumple en ningún caso las expectativas creadas. Se trata de un filme rodado al más puro estilo Michael Bay, mucho efectismo, personajes absolutamente planos e intrascendentes y una colección insulsa de tópicos dramáticos y referencias cinéfilas que acaban por acumularse en una amalgama indigesta y por qué no decirlo, rutinaria. Un film que no funciona en tanto que abandona la personalidad del cine coreano y se dedica a fotocopiar sin tapujos todo lo peor de los blockbusters de la industria americana.

En cambio, Carré blanc del debutante Jean-Baptiste Léonetti supone una de las sorpresas más agradables del festival. Con un film silencioso, elegante y frío en las formas nos introduce en una distopia donde la competencia entre seres humanos es llevada al extremo, con lo que ello supone de deshumanización y violencia. Una película que bebe fundamentalmente de obras como 1984 o Un mundo feliz y que representa todo un toque de atención sobre adónde puede llevarnos nuestro modelo social. De hecho una de las virtudes de la película es que plantea ciertas situaciones que rayarían el absurdo (todo lo que hace referencia a la selección de personal) si no fuera porque son demasiado cercanas, reconocibles y por ello mismo aterradoras.

Para acabar la jornada nos vamos hasta la América profunda de la mano de Kevin Smith y su incursión en el género del thriller. Una película, Red State, que aborda la temática de la intolerancia del fanatismo religioso en América desde una perspectiva un tanto irónica y desdramatizadora. Smith muestra que tiene talento para rodar pero no para componer, yéndose el film demasiadas veces por derroteros poco interesantes y desviando la atención de la trama en aspectos quizás más secundarios. Digamos pues que el director de Clerks (1994) (entre otras) quiere abarcar mucho en un metraje muy reducido imposibilitando la concreción y restando mala baba a un proyecto que al final resulta tan interesante como fallido y que se aguanta fundamentalmente por el gran trabajo de Michael Parks y John Goodman.

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‘Transformers 3: El lado oscuro de la Luna’ (‘Transformers: Dark of the Moon’, Michael Bay, 2011)

Propaganda digital

¿Recuerdan La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel? ¿Recuerdan aquellos seres que suplantaban nuestros cuerpos, nuestra identidad? ¿Recuerdan la propaganda, mejor o peor, escondida tras este argumento fantástico? Si lo recuerdan, tendrán una ligera sensación de déjà vu tras visionar Transformers 3: El lado oscuro de la luna. Y es que la última película de Michael Bay reaviva la ficción propagandística adoptando ese temor paranoico tan característico del macarthismo pero transfigurándolo para que sea nuestra amiga la tecnología la que, camuflada en la cotidianeidad, se torne en nuestra contra: los alienígenas pueden adoptar la forma y uso de cualquier objeto tecnológico que nos rodee. Todo ello para gestar una propaganda probelicista que tiene en su cartel el primer indicio: lo que cuenta aquí es la monumentalidad de las armas y el factor humano, como en cualquier guerra, es un “daño colateral” cuya importancia queda minimizada.

Lo preocupante del caso que nos ocupa es que nos encontramos ante un tipo de propaganda bélica que pretende venderse a la juventud con un envoltorio de puro pasatiempo: la pirotecnia visual que permiten unos efectos digitales despampanantes, una ligereza argumental que bordea, si no se abisma, en el ridículo más espantoso (¿por qué los Decepticons masacran a los humanos si pretenden utilizarlos como esclavos?) y con el valor añadido de unas 3D realmente mareantes. Si a este envoltorio le añadimos un desarrollo similar al de los videojuegos shooter (un mata-mata, vamos) difícilmente el público objetivo, los jóvenes, puedan resistirse a su visionado. De esta manera el panfleto que explícitamente pretendía servir de propaganda queda encubierto por el entretenimiento de la ficción: la perversión de la retórica es en Transformers un acto discursivo naturalizado.

Una retórica distorsionada que oculta (quizás no demasiado bien) en las imágenes de esta película una representación del terror apocalíptico provocada por la sociedad post 11-S y una respuesta probélica a dicho terror: Chicago, con sus altos rascacielos, es destruida por unos seres provenientes del exterior que pueden camuflarse fácilmente entre nosotros (esos Decepticons que pretenden reconstruir su mundo y conquistar la galaxia). Para salvar a la humanidad precisaremos de la ayuda de otros extranjeros (¿a nadie le recuerda esto a Afganistán, Irak, etc.?) que estarán al servicio de la justicia y la Libertad. Bajo tales ideales la película hará pasar por una actividad lúdica el desmembramiento de los enemigos y la inclemencia total ante los mismos (¿no quedan muy cerca de ello las fotos de Abu Ghraib?): no hay más que ver el momento en el que Megatrón, el malvado de turno, le pide una tregua a Prime, el héroe, y éste le responde matándolo a golpes. Una actividad interesante para quienes vayan a visionarla: cambiemos a las máquinas por personas y veremos cómo la violencia robótica exacerbada obliga a variar la calificación por edades del filme.

Pero claro está que la retórica (digital) de la que se hace gala en este filme permite justificar el “estado de excepción” que comporta la lucha por “la libertad y la justicia” (parafraseando a Prime) y se permite el ataque aéreo a una ciudad, el uso de la violencia indiscriminada, etc. Se desdibuja así la delgada línea que separa la propaganda bélica de la ficción: debe recalar una conciencia crítica ante semejante espectáculo que evidencie los mecanismos discursivos que hacen de la guerra un objeto de deseo (hablando de deseo, se precisaría otro artículo para poder describir la vergonzosa actuación de las mujeres en la saga). Debemos hacer uso de una hermenéutica crítica que nos muestre las vestimentas del disfraz, las estructuras internas del discurso encubierto y que nos permita ver, en este caso, que el lado oscuro de la Luna no es más que el reflejo de la Tierra.

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