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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (13/10/2012)

El fin ha llegado

Llegamos a la última jornada del festival y lo empezamos de la mejor manera con Looper, film dirigido por Rian Johnson (Brick, 2005) en lo que se presume su salto al cine comercial. Aunque algo de esto hay, la gran virtud de Looper es saber desenvolverse en los códigos del cine de acción sin descuidar en ningún momento que detrás de los tiros y los efectos especiales existe algo llamado argumento y desarrollo de personajes con lo que construir una película sólida. Es evidente que, y más con el telón de fondo de los viajes temporales como excusa, hay algún que otro desliz de guión, pero nada que empañe el hecho de que, al recordar la película, lo que queda no es la espectacularidad de la misma sino sus momentos de intimidad, las relaciones que en ella se dan y que confieren un aire de credibilidad a esta obra de ciencia ficción.

Remontando el panorama, aunque no en exceso, del cine coreano proyectado en el festival nos llega The Thieves (Dodookdeul), film dirigido por Choi Dong-hoon (Woochi, 2009) que se adentra en el género de los denominados caper films. Con aires de superproducción y un argumento que se parece sospechosamente al de Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001) la película se mueve en varios registros, el ya comentado del caper y el thriller de acción mas “bournesco”, con todo ello sazonado con presuntos toques humorísticos. El resultado final es de un desequilibrio manifiesto ya que, curiosamente, la excusa argumental, el atraco, acaba por parecerse más a un tedioso y mal narrado Macguffin que al eje principal de la cinta. Es justo después del asalto a un casino cuando, y tomando los ya comentados derroteros de thriller, el film cobra un vigor y un pulso renovados permitiendo al director exhibir su dominio de la cámara en estas lides argumentales. Todo ello acaba por ofrecer un conjunto desigual, excesivo en metraje, sobre todo en su inicio y en una presentación de personajes demasiado exhaustiva para su importancia final. Aun así un producto nada desdeñable y más viendo el nivel de las últimas producciones coreanas.

Oír cosas como que Takeshi Kitano se repite y aburre con Outrage Beyond (Autoreiji: Biyondo) es casi como si alguien comentara lo mismo sobre los westerns de John Ford. Estamos en territorio yakuza, en territorio Kitano y por tanto ofrece exactamente lo esperado en lo argumental y en lo formal. ¿Aburrimiento? ¿Repetición? No, si acaso una lección de cómo el señor Kitano sabe movernos con elegancia y naturalidad por un mundo ajeno a nuestro acervo cultural, un mundo de criminalidad y códigos de honor y por encima de todo una master class en recursos formales que tienen como especial virtud que no son visibles hasta posteriormente, es decir una exhibición nada exhibicionista, valga la redundancia, sino sencillamente puesta al servicio de una puesta en escena impecable. Con este film Kitano se confirma ya, si es que hacía falta, como uno de los clásicos del cine nipón.

Para cerrar nuestro particular viaje por el festival visionamos la que, en palabras del director del festival, Ángel Sala, es la película regalo para la audiencia de cada edición. En este caso Beasts of the Southern Wild (Benh Zeitlin). Un film con grandes avales de crítica y público en festivales como el de Sundance o San Sebastián. Una película sin embargo notablemente torpe por su muestra impúdica de recursos sensibleros y su vano intento de disimularlos bajo un manto de cine independiente. En un bucle continuo consistente en desenfocar imágenes, mostrar a la niña protagonista en situaciones dramáticas, poner su voz en off con filosofía digna de un libro de autoayuda (y que además resulta inverosímil en boca de una niña de su edad) y acompañarlo todo con una musiquita reiterativa la sensación que se tiene es que estamos ante un continuo spot publicitario que tanto te vende una colonia, un seguro o intenta que te apuntes a Médicos Sin Fronteras o apadrines a un niño del Tercer Mundo. Un film que pretende crear conciencia sobre aquello de que otro mundo, otra forma de vida es posible, pero que lo hace apuntando de manera casi insultante a los recursos sentimentales de la audiencia. Un film que viene a ser la respuesta “arty” a The Impossible de Bayona, aunque en el fondo sean la misma cosa. Un producto que acaba haciéndose larguísimo, cosa nada extraña teniendo en cuenta que hay anuncios de Médicos Sin Fronteras mejores: son más cortos, y por tanto más concisos, directos y honestos.

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Sitges 2012 – ‘The Viral Factor’ (‘Jik Zin’, Dante Lam, 2012)

Coreografiando la violencia

El cine de acción no pasa precisamente por uno de sus mejores momentos. Cuesta encontrar una película de este género que no aburra o que no sea una mera sucesión de persecuciones y tiroteos. En este contexto, la producción asiática está claramente ganándole la partida a la estadounidense, y es que las propuestas más osadas e interesantes vienen de aquella parte del mundo. The Viral Factor es el último ejemplo de esta supremacía oriental, un apabullante y excesivo actioner que ni tan sólo se despeina para dejar en pañales a toda la producción hollywoodiense de este año en este género.

Una de las claves de The Viral Factor es que se preocupa por sus personajes: los protagonistas son dos hermanos que, separados cuando eran niños y sin verse durante 20 años, tropiezan en una espiral de violencia convertido uno en un policía y el otro en un ladrón. Una trama paralela a la principal que consigue que la audiencia se sienta implicada con los protagonistas. No es el único mecanismo que Dante Lam usa para dotar de personalidad a su película. De nuevo el fin del mundo, leit motiv del festival de Sitges 2012 en el que se ha proyectado The Viral Factor, merodea en el argumento: unos terroristas a sueldo de una gran empresa farmacéutica planean re-introducir el virus de la viruela en los cinco continentes para que luego la farmacéutica se forre vendiendo la vacuna. El virus ejerce de McGuffin que impulsa la narración de un nivel al siguiente, así que en todo momento su amenaza está presente aunque no sea el motivo principal como en, por citar una película reciente y que también se ha visto en Sitges, Contagio (Contagion, Steven Soderbergh, 2011).

Pero todo esto son detalles de poca importancia en los que un análisis como este puede detenerse, aunque no nos confundamos: el plato fuerte de una película como The Viral Factor reside en la fuerza de sus secuencias de acción. Y aquí no hay más remedio que inclinarse y admitir que, de nuevo, el cine asiático ha demostrado una potencia, una creatividad, y un sentido del espectáculo cinematográfico únicos. Sitges ya cobijó el año pasado una joya como The Raid: Redemption (Serbuan Maut, Gareth Evans, 2011), cinta indonesia que ha sentado cátedra en lo que a violencia física se refiere (costará ver una película en la que los mamporros y las peleas sean tan virulentos y gráficos), y ahora The Viral Factor lo que hace es recuperar esa acción frenética, desbocada, pero al mismo tiempo física, “controlada”, no demasiado grandilocuente ni efectista, que caracterizó a los grandes actioners de los años 80 como Arma Letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987), modelo obvio en el que Lam se ha inspirado para coreografiar la acción de esta película. The Viral Factor está filmada con un gusto exquisito poco habitual en la actualidad, muy alejado de esa odiosa manía de filmar este tipo de películas con movimientos constantes de cámara y planos cortos. Lam, al contrario, desliza la cámara suavemente por en medio de frenéticos tiroteos, sigue con travellings estables a perseguidores y perseguidos en sus carreras, y usa el plano general para encuadrar bien la acción y para situar a los personajes dentro del escenario. Hay efectos digitales, pero pocos y bien empleados. El montaje nos permite ver y disfrutar de la acción, no la mutila en micro-planos. Y aunque se le va la mano con el sentimentalismo, como le ocurre a la mayor parte del cine oriental (esos soliloquios eternos y ridículos en los que se subraya lo que ya se da por supuesto), Lam controla también el tempo interno de la película, dosificando la acción y los momentos más expositivos y dejando para los últimos 40 minutos un terremoto imparable de set pieces de acción, una detrás de otra, casi sin diálogos, para dejar exhausto al espectador al final de la proyección. Y doy fe de que uno se queda sin aliento con tanta persecución, tiroteo, caídas, coches, barcos, cuerdas, disparos, explosiones, chalecos antibalas y fusiles de asalto. Definitivamente, uno de los must see de este 2012.

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