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Sitges 2013 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (14/10/2013)

Un día de violencias múltiples

Amit Kumar nos presenta en Monsoon Shootout un curioso thriller policíaco que adopta el formato de, por ejemplo, Corre Lola, corre (Lola rennt, Tom Twyker, 1998), es decir, a partir de un punto determinado las situaciones que se nos muestran varían en función de la elección del protagonista. El guión, así como su ejecución, no apasionan, especialmente porque se intenta mantener un tono de neutralidad, de falta de moraleja ideológica cosa que, lejos de su pretensión, acaba por adoptar toques de cierto desentendimiento de la suerte que corren los personajes. Junto a ello se echa en falta una determinación más grande en lo que respecta a la violencia: cualquier escena donde ésta se hace presente (excepto tiroteos) siempre es disimulada mediante fundido o metáfora visual, lo que resta intensidad e incluso credibilidad al relato. A pesar de ello no deja de ser una modesta pero correctamente rodada película de acción que no entusiasma pero que no disgusta.

Cuando lo mejor que se puede decir de una película como Machete Kills es que su momento más divertido, incluso hilarante, es el falso (o no) tráiler de la tercera parte significa que estamos ante una película evidentemente fallida. O puede que no, porque en cierta forma Machete Kills repite punto por punto las carencias de su predecesora: exceso de cameos, agotamiento por reiteración de los chistes, ausencia de ritmo... Es por eso que en cierto sentido Machete Kills no decepciona a nadie, uno sabe lo que va a ver y eso es precisamente lo que ofrece; otra cosa es que lo ofrecido cumpla unos mínimos, que no es el caso. El principal problema con Machete, película, personaje y concepto, es que sirve para una pequeña broma de colegas (ergo para falsos tráilers) pero no tiene la suficiente entidad ni cuerpo para un film entero, y no digamos ya para una presunta trilogía. Por ello es realmente preocupante constatar que Robert Rodríguez, director irregular pero de talento demostrado, siga empeñándose en hacer gracietas con un personaje que daría para cameos (como el que hizo en Spy Kids, 2001) pero nunca para esta especie de película excusa, de tráiler alargado de preparación para una tercera parte que igual nunca llega.

Casting Blossoms to the Sky (Nobuhiko Ôbayashi) puede ser excesiva en su metraje, especialmente en un tramo final demasiado alargado y sobre todo propenso a una cursilería sentimental no muy convincente. Pero estos son detalles que se antojan nimios ante la magnitud de lo narrado. Esta es una película de pretensiones didácticas que, mediante algo aparentemente anecdótico como el proceso de creación de fuegos artificiales, consigue tejer relaciones entre los desastres que ha vivido Japón en las últimas décadas. Una película que pone sobre la mesa asuntos tan fundamentales como la inutilidad de las guerras, sus consecuencias nefastas, pero también sabe sacar petróleo explorando cómo estos sucesos han ayudado a recuperar conceptos como la solidaridad e incluso el orgullo por cierta tradición japonesa perdida en favor de la occidentalización. Esta es una película con vocación de cierre de heridas precisamente usando la conmemoración luctuosa. Recordar para aprender y no olvidar. Una película cálida, humana, sentida, que se expande a medida que avanza en su metraje y que deja poso una vez finalizada.

Dos son los errores que comete el documental Milius (Zat Knutson, Joey Figueroa). Por un lado su factura impersonal. Una sucesión de entrevistas laudatorias ya vistas, declaraciones personales y familiares, en una estructura evolutiva lineal y sin opiniones divergentes en la crítica. Por otro está el continuo intento de enmascarar, disimular o hacer más "agradable" el carácter ultraderechista del director americano. John Milius es una persona (o personaje, según interpretación) lo suficientemente polémico para haber ofrecido una visión más arriesgada, más controvertida sobre su forma de pensar y dirigir, lo que no es contradictorio con mostrar admiración hacia su obra. Posiblemente John Milius merecía un documental más poliédrico en la opinión, más polémico si se quiere ya que al final uno tiene la sensación de no haber conocido nada que no se pueda leer en la Wikipedia o, lo que es lo mismo, es un documental que no funciona porque no consigue despertar interés sobre la persona de la que se habla.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (06/10/2012)

Transversalidades y locuras

Media hora de videoclip sobre fiestas más o menos rave en Chile. Así es como comienza Aftershock (Nicolás López), un film que en estos momentos (e incluso dada la similitud de uno de los personajes con Zach Galifianakis) iniciales podría pasar por una tercera parte de Resacón en Las Vegas (The Hangover, Todd Phillips, 2009). A partir de aquí se inicia un film que recoge el espíritu de las producciones setenteras de grandes catástrofes. Lamentablemente el transcurso de la narración se presenta endeble y divagatorio, con situaciones y personajes que pretenden transgredir el rol aparentemente asignado en esta clase de géneros pero que, por más giros, por más sucesos que les ocurran acaban por ser predecibles cuando no ridículos. La autoparodia crítica se convierte pues en un convencionalismo que raya lo irritante, quedando lejos por tanto de sus pretensiones subversivas iniciales para caer en un mero entretenimiento de bajo calado y de fácil olvido.

Con muy buen criterio se aprovecha la presencia de Don Coscarelli no tan solo para ofrecer su nueva película y de paso entregarle el premio “Máquina del Tiempo”, sino que se rescata lo que ya se podría considerar un clásico del género de terror: Phantasma (1979). Una película de ambición y presupuesto pequeños, pero que supo jugar con habilidad sus cartas y ofrecer un hábil descenso a los infiernos. Combinando lo psicológico con lo explícito, el film de Coscarelli demuestra que se puede jugar con varios elementos (terrores infantiles, mezcla entre realidad y ficción, monstruos, saltos dimensionales) sin que el conjunto se resienta y ofrecer así un brillante estudio sobre la misma naturaleza del terror. Una película a la que el tiempo le hace justicia y que no se resiente ni estética ni argumentalmente del paso de los años.

Es una auténtica lástima asistir a un producto tan fallido como Iron Sky (Timo Vuorensola), y más cuando tiene todos los elementos para ser una producción que uno se siente incitado a visionar. Nazis en la luna buscando venganza, efectos especiales camp, estética retrofuturista y la siempre estimulante presencia de Udo Kier suman un cocktail que a priori está destinado a ser todo un festín para paladares freak. Al final todo se queda en las buenas ideas porque su plasmación queda lastrada por un guión endeble que no da coherencia argumental y que produce situaciones y diálogos que lejos de ser graciosas acaban siendo casi de sonrojo por su ingenuidad y falta de empaque. Sí, al final lo mejor del film es su estética, pero no resulta suficiente para aguantar su estructura quedando la sensación, parecida por ejemplo a la de Machete (Ethan Maniquis, Robert Rodriguez, 2010), de que el tráiler sigue siendo mucho mejor que el resultado final de una cinta que prometía ser magnífica y acaba siendo un simple desvarío inocente.

Pero para locura, la que nos muestra el documental Method to the Madness of Jerry Lewis (Gregg Barson). O mejor dicho, la falta de ella, porque el título no deja de ser un referente irónico a aquellos que creen ver en el actor americano un simple comediante gesticulante hasta lo insoportable. Lo que este, por otro lado correcto pero sin nada especial en lo formal, documental nos enseña es precisamente a comprender a Jerry Lewis, a ir más allá de lo aparente y descubrir aspectos, fundamentalmente relacionados con las entrañas del propio cine, que van más allá de la mera reivindicación. Sí, evidentemente este es un documental-elogio, pero no se trata tan solo de poner testimonios y que digan maravillas de la persona-actor. Se trata de descubrir que detrás de las muecas hay una persona realmente preocupada por los mecanismos del arte cinematográfico, desde las repercusiones monetarias de sus películas hasta la idea de conocer y ejecutar todos los aspectos técnicos de sus filmes. Lo mejor sin duda del documental es que no pretende adoctrinar, no quiere que el espectador salga enamorado de Jerry Lewis, puede que siga odiando sus interpretaciones o sus películas, pero sí, a través de lo visto, uno puede aprender a respetarlo.

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