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Top D’A Film Festival 2018

Terminamos nuestro decálogo de textos sobre el D’A Film Festival con un Top 15 de los mejores momentos.

Carlos Balbuena

 –El desolador plano final de Escoréu, 24 d'avientu de 1937, En el que Ramón Lluís Bande invoca a los 10000 cuerpos aún enterrados en las cunetas asturianas.

–La incontinencia verbal de Tesa Arranz en Aliens, de Luís López Carrasco, haciendo un repaso a todos los nombres propios de la Movida, incluido un Pedro Almodóvar del que dice que ni tenía talento ni era interesante.

–La tremenda y desgarradora reflexión sobre la maternidad que Carolina Astudillo hace en primera persona en su maravillosa Ainhoa, yo no soy esa.

–La sesión de Fasenuova sobre Maya Deren. Una verdadera EXPERIENCIA audiovisual (y sí, EXPERIENCIA, en letra mayúscula).

–El maravilloso blanco y negro, rodado en 35 mm, de Amante por un día. Hay siempre algo de cine de la Resistencia que me emociona en Philippe Garrel.

 

Marla Jacarilla

–La hermosa secuencia del baile de En attendant les hirondelles de Karim Moussaoui, en la que los gestos y miradas de sus protagonistas dicen mucho más que todos sus diálogos.

–El desolador final de Frost, de Sharunas Bartas. Una película en la que la guerra es un elemento desconocido, extraño y ajeno. Al menos, hasta que ya es demasiado tarde como para huir de ella.

–El desconcertante final de Dhogs, de Andrés Goteira. Un final en el que se pide al espectador que tome partido, esta vez sí, de forma activa y consciente.

–El descacharrante inicio de Oh Lucy!, que tiene lugar en la academia de inglés más bizarra a la que hayamos podido asistir jamás.

–Los gloriosos minutos que Guy Maddin le dedica a Chuck Norris (triste) en The Green Fog, el modo infalible de conseguir que toda una sala de cine se ría a carcajada limpia. 

 

Enrique Aguilar

Amante por un día. Mirar, bailar, sentir.

Trinta Lumes. Escuchar la lluvia.

Les Unwanted de Europa. Dos cuerpos que caminan, gestualidades diferentes, una frontera.

Cocote. Ritual.

A Ciambra "Siamo noi contro il mondo".

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D’A Film Festival 2018 (VII)

 Breve elogio del cortometraje

Algunas de las mejores películas que se han podido ver en esta edición del festival duran menos de media hora. Una de ellas, ni cinco minutos. Me parece bien que las llamemos “cortometrajes”, porque lo son, porque duran poco, y eso es innegable. Lo que no me parece tan bien es que por ese motivo se las considere menores: cortas sí, pero de ninguna manera pequeñas; son películas, sin más. Hay habitualmente una  condescendencia respecto al cortometraje que resulta muy molesta e irrespetuosa, como si Lo Sguardo di Michelangelo (2004) no mereciese estar a la altura del mejor Antonioni, The Big Shave (Martin Scorsese, 1967) no fuese la película de uno de los cineastas visualmente más rabiosos y brillantes de la historia, o Miró l´altre (Pere Portabella, 1969) no hablase de Joan Miró con tanta lucidez como podría hacerlo un documental de hora y media. ¿Es que acaso no es Pla y Cancela (Elena Duque, 2018), que dura apenas 3 minutos y que desde la artesanía experimental del stop motion ofrece una visión fantasmagórica y fascinante del doloroso paso del tiempo,  una de las propuestas más interesantes que se han visto en un D´A del que hemos disfrutado hasta caer rendidos?

Por otra parte, entiendo la dificultad de encajar estas películas de metraje reducido en una parrilla en la que ya de por sí los programadores se las ven y se las desean para cuadrar los horarios de proyección de casi un centenar de obras, pero me da la impresión de que el hecho de que acaben recluidas en una sección estanca favorece la percepción de los cortometrajes como “peliculitas”. De la misma manera, creo que lanzarlas una detrás de otra, sin solución de continuidad, en una sesión de dos horas largas, dificulta enormemente el ejercicio necesario de pensarlas, de reflexionar sobre lo mucho que algunas de ellas ofrecen. Ignoro si hay posibilidad de hacerlo de otra forma, y en todo caso seguro que no es nada fácil; tampoco trato de decir que desde el festival se menosprecien estas películas o a sus directoras y directores, todo lo contrario: sé perfectamente el esfuerzo que supone incluirlas en la programación y el mimo con que se trata a cada una de ellas; pero, insisto, tal vez habría que encontrar la forma de dignificarlas un poco más. No aquí, no en el D´A, no en los festivales: en cualquier sala de proyección, en cualquier circuito de exhibición.

Ejercido el derecho a la pataleta, habría que empezar a hablar de algunas de estas películas. Gran parte de lo que más me ha interesado de este Impulso Colectivo en formato corta duración tiene que ver con la no ficción. Bohèmia, de Anna Petrus, es la excepción. Una obra delicada y sutil sobre el descubrimiento de nuevos mundos (interiores). Rodada con la calma y la precisión con la que la pintora protagonista observa y captura los paisajes que ve por primera vez, y con la fascinación y la curiosidad con la que un niño descubre el amor en esa presencia nueva que aporta una mirada distinta sobre los espacios y las rutinas que tanto conoce. Una obra de ficción, pero rigurosa a la hora de retratar paisajes, tradiciones y modos de vida.

Igualmente riguroso y con la meticulosidad a que obliga cierto tipo de cine de no ficción es el retrato del pintor Manuel Moldes que realiza Ángel Santos. Digo retrato del pintor, pero en realidad debería decir análisis de su pintura, de sus métodos, de sus espacios, de sus ritmos, de sus trazos. M. (Manuel Moldes, Pontevedra Suite 1983-1987) es una película granulosa, que traslada al cuerpo del fotograma la textura de la obra del pintor, rodada y fotografiada como un trazo de pincel. Solo vemos al pintor trabajando, pero Ángel Santos consigue convertir esa rutina en gestos emocionantes.

Y si Ángel Santos extrae emoción del movimiento repetitivo de un pincel sobre un lienzo, Ramón Lluís Bande lo consigue plantando la cámara frente a una pared. Por supuesto, no una pared cualquiera, sino una impregnada de los vestigios de un pasado terrible cuyas heridas aún no han cicatrizado. Se trata de los calabozos de Cangas del Narcea, en cuyos muros aún  se conservan algunos dibujos y escritos de los condenados a muerte durante el franquismo. Aún me quedan balas para dibujar evoca el pasado desde el presente con la sencillez y el rigor que caracterizan el cine de su director, incansable en sus luchas y fiel a sus presupuestos formales. Sabe perfectamente cuánto puede un plano fijo y vacío mirando frontalmente las ruinas de la memoria.

También Luis López Carrasco mira frontalmente al pasado y, como Bande, lo hace para cuestionarse el relato que se ha hecho. Aunque si de la película del cineasta asturiano podríamos decir que es “discreta” en su sencillez, Aliens es un vendaval. Desbordante, caótica y alucinada como la propia Tesa Arranz, figura destacadísima de lo que se conoció como La Movida, y de la que Luis López Carrasco realiza un retrato íntimo que se convierte, gracias a su incontinencia y locuacidad, pero también gracias a determinadas apuestas estéticas y formales de López Carrasco, en el análisis de unos años de los que no queda nada claro que hayamos salido indemnes.

Hay muchas formas de hacer una película política. Virginia García del Pino se sirve de la voz del filósofo Josep Maria Esquirol, que improvisa reflexiones acertadísimas a partir de las imágenes que se nos ofrecen a diario en cualquier medio de comunicación, para elaborar un discurso muy lúcido acerca del espectáculo y la farsa de la vida política y, sobre todo, de su representación. Creo que Improvisaciones de una ardilla es importante por lo que cuenta,  por su reflexión serena, pero también por la forma de contarlo, porque no hay ningún artificio (aparente) y porque deja claro desde el título (esas improvisaciones) que lo que oímos es nada más (y nada menos) que el resultado de la mirada de una persona con actitud crítica frente al presente.

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D’A 2014 – ‘El futuro’ (Luís López Carrasco, 2013)

El francotirador

De aquellos polvos vienen estos lodos. Una frase que ya es un clásico para describir la causalidad de la desgracia. Siempre mirando hacia atrás es fácil analizar los cómos y los porqués de una situación. Un análisis este muy en boga, esencialmente ante la crisis a todos los niveles que ha golpeado y golpea al estado español. Lo que Luís López Carrasco propone en su película, El futuro, es precisamente lo contrario: sumergirse en el polvo, vivir in situ esos momentos donde “todo parecía que iba a ir bien” y mostrar con toda su crudeza la semilla de la destrucción posterior.

El método es simple, mostrar tal cual, sin aditivos artificiales, una fiesta cualquiera de la España de 1982. Momento de inicio de la modernidad y el progreso, como bien nos dice la voz en off de un Felipe González ganador de las elecciones generales. Una juventud que discute, habla y se relaciona a ráfagas, de la trascendencia política a la superficialidad más absoluta. Conversaciones estas entrecortadas, a veces inaudibles y casi siempre soterradas bajo la apabullante e incesante continuidad de una música definible e identificable como perteneciente a la parte mas underground de la movida madrileña.

Gente como Aviador Dro o Parálisis Permanente, entre muchos otros, no solo acompañan la fiesta sino que sirven de hilo conductor de la acción. No por casualidad la letra de las canciones se superpone, identifica o incluso parodia las conversaciones y actitudes de los presentes en la fiesta. Son letras entre el nihilismo y la desesperanza, que nos hablan de vacío existencial y náusea ante y por lo superficial, eso sí, con cierto regodeo irónico ante ello. Son canciones que funcionan como espejos, poniendo de relieve lo grotesco y absurdo de la situación.

La estructura del film, díptica con bisagra, nos muestra el ascenso de la fiesta como promesa de un futuro mejor. Promesa, claro, que funciona a base de drogas, pose de desinhibición sexual y filosofía dionisíaca cuando menos discutibles. Un panorama que contrasta con el intersticio sarcástico en forma de fotos de la España “feliz” de tiempos de Franco. Una España llena de gente sonriente y sana, adornada con el fondo musical de Aviador Dro, Nuclear Sí, que consigue que equiparemos aquello con un páramo ridículo y radioactivo.

Es en este punto cuando El futuro entra en una dinámica, especialmente subrayada en su tramo final, sobreexplicativa. Parece como si el director sintiera la necesidad de explicitar la metáfora, lo que en cierta manera supone un autocastigo personal al dudar de la potencia visual de su producto. Agujeros negros en los rostros de los protagonistas, proyecciones desenfocadas de acciones anteriormente “positivas” como la ingestión de drogas y una salida al exterior de la fiesta que refleja una ciudad actual fantasmagórica, son recursos que se antojan demasiado fáciles, por su ansiedad de despejar incógnitas sobre lo visto.

A pesar de ello, El futuro resulta un film inteligente y atrevido en su planteamiento. Cierto que su flirteo mixto entre lo experimental y el found film footage convierten a la película en un producto no ciertamente fácil de enfrentar, pero a cambio ofrece una suerte de cine social de denuncia diferente, afilado, con la neutralidad del científico que observa por el microscopio y que no juzga, solo constata. Una visión por ello tan apartidista como valiosa y necesaria.

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D’A 2014 (28/04/2014) – Yo estuve allí

1.Viví en esa casa durante 18 años. O bueno, tal vez fueron 20

D y H llevan, así como quien no quiere la cosa, veinte años de convivencia a sus espaldas; y los han pasado todos en la misma casa. Una casa que ahora han de vender (no sabemos muy bien por qué, aunque en realidad tampoco importa). No se trata de una simple transacción económica, sino de un proceso de duelo. Las paredes son lo de menos, los recuerdos son lo que en realidad duele. D es performer (cantante de punk en la vida real) y H arquitecto (artista conceptual en la vida real). Ambos han desarrollado una relación muy especial con la casa, del mismo modo que han desarrollado una relación muy especial entre ellos.

Exhibition, el nuevo film de la directora británica Joanna Hogg, prescinde de actores profesionales y desarrolla con mucha sensibilidad –que no sensiblería– una historia mínima y cotidiana que habla de nuestras relaciones, de los lazos que establecemos con lugares y personas, del arte y de la comunicación; no como suceso sino como proceso, complejo e inabarcable.

En contadas ocasiones el mundo del cine ha reflejado la realidad del arte contemporáneo. Tal vez porque no le interesa, o tal vez porque prefiere mantener las distancias. Son terrenos colindantes, sí, pero las divergencias entre ambos a menudo crean una tensión latente. La mayoría de artistas contemporáneos que aparecen en el cine son meros clichés. Estereotipos caricaturizados del artista bufón que realiza estupideces y las llama arte (Pido disculpas por este arrebato repentino, a veces mi vena reivindicativa tiene más fuerza que yo). Por suerte, Joanna Hogg huye de los tópicos y se acerca con sinceridad y empatía al arte contemporáneo. Y eso es algo muy de agradecer.

2. Estuve en esa fiesta

Luis López Carrasco (miembro del colectivo Los hijos) propone al espectador un experimento atípico y lo sumerge de lleno en una fiesta ambientada en la España de los años ochenta. Concretamente, en 1982, el año en que Felipe González llegó al poder, el año en que muchos españoles creyeron ver la luz al final del túnel. En El futuro no hay una historia al uso y tampoco hay un argumento. De hecho, incluso su propio director duda que sea una ficción. “Podría ser un documental de una fiesta de disfraces ambientada en los ochenta, y en cierto modo lo es”. López Carrasco rueda en 16 mm y asume el error como parte inherente del proceso. Los cortes bruscos en la película, la iluminación irregular, el sonido saturado y molesto. La aparentemente arbitraria deriva por la casa puede (y pretende) aturdir al espectador. Como el exceso de esperanza ante la llegada de la democracia, que también nos dejó aturdidos y así nos va. Hay en El futuro una profunda pero abierta reflexión que nos habla del desencanto, eso que tan de moda está ahora que sabemos que muchas de las promesas del pasado fueron vanas. El problema (o el reto) para el espectador poco acostumbrado a los híbridos inclasificables y los experimentos cinematográficos, será el de enfrentarse a una experiencia que desafía los límites del cine convencional y se apropia de tácticas y recursos más propios del cine experimental o el videoarte para mostrarnos una realidad demasiado, demasiado, demasiado cercana.

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3. Mi país colonizó al tuyo

Los espectadores que ya hayan visto algún trabajo anterior de  Javier Fernández Vázquez, Luis López Carrasco y Natalia Marín Sancho –el colectivo Los hijos–, no se sorprenderán tras el visionado de Árboles. Percibimos, tanto en la forma como en el fondo, una coherencia interna que ha sabido evolucionar desde cortometrajes como El sol en el sol del membrillo (2008) o Ya viene, aguanta, riégueme, mátame (2009). Sobre todo, pienso en Enero 2012 o La apoteosis de Isabel la Católica (2012), en la que el tema del colonialismo aparecía ya de un modo bastante evidente. Con Árboles, el colectivo Los hijos se adentra en Guinea y nos habla de Fernando Poo y de su pasado. Bueno, y por extensión, del pasado de España. Concretamente, de la España colonizadora. Para ello, huyen del tono moralista o aleccionador que a menudo encontramos cuando se abordan estos temas y realizan un ensayo fílmico fragmentado y etéreo, compuesto de piezas irregulares y leyendas, de brumas y bosques, de ciudades que desaparecen, de un pasado que nos empeñamos en esconder.

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