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Paseos por el Documenta Madrid 2014 (II)

De vuelta del paseo

El Premio Internacional al Mejor Largometraje, My Name is Salt (Farida Pacha), de producción suiza e india, segundo documental de la autora, nos ubica en una larga tradición, el cine antropológico de Jean Rouch, con elementos de una poética personal exquisita, cercana en algunos momentos al estilo trascendental que perfiló el teórico y guionista Paul Schrader, desarrollando la idea de los estudios del arte bizantino de Gervase Mathew, estudios sobre el detalle en el cotidiano que Mathew denominó la “estética de la superficie” y que cines como el de Bresson, Ozu, Dreyer o Mizoguchi llevaron a cabo. Esta idea no la podemos tomar como canon genérico para este film, aunque muchos de los momentos aprecian este sentido por el sentir por los detalles de la jornada cotidiana de estos personajes, o por los planos largos, donde el espacio casi lunar (una salina) hace que las figuras humanas parezcan meras líneas en un fresco.

La historia versa sobre un grupo familiar, pareja, dos hijas y un amigo, un pequeño núcleo de recogedores de sal que cada año, como nómadas, se dirigen a su explotación de sal que desaparece literalmente de la faz de la tierra cuando llega el Monzón; es una zona desértica durante los ocho meses restantes, y parte del mar durante los meses de las lluvias. En ese periplo la realizadora nos ha mostrado un páramo, sólo la línea del horizonte, la nada, pero ahí en ese espacio está toda la materia prima y fuente de ingresos de ese grupo, y la materia prima del film. Unos seres extraños se paran en un punto del desierto y excavan con primitivos utensilios, utilizando las manos, en la tierra seca, que cada vez más va convirtiéndose en un lodazal barroso. El agua comienza a filtrarse y surge en medio de un hoyo una extraña figura: es una bomba de motor.

Aquí empieza todo el proceso, han levantado de nuevo una vivienda, la adecentan y la arreglan con el mismo barro que han sacado de la tierra. De la nada están construyendo un mundo, su pequeño hábitat durante esos 8 meses. El grupo comienza a dibujar las balsas donde estancarán el agua que la bomba extrae del subsuelo, el espacio se va llenando de espejos y las figuras comienzan a moverse, al igual que un cuadro animado, o una fotografía animada por este espacio. El film se convierte en un cuadro, el paisaje engulle literalmente la figura humana, que sólo se hace patente, en los planos más cercanos, cuando la fuerza del trabajo, las manos, las texturas de la tierra y la sal se acercan a la lente. Esa misma intención es la que ha construido Costa da morte de Lois Patiño (premio a Mejor Director Novel en el Festival de Locarno), o su cortometraje Montaña en sombra (2012). Volver de nuevo a un Cine básico donde la pintura, el afán del plano en superficie, o la imagen en sí nos mira, de alguna manera, y nos atrapa, simplemente por el afán de eso que tenemos delante; tomando a Didi-Huberman, distinguir dónde la imagen arde, dónde está su eventual belleza, su “signo secreto”. Estos Films (Costa da morte también se proyectó en el festival) responden al afán por buscar esa imagen ardiente que nos dirija a la idea de un Paraíso perdido. El paisaje, sobre todo bajo la mirada de este cine contemplativo, mítico al igual que la mirada de los maestros cineastas del Este, responde bien a la mística de la contemplación muy arraigada en Oriente, y que se erige como imagen que proyecta una sensación de trascendencia; me viene a la memoria el film de Sokurov Voces espirituales (Dukhovnye golosa. Iz dnevnikov voyny. Povestvovanie v pyati chastyakh, 1995), para identificar las sensaciones que en algunos momentos brotan de esta bella película.

Iranien se ubica en el documental testimonio y de análisis politico-social, en este caso es la intención por parte del propio autor, Mehran Tamadon, de llevar a cabo conversaciones de entendimiento, intercambios de puntos de vista entre dos formas de ver el mundo. La sociedad laica y la sociedad creyente en Irán. La propuesta, completamente personal por parte del autor, de conseguir puentes de unión entre las distintas partes de la sociedad iraní. Él es un exiliado que vive en París; su familia, en un primer instante, apoyó la revolución del Ayatolá Jomeini, para, posteriormente, en la implantación de la religión en la vida civil (con la limitación de las libertades) y al construirse el régimen teocrático que hoy conocemos en Irán, exiliarse. Los padres de Mehran, universitarios de la época, estuvieron a favor de la caída del Sha. Hoy en día, en el exilio, el director ha estado intentando, durante tres años, a través de diferentes entrevistas, entablar, construir puentes hacia una secularización de la sociedad iraní. La reunión que plantea Mehran junto a cuatro conocidos, todos ellos creyentes y seguidores de la revolución, propone, a través de juegos y espacios de discusión, los planteamientos donde dos formas diametralmente opuestas de entender el mundo, el laicismo y lo religioso, comiencen a entablar conexiones para, según la intención del propio autor, hacer que la vida pública sea un espacio libre, sin intromisión religiosa. La película no es tanto un espacio de análisis de Irán, a mi modo de ver tiene una reflexión universal, entre el relativismo y el dogma. Mehran Tamadon intenta construir el diálogo pero en la mayoría de los casos se convierte en un monólogo por parte de los creyentes; ante esta situación el autor intenta encontrar y entablar puntos intermedios que son, en gran parte, difíciles de encontrar. Realmente la película tiene un punto de inocencia, o más bien positiva inocencia al intentar buscar esos puentes – siempre se debe. Cinematográficamente es un film que se expresa en el campo de la palabra, es un gran documento social, una obra probablemente necesaria para construir otras cuestiones que están alejadas del lenguaje cinematográfico, pero el Cine, al fin y al cabo, también vale para eso. Las preguntas que deja en el aire el film, y la factura del testimonio, hacen pensar sobre la forma de valorar que el festival ha tenido al otorgarle un premio a este film. Son nuevas claves para dibujar una filosofía de festival, no sólo premiar la factura cinematográfica, también la labor del documental como herramienta para entender la otredad, los otros, el tiempo de nuestra sociedad, política y económica. El cine como documento de la Historia que vive, que está viva.

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Paseos por el Documenta Madrid 2014 (I)

Introducción

El Documenta Madrid 2014, ya un clásico de la ciudad y los espacios culturales del Matadero, más las proyecciones de los ciclos de la Filmoteca Española (Cine Doré), cerró el día 11 de mayo su 11ª edición. El año pasado ya se asentó en su actual ubicación, un espacio que no sólo te invita a una gran oferta cultural, también te permite disfrutar al mismo tiempo de la ciudad, espacios abiertos junto al paseo del río Manzanares. Aquellos años donde el festival se repartía por varias salas de la ciudad han pasado, me acuerdo del cine Palafox, o el Círculo de Bella Artes… otra forma de buscar la película, intentando calcular el tiempo que faltaba entre una sesión y otra, el recorrido de una sala a otra tenía sus complicaciones pero también sus virtudes, te permitía disfrutar la ciudad de otra manera, callejeándola de bar en bar.

Retomando el celuloide, el festival tuvo una buena selección de películas, la mayoría en el tono del documental más narrativo, aunque la ganadora, el film My Name Is Salt (Farida Pacha), respondía a un tono más onírico, plástico, muy sugerente, un film con todos los condimentos, un balance de todos los elementos, lo real documentado, lo cotidiano y etnográfico en la plasmación de los espacios y la banda sonora (diegética) como herramienta onírica, un film que podría retratar el festival en todos sus reflejos. Es así como esta película se balancea bajo los equilibrios, creo, de los contenidos que el festival pretende. Este film, que comentaremos con mayor profundidad, expresa ese tiempo del testimonio, lo antropológico, como ya he comentado, pero también una visión poética del mundo

Hay otros festivales de documentales donde se hace más énfasis en esa capacidad de la imagen por crear, con una apuesta más abierta hacia espacios de mayor ensoñación y abstracción, con la memoria emotiva como propuesta motora... éste es el caso del Doclisboa. Pero el valor, obvio, del documento y el análisis sociopolítico reflejado en testimonios es uno de los principales valores del cine documental, es un valor eterno de este tipo de cine, no lo vamos a negar. Las películas que han sido seleccionadas en la competición de largometrajes internacionales este año han ido, en su mayoría, dirigidas a este espacio… Iranien (Mehran Tamadon), The Green Prince (Nadav Schirman), Ukrania no es un burdel (Ukraine Is Not a Brothel, Kitty Green), The Return to Homs (Talal Derki). El mundo árabe es un lugar de fuertes convulsiones sociales, el caso de Siria, en medio de una guerra civil, ha sido el cultivo de una gran cantidad de producciones fílmicas en los últimos tres años, el conflicto palestino-israelí… los éxodos y conflictos de las llamadas “primaveras árabes”, un mundo desatado. Fuera de concurso se proyectó The Square (Al midan, Jehane Noujaim), con producción norteamericana, que fija la filmación en los acontecimientos que se desarrollaron durante dos años en la Plaza Tahrir, más libertad, más democracia, más pueblo. La importancia que tienen los nuevos medios de comunicación, las redes sociales para cambiar y conocer información, descubrir que hay otro mundo y que se puede vivir de otra manera exigiendo cambios a los poderes anquilosados. Sus personajes, cinco jóvenes que creen en la revolución, cambiar todo para un Egipto donde poder vivir mejor, ese grito de toda una generación, no puede ser callado; hoy, Egipto vive bajo una dictadura militar, la historia continua. Con esta obra de testimonio directo e implicación en la plaza Tahrir comparo el film de David Muñoz Otra noche en la Tierra (film que no se proyectó en este festival y sí en L’Alternativa de este año), que venía a contar de otra forma, a través de diferentes taxis, los testimonios de los propios taxistas y sus clientes (retomando el clásico de Jim Jarmusch Noche en la TierraNight on Earth, 1991–), mostrándonos la situación y el tiempo del país egipcio, desde la otra perspectiva, la de aquellos que circulaban alrededor de la Plaza.

the-square

Otros filmes de firma histórica se han podido ver en el Documenta. Filmes donde el material de archivo y el testimonio son la columna vertebral del desarrollo narrativo, como Der Anständige (Vanessa Lapa), o en el espacio de documentales españoles Una esvástica sobre el Bidasoa (Alfonso Andrés y Javier Barajas). La buena selección de la competición de cortometrajes ha supuesto una más que amplia proyección de propuestas.

Este ha sido un festival cuyas principales películas galardonadas (Iranien, The Dog –Allison Berg y Frank Kerauderen o Return to Homs) han respondido más a la estructura narrativa y al documento fílmico, cada una con sus particularidades, que a otros espacios más sugerentes: utilización de la memoria, ensoñación de los espacios, capacidad onírica de las imágenes… propuestas más cercanas al documental de creación. Bien es cierto que cada uno de los festivales, dependiendo de la planificación de sus contenidos cada año, toma unas decisiones y no otras. El festival Documenta Madrid se mueve, en general, en el espacio del documental más clásico, hay una oferta bastante representativa cada año de este género, aunque también ha habido maravillosos regalos como la retrospectiva a Peter Hutton en el Documenta Madrid 2010, o el trabajo sobre el archivo y la memoria de la cineasta portuguesa Susana de Sousa Dias en el Documenta Madrid 2012. Sobre este propósito, la presencia de filmes como Costa da morte (Lois Patiño) es una decisión hacia esa dirección, nutrir de contenidos más plásticos el festival. Bajo el punto de vista del documental social, el caso de Iranien, una propuesta de verdadero calado político, es una oportunidad que su propio autor nos ofrece (es una película realizada desde el corazón, ante la preocupación de la convivencia en Irán) como experiencia vital de relación con el otro, un espacio de entendimiento y convivencia entre dos formas de ver el mundo, el mundo laico y el mundo de los creyentes. Son filmes de conocimiento, de reflexión sobre un momento social y político, en la órbita del documental social clásico pero con, a mi modo de ver, una vertiente interesante: el autor se inmiscuye, es un discurso del yo, sobre una situación global en su Irán natal. Por otra parte The Dog es una película tremendamente contundente. El personaje es único, y tanto el material como el film están montados con gran fluidez e impacto. Hablamos del testimonio de John Wojtowicz “The Dog” (excombatiente de Vietnam), quien llevó a cabo junto a dos amigos (uno de ellos, el inexperto Salvatore Naturile, que fue muerto por la policía en los acontecimientos) el robo de la sucursal del Chase Manhattan en Brooklyn, año 1975, por una razón de amor, el pago de la operación de cambio de sexo de su pareja transexual Ernest Aron, a la postre Liz Eden. Pocos años después el acontecimiento sirvió para llevar a cabo la película Tarde de perros (Dog day Afternoon, Sidney Lumet, 1975), interpretada por Al Pacino y John Cazale. Return to Homs es un documento valiente de la guerra, un documento de denuncia ante la guerra civil en Siria y cómo el lado rebelde lucha contra el ejercito de Al Asad. El caso del documental testimonio, una vuelta al escenario de los combates en Homs, retoma los filmes sobre los acontecimientos vividos en Irak, Libia, Afganistán… En estas películas me planteo más de una pregunta sobre el enfoque de la barbarie, por qué la explicación de los acontecimientos y las experiencias vitales algunas veces son diseminadas y se pierden bajo la espectacularidad de los combates y la violencia de los acontecimientos.

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REC 2013 – Festival Internacional de Cinema de Tarragona (y 3)

Eurobronx expandido

Como vimos en nuestro anterior texto, In Bloom, My Dog Killer, Salvo y The Selfish Giant conformaron, desde la sección Eurobronx, un mapa de las periferias europeas que iba más allá de las fronteras nacionales. Entre los cuatro títulos se podían establecer diálogos, aunque no sólo entre ellos: repasando la programación del festival, la idea de Eurobronx puede extenderse, con variaciones, a muchas películas más. Zoran, il mio nipote scemo (Matteo Oleotto), por ejemplo, contaba una historia simpática de superación y conocimiento del otro también en un territorio fronterizo, el que separa el Friuli, en Italia, de Eslovenia. Y una comedia bastante menos amable, Of Horses and Men (Benedikt Erlingsson), se sitúa en los confines de Europa (Islandia) y presenta un amplio catálogo de relaciones entrañables y perversas entre hombres y caballos, como parodiando, de forma salvaje, los vínculos entre equinos y niños en The Selfish Giant. Ambos filmes marcharon del festival con las manos llenas, el primero con el Premio del Público y el segundo con el Premio del Jurado Joven. Sin embargo, para retratos de la Europa que nos ha tocado vivir, la película que venía más arropada de galardones y prensa era Oh Boy, del alemán Jan Ole Gerster. Situada en el Berlín contemporáneo, y protagonizada por un joven hijo de papá sin rumbo, se presenta como una fábula sobre nuestros días, aunque el resultado final queda disuelto en una serie de situaciones poco ingeniosas, pensadas como sketches separados, sin imágenes para la memoria y sí, en cambio, un blanco y negro que se ve impostado, música de jazz y un arranque que homenajea el look de Al final de la escapada (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1959). Queda, pese a todo el moderneo, la secuencia de imágenes del Berlín vacío mientras muere un personaje, como metáfora de nuestros tiempos; en ese momento la ciudad deja de respirar, aunque es una lástima que en todo el filme no se haya llenado los pulmones, como mínimo del aire que nos habría gustado.

Eurobronx, pues, arriba y abajo, en la periferia y en la ciudad más cool, y, también, fuera de Europa. El propio nombre de la sección ya remite a aquella idea pasoliniana según la cual las periferias de todo el mundo tienen cosas en común, y es por eso que no es arriesgado decir que hay algunas películas del festival que llevaron la idea del Eurobronx mucho más lejos, a otros continentes. Shopping (Mark Albiston y Louis Sutherland), un filme neozelandés lamentablemente proyectado sin subtítulos, habla de un joven medio blanco medio indígena (un conflicto étnico que nos recuerda al de My Dog Killer con los gitanos) que entra en contacto con una banda de criminales. Y El cuarto desnudo, filme mejicano de Nuria Ibáñez, retrata una infancia que podría salir perfectamente de The Selfish Giant o In Bloom, y deja que hable: la película está compuesta casi exclusivamente por las confesiones de niños y adolescentes a psiquiatras de un hospital infantil, desvelando una serie de historiales de vértigo que incluyen depresiones y autolesiones. Una obra que hace visible una realidad incómoda, y probablemente por ello consiguió el beneplácito de mucha gente y el Premio a Mejor Ópera Prima. Sin embargo, creemos que es un documental muy discutible, y es por ello que queremos detenernos un segundo sobre él y su propuesta.

Si, tal como decíamos en nuestro anterior texto, In Bloom muestra la relación entre unas adolescentes georgianas y su mundo mediante la profundidad de campo, con la figura y el fondo, El cuarto desnudo se despoja del contexto: no hay fondo, ni entorno, sólo las confesiones de los niños a psiquiatras que no vemos, y casi nunca los padres al lado. Lo que es crucial, y peligroso, es que la cámara toma asiento al lado del psiquiatra, casi identificándose con él, y simplemente filma, sin dialogar ella misma con los niños, y sin dialogar ella misma con los psiquiatras. A excepción de breves planos al inicio y al final, significativos pero no suficientes, la cámara no explora la realidad por su cuenta, ni preguntando a los niños ni saliendo al exterior, y se limita a registrar la terapia psiquiátrica, que no cuestiona en ningún momento. Se dirá que eso no es malo: muchos cineastas han explorado a sus actores o testigos mediante la interrogación directa, dejando que hablasen y hablasen, sin necesidad de mucho más. Es cierto, pero si esa era la apuesta de El cuarto desnudo habríamos querido ver las confesiones enteras, con los problemas del psiquiatra (o el cineasta) para llegar hasta el corazón de cada niño, las dudas, las resistencias; eso está en la película, pero muy fragmentado, intercalando un montón de confesiones distintas donde se pierde el hilo de algunas historias individuales, y donde la cámara, y la institución psiquiátrica, quedan como héroes que no muestran sus problemas, mientras que los niños son las víctimas ayudadas. El tema y el material conmueven, claro, pero la película, que mira cómo los demás se desnudan, simula ir sin ropa cuando en realidad no es así. Su Eurobronx es real como la vida misma, pero la forma de afrontarlo no es de ningún modo la más deseable.

La apuesta de El cuarto desnudo fue aparentemente una de las más atrevidas del festival, aunque para viajes a los confines del lenguaje y el cine preferimos la radicalidad sin complejos de Costa da Morte (Lois Patiño) y A Spell to Ward Off the Darkness (Ben Rivers y Ben Russell, dos cineastas que ya han pasado por Xcèntric), dos películas que van más allá de la realidad social e histórica y se adentran en las relaciones entre lo telúrico de la naturaleza y nuestras civilizaciones presuntamente avanzadas. La primera contempla los paisajes del territorio gallego que le da título, con figuras en miniatura entre rocas gigantes, mares infinitos, nieblas fantasmales y el fuego de fiestas populares; también las máquinas que tumban árboles y la luz de los parques de atracciones, que remiten, finalmente, a rituales sacros del pasado, que este paisaje arrastra consigo. La segunda empieza en una comuna de Estonia, sigue después al músico Robert A. A. Lowe por los bosques de Finlandia y termina en un concierto de Black Metal en Noruega, donde el misticismo buscado en las montañas se materializa en la potencia vocal del cantante y en el arrebato estupefaciente del público. Tanto Costa da Morte como A Spell to Ward Off the Darkness fueron auténticas rarezas en el seno del REC, por su naturaleza experimental, o por la experimental naturaleza que retratan, persiguiendo con las imágenes una relación nueva no ya con espacios o sociedades, sino con el planeta donde un día aterrizamos. Su Eurobronx es mental, conceptual, va más allá de la civilización y lo humano. Y es aquí donde nos despedimos de las óperas primas del REC: con una fuga a los ancestros de nuestra mente, a nuestros orígenes, a cuando fuimos humanos for the first time. Esa fue, al fin y al cabo, nuestra primera vez.

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