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Atlántida Film Fest – Sección Oficial (y III)

De vuelta a casa

El cine sigue demostrando a los espectadores que la mejor forma de conectar con un personaje es acompañándolo en su viaje, ya sea físico o mental, como prueba de que cualquier traslado implica un cambio, una redención, algo que sucede en la vida real, y el cine describe dando voz a los dos bandos que se generan: el que viaja y el que se queda.

La Paz, película argentina dirigida por Santiago Loza, narra la experiencia de Liso, un joven que vuelve a casa después de estar internado en un psiquiátrico. Aparentemente está curado y listo para rehacer su vida, pero se acaba encontrando con la realidad: muchas relaciones no han olvidado su pasado, y su única opción es vivir, de momento, con sus padres. Parece ser que este nuevo entorno le ahoga, y su idea de futuro se desvanece. Este retorno no es una vuelta a casa, con los suyos, sino que es un punto de inflexión, una parada más de un personaje itinerante que descubre que el entorno familiar solo es el inicio del verdadero viaje que cambiará su vida, el que implica acabar con las raíces y marchar lejos. Allí es donde empieza la ilusión y su nueva vida.

Ocurre algo similar en otra película de itinerancias, Family Tour, dirigida por Liliana Torres, que parte de la misma idea: la protagonista vuelve a casa después de cinco años viviendo en México para reencontrarse con su familia. En una primera instancia parece que han sido unos años donde nada ha cambiado, pero poco a poco, y como ocurre también en La Paz, nos damos cuenta de que su ausencia ha pasado factura, y que existen disconformidades entre los otros personajes y la protagonista, que evidencian una lejanía con su familia que no se rehace con el regreso a casa. La distancia sigue existiendo más allá del espacio físico. La forma en que la directora define esta situación se convierte en un autentico reto, aun más cuando averiguamos que se trata de un film autobiográfico, donde todos los personajes, excepto la protagonista, encarnada por Nuria Gago, se representan a sí mismos, mostrando, pues, el rostro real de la familia de Torres.

Otro regreso tumultuoso es el que aparece en Toastmaster de Eric Boadella, un film a caballo del humor y el drama, que narra la visita del protagonista, Alek, a su tío Kaprel, el único pariente de su ascendencia armenia que sigue con vida. Aquí el viaje del protagonista es hacia un origen casi irreconocible para él, ya que pertenece a su infancia olvidada. Esta nueva ruta familiar adquiere una voluntad de recuperación del tiempo perdido y supone un acercamiento a su tradición cultural.

Pero el viaje en el cine también puede convertirse en una ventana al futuro, con la esperanza de que ese futuro sea mejor. Es el caso de Melaza, dirigida por Pablo Lechuga, que narra la vida de una pareja joven que trata de ganarse la vida en un entorno precario a partir de actividades no del todo legales. Los toques de humor suavizan la dureza de la situación de los protagonistas, que tienen que mantener también a la madre e hija de ella. El viaje es esperanzado, ya que confían en encontrar un buen sitio donde vivir y conseguir dinero para establecerse. Esto implica un nuevo tipo de itinerancia de los personajes, en este caso más ligada al batallar día a día contra una monotonía peligrosa que no asegura nada, y que certifica que uno no puede detenerse.

Esta esperanza de progreso es la que persigue en sentido contrario al protagonista de Estos días, de Diego Llorente, ya que pone sobre la mesa la situación de un joven que ni estudia ni trabaja. Su director opta por no verbalizar el hecho, pero el ambiente de invariabilidad constante en la que se encuentra el personaje hace que no quepa duda: es un joven que no tiene ni ilusiones ni nada que hacer. Es interesante, pues, observar cómo se desarrolla aquí la idea del viaje. Como en Melaza, el origen se encuentra en lo cotidiano, pero quizás en Estos días se vuelve a dar importancia al entorno asfixiante que veíamos en La Paz, ya que el protagonista sigue viviendo con “los de siempre”, en un sitio en el que cada día ocurre “lo de siempre” y donde las noticias dicen “lo de siempre”. Por ello, el film parte de un trayecto sin principio ni fin, algo que corre el peligro de transportar al personaje, en mente y cuerpo, a un viaje laberíntico sin días fijados, y que supone una marcha continua por un espacio perpetuo. Son estos los días que convivimos con el protagonista, pero bien sabemos que siempre podría haber otros, condenados a la repetición.

Todas estas películas trazan el recorrido de protagonistas jóvenes explicados desde el punto de vista de nuevos directores. Quizás por eso la insistencia en el ir y venir sea lo que actualmente genera más preguntas e inquietudes. Sus protagonistas buscan o no respuestas, una tendencia que va más allá del Atlántida Film Fest: su continuidad se detecta en la selección de jóvenes cineastas presentes en el recién estrenado Festival de Cinema d’Autor, donde toma forma este “impulso colectivo”.

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REC 2013 – Festival Internacional de Cinema de Tarragona (1)

La primera vez

¿Dónde empieza una carrera? No es tan fácil de decir. ¿En el primer largometraje, tal vez? Eso es lo que diría, probablemente, la historiografía más tradicional, y mayoritaria. El debut tiene siempre un halo romántico, de artista que se lanza al mundo de la creación, aunque también un sentido estético, de emergencia de formas personales a consolidar en próximos proyectos. Cada uno tiene sus filias, y es un placer descubrir cómo en las óperas primas ya estaba todo, naciente, sugerido y no estilizado, o más estilizado que nunca. Por eso es tan gratificante poder señalar con el dedo la primera obra, la ópera prima, para ver cómo el cineasta abre los ojos a un mundo, o balbucea sus primeras palabras. Sin embargo, en la actualidad estos conceptos parecen haber entrado en crisis. Antaño este cuestionamiento era terreno privilegiado del debate de autorías y de la revisión arqueológica, la que encuentra latas podridas en polvorientos almacenes, y descubre obras anteriores que no se habían visto: el alumbramiento el pasado verano de Too Much Johnson (1938), un mediometraje de Orson Welles previo a Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), es el ejemplo más reciente. Sin embargo, en las últimas décadas la crisis se ha hecho más profunda, pues la diversificación de los formatos ha desacreditado al largometraje como modelo definitivo y ha reivindicado poner al mismo nivel cortometrajes, piezas experimentales para museos, series de televisión o videoclips. De modo que decir cuál es la ópera prima se complica, el concepto se fragmenta y hasta se diluye. Ya no es cuestión de señalar el primer árbol, sino la planta más vieja de un bosque espeso y enmarañado. Pocos dirán que Mission: Impossible III (2006) es la ópera prima de J.J. Abrams, por ejemplo.

Dicho todo lo anterior, sería una lástima marginar el concepto: el lanzamiento del (y en el) primer largometraje sigue viéndose como una puesta de largo, una tarjeta de presentación ante el gran público mucho más reluciente y consolidada que un cortometraje o un audiovisual para una sala de exposición. Y la visibilidad que ello implica conlleva, pensamos, cuestiones creativas: el primer largometraje es trascendente, nunca secundario, y el cineasta se vuelca en él con entrañas y corazón. No es algo que pueda pasar desapercibido en el magma de los estrenos. Pensando, además, que tal vez no sea sólo el primer largometraje, sino también el último. Es por eso que merece la pena continuar usando el concepto, pese a todos los peros, y una de las muestras más recientes de ello ha sido la celebración del REC, el Festival Internacional de Cinema de Tarragona. A él, que tuvo lugar del 3 al 8 de diciembre, dedicaremos tres textos, que llegan francamente tarde, aunque en cualquier caso merecen la pena para dar cuenta de la importancia de este pequeño gran festival en el panorama español, así como especular sobre algunas de las tendencias fuertes del cine de los autores noveles.

El REC es un festival dedicado esencialmente a las óperas primas, y llegaba este año, tras varias dificultades, a su decimotercera edición. En uno de sus spots promocionales aparece Orson Welles, con la voz invertida (de modo que lo que dice resulta ininteligible) y subtítulos que se inventan una posible entrevista: en ella, Welles dice que The Hearts of Age, cortometraje que firmó en 1934 con William Vance, no cuenta como primera obra, igual que los vídeos de gatitos en Youtube, y niega la existencia de Too Much Johnson, asegurando que su primera película fue Ciudadano Kane.

La broma presentaba una novedad del festival, la sección My First Time, dedicada a redescubrir las primeras obras de cineastas consolidados. ¿Cómo fue tu first time? Se preguntó a Agustí Villaronga en la desenfadada gala de inauguración. El director mallorquín respondió sin dar detalles, pero sugiriendo que en su primera vez el autor se lanza a crear con un impulso vital enorme. Y de ahí salió Tras el cristal (1987), proyectada a continuación, un filme que no recordábamos tan escabroso, tan radical en la mostración de juegos sexuales sadomasoquistas. En la pantalla se mezclan obsesiones íntimas y herencias políticas (el criminal nazi que usa un pulmón de acero), como si con el filme quisiera decirse todo de una vez, pasándose de la raya, sin pensar en las consecuencias para la propia carrera. Algo parecido nos transmitieron las figuras sexuales y religiosas de Fotos (1996), la ópera prima de Elio Quiroga, proyectada en una sesión golfa con la presencia de actores disfrazados entre el público. Ambos filmes sugirieron que la ópera prima debe ser desbordante, imperfecta y abierta, lanzada al vacío: tal vez sea la única ocasión de arrojar imágenes que chillen.

Es por todo ello que parece perfectamente coherente que la primera proyección de la sección Ópera Prima del REC fuera It Felt Like Love, de la neoyorquina Eliza Hittman, una película sobre una adolescente que descubre el amor y el sexo, o ansía descubrirlo, o se imagina que lo descubre, o sufre al descubrirlo, o todo ello al mismo tiempo. Entre miradas en la playa y delirantes fiestas nocturnas, la película se construye a base de lisérgicos fragmentos de cuerpos y caóticos fragmentos de relato, como si la confusión de su protagonista no fuera capaz de dar cuenta de lo que le ocurre: las piezas del puzzle encajan más o menos, pero dejan agujeros narrativos. Es una obra imperfecta que se intuye autobiográfica y que se pierde, como la chica, pero que funciona perfectamente como primer paso de una búsqueda de formas estéticas y narrativas propias, arranque de una carrera que tiembla, como al encender un motor. Una sensación que tuvimos también con otra película de firma femenina, Family Tour, ganadora del Premio de la Crítica [1]. En ella, la española afincada en Méjico Liliana Torres rememora una visita a su familia catalana durante las vacaciones. Y lo hace mezclando la ficción y el documental: el filme tiene un guión, pero todos los familiares, con la excepción de ella y de un enfermo terminal, se interpretan a sí mismos. Surgen ahí todas las contradicciones posibles: entre una chica que ha estudiado cine y una familia trabajadora, entre su presente y su pasado, entre la realidad de los cuerpos y la reconstrucción de las escenas… contradicciones que atraviesan el filme y a la propia directora. Family Tour es fruto de un arrebato pasional, un ajuste de cuentas íntimo que va más allá de las imperfecciones que se puedan encontrar en el resultado final. Como en I Felt Like Love, la primera obra se desnuda, se abre a nosotros para hablar de lo difícil que es dar un sentido a la experiencia, tanto vital como cinematográfica.

Notas:

  1. Para poner todas las cartas sobre la mesa, es justo decir que el Jurado de la Associació Catalana de Crítics i Escriptors Cinematogràfics estaba formado por Manel Bocero, Joaquín Vallet y yo mismo. 
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