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L’Alternativa 2013 (19-20/11/2013)

Entre dos aguas

Comenzó oficialmente L’Alternativa con la proyección en la sección de largometrajes de Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Verena Paravel, 2012). Mascarón de proa de este festival que corta las aguas por donde navegarán los diversos films. Este navío pesquero se erige como un buen maestro de ceremonias, contundente en su imagen; ya comentamos en el festival IndieLisboa los valores y probablemente la tendencia que podía generar en próximas películas (leer el texto).

El arranque caníbal de Leviathan dio paso a A batalha de Tabatô (2012), que no nos brindó el mismo impacto, al menos con la imagen, pero cuya capacidad para llegar a un sinfín de circuitos es excelsa. El film portugués firmado por João Viana profundiza en el turbio pasado colonial del país, las guerras de independencia y los recuerdos de Baio, un soldado de Burkina Faso que combatió en el bando de los represores portugueses contra sus hermanos revolucionarios-independentistas en la liberación y proceso de creación de la identidad nacional de la antigua colonia. Una lectura más de las heridas abiertas de Portugal, y de las vidas truncadas de un pasado oscuro, eso sí, con un final redentor... quizás excesivo.

No me voy a detener a destilar It’s Such a Beautiful Day (Don Hertzfeldt), porque me encantó la locura surrealista y abrupta de ideas; quiero más de estas películas juego –es más, habría que abofetear constantemente a los espectadores para despertarlos de esta manera–. Para continuar este viaje, una película delicada y sutil, Tzvetanka (Youlian Tabakov), a través de la vida de una mujer longeva, con detalles estéticos que sirven de transiciones a las distintas partes, toques naif y mezclas de instantes y tiempos cinematográficos; con un montaje muy acertado y dinámico, sobre todo en su banda sonora. Por delicadas imágenes descubrimos y conocemos el siglo XX búlgaro desde el salón de una casa, los ventanales y terrazas de una torre desarrollista –construcciones públicas de los estados socialistas– con unas maravillosas vistas a los bosques de la ciudad de, parece, Sofía. Una película que me ubica en un espacio identitario, la torre, los edificios de viviendas públicas de construcción en los 70s… De una torre en el fin del mundo, o de una vida en el fin del mundo o del tiempo me llegan las imágenes de A Nossa Forma de Vida (Pedro Filipe Marques, 2011), aquella película portuguesa –que tuvimos el placer de ver en el DocLisboa del 2011 (leer el texto)– que retrataba a dos jubilados, una pareja en su octavo piso, un edificio de plantas en el fin del mundo, el Finisterrae, a las afueras de Oporto, que con sus comentarios dibujaban esa extraña pareja que es o ha sido: el comunismo y el capitalismo en el siglo XX. Son vistas desde la terraza de torres extrarradiales levantadas a golpe de ladrillo y de protección oficial, mirando siempre hacia el horizonte: en este caso marítimo, en el caso de Tzvetanka, arbóreo.

En la sección Curts, tanto el martes como el miércoles se ofreció un amplio abanico de cortometrajes, de diversa factura: animación, ficción, material de la realidad, incluso found-footage, o más bien remontaje, como la película G/R/E/A/S/E, de Antoni Pinent, todo un cuadro plástico irreverente y erótico-festivo con el sonido de Dirk Schaefer, compañero de viaje de los found-footage de Matthias Müller, autor que no hace mucho pudimos ver, y conocer, en el Xcèntric. El cómputo general de cortometrajes, en estas dos primeras entregas (Curts 1 y Curts 2), nos ha revelado el eclecticismo de esta propuesta en el festival, con trabajos de nuevo cuño en la animación como la destacable Sonntag 3, de Jochen Kuhn, una fábula existencial del poder donde la canciller alemana Angela Merkel se desnuda ante nosotros en su afán amoroso… un pequeño juego de sinceridad existencial e intimismo de alcoba. Soles de primavera, de Stefan Ivančić, es una mirada a los paréntesis del verano, esos momentos perdidos donde al final del camino encontramos a los amigos mirando al sol, tirados frente al agua, jugando y sincerándose entre chapuzones en la orilla del Danubio. El tiempo estival da sobre todo para conocernos. Este verano, el que escribe también estuvo en Belgrado y se encontró con una ciudad llena de gente joven que quiere hacer un montón de cosas, una ciudad, ese primo lejano, que Europa ha tenido castigada y sin postre.

Otro clásico apareció por L’Alternativa, Nicolas Provost con Tokyo Giants, un juego más de su amplio repertorio de engaños en donde con material documentado del devenir de las calles de Tokyo inventa un psycho-thriller postmoderno en medio de la deriva de consumo y bajos fondos de las calles de la capital nipona. Aparecen Trespass (Paul Wenninger), un juego de soledades más, y el juego de la soledad por excelencia, Resistente (Renate Costa Perdomo & Salla Sorri), el corto mejor anclado en el tiempo –si es eso el cine, el tiempo de las imágenes–, donde un ermitaño moderno nos cuenta su devenir solitario y su espera ante la muerte –de nuevo hemos podido degustar este pequeño trozo de cine puro en 20 minutos–: un canto de luz tenue que se balancea, navega entre sombras selváticas y sombras de techumbre, entre la maleza del bosque y el libro La búsqueda, que acompaña en estas horas finales al creyente, el viejo D. Alberto Bonet… Maravillosa.

En la sección Panorama, Otel·lo (Hammudi Al-Rahmoun Font) reconstruye entre bambalinas el trabajo de un grupo de actores con el director del ensayo. Todo es un juego dramático entre actores llevado a cabo por los chicos de la ESCAC (Escándalo Films), muy bien llevado, el tiempo y la imagen notables; pero encuentro excesivas estas apuestas, necesito aire libre y cine sin corsés. Dime quién era Sanchicorrota (Jorge Tur Moltó) me pareció deliciosa y sin corsés: cercana y reconstituyente película de viaje, retratos, encuentros y descubrimientos, y heridas abiertas… no soy analítico con esta película y eso está bien, de vez en cuando.

20 años no es nada y me he regocijado hasta llenarme de dos películas alemanas de mis amores, y perdonen los ortodoxos de los títulos El amor es más frío que la muerte (Liebe ist kälter als der Tod, Rainer Werner Fassbinder, 1969) y Mi enemigo íntimo (Mein liebster Feind - Klaus Kinski, Werner Herzog, 1999). De la primera me quedo con una frase de Fassbinder: “robar un banco es ético si vas a hacer una película”. La obsesión intranquila, malsana del joven Fassbinder por reconstruir la vida, incluso la historia de un país destruido como su alma, Alemania (1945)... todo valía la pena para crear y correr, murió a los 37 años de edad (1982) por una mezcla de cocaína y barbitúricos después de realizar Querelle (Un pacto con el diablo), adaptación de la novela de Jean Genet. La fotografía de Klaus Kinski intentando degollar a Werner Herzog la he tenido durante años en mi habitación, Klaus siempre tuvo razón. Él, que fue un degenerado, sabía que Herzog también lo era y además se las hacía pasar de jefe… había que matarlo. La mirada del actor alemán, esos ojos maníacos y el gesto desencajado siempre me han perseguido e invariablemente los he relacionado con Werner Herzog, mucho antes de conocer la amplia trayectoria del director alemán. Mi enemigo íntimo siempre ha sido una de mis películas favoritas por lo que hay de autorretrato del ego, y no me refiero a Klaus sino, y sobre todo, a Herzog.

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IndieLisboa 2013 (3)

Memoria de pez, ojo de cámara

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Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Véréna Paravel) fue la película triunfadora en el festival IndieLisboa 2013. Un título más que acertado y una propuesta cinematográfica interesante y formalista. El film, que ya tiene un amplio recorrido en festivales con éxito contrastado, plantea una propuesta y probablemente un referente técnico y estético que influirá en los modos de rodaje y en la percepción de la imagen de posteriores obras. Me remito en este caso a las posibilidades de la cámara, cuestión relevante en la realización del Cine. El descubrimiento de una nueva imagen, búsqueda infatigable del buen autor, desde Jean Epstein a Luis Buñuel y acabando en Victor Kossakovsky, es decir, encontrar una nueva posibilidad gráfica, una nueva puerta que nos permita otra percepción de la realidad. El IndieLisboa ha premiado en el apartado de Cortometrajes Internacionales otro film, Da Vinci (Yuri Ancarani, 2012), que responde a estos parámetros visuales. Este documental de 25 minutos es la filmación de una operación médica en una sala robotizada de un hospital, la estética frontal de los planos, aséptica, es una clara sacralización del cuadro, imagen del instrumental o las máquinas robotizadas. Esas imágenes totémicas se juntan con imágenes científicas bajo el prisma de una cámara médica que recoge el interior del cuerpo del paciente en planos detalle, aquí la plástica y sobre todo las texturas de las imágenes subjetivas científicas confieren al cuadro un valor estético relevante. Y es este plano, o el juego con estos tipos de imágenes y recursos los que apreciamos en la película Leviathan. La capacidad de la máquina a través de las múltiples propuestas visuales que la filmadora dispone en este film. Si en  Da Vinci encontramos una cámara científica, filmando el interior del cuerpo humano, mostrando las cavidades, cortando tejidos, en Leviathan el tratamiento es parecido, el plano detalle y las texturas sucias y directas de los pescados saltando en las redes y la cubierta del barco, la manufactura de la limpieza y muerte del pescado en un juego de imágenes. Todos esos momentos, esos fotogramas, están tomados desde la intención estética del cuadro.

La imagen visceral

La imagen de los tejidos en Da Vinci perfila un tipo de imagen cinematográfica que podríamos denominar como imagen textura, un plano que por su cercanía con el objeto que filma y su particularidad (imágenes del interior del cuerpo humano) genera nuevas sensaciones en la pantalla, muy cercanas a la ciencia ficción.

Bajo esa posibilidad, el viaje fantástico, esta vez real a través del tejido o las texturas humanas como texturas fílmicas, se hace presente. Y así, de esa manera, Leviathan, bajo el mismo concepto de imagen visceral, planos detalle surgidos del emplazamiento de la cámara junto al objeto, cualquiera que sea, dentro de un barco pesquero, nuestro particular Leviathan (el monstruo de las aguas según la Torah y el Antiguo Testamento, que arrastra hacia la agonía a cientos de seres), Leviathan se eleva como ángel exterminador de la vida de esas criaturas y bajo ese prisma se aborda la travesía visual. Ese monstruo de los mares está hecho de hierro y cadenas y hombres-máquina, despersonalizados bajo los monos de trabajo moviendo embalajes y aperos. La cámara siempre cercana y en movimiento, en un continuo vaivén oscilante, y el sonido que, de igual forma, se eleva al mismo nivel de relevancia –la película mantiene una banda sonora en muchas ocasiones mucho más presente que la imagen, sobre todo en los planos nocturnos–, construyen una experiencia fílmica totalmente orgánica.

Los cuadros por tanto se erigen como expresiones plásticas de alto voltaje. Lo que nos ofrece Leviathan no está falto de interés y de sugerentes expectativas. La percepción de viaje sensorial –ajeno en este análisis al sentido de metáfora de muerte que contempla el film– nos permite relacionarla con otras experiencias fílmicas como la serie de documentales que llevó a cabo Godfrey Reggio en la década de los 80, sobre todo los descubrimientos gráficos de Koyaanisqatsy (1982). Guardando las distancias formales que tienen estas dos películas (el sonido de Leviathan es diegético, mientras que la banda sonora de los filmes de Godfrey Reggio son las composiciones de Philip Glass), sí podemos subrayar las cercanías en sus búsquedas y pretensiones. Más allá, este viaje marino estético nos hace preguntarnos sobre sus revisiones a posteriori, qué honda influencia puede tener este film; su valor formal es grande –no es poca esta aportación, eje esencial del cine–, aunque quizás de forma epidérmica.

El tiempo, otro de los parámetros a abordar, transcurre a bordo de un buque pesquero que navega y desarrolla su labor durante la noche hasta las primeras horas de la mañana. El tiempo narrativo, la consecución de cuadros, en una deriva singular de imágenes impactantes, nos transporta hacia una sensación de no tiempo al estar sumidos dentro de un verdadero bombardeo de imágenes viscerales. El viaje es un camino de sentidos para el espectador, que literalmente queda abrumado por el cúmulo de texturas visuales que los planos ofrecen. La metáfora del propio infierno, en manos de un monstruo destructor, es el concepto que se ha tomado como guía, proyectado de todas las formas posibles que este espacio, propicio para ello, ofrece. Bajo la visión de las sensaciones del infierno dantesco la película tiene cuadros realmente barrocos en el cúmulo de vísceras, resuellos de sangre, cabezas cortadas y despieces de pescado en general, agua salpicada y suciedad que es buscada por la cámara como recurso formal. Es una cámara subjetiva que busca con ahínco el movimiento brusco y oscilante de los objetos y los movimientos de los operarios, como hemos indicado antes despersonalizados. La película de esta manera expone un cuadro de imágenes que se pueden tocar, un cine táctil, bajo mi impresión su principal virtud. Ahí radica su fuerza en la forma, la forma y su exploración profunda de ésta. Podemos confirmar que es en extremo una herencia de la cámara ojo de Dziga Vertov, subrayando lo que hemos dicho anteriormente, posiblemente una película que influirá en posteriores audiovisuales.

Montaje de imágenes: Enrique Aguilar.
 

Memória de peixe, olho de câmara

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Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Véréna Paravel) foi o filme ganhador no festival IndieLisboa 2013. Um título mais que acertado e uma proposta cinematográfica interessante e formalista. A película, que já percorreu diversos festivais com sucesso, apresenta uma proposta e provavelmente um referente técnico e estético que influenciará nos modos de rodagem e na percepção da imagem de obras posteriores. Refiro-me neste caso às possibilidades da câmara, questão relevante na realização do Cinema. A descoberta de uma nova imagem, busca incansável do bom autor, desde Jean Epstein a Luis Buñuel e acabando em Victor Kossakovsky, quer dizer, encontrar uma nova possibilidade gráfica, uma nova porta que nos permita outra percepção da realidade. O IndieLisboa premiou na sessão de Curtas-metragens outro filme, Da Vinci (Yuri Ancarani, 2012), que responde a estes parâmetros visuais. Este documentário de 25 minutos é uma filmagem de uma cirurgia médica numa sala robotizada de um hospital, a estética frontal dos planos, asséptica, é uma clara sacralização do quadro, imagem do instrumental ou as máquinas robotizadas. Essas imagens totêmicas juntam-se com imagens científicas sob o prisma de uma câmara médica que percorre o interior do corpo do paciente em planos detalhe, aqui a plástica e sobretudo as texturas das imagens subjetivas científicas conferem ao quadro um valor estético relevante.  É este plano, ou o jogo com estes tipos de imagens e recursos os que apreciamos no filme Leviathan. A capacidade da máquina através das múltiplas propostas visuais que a filmadora dispõe neste filme. Se em Da Vinci encontramos uma câmara científica, filmando o interior do corpo humano, mostrando as cavidades, cortando tecidos, em Leviathan o tratamento é parecido, o plano detalhe e as texturas sujas e diretas dos peixes saltando nas redes e na coberta do barco, a manufatura da limpeza e morte do peixe num jogo de imagens. Todos esses momentos, esses fotogramas, estão tomados desde a intenção estética do quadro.

A imagem visceral

A imagem dos tecidos em Da Vinci perfila um tipo de imagem cinematográfica que poderíamos denominar como imagem textura, um plano que por sua proximidade com o objeto que filma e sua particularidade (imagens do interior do corpo humano) provoca novas sensações na tela, muito próximas à ficção científica.

Sob essa possiblidade, a viagem fantástica, desta vez real através do tecido ou as texturas humanas como texturas fílmicas, está presente. E dessa forma, Leviathan, sob o mesmo conceito de imagem visceral, planos detalhes surgidos do posicionamento da câmara junto ao objeto, qualquer que seja, dentro de um barco pesqueiro, nosso particular Leviathan (o monstro das águas segundo a Torá e o Antigo Testamento, que arrasta centenas de seres à agonia), Leviathan eleva-se como um anjo exterminador da vida dessas criaturas e sob esse olhar é abordada a travessia visual. Esse monstro dos mares está feito de ferro e correntes e homens-máquinas, despersonalizados dentro dos macacões de trabalho movendo embalagens e aperos. A câmara sempre próxima e em movimento, num contínuo vaivém oscilante., e o som, que também se eleva ao mesmo nível de relevância –o filme mantém uma trilha sonora em muitas ocasiões muito mais presente que a imagem, especialmente nos planos noturnos–, constroem uma experiência fílmica totalmente orgânica.

Os quadros são erguidos como expressões plásticas de alta voltagem. Ao que nos oferece Leviathan não falta interesse e expectativas sugestivas. A percepção de viagem sensorial –alheio nesta análise ao sentido de metáfora de morte que contempla o filme– nos permite relacioná-la com outras experiências fílmicas como a série de documentários que levou a cabo Godfrey Reggio na década dos 80, sobretudo as descobertas gráficas de Koyaanisqatsy (1982). Mantendo as distâncias formais que têm essas duas películas (o som de Leviathan é diegético, enquanto a trilha sonora dos filmes de Godfrey Reggio são as composições de Philip Glass), podemos ressaltar as proximidades nas suas buscas e pretensões. Mais além, esta viagem marinha estética leva-nos a perguntar sobre suas revisões a posteriori, que profunda influência pode ter este filme; seu valor formal é grande –não é pouca esta contribuição, eixo essencial do cinema–, mesmo que talvez de forma epidérmica.

O tempo, outros dos parâmetros a abordar, transcorre a bordo de um barco pesqueiro que navega e desempenha o seu trabalho durante a noite até as primeiras horas da manhã. O tempo narrativo, a consecução de quadros, numa deriva singular de imagens impactantes, nos transporta a uma sensação que não há uma linearidade temporal ao estar sumidos dentro de um verdadeiro bombardeio de imagens viscerais. A viagem é um caminho de sentidos para o espectador, que literalmente fica constrangido com o acúmulo de texturas visuais que oferecem os planos. A metáfora do próprio inferno, nas mãos de um monstro aniquilador, é o conceito que foi utilizado como guia, projetado de todas as formas possíveis que este espaço, propício para tal, oferece. Sob a visão das sensações do inferno dantesco o filme tem quadros realmente barrocos no acúmulo de vísceras, respiração de sangue, cabeças cortadas e peixes destrinchados em geral, água salpicada e sujeira que a câmara busca como recurso formal. É uma câmara subjetiva que busca com afinco o movimento brusco e oscilante dos objetos e os movimentos dos operários, como indicamos antes, despersonalizados. O filme expõe desta forma um quadro de imagens que podem ser tocadas, um cinema táctil, segundo minha impressão sua principal virtude. Aí radica sua força na forma, a forma e sua exploração profunda desta. Podemos confirmar que é em extremo uma herança da câmara olho de Dziga Vertov, ressaltando o que mencionamos antes, possivelmente um filme que influenciará posteriores audiovisuais.

Imagens: Enrique Aguilar. Tradução: Adriana Cordeiro Azevedo.
 
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IndieLisboa 2013 (1)

Lisboa, ciudad Independiente

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Semana de los claveles, el 10º Festival Internacional de Cine Independiente de Lisboa, IndieLisboa (18-28 de abril), se proyecta, como cada año, en las fechas conmemorativas de la Revolução dos cravos (25 de abril de 1974). En medio de troikas, crisis y menosprecios a la clase trabajadora (clases medias y menos medias en las que me incluyo) se levanta un festival más que sugerente y sensato. Toda revolución ocurre por algo, podríamos decir que se hace necesaria, salga bien o no tan bien, como todas. Son aire fresco, mueven de la poltrona a estamentos que se creían intocables y por lo tanto inmóviles –las evoluciones también son válidas por supuesto, siempre y cuando vayan por el buen camino–. Esto es aplicable a todas las esferas, la que nos atañe también por supuesto. El Cine, y hoy más que nunca, es de todos aquellos que no tienen un euro en el pocket, y me remito a lo que he estado viendo estos días en el festival, espejo también de una forma de pensar. Dentro del panorama cinematográfico, la situación actual ha contribuido a destacar los cines pobres, y sobre todo a dejar patente la supremacía de la creatividad, frente a los diversos establishments y cines con medios mayores, y esto también ocurre dentro del cine independiente. Estos días en Lisboa, en el Indie, se ha dibujado ese cuadro como tónica general. Películas de cines que ya no son emergentes, más bien consolidados en esa deriva que, más que inconveniente, ha supuesto una depurada afinación de los recursos del cine: cine brasileño, portugués, argentino, de los países del Este... producciones mínimas propias y en otras ocasiones con el apoyo de coproducciones europeas, en particular francesas y alemanas, o de países nórdicos, junto al estimable apoyo de las coproducciones canadienses. Esa contaminación también se ha extendido incluso a Estados Unidos. De allí, junto a las producciones portuguesas y francesas, ha llegado el mayor número de filmes. Sobre las producciones estrictamente estadounidenses, en general, me llevo una impresión un tanto agridulce, a mi modo de ver demasiado peso del guión en sus filmes, con una firma visual muy dinámica, pero falta de fotogenia en sus imágenes. Un cine independiente poco experimental, aunque con algunas buenas e intensas historias en el campo narrativo.

El festival, ahora, cuando escribo estas líneas, echará el telón pasada la medianoche con el pase de los últimos créditos. Con una buena respuesta, con una más que eficiente organización y sobre todo una capacidad de atraer a nuevos públicos, como por ejemplo a familias jóvenes y a sus pequeños en la sección “IndieJúnior”, junto a secciones especiales, talks y master classes que han supuesto una nueva dinamización cultural de la ciudad –la misma idea que subyace en la organización del Doclisboa, que se desarrollará a finales de octubre–, no solamente ha dado cobertura al público habitual y profesional sino a una amplia gama de la ciudadanía, un festival abierto. Me remito al amplio abanico de espacios ofertados... No sólo los anteriormente citados, también el “IndieMusic”. Los precios medidos y en general una selección trabajada, procurando equilibrar los diferentes estilos, desde la ficción pasando por todos los híbridos disponibles que son ya esenciales para entender el cine contemporáneo sin límites: documental de creación, cine del real, animación, ficción, no-ficción llevado a cabo con todos los recursos disponibles y texturas fílmicas (es el caso del found footage, la animación y el juego con el propio celuloide), herramientas desarrolladas en todas las distintas competiciones: “Internacional Largometrajes” y “Cortometrajes”; “Nacional”; “Observatório”; “Cinema Emergente”; “Novíssimos”; “Pulsar do Mundo”; “Director´s Cut”... Una lectura y revisión de  nuevos trabajos de autores más que contrastados en la sección “Observatório”, es el caso de Before Midnight de Richard Linklater, un más que genuino representante de la generación Sundance, el cineasta filipino Brillante Mendoza o el último trabajo de Werner Herzog, Death Row. Jóvenes directores en proyección como el caso del director chileno Pablo Larraín, la magnífica Fuga (2006) o Toni Manero (2008), Jem Cohen con Museum Hours o Chain (2004) o el humor negro de Ben Wheatley con Sightseers... Películas que rondarán las salas comerciales y otras menos accesibles pero de muy buena factura y proyección como las que hemos podido ver en “Cinema Emergente”. Revisión de obras como la del director irlandés Patrick Jolley o el interesante encuentro con el cine del director austriaco Ulrich Seidl. Todo ello en este IndieLisboa ya terminado, y con un acertado aroma general, quizás con una selección medida, un tanto corta en lo experimental, que se ha podido contemplar más en obras cortas o mediometrajes; mientras que la fórmula habitual, más narrativa, o al menos de menor riesgo, ha sido la firma en los largos, aunque las dos bobinas premiadas en este sentido, Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Verena Paravel) como mejor película internacional Premio Ciudad de Lisboa y Lacrau (João Vladimiro) como mejor bobina nacional son ejemplos claros de experimentación la primera y riesgo, abstracción y metáfora la segunda.

Lisboa, cidade Independente

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Semana dos cravos, o 10º Festival Internacional do Cinema Independente de Lisboa, IndieLisboa (18-28 de abril), é realizado, como cada ano, nas datas comemorativas da Revolução dos cravos (25 de abril de 1974). No meio de troikas, crises e menosprezos à classe trabalhadora (classes médias e menos médias nas quais me incluo) se levanta um festival mais que sugestivo e sensato. Toda revolução ocorre por algo, poderíamos dizer que se faz necessária, saia bem ou não tão bem, como todas. São ar fresco, movem da poltrona a estamentos que pareciam intocáveis e portanto imóveis –as evoluções também são válidas sempre e quando vão pelo bom caminho–. Isto é aplicável a todas as esferas, a que nos diz respeito também evidentemente. O Cinema, e hoje mais do que nunca, é de todos aqueles que não têm um euro no pocket, e me remeto ao que estive vendo nestes dias no festival, espelho também de uma forma de pensar. Dentro do panorama cinematográfico, a situação atual contribuiu para destacar os cinemas pobres, e especialmente para deixar patente a supremacia da criatividade, à frente dos diversos establishments e cinemas com mais meios, e isto também ocorre dentro do cinema independente. Nestes dias em Lisboa, no Indie, foi desenhado esse quadro como tônica geral. Filmes de cinemas que já não são emergentes, e sim consolidados nessa deriva que, mais que inconveniente, supôs uma depurada afinação dos recursos do cinema: cinema brasileiro, português, argentino, dos países do Leste... produções mínimas próprias e em outras ocasiões com o apoio de coproduções europeias, particularmente francesas e alemãs, ou de países nórdicos, junto ao estimável apoio das coproduções canadenses. Essa contaminação também se estendeu inclusive aos Estados Unidos. De lá, junto às produções portuguesas e francesas, chegou o maior número de filmes. Sobre as produções estritamente estadunidenses, em geral, levei uma impressão um tanto agridoce, ao meu modo de ver peso demais do roteiro nos seus filmes, com uma assinatura visual muito dinâmica, mas falta fotogenia nas suas imagens. Um cinema independente pouco experimental, ainda assim com algumas boas e intensas histórias no campo narrativo.

O festival, quando escrevo estas linhas, baixará as cortinas depois da meia-noite, quando subam os últimos créditos. Com uma boa resposta, com uma mais que eficiente organização e principalmente uma capacidade de atrair novos públicos, como por exemplo famílias jovens e as suas crianças na sessão “IndieJúnior”, junto a sessões especiais, talks e master classes que promoveram uma nova dinamização cultural da cidade –a mesma ideia subjaze na organização do Doclisboa, que será realizado no final de outubro–, não apenas deu cobertura ao público habitual e profissional mas também a uma ampla gama da cidadania, um festival aberto. Remeto-me ao amplo leque de espaços oferecidos... Não apenas os anteriormente citados, mas também o “IndieMusic”. Os preços acessíveis e em geral uma seleção trabalhada, procurando equilibrar os diferentes estilos, desde a ficção passando por todos os híbridos disponíveis que são já essenciais para entender o cinema contemporâneo sem limites: documentário de criação, cinema do real, animação, ficção, não-ficção levado a cabo com todos os recursos disponíveis e texturas fílmicas (é o caso do found footage, a animação e o jogo com o próprio celuloide), ferramentas desenvolvidas em todas as distintas competições: “Internacional Longas-metragens” e “Curtas-metragens”; “Nacional”; “Cinema Emergente”; “Novíssimos”; “Pulsar do Mundo”; “Director’s Cut”...  Uma leitura e revisão de novos trabalhos de autores mais que contrastados na sessão “Observatório”, é o caso de Before Midnight de Richard Linklater, um mais que genuíno representante da geração Sundance, o cineasta filipino Brillante Mendoza ou o último trabalho de Werner Herzog, Death Row. Jovens diretores em projeção como o caso do diretor chileno Pablo Larraín, a magnífica Fuga (2006) ou Toni Manero (2008), Jem Cohen com Museum Hours ou Chain (2004) ou o humor negro de Ben Wheatley com Sightseers... Filmes que rondarão as salas comerciais e outros menos acessíveis mas bem realizados e com boa projeção como os que pudemos ver no “Cinema Emergente”. Revisão de obras como a do diretor irlandês Patrick Jolley ou o interessante encontro com o cinema do diretor austríaco Ulrich Seidl. Tudo isto neste IndieLisboa já concluído, e com um acertado aroma geral, talvez com uma seleção medida, um tanto curta no experimental, que pode ser contemplado mais em obras curtas ou média-metragens; enquanto a fórmula habitual, mais narrativa, ou pelo menos de menor risco, foi a assinatura nos longas, apesar das duas películas premiadas neste sentido, Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Verena Paravel) como melhor filme internacional Prêmio Cidade de Lisboa e Lacrau (João Vladimiro) como melhor película nacional são exemplos claros de experimentação a primeira, e risco, abstração e metáfora a segunda.

Tradução: Adriana Cordeiro Azevedo.

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