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D’A 2014 (30/04/2014) – Pubescencia inabarcable

La adolescencia está siendo uno de los temas principales del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona de este año. Y no sólo porque haya una sección especial dedicada a ella (À Toute Vitesse), sino porque una parte representativa de las películas proyectadas tienen a adolescentes como protagonistas. En este caso tuvimos tres acercamientos muy distintos a esa edad, entre los 14 y los 19 –año arriba, año abajo–, en que todo se vive con una intensidad especial.

Reconozco haberme quedado un tanto perpleja ante las estrategias utilizadas por Marianne Pistone y Gilles Deroo en Mouton, su primer largometraje. Un film a priori con un tono naturalista y una marcada intencionalidad social que hace que tengamos muy presentes las primeras películas de Ken Loach (las “buenas”, dirían algunos), el cine de los hermanos Dardenne o, si me apuran, un “no sé qué” a lo Bresson.

La primera secuencia de la película nos muestra a una madre que luego estará ausente. No por voluntad propia sino a petición de Mouton, el adolescente protagonista. La madre se resiste a visitar a su hijo tan sólo una vez cada dos semanas, pero no hay nada que hacer, la decisión legal ya está tomada. A partir de aquí, asistiremos al día a día de Mouton: su trabajo en el restaurante de un hotel, su relación con la nueva camarera, las… ¿inocentes? peleas con sus amigos. Pero la cámara de Pistone y Deroo se detiene, tal vez demasiado, a observar minuciosamente el exceso de escasez. Numerosos planos nos muestran la obsesión de Mouton por hacer las cosas bien. Bien… y despacio, muy despacio. Desde sacar del armario la ropa que se va a poner a quitarse arena de entre los dedos de los pies o adornar un plato de comida con la misma delicadeza y minuciosidad que un orfebre. Su vida está compuesta casi exclusivamente de pequeños actos y les concede a todos una importancia extrema. Porque Mouton no es como los demás. Él sabe que no es como los demás y los demás saben que no es como ellos.

La perplejidad de la que hablaba llega con el giro argumental que se produce en el último tercio de película (sí, ya sé, está basada en hechos reales, pero…), la introducción de una voz en off que rompe con todos los preceptos hasta el momento planteados por la película y la radical decisión de prescindir del protagonista centrándose en dos personajes que, hasta el momento, poco o ningún interés tenían para el espectador. Que hay riesgo en la propuesta de Pistone y Deroo es innegable, pero no puedo evitar cuestionar la idoneidad de su metodología: los recurrentes e injustificados fundidos a negro, la tartamudez de una cámara que no sabe cuándo una secuencia ha de llegar a su fin, la abundancia de planos que se acercan peligrosamente a la intrascendencia, la deriva argumental… Elementos que, al menos a mi parecer, hacen un flaco favor a la película.

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La segunda sesión del día fue Les Apaches, ópera prima de Thierry de Peretti. La película muestra con corrección y eficacia –aunque sin excelencias ni sorpresas– las diferencias entre razas y clases sociales, tema universal donde los haya. Ambientada en Córcega (la idílica ubicación no es nada casual) y basada en un hecho real, la película narra la historia de Aziz, hijo de inmigrantes argelinos de clase baja que se ve envuelto en serios problemas por culpa de sus supuestos amigos. La ley del más fuerte, el dinero, las sospechas, la supervivencia y la ambición son los elementos que conforman la historia que narra Les Apaches.

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Pero la sorpresa de la noche llegó con Puppylove, debut en el largometraje de ficción de la directora suiza Delphine Lehericey. Una comedia sencilla, honesta y valiente sobre la transición a la adultez y el despertar sexual.  Puppylove cuenta la historia de Diane, una adolescente de 14 años. Su relación con su padre y su hermano pequeño, la mezcla de curiosidad e inhibición respecto a todo aquello que tenga que ver con el sexo… pero sobre todo y ante todo la irrupción en su vida de Julia, la nueva vecina, con la que iniciará una amistad de consecuencias imprevisibles. Las comparaciones con La vida de Adéle (La vie d'Adèle, Abdellatif Kechiche, 2013) intuyo serán inevitables. Aunque sea tan sólo por las semejanzas argumentales. Respecto a cuál de los dos directores –Lehericey o Kechiche– sale mejor parado del reto… que sea el espectador quien juzgue.

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