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La hermosura del horror: el futuro de la generación post-pandemia. De cascos con pantallas, burbujas, y genética modificada

"Sólo falta seleccionar al candidato más compatible. (...). Han optado por ojos almendrados, cabello oscuro y piel blanca. He extirpado toda afección perjudicial: calvicie prematura, alcoholismo,propensión a la violencia, obesidad. (...) Den a su hijo el mejor comienza, nosotros ya tenemos imperfecciones. No lo carguen de lastres adicionales. Sigue siendo su hijo, Solo que es lo mejor de ustedes."

Gattaca (Íd., Andrew Niccol, 1997)

La imagen que encabeza este texto, que incluso me bajé al móvil como recuerdo de estos días inciertos, extraños, me persigue desde que el pasado 10 de abril varios periódicos y noticiarios recogían la noticia: recién nacidos en países asiáticos a los que se les protegía con cascos con pantallas. Cascos casi tan grandes como su cuerpo. Corazas de protección.

Llegar al mundo y comenzar a vislumbrar la vida a través de un filtro aparentemente transparente. El horror más profundo.

"No pasa nada", dirán muchos. "Es como llevar gafas."

Pero... no. No.

El bebé sonríe, ajeno a que su vivencia no es anecdótica, sino la nueva realidad del mundo. Él crecerá amenazado periódicamente, con toda seguridad, con ciclos de confinamiento, con distancia social, con mascarilla y guantes. Será su día a día. Desconocerá otra. Verá películas en las que aglomeraciones se manifestaban a favor de la independencia, en las que una horda de personas se abrazaban en un abarrotado bar para celebrar el gol de su equipo de fútbol, o en las que las macrofiestas de fin de año en discotecas poligoneras intentaban, incluso (y bajo la incrédula mirada de nuestro bebé, ya mayor), saltarse el ya máximo aforo legalmente permitido. Alguien, quizá su madre, le explicará que esa era la normalidad antes del 2020, que antes podía hacerse. Que ella lo recuerda. Que se trata de documentales, no de films de ciencia ficción.

El niño no la creerá. O pensará que todos estábamos locos.

Estábamos locos. Seguramente.

Porque nos pasamos de listos.


(Nota mental, 1: ya sabéis de mi predisposición a mantener mis reservas sobre la necesidad del hombre a jugar a ser Dios. Lo que me ha recordado que seguramente se trate de parte de otro ciclo, ese que nosotros no veremos completar (o continuar), en el que nuestras creaciones querrán imitarnos a nosotros. Robots queriendo ser Hombres que quieren ser Dios. Robots que quieren ser Dioses, siguiendo la lógica que se enseñaba en la asignatura de filosofía de 3º de BUP. Sí, me hago mayor, pero esa no es la cuestión. La cuestión la explicaba muy bien Ridley Scott en su infravaloradísima - ok, un poco sí que se le fue de las manos, pero el subtexto es abrumador - Alien: Covenant - Íd., 2017).


Tras el horror de la imagen, la mente humana siempre intenta protegernos.  En mi caso, la mía me llevó a esa escena de Marty McFly en Regreso al Futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) en la que sale tambaleándose del DeLorean de 1985 tras chocar contra un granero en 1955. El propietario le observa con horror. El niño le muestra un cómic: extraterrestres.

       

Curiosamente, ahora nos sentimos más identificados con el granjero que con el viajero en el tiempo. Solo que nosotros observamos con horror las calles vacías, y no podemos disparar a un virus invisible que amenaza con cambiar nuestra vida para siempre.


(Nota mental, 2: una amenaza que nos está llevando a la depresión, e incluso a la locura. No hay otra explicación, al menos tras escuchar las palabras de ayer del presidente de EEUU, Donald Trump: “Lo que vemos es que el desinfectante noquea [al virus] en un minuto –¡en un minuto!–, así que quizás hay una manera de hacer algo así inyectándolo en el interior, como una limpieza, porque como pueden ver penetra en los pulmones y tiene un efecto enorme. Habrá que usar médicos para hacerlo, pero a mí me parece interesante probarlo”. Increíble pero cierto. Esto sí que es realidad que supera a la ficción.)


Pero somos tan estúpidos, o tan responsables, que desafiamos a nuestra propia descompresión mental, y volvemos a pensar en lo peor. Así que retornamos al bebé, y a esa pantalla transparente, pero curva. La realidad de ese niño estará siempre deformada. Para ver bien, deberá mirar siempre hacia adelante.

Como un burro con orejeras.

Mirar hacia adelante. Mirar sólo lo que otros quieren.  Control. "Para tu bien".

Lo mejor de todo es que este control de las nuevas generaciones no responderá a ningún maléfico plan de ninguna multinacional o mega-gobierno totalitario. Lo mejor de todo es que partirá de la creencia de que se está haciendo para que puedan (sobre)vivir felices. Ni '1984' (George Orwell, 1948), ni 'Un mundo feliz' (Aldous Huxley, 1982), ni nada parecido. Inocente autocensura. ¿Cómo terminará? La conexión es obvia (al menos en mi cabeza): la humanidad se dividirá entre los que acepten esta nueva vida sin rechistar, y los que le den tantas vueltas a su negación que acabarán siendo más inteligentes, pero también más crueles.

Estoy hablando, por supuesto, de los Eloi y los Morlocks. La nueva evolución natural del ser humano. ¡Cuánta razón tenía el visionario H. G. Wells cuando publicó 'La máquina del tiempo' (1895)! Y nosotros pensando que era una fantasía.... Qué bien que fue llevada al cine, por cierto, en ese film de culto que es El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960).

El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960)

El tiempo en sus manos

¿Estoy siendo exagerada? Para nada. Años de evolución me darán la razón. Mientras... seguiremos intentando combatir el virus como mejor sabemos: yendo al supermercado envueltos con bolsas de plástico. O mejor aún: directamente dentro de una pelota. Esto ha pasado, sí. Y, cómo no...

Siguiente imagen: John Travolta metido en una burbuja de plástico toda su vida. El chico de la burbuja de plástico (The Boy in the Plastic Bubble, Randal Kleiser, 1976).

 

Pero al menos la película está basada en un hecho real: un niño que carecía de sistema inmunológico efectivo. De nuevo: qué horror. Pobre criatura. Y pensar que estamos abocando a nuestros hijos y nietos a esto mismo.... Lo que yo os diga: en el año 802.701, todos Elois y Morlocks.

Bueno, sí que hay una esperanza para no verse convertido en Eloi (en mi caso, llegado el día, la verdad que preferiría ser un Morlock. Pero esto da para otro texto). Y es que los gobiernos, y el nuestro en particular, hagan eso que otros echaron por tierra la anterior década: invertir en investigación.

La ciencia nos protegerá. La ciencia nos mantendrá en nuestro sitio, en la cúspide de la pirámide de la vida. Pero. Pero.

Para cerrar el círculo: la ciencia, avanzada, saca lo peor de nosotros mismos. Empezaremos queriendo seleccionar genéticamente a nuestros hijos para dotarles de un sistema inmunológico fuerte contra grandes enfermedades. Luego, y ya que estamos, seleccionando también que, hombre, si puede no ser calvo, pues mejor. Más tarde, que si su tono de piel puede ser lo más blanco posible (el racismo será algo difícil de erradicar. Me encanta la cara del Dr. en Gattaca, un hombre de color, cuando pronuncia precisamente esta selección ante los ansiosos - y blancos - padres). Gattaca en todo su esplendor, y siendo exclusivamente el primer paso hacia la aproximación a convertirnos en Dioses (esa meta recurrente, sí). Acabaremos siendo prácticamente inmortales. Quizá, eso sí, la única "pega" sea el tener que llevar en brazos a nuestros cerdos continuamente, ese salvoconducto personal para regenerarnos hasta el infinito, tal y como se augura en Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009).

Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009)

Las vidas posibles de Mr.Nobody

La ciencia a nuestro servicio. La ciencia y nuestros descubrimientos. Al inicio idolatrados, luego tan comunes e integrados en nuestro entorno que acabaremos por no considerarlos...


(Nota mental, 3: Esta conexión sí que es extraña, pero igualmente recomendable. En 'Nana' (Chuck Palahniuk, 2002), un periodista que investiga la muerte súbita - otra vez bebés, todo está conectado - descubre que en todas las casas los padres leían la nana de un cuento africano. Al principio el descubrimiento es terrorífico. Al final... (SPOILER) el periodista la recita mentalmente para matar a cualquiera que le moleste, incluso si simplemente le han dado un codazo en la calle. Maravilloso).


....  Como el jabón, ese que ahora utilizamos a todas horas para lavarnos las manos. "Wash your fuc#ing hands", el nuevo lema - y merchandising benéfico - de 30 Seconds to Mars. No sé cómo siempre acabo hablando de Jared Leto).

Termino con una esperanza (sí, soy un poco así con este tema), y otro pronóstico. La ciencia nos hará avanzar, sí. En nuestra protección, en nuestra regeneración, y seguro también en nuestra forma de (no) relacionarnos. La llegada de los robots domésticos se adelantará gracias a esta pandemia, estoy convencida de ello. Los robots evolucionarán, tanto que dispondrán de emociones tan complejas como las nuestras. Estaremos rodeados de Davids (Prometheus, Alien: Covenant - Íd., Ridley Scott, 2012, 2017) , de Nexus (Blade Runner, Íd., otra vez Ridley Scott, 1982), y de Andrews (El hombre bicentenario, Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999). A algunos les perseguiremos. A otros les abriremos nuestras casas de par en par. Pero a todos les temeremos. Porque todos querrán ser como nosotros. Hombres, que juegan a ser Dioses.

Pero no avancemos acontecimientos... quedémonos, por ahora, exclusivamente con la sonrisa que hay detrás de la máscara. Ojalá perdure.

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* Foto de portada: Lillian Suwanrumpha / AFP / REUTERS / EFE /Samutprakarn / AP

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De osos, o jabalíes. El futuro ya es historia

Jeffrey Goines: ¿Sabes qué es la locura? Locura son las reglas de la mayoría. Toma los gérmenes, por ejemplo.

James Cole: ¿Gérmenes?

Jeffrey Goines: Uh-huh. En el siglo XVIII, nada de eso, nada, nada. Nadie jamás imaginó tal cosa. Ninguna persona cuerda, de todos modos. Ah! Ah! Luego viene este doctor, uh, uh, uh, Semmelweis, Semmelweis. Semmelweis viene. Está tratando de convencer a la gente, bueno, principalmente a otros médicos, de que hay estas pequeñas cosas invisibles y pequeñas llamadas gérmenes que entran en tu cuerpo y te enferman. Ah? Intenta que los médicos se laven las manos. ¿Quién es este chico? ¿Un loco? ¿Pequeño, pequeño, invisible? ¿Cómo lo llamas? Uh-uh, ¿gérmenes? ¿Eh? ¿Qué? Ahora, corte al siglo XX. La semana pasada, de hecho, antes de que me arrastraran a este infierno. Entro para pedir una hamburguesa en este restaurante de comida rápida, y al tipo se le cae al suelo. Jim, lo recoge, lo limpia, me lo entrega como si todo estuviera bien. "¿Qué pasa con los gérmenes?" Yo digo. Él dice: "No creo en los gérmenes. Los gérmenes son solo una trama que inventaron para que puedan venderle desinfectantes y jabones". Ahora... está loco, ¿verdad? ¿Ves?”

Doce monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995) 

Jabalíes en plena Diagonal de Barcelona. A muchos les sorprendía la noticia (“¿cómo es eso posible? ¡qué miedo!”). A otros, como a mi hermana, les daba por hacer broma, porque quizá ya sólo nos queda eso con respecto a esta crisis (“si está permitido salir a pasear al perro, ¿está permitido salir a cazar?”). Y a mí me vino a la mente, por segunda vez en esta crisis, un fotograma de lo que ya parece otro film premonitorio de ese grande que es Terry Gilliam (tras su espectacular y necesaria Brazil Íd., 1985).

Pero voy atrás, claro.

Principios de año, ya no sé decir la fecha. Parece tan lejana como lentos los segundos de estos días en confinamiento. En la televisión se hablaba, casi de forma anecdótica, de que el misterioso virus descubierto por primera vez en China se había detectado en otro país. ¿La causa? El desplazamiento de un infectado mediante avión.

Avión. Aviones. Aeropuertos.

El Dr. Peters es obligado por un agente de seguridad a mostrar el contenido de su maletín, que ha hecho saltar la alarma en el control de pasajeros. “Muestras biológicas. Tengo la documentación aquí”, se excusa. “Voy a tener que pedirle que abra esto, señor”. “¿Abrirlo?”, responde sorprendido el científico. “Por supuesto (…). Sí, parece vacío, pero le aseguro que no lo está”.

Poco después, James Cole recibe un disparo. James Cole, en sus cuarenta, cae al suelo en cámara lenta. James Cole en su primera década de vida viéndose a sí mismo caer, sin reconocerse.

Y Gilliam cierra su film, como no podía ser de otra manera, con el ‘What a Wonderful World’ de Louis Armstrong.

Sí, eso fue lo que se me vino a la cabeza. Y como reza el marketing del poster del film... “El futuro ya es historia”.

No me malinterpretéis. No soy catastrofista, ni pienso que todo esto, como ya se ha dejado oír, es una guerra bacteorológica (o “viruslógica”) entre países enemigos. Ni tan siquiera que haya un científico loco que haya abierto un frasco. De hecho, me remito al vídeo. En el avión, junto al Dr. Peters, se sienta una “agente de Seguros”, que no es otra que una científica del verdadero futuro del que viene Cole.

Hay esperanza para encontrar el origen, y cambiar la historia. Claro que sí.

Mientras tanto, vuelvo a los jabalíes, y a la segunda vez que 12 monos me vino a la mente. El fotograma es todo un clásico, y es del inicio del film. Cole es enviado a la superficie para recoger muestras, protegido con un traje hermético que evita el contacto con la atmósfera (es triste que sea una imagen ahora, y a partir de ahora, demasiado común). Se cruza con un oso solitario, vagando por un paisaje tan hermoso como desolador. No hay seres humanos que paseen por las calles, sólo esos animales a los que el virus no afectó.

No hay humanos paseando.

Humanos confinados bajo tierra. Humanos confinados en sus casas.

La cámara sigue al animal, y nos muestra un grafiti rojo en la pared. Es el símbolo de los 12 monos, bajo un “we did it”, “lo conseguimos”, rociado apresuradamente en negro.

Lo conseguimos, sí.

Doce Monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995)

La imagen me lleva ahora a Greta Thunberg, a los ecologistas que llevan tantos años advirtiéndonos de que no podemos seguir ignorando las señales de la Naturaleza. La imagen me lleva a esos que colapsan las carreteras por ir a pasar unos días de confinamiento a sus segundas residencias, parajes “vírgenes del virus” que de esta forma se están viendo comprometidos, acelerando el contagio por la irresponsabilidad de cuatro gallitos. La imagen me lleva al “loco” de Jeffrey Goines, que ya alertaba desde el manicomio a Cole sobre cómo no se creía al Dr. Semmelweis cuando descubrió la existencia de los gérmenes. La imagen, también, me conecta con otra de esas obras maestras que llaman al Apocalipsis, y a cómo nosotros mismos podemos ser capaces de detenerlo (si aceptamos la lectura al pie de la letra del film, que ya sabemos no es tal, pero que ahora me viene muy bien): Donnie Darko (Íd., Richard Kelly, 2001), en eese momento en el que recomienda a su novia que para el trabajo de ciencias sobre uno de los grandes inventos de la historia escriba sobre el jabón.

Yo lo ha dicho nuestro Presidente: lavarse las manos nos convierte en Héroes. Así, en mayúscula.

También Liam Gallaguer, cantando SOAPERSONIC, en plena demostración de que el confinamiento... en fin.

La imagen, en definitiva, me lleva a pensar que hemos sido demasiado inconscientes. Pero repito: no es tarde. La Tierra nos está dando una oportunidad.

La Tierra. La Naturaleza. Nuestro hogar.

El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011)

Aquí enlazo con ese director que también me fascina, Terrence Malick, y cuya filmografía es más que recomendable repasar en estos días, porque acompaña, y mucho, en el replanteamiento de varias reflexiones sobre nuestro lugar en el Mundo. Si hay que quedarse ahora mismo con sólo una de ellas... quizá todos estéis pensando en que me recomendaré El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), su obra maestra por excelencia (hasta el momento, yo sigo teniendo fe en él). Sería lo suyo, ¿verdad? Un film que plantea la existencia de Dios frente al poder de la Tierra, y que sin embargo no los confronta. Un film que nos empequeñece, y nos pone en nuestro lugar, al mostrar el origen del Universo y el origen de nuestra vida, de nuestras vidas. Un film que siempre me lleva a pensar en 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968), y más ahora, en estos tiempos en los que estoy convencida de que el Universo nos está empujando a superarnos a nosotros mismos y que nos llevará a saltar otro peldaño evolutivo. Y claro, pensar en eso me suele llevar también a esa reinterpretación encubierta de Nolan sobre 2001 en Interestelar (Interestellar, 2014), en la que “los otros” no son extraterrestres, sino nosotros mismos...

No, no quiero recomendar El árbol de la vida. Quiero recomendar La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998).  Quiero recomendar el sufrir junto a unos soldados que no han perdido su humanidad, porque ahora mismo, todos somos soldados. Quiero recomendar, de nuevo, no olvidar que hay esperanza entre tanta miseria y locura. Quiero recordar ese brote verde que surge entre el sucio río por el que avanzan unos soldados que han visto, y vivido, lo peor y lo mejor del ser humano en muy poco tiempo.

La delgada linea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)

Un brote verde entre tanto caos... me lleva también a pensar, con ilusión, que la Tierra está descontaminándose a marchas forzadas. Lo comentaba hace unos días con mi familia (vía Whatsapp, claro): quizá este virus sea sencillamente la respuesta al necesario equilibrio. Sin plagas, sin guerras... el hombre se estaba multiplicando demasiado deprisa. Vive demasiado tiempo. ¿Quién nos ha dado derecho a alargar nuestra existencia? ¿Quién nos ha dado derecho a jugar a ser Dios?

Yo soy creyente. Creo en Dios, y en el Destino. Quienes me conocen lo saben. Quizá sencillamente, como siempre argumento, porque no comprendo la injusticia de este Mundo si no es porque hay un motivo, que descubriremos al morir. Quizá soy demasiado naïve, pero me niego a no creer. Me gusta pensar que todo está conectado, aunque no sepamos cómo. Por eso me fascina esa incomprendida obra maestra que es El atlas de las nubes (Cloud Atlas, hermanos Wachoswski, 2012), que transforma la formidable novela de David Mitchell y sus entrelazadas historias destinando un género cinematográfico a cada una de ellas. El film transporta nuestra mente mientras acompañamos a sus protagonistas en sus distintas vidas. El film, como el libro, no niega su premisa:

“La creencia, como el miedo o el amor, es una fuerza que debe entenderse a medida que entendemos la Teoría de la Relatividad y los Principios de Incertidumbre: fenómeno que determina el curso de nuestras vidas. Ayer, mi vida iba en una dirección. Hoy se dirige a otro. Ayer creí que nunca habría hecho lo que hice hoy. Estas fuerzas que a menudo rehacen el tiempo y el espacio, que pueden moldear y alterar lo que nos imaginamos, comienzan mucho antes de nacer y continúan después de que perecemos. Nuestras vidas y nuestras elecciones, como las trayectorias cuánticas, se entienden momento a momento. En cada punto de intersección, cada encuentro sugiere una nueva dirección potencial.”

Y termino enlazando esta última frase con otro film a recomendar: intersecciones, encuentros. Decisiones. ¿Hasta qué punto el Destino nos permite cierto grado de libre albedrío? En Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009), su protagonista (encarnado por un Jared Leto noticia también estos días, al escribir en redes que se enteró del confinamiento por coronavirus tras 12 días de retiro espiritual...) se mete en la piel de hasta 13 personajes que son la misma persona, cada uno de ellos resultado de haber tomado una decisión distinta en un momento clave de su vida. Lo importante, quizá, es lo que dice el Nobody viejo a su entrevistador:

“Cada camino es el camino correcto. Todo podría haber sido cualquier otra cosa. Y tendría tanto significado”

Pues eso. Estamos a tiempo. El camino será el correcto. Decidamos salir de esta... ¡antes de que llegue el Big Crunch!

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