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‘Las ventajas de ser un marginado’ (‘The Perks of Being a Wallflower’, Stephen Chbosky, 2012)

Somos infinitos

 “No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”
Posesión del ayer, Jorge Luis Borges

Cuando termina la proyección de esta película, tenso y nervioso, intento procesar el torrente de sensaciones y de emociones que me invade. De todas ellas una se abre paso sobre las demás, es un pedazo de una vieja canción de Lloyd Cole (¿vieja he dicho? ¡¡Pero si sólo tiene 23 años!!) que no forma parte de la banda sonora de Las ventajas de ser un marginado pero que bien podría haberlo hecho: “I used to wake up early/Now it’s hard, hard enough to sleep/But life seems neverending/When you’re young”[1]. Cole nos aconseja en esa canción no mirar hacia atrás, que es precisamente lo que hace Charlie, el protagonista que narra en primera persona la película. Y es una mirada cargada de nostalgia, como seguramente lo son todas las miradas hacia el pasado, pero matizada con un ensordecedor punto lúgubre. La adolescencia es una etapa maravillosa de la vida porque amplifica todas las emociones vitales… las buenas pero también las malas. Los tres protagonistas de la película lidian con sus demonios personales en una batalla que, a esa edad, es inclemente porque aún no han desarrollado mecanismos emocionales de defensa.

Las ventajas de ser un marginado, con esa sombría disección, se posiciona en una extraña tierra de nadie en la que parece haber recogido la herencia del cine teen filosófico de John Hughes para añadirle un inquietante toque siniestro. Los espacios de la película son predominantemente oscuros (las fiestas, la casa de Charlie, incluso el aula del instituto es observada con una inesperada luz crepuscular), y Chbosky juega con este elemento para guiar al espectador hacia la luz de la película, que es Sam, el personaje al que encarna con desgarradora fragilidad Emma Watson. Reveladora en este sentido es la escena del primer beso de Charlie en la habitación de Sam: para desnudarse emocionalmente ante su amigo Sam escoge sentarse en la cama justo delante de una pared adornada con bombillas encendidas, con lo que literalmente irradia luz.

Sam, más que Charlie, es el verdadero motor de la película, es quien arroja luz a la existencia de los tres amigos. A través de ella es como la película se crece con cada minuto que pasa, completando un dibujo nada complaciente de la adolescencia (la escena de la ruptura en público de Charlie con su novia es de una crueldad perturbadora) pero que al mismo tiempo es una declaración de amor hacia una manera maravillosa de entender, de vivir y de devorar la vida.

Chbosky empieza y termina su película en un túnel, en el mismo túnel, que acaba asumiendo un rol crítico: si al principio lo vemos en ingrávidos planos de recurso sin demasiado significado, al final ese espacio más o menos vacío es ocupado por los tres protagonistas en un arrebato furioso de locura juvenil, una representación majestuosa de la dicha de ser joven que termina fuera del túnel. La película ha concluido así su viaje: Charlie entra en el túnel siendo un marginado, para salir de allí aceptado. Y esa aceptación lo lleva a ser consciente de la irreparable fugacidad del momento, aceptando con estremecedora lucidez que “hay gente que olvida lo que es tener 16 años, o cuando cumples 17, y todo esto será historia algún día y nuestras imágenes se volverán viejas fotos, y todos nos volveremos la madre o el padre de alguien”.

Esa es la terrible conclusión de la película, que termina con una sentencia demoledora: “pero ahora mismo, esos momentos no son historias, esto está ocurriendo”. Demoledora porque, en contra de lo que parece a primera vista, la frase es pronunciada con tal gravedad, bajo las lánguidas luces anaranjadas del túnel, que comprendemos –como Charlie comprende mientras habla– que sí, que son historias, y que la pérdida es irremediable. Esa sensación de estar V-I-V-O, de que nada malo puede ocurrirte, de que eres indestructible, se desvanece consumida por el paso de los años y las progresivas servidumbres de toda índole que la vida nos va colgando del cuello. Si los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos, entonces Las ventajas de ser un marginado es una película infinita.

 

Notas:

  1. “Solía levantarme temprano/Ahora es duro, suficientemente duro ir a dormir/Pero la vida parece interminable/Cuando eres joven”. La canción es “Don’t look back” y está incluida en su álbum Lloyd Cole (Polydor, 1990). 
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