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BCN Film Fest 2019 – Premios Jurado de la Crítica ACCEC

Secretos que te conté (mientras te hacías la dormida)

Laura Jou, forjada en la interpretación desde finales de los 80, decidió cruzar al otro lado de las cámaras cuando aún actuaba, tentada, como la Alicia de Carroll, por ver qué se escondía tras el espejo. Quizá fue por eso que, fascinada por cómo se construían las identidades en la ficción, y a través del coaching infantil en películas y series de televisión, empezó a desarrollar una trayectoria tan sólida como ascendente en la dirección de actores, lo que le valió trabajar en algunos rodajes de Alejandro González Iñárritu, Agustí Villaronga o Juan Antonio Bayona, entre otros. El siguiente paso de la realizadora catalana, pues, era lógico: tomar las riendas de la dirección y demostrar que no solo sabía mantener el pulso con actrices y actores en plena faena interpretativa, sino también a la hora de colocar la cámara y gestionar decisiones de puesta en escena.

La vida sense la Sara Amat es su ópera prima y, a la vez, la adaptación de la novela de título homónimo escrita en 2015 por Pep Puig, quien ganó el Premi Sant Jordi de ese mismo año. Ahora su adaptación al cine ha ganado el Premio de la Crítica ACCEC a la mejor película en la pasada edición del BCN Film Fest. El potencial evocador del verano en un pueblo del interior de Catalunya a principios de los 80, a través de una experiencia que marcará las vidas de sus protagonistas adolescentes, se traslada a la gran pantalla con una belleza y una naturalidad que hacen dudar de la inexperiencia tras las cámaras de su realizadora, con la única excepción de su cortometraje No me quites. Muy notable, también, el trabajo de guion de Coral Cruz a la hora de decantar la esencia cinematográfica ya presente en la novela, aumentando ligeramente la edad de los protagonistas, lo que permite el tratamiento de situaciones y temáticas que hacen transitar la historia en los claroscuros emocionales que funden el final de la infancia con el trance del paso a la etapa adulta.

Si, como decía Marcel Proust, el único paraíso conocido por el ser humano es la infancia, cabría considerar que durante el período estival se producen los momentos en los que esta alcanza su máxima intensidad, una suerte de apogeo dionisíaco en el que el tiempo se suspende, precisamente, para intensificar cada instante vivido, aún en el lance insustancial de la inactividad. La historia que aquí se cuenta parte de esos veranos que todos recordamos de la infancia: un pueblo, un grupo de amigos, y mucho tiempo libre para la exploración, tanto física como, sobre todo, emocional. Pep (Blai Rossell), de 13 años, está junto a sus amigos jugando al escondite. Entre ellos está Sara Amat (Maria Morera), un año mayor que él, de la que está secreta y perdidamente enamorado. Durante el juego Sara desaparece y nadie sabe donde ha podido ir. Todos los vecinos en el pueblo se temen lo peor, así que salen en su búsqueda a rastrear todos los rincones de la localidad. Pero al cabo de un rato, el chico se la encontrará en su habitación: ella ha huido de casa y le pide que le deje quedarse con él. Esto obligará a Pep a llevar una doble vida: deberá mentirle a todo el mundo, pero también satisfacer las demandas de Sara, poniendo a prueba su lealtad y descubriendo por sí mismo de qué va eso de ser mayor. Sara Amat sí proyecta esa figura adulta y emancipada, identificable con cierto tono feminista de empoderamiento, que representa todo lo que Pep anhela ser, y que en la película toma forma en la lectura que la chica hace, no por casualidad, de una de las cimas del realismo literario: la Ana Karenina de Tolstoi, referencia intelectual y argumental introducida con sutileza por Jou.

No es baladí lo apuntado al comienzo, pues, de pura complicidad en las construcciones que los personajes (sobre todo los adolescentes, y más aún sus dos protagonistas) requieren, no solo para su composición dramática durante el desarrollo de la película, sino para su evolución psicológica y gestual en la misma. El minucioso trabajo de la realizadora con sus actrices y actores no solo se aprecia en algunos de sus gestos y expresiones, sino también en cómo sus personajes se dicen las cosas y en cómo sostienen algunos silencios para evitar decirlas. El juego de presencias y ausencias va más allá de lo argumental y no solo se manifiesta con obviedad en la desaparición de Sara Amat, sino que también lo hace sutilmente en la figura del difunto abuelo de Pep (con quien parece conversar su abuela cuando nadie la ve), en las negativas del protagonista a acompañar a su grupo de amigos a la piscina (por quedarse cuidando de la chica), las visitas que el chico recibe en su casa de personas preocupadas por Sara Amat, o las salidas de su abuela al mercado (que Pep y Sara aprovechan para tantearse el uno al otro). Así, se construye a lo largo del film un diálogo sobre lo visible y lo invisible, y el intercambio de roles, sostenido en un crescendo argumental que alcanza su máximo simbolismo cuando Sara le pide a Pep que entre en su casa y se cuele en su habitación a escondidas para sustraer dinero y ropa interior. En ese lance del film, Pep acabará descubriendo (y nosotros con él) por qué Sara Amat ha decidido marcharse.

Resulta, pues, paradójico, como un relato que se construye en el fuera de campo y en los contraplanos, bajo la premisa de una falsa ausencia, lo haga con un tempo tan ágil y acercándose tanto a sus personajes. A pesar de suceder, como se ha dicho, durante el paréntesis de relax que supone el estío, no estamos ante un film eminentemente contemplativo, sino ante una narración que mantiene el pulso de la acción en todo momento y que sabe jugar los “tiempos muertos” a su favor. Hay, de alguna manera, en La vida sense la Sara Amat, un acercamiento furtivo pero ingenuo a sus personajes, violento pero condescendiente con ellos: se retratan la intimidad y secretos en la adolescencia, sin ningún pudor pero desde lo entrañable, con tono amable pero sin caer en la sensiblería ni el trazo grueso. Como si en una calurosa tarde de verano la cámara de Laura Jou, aletargada y perezosa, se quedara próxima a estos para escuchar alguna confesión accidental y captar sus estados de ánimo… como si proyectara la mirada ingenua de un niño hacia una verdad que se desborda, que no puede contener en sus planos la gran decepción de la vida: tener que abandonar la infancia y empezar a abrazar la vida adulta.

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Querido Orson Welles

Esa misma mirada ingenua y en ocasiones pueril parece proyectarse sobre la figura de Orson Welles en La Mirada de Orson Welles (The eyes of Orson Welles, Mark Cousins), película que recibió una mención especial de la crítica. Su artífice, Mark Cousins, ensayista cinéfilo que extiende su brillante trayectoria en el cine documental para reinterpretar la historia del cine y actualizar así su sentido. En La Mirada de Orson Welles Cousins reconstruye la vida de uno de los tótems del clasicismo hoolywoodiense, ídolo con pies de barro, Don Quijote del cine, genio que siempre rehuía serlo en pos de una vida más mundana, menos sofisticada y de placeres más terrenales, y lo hace partiendo del poco (re)conocido talento de Welles como ilustrador. Así, el film repasa su vida desde la niñez hasta sus últimos días como cineasta, a través de su prodigiosa habilidad en plasmar sobre el papel la realidad que observaba a su alrededor. El film hace, por tanto, un recorrido biográfico en el que se nos revelan curiosos detalles de su vida, a la vez que se nos descubren multitud de esbozos y dibujos con los que un joven Welles iba preludiando una capacidad innata para la composición y las perspectivas, así como para la creación de carismáticos personajes, entre estrafalarios y extravagantes, siempre excesivos y pasionales.

En este viaje, no solo cronológico sino también geográfico (Welles viajó muchísimo y desde muy joven), nos acompaña, por supuesto, la voz de Cousins. El norirlandés ejerce de contrapeso oral de sus propias imágenes, que rastrean en la actualidad la huella que Orson Welles dejó en el pasado, en un gesto que se acerca peligrosamente al panegírico. No en vano sus palabras van dirigidas personalmente a Welles, interrogándole e interpelándole constantemente, como si Cousins, adorador secreto de la obra de Welles, le leyera una carta que el genio de Wisconsin pudiese escuchar desde el más allá, desde el inmortal panteón de los cineastas desaparecidos, cuya obra, según aseveró Walter Benjamin, nunca morirá. Cousins hila un relato cuya afectación dota de una carga dramática a veces hilarante, a veces entrañable pero, en cualquier caso, un original acercamiento a una de las figuras a la vez más populares y desconocidas del séptimo arte.

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