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‘About the Pink Sky’ (‘Momoiro sora o’, Kobayashi Keiichi, 2011)

Sólo humo

Pongamos, de entrada, las cartas boca arriba: a mí, About the Pink Sky no me parece una gran película. Ahora bien, junto a algún tramo algo aburrido, el film contiene suficientes elementos dignos de valoración como para negarle el interés.

El aspecto de este film que más llama mi atención es la ambigüedad en cuanto a sus ambiciones. Y es que, en apariencia, se trata de una cinta pretenciosa, con ese aire de retrato generacional y el recurso al manido blanco y negro cuando se trata de solemnizar lo que se pretende transmitir. La película juega con ese planteamiento a confundir a su espectador, pero enseguida veremos que no apuesta por el preciosismo fotográfico ni por la acentuación de contrastes que dramaticen la situación. En los primeros minutos pudiera parecer, viendo el desarrollo argumental y estético con sus largas tomas, ausencia de música incidental y cierta sugerencia de improvisación en unas actrices principales debutantes, que la apuesta es por una cierta idea de retrato documental de evocación neorrealista. Sin embargo, el desdibujado y nada conflictivo entorno urbano y el deambular despreocupado de las adolescentes que lo habitan se empeñan en desmentir paulatinamente esa posibilidad. Hay un momento revelador en el metraje, cuando la protagonista Izumi, reconociendo no saber por dónde camina, transita un sendero elevado fuera del núcleo urbano que vemos al fondo. Al cruzarse con una pintoresca y anciana campesina, uno de los pocos adultos que aparecen en el film [1], y tomarle una furtiva fotografía, la señora le exige que elimine la imagen. El único contacto de Izumi con una realidad más allá de su despreocupada vacuidad es inmediatamente abortado, y la muchacha corre cuesta abajo a refugiarse de nuevo en las impersonales calles de la ciudad. Es la negación de todo contraste. La saturación lumínica y el desenfoque continuo de todo lo que rodea a los personajes, especialmente Izumi, parece reducir todo a su figura. El velado entorno, con esa recurrente sobreexposición lumínica, apenas ejerce de contexto para unos personajes vacíos, carentes de objetivos, sin más horizonte que ellos mismos. Eso es lo que nos presenta la película, las aburridas vidas de unas adolescentes sin inquietudes, retratadas ya no en blanco y negro, sino simplemente en gris.

La película se empeña una y otra vez en afirmar esta falta de solemnidad. Así, los únicos conflictos serios que se plantean son apenas sugeridos. El principio de ruina, económica y familiar, del pescador amigo de Izumi o la prostitución virtual de la adolescente Kaoru, para poder pagar los caros caprichos de su madre, se nos dan a conocer sin apenas subrayarlos, como si carecieran de importancia. Del mismo modo, Izumi se muestra hastiada de la negatividad que transmiten las noticias. El forzado encargo de escribir un diario sólo con buenas noticias, para alegrar el ingreso hospitalario de la novia enferma del chico al que adeuda dinero, parece una premisa interesante, venida a cambiar la perspectiva vital de nuestra protagonista y dar un sentido a la narración, escorándola al relato de maduración y crecimiento personal. Pero todo rastro de idealismo acaba desvaneciéndose, como se encarga de revelarnos el pescador una vez asegurada la viabilidad económica de su imprenta merced a la profesionalización, bajo control corporativo, del diario iniciado por Izumi, afirmando que la hipocresía genera negocio, que todo idealismo está en venta. Como evidencia final, esa postrera escena funeraria, que parecía promesa de mensaje trascendente y desmonta una y otra vez la expectativa del espectador. En el diálogo asoma un atisbo de reacción de Izumi, una cierta respuesta a la revelación de la vacuidad de su existencia al comprender la necesidad de involucrarse en alguna causa que mejore el mundo. Pero en seguida ella misma confirma su desinterés en cualquier actividad que le suponga un esfuerzo. El dramatismo de la muerte ya se ha desvanecido, trocándose la grave enfermedad como supuesta causa mortal por un golpe en la cabeza al caer de la cama, cuando llega el momento del anunciado milagro dreyeriano. La nube de humo, fruto de la manipulada incineración del cadáver, que ha de generar el cielo rosa del que habla el título y que tal vez confiera una nueva dimensión fotográfica al relato, emulando aquellas expresivas pinceladas de color de El infierno del odio (Tengoku to jigoku, Kurosawa Akira, 1963) [2], es una nueva decepción para el espectador. La combustión del menudo cuerpo no da para cubrir el cielo, apenas para una efímera nubecilla. En cualquier caso, una plasmación esteticista del vacío. Sólo humo.

Sintetizando, una película cuyo envoltorio parece prometer algo más, pero en definitiva se trata del retrato de una adolescencia ensimismada y perezosa, sin valores y empeñada en mantenerse al margen de todo proceso de maduración. Un mero ejercicio estético con el que su director muestra cierta destreza al jugar con las expectativas de su audiencia, renunciando conscientemente a lanzar ningún mensaje. El debutante Kobayashi Keiichi tal vez vende sólo humo, pero por el camino logra que muerdas varios anzuelos. Retomando la afirmación inicial, About the Pink Sky tal vez no sea una cinta memorable, pero yo, por si acaso, voy a seguirle la pista al realizador, a ver hacia dónde dirige sus siguientes pasos.

Notas:

  1. Tan sólo el pescador, con un peso en la trama, y una prescindible recepcionista del hospital se unen a la anciana en el reparto. El resto de los adultos que se ven en pantalla, siempre como meros transeúntes sin función alguna, son espectros desenfocados en el fondo de la imagen. 
  2. En El infierno del odio, película rodada en blanco y negro, Kurosawa coloreó de forma expresiva en color rosa el humo que salía de la incineradora en una funeraria. Esto, a su vez, fue la inspiración de Spielberg para los elementos coloreados en La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993). La referencia al film de Kurosawa, que no es tan conocido para un público no especializado, es más que directa, aunque creo que Kobayashi se beneficia aquí del amplio conocimiento de la audiencia del uso del color en el film de Spielberg para jugar con sus expectativas. 
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‘Adam resucitado’ (‘Adam Resurrected’, Paul Schrader, 2008)

Abismos que se abren en la distancia

Desconcierto quizá es la palabra que mejor describiría la sensación que producen las imágenes de la última película de Paul Schrader. Desde ya hay que dejarlo claro, hacedle más caso a esa frase publicitaria que dice “una película de Paul Schrader” que a la que pesa como una losa al asegurar aquello de “del guionista de las obras maestras de Martin Scorsese Taxi Driver y Toro Salvaje”. Quien avisa no es traidor.

Y es que Adam resucitado se aleja del neoclasicismo de la generación a la que pertenece su director, la de Scorsese, Coppola y Spielberg, para desplazar sus imágenes hacia un territorio incómodo en el que la incorrección gestual (personajes que actúan como perros) y la alegoría visual (nazis que aparecen tras una zarza ardiendo) mantienen constantemente una distancia emocional entre el espectador y el contenido referencial de las imágenes. El film se basa en la novela homónima de Yoram Kaniuk, publicada en 1968, y nos cuenta la historia del ilusionista Adam Stein, “el hombre más gracioso de Alemania”, que en los años sesenta pasa sus días en un psiquiátrico israelí reservado para supervivientes del holocausto nazi. Adam Stein (Jeff Goldblum) hace y deshace en la clínica como mejor le parece gracias a su habilidad para seducir y manipular a quien se le ponga por delante. El orden establecido sin embargo, el que él mismo dispone, será trastocado el día que es ingresado un niño desvelando así el terrible pasado que persigue al protagonista.

Lo que argumentalmente nos ubica en la estela de películas temáticamente ligadas a la barbarie de la Shoah y su recuerdo pronto se desentiende de sentimentalismos y buenas intenciones formales para adentrarnos en el abismo de la mente traumatizada del protagonista. La empatía nunca es firme en nuestra relación con las imágenes, el horror del pasado de Adam nunca logra salir de esa prisión en blanco y negro en que se han convertido sus recuerdos. No hay personajes plenamente construidos que emerjan de ese tiempo pretérito y nos agiten sentimentalmente, no hay una puesta en escena oportunista que juegue con el suspense (haciendo partícipe emocional al espectador) como hacía Spielberg en La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), por ejemplo; ni un espacio físico concreto que Adam pueda proyectar desde el lager hasta los años sesenta y, por extensión, hasta la mirada del espectador contemporáneo en la sala de cine.

El horror está frágilmente depositado en un fuera de campo apenas sugerido. El interior de la morada del Comandante Klein (Willem Dafoe), donde fue recluido Adam, en cambio es un vívido espacio que perdura en el recuerdo. El roce entre dos niveles está continuamente presente en la película, entre el interior y el exterior como hemos visto, entre la comedia y la tragedia (con momentos brillantes como el de ese taconazo militar que se convierte de repente en un paso de claqué), entre la locura y la cordura, entre el pasado y el presente, entre la libertad y el encierro [1]. Schrader nos propone Adam resucitado como una película expresamente incómoda que recorre la delgada línea que separa, y une al mismo tiempo, cada uno de estos dos registros, al tiempo que recurre a lo grotesco, la mueca deformada y la risa nerviosa del cuerpo de Adam, el gesto, para entablar una relación distinta con el espectador. Una nueva forma de aproximación que, en definitiva, se aleja de la narración naturalista, neoclásica podríamos decir nuevamente, para rehabilitar algo muy parecido a esa “distancia crítica” tan reivindicada por Bertolt Brecht que nos permita reflexionar sobre aquello que vemos, aunque para ello las imágenes tengan que alejarse de nosotros desconcertándonos en ese movimiento.

Notas:

  1. La compañera Mónica M. Marinero desarrolló más detalladamente este juego de niveles que “pretenden solaparse estructuralmente” en un esclarecedor artículo dedicado a Adam resucitado y publicado en el N36 de la revista (leer el texto). 
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