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Por donde he venido. Una mirada a presente, pasado, y futuro en esta pandemia desde la protección de las cuatro paredes.

"- ¿Apagamos la luz? ¿Apagamos la luz? Pero si apagamos la luz, no puedo volver a darte el aliento vital."

Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles, Neil Jordan, 1994)

"Entrevista con el vampiro" ("Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles", Neil Jordan, 1994)

Justo hace una semana escribía sobre los jabalíes que tomaban la Diagonal en Barcelona, perfecta excusa para compararlos con el oso de Doce monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995) y, evidentemente, sacar a relucir los paralelismos que estos días extraños tienen con lo reflejado en una historia que, allá no dije, hace evolucionar magníficamente el cortometraje/obra maestra  El muelle (La jetée, Chris Marker, 1962). Curiosamente, días después la noticia fue, precisamente, el oso que invadía las calles de Cangas de Narcea, en Asturias.

Un oso vagando por las calles... y un estremecimiento.

El cuerpo se estremece, sí. La realidad definitivamente deja de existir. Ya no depende ni tan siquiera de los puntos de vista. La realidad se equipara a la ficción, y la ficción levanta la voz y nos grita, con un leve tono de sorna: "os lo dije".

"Os lo dije". La ficción, en cualquiera de sus formatos, como oráculo de una verdad que no quisimos escuchar.

Escribo esta quizá pesimista sentencia, y se me viene a la mente otra imagen mucho más esperanzadora. Paciencia, he decidido relatarla también. Pero antes... necesito ir por orden.

("Nota mental": me estoy dando cuenta en estas últimas semanas que mi vida se rige, mucho más de lo que yo pensaba, por el cine y la literatura acumulada en las celdillas de la mente. Quizá incluso más que por mis propias vivencias.... y ahora mismo soy incapaz de decidir si eso es bueno, o malo. Por ahora, simplemente es. Pero, un breve ejemplo con la "crisis" del papel higiénico: ni memes, ni nada. Siempre que se pueda, hay que recurrir a Palahniuk:

Extracto de 'El club de la lucha' ('Fight Club', Chuck Palahniuk, 1996)

Marla hablando a Tyler. Tyler, pozo de conocimiento, tiene, y es, la respuesta a cualquier duda de nuestra generación.)

("Nota mental 2": Tyler me lleva a pensar en Brad Pitt y una de sus mejores interpretaciones: El club de la lucha - Fight Club, David Fincher, 1999). Coincidencia: Brad Pitt con una carrera plagada de personajes que marcan la evolución de nuestra vida, y en especial de esta pandemia. Era el Jeffrey Goines de Doce monos, y es el protagonista del fotograma que quería comentar antes de tanta divagación. Se me antoja un texto que analice la selección de papeles de este actor - ¡que también protagonizó Guerra Mundial Z - World War Z - Mark Forster, 2013 -! Madre mía... me va a dar para un libro. Pero ahora... retorno.)

La misma semana en la que osos, jabalíes, e incluso pavos reales invadían las calles, veíamos las imágenes de la acumulación de ataúdes en iglesias de Italia. El estremecimiento volvía al cuerpo, más siendo conscientes de que España va, más o menos, una semana por detrás del (¿imparable?) avance del coronavirus en nuestro país hermano.

Y la imagen, la escena, es otra.

Entrevista con el vampiro. Louis, el vampiro que se alimenta de ratas para resistir a la sed de sangre que su nueva condición le pide, vaga por las húmedas y tétricas calles de París, atormentado y al borde de la locura. Se cruza con un enterrador que empuja un carro demasiado pesado, a causa de la cantidad de cuerpos que transporta. El hombre le ve, y le alerta:

"- No vaya por ahí, monsieur. ¡Es la peste! ¡Vuelva por donde ha venido!

- Por donde he venido..."

¡Ah! Qué maravilla, qué gran lección. La Historia se repite: un enterrador que se preocupa por sus congéneres, y que pese al riesgo continúa ejerciendo su trabajo, exponiéndose también a contraer la enfermedad. Una enfermedad inesperada, ante la cual nadie sabía reaccionar, y no se tomaban las precauciones que luego ya se supieron necesarias. Y un "hombre" que desde la distancia que su condición sabe que el virus no le afecta.

Enterrador. Virus. Vampiro.

Sanitarios, y profesiones ahora relacionadas (desde enterradores hasta limpiadores). Virus. Confinados.

Respecto a los profesionales poco hay que decir. Aplaudamos, sí. A ellos, y a nosotros, que estamos aprendiendo a apoyarnos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos a nivel emocional (leía que estos días repunta el uso del teléfono fijo y las llamadas a viva voz... una alegría, eso de que estemos levantando la cabeza de la pantalla del móvil). Quizá, y quien pueda y quiera, el paso más allá es, simplemente, donar (permitidme incluir este enlace, que me toca mucho a nivel personal).

Respecto a la enfermedad... La peste, se dice en el film. Bueno, no era esa, específicamente. En realidad, en la Nueva Orleans de finales el siglo XVII se trababa de la fiebre amarilla. Qué más da. Lo importante es echar la mirada atrás. Ver el histórico de pandemias registradas y sufridas en todo el mundo a lo largo de la Historia.  Darse cuenta de que la evolución nos ha ayudado a irlas combatiendo, pero que se necesita conocimiento, experiencia, y tiempo. Y darse cuenta, también, de que la Naturaleza contraataca de forma recurrente. Que, quizá, ahora se ha rebelado contra una generación del primer mundo que se ha considerado superior con su tecnología, sus bonitas fotos en Instagram (estamos siempre felices, por supuesto, ¡cómo no!) y su falta de experiencia en una Guerra. Pues estamos en Guerra, sí. Y nuestra inconsciencia nos ha hecho llevar la enfermedad a todo el mundo, a lugares remotos que no se merecían ser víctimas de nuestro orgullo.

En parte, todos somos culpables. Pero nos daremos cuenta de ello. Y cambiaremos, espero, nuestros hábitos.

En parte, todos tenemos la solución. Pero por ahora la desconocemos.

Por eso me da rabia toda la política que se cuece alrededor de si nuestro Gobierno no ha actuado con la firmeza suficiente, que si llega tarde, que si.... A ver: el Gobierno no tiene ni puta idea. Y nosotros tampoco. Se está luchando contra algo nuevo, inesperado y arrasador. Apoyemos, y punto.

Y respecto a nosotros, los confinados en nuestras casas, entre nuestras cuatro paredes. Nosotros, vampiros que consumimos a marchas forzadas series, películas, y espero que literatura y cualquier otro tipo de cultura. Los que estamos confinados observamos la pandemia como lo hace Louis: es algo que está ahí fuera, que parece que no vaya con nosotros. Me remito al párrafo anterior.

No obstante, ya decía en el anterior texto: no me malinterpretéis. No es que no seamos conscientes. De hecho, somos lo suficientemente responsables como para estar obedeciendo el Decreto, mucho más allá del riesgo a ser multados. Es que no estamos en el epicentro. Observamos las imágenes, nos sorprendemos de que el Palacio del Hielo de Madrid se convierta en una morgue improvisada. "¡Uala!", pensamos. Pero lo hacemos como la escena de Entrevista como el vampiro. Pasamos de largo, aunque sea inconscientemente. Es la televisión, es una película. Está ahí fuera. "¿Qué fuerte lo que está pasando, no?". Y volveremos al capítulo pausado de Friends, o la la peli de Marvel de turno. Eso, hasta que nos toca, o toque, de lleno. Hasta que afecte a un ser querido del que no podamos despedirnos. Quizá entonces, cuando lo inevitable (porque lo era, no nos engañemos) nos llegue, potenciaremos exponencialmente nuestra conciencia social. Personalmente, así lo espero.

Ufff, qué bajona. No hay que terminar así. Así que vuelvo a la imagen que pensaba mientras comenzaba a escribir estas líneas. Aunque... antes, como ya viene siendo habitual, tengo que hacer un parón.

En la "quedada" de ayer viernes por la noche, esa que se ha instaurado seguro en millones de hogares (conectarse con los amigos por Skype, cada uno con su cervecita y sus patatas fritas en la mano), alguien dijo que esto del confinamiento era como el día de la marmota. Yo no lo comparto pero, si tuviese que hacerlo... prefiero recordar este magnífico final: "Hoy es mañana (Today is Tomorrow)". Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, Harold Ramis, 1993):

Y, si de bucles hablamos... es posible que no salgamos de ellos. Como escribía más arriba, ya nos lo ha demostrado la Historia. Pero lo importante es que cada bucle, para nosotros y para nuestros seres queridos, sea distinto. Sin evitar la verdad y siendo conscientes de lo que pasa. Enfrentándonos a lo que nos toca vivir, y superándolo día a día. Así que la gran recomendación de hoy es un guilty pleasure personal: 50 primeras citas (50 First Dates, Peter Segal, 2003). ¿Por qué?

Lucy tuvo un accidente de coche que le ha afectado a la memoria inmediata. Han pasado meses. Años. Cada mañana, para ella, es el mismo día del accidente.

Henry llega al pueblo y queda prendado de Lucy. Pronto se dará cuenta de su terrible situación, pero no cederá ante el impedimento aparentemente imposible de sortear. La escena que adjunto es la de cierre. Si no la habéis visto, no la veáis, y conseguid la película. Si lo habéis hecho... a ver si os pasa como a mí: al revisarla, ahora y más que nunca, me ha vuelto a emocionar.

("Nota Mental 3": Adam Sandler, uno de los grandes. Poco se dice).

Y ahora sí: la escena esperanzadora sobre la ficción que es oráculo del futuro. Como dijo de mí hace poco Jorge-Mauro de Pedro en Facebook, responsable de esa imprescindible web con la que estamos colaborando con estos textos que es Culturaca –junto a Miradas de Cine y Contrapicado)– ...yo soy muy de ciencia ficción. He leído todo lo que he podido de la Edad de Oro de la Literatura de Ciencia Ficción (1939-1946), he visto todo tipo de films. Y sí, la imagen que me ha hecho sonreír antes, es de Star Trek, la serie original, y la tablet que llevaba el Capitán Kirk en sus manos. Porque no todas las predicciones deben acabar en desastre.

"Star Trek"

De hecho, puedo recordar un vídeo sobe las 11 predicciones de Star Trek..:

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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (IV)

Narraciones a la deriva, naturaleza urbana

En el anterior artículo dedicado al Atlántida Film Festival, habíamos hablado de una serie de filmes que hacían de la exposición de los mecanismos de filmación y de la transgresión de dichos mecanismos su eje central. En este segundo artículo, nos centraremos en un grupo de películas que hacen de la deriva narrativa un reflejo de la marginalidad de sus protagonistas. Unos personajes que se mueven casi en el fuera de campo, en los márgenes de la sociedad, pero que ocupan el espacio central en la pantalla cinematográfica. Unos márgenes, en todos los casos, simbolizados por la presencia de la naturaleza como medio de retorno, de reencuentro.

Algo muy presente en los paisajes que rodean a los protagonistas de En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints, David Lowery), una obra bellamente filmada, con una ambientación preciosista, pero que queda lastrada por un guión a ratos demasiado evidente. Aunque no nos engañemos, su punto de partida es interesante: una vez la pareja de delincuentes queda separada (él en la cárcel, ella viviendo con el bebé que nació poco después del arresto), el ideal muere, la fuerza que rodea a los fuera de la ley se quebranta y sólo queda el vago y vehemente deseo de retornar al hogar. El realizador descontextualiza el género del cine de atracadores para encuadrarlo dentro del cine romántico, próximo al experimento que hizo Malick renovando el cine bélico en La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), pero, lamentablemente, sin los mismo resultados.

Pero si hablamos de resultados frustrantes o, cuando menos, decepcionantes, no podemos dejar de hablar de Ritual. A Psychomagic Story (Luca Immesi, Giulia Brazzale) y Soldate Jeannette (Daniel Hoesl), dos relatos de mujeres que huyen hacia parajes naturales con el fin de alejarse de la opresión de sus vidas. Por un lado, la primera trata de unir magia y psicoanálisis a través de la inspiración y participación de Alejandro Jodorowsky. En ella, una joven huye lejos de su pareja, hacia un paraje natural que se mueve entre lo místico y lo etéreo, junto con su tía, una suerte de guía espiritual. Si el filme trasciende el género fantástico lo hace para convertirse en una obra de autoayuda que trata, a mi entender, de manera frívola y superficial un tema tan duro y complejo como el maltrato psicológico y el aborto. Por otro lado, Soldate Jeannette es un filme de ritmo en exceso lento, de actuaciones demasiado pétreas en el que la protagonista, tras caer en ruina y robar en unos centros comerciales, decide escapar a la montaña, quemar su dinero y empezar una nueva vida. Un personaje que, como la sociedad que la rodea, ve desmoronarse su mundo sin inmutarse, sin ninguna ilusión más que tratar de moverse hacia delante, sin rumbo fijo. Un desapego y tedio que, lamentablemente, se contagia al espectador dado el poco interés que genera el personaje central y sus actuaciones.

En cambio, si ha habido una obra que ha sabido integrar el paisaje natural como reflejo de la condición humana, ha sido la divertida y conmovedora, original y sorprendente obra Of Horses and Men (Hross í oss, Benedikt Erlingsson). Un filme que es una reinterpretación del género de las fábulas: aquí el protagonismo lo tienen los animales, más concretamente los caballos, quienes dotan de humanidad a sus jinetes, les otorgan su carácter cómico, trágico, romántico... No les hace falta hablar, su mutismo, su “físicidad”, su presencia da sentido a toda la narración: una disección equina que indaga en la humanidad, en la sociedad que los envuelve, todo ello filmado con una cámara que se mueve entre el retrato lírico y el prosaico ante unos personajes que escapan continuamente de su condición estereotipada: el galán, el borracho, el viajante... todos ellos transitan desbocados por entre los fotogramas de un filme que reconduce con maestría toda esa fuerza, esas pulsiones ocultas tras las máscaras. Un retrato de una sociedad alejada de los cauces de la “normalidad”, que tiene en los caballos su símbolo y su medio de vida.

Habíamos comentado, al inicio, que el medio natural era el símbolo de esa marginalidad, pero también es el modo de retornar a la misma humanidad. Algo que nos muestra la última obra de Shane Carruth, Upstream Color: su filme es mucho más que un experimento que trasciende los géneros (ciencia ficción, thriller, romántico, noir...) para mostrarnos cómo la narración cinematográfica puede adentrarse en la experimentación sin miedo a dejar de explicar una historia. Es mucho más porque nos muestra una obra próxima al trascendentalismo de R. W. Emerson, en el que la verdad podía ser experimentada a través de un contacto directo con la naturaleza. En este filme en el que los protagonistas son sujetos automarginados de la sociedad, la ciencia ficción funciona como excusa para realizar un montaje sonoro y visual en el que la naturaleza es el contacto directo con la conciencia profunda de los seres humanos. Si la protagonista recita fragmentos del Walden de H. D. Thoreau, lo hace como mantra con el que contactar con la naturaleza humana. En fin, una obra hipnótica que se despliega como un artefacto que conecta la sociedad y la naturaleza en una suerte de dimensión inconsciente escondida en los seres que pululan en el filme.

Pero la conexión entre hombre y naturaleza queda imposibilitada en el último filme que comentaremos aquí: una de las obras más extrañas y sugerentes del festival, pero truncada por un exceso de pretensión y duración que merma su capacidad poética, The Secret Society of Fine Arts (Anders Rønnow Klarlund). Y queda truncada ya por esa explosión que dinamita el museo zoológico, que lanza por los aires, a modo de obra de arte efímera, las mariposas y demás insectos y animales que constituyeron dicho edificio. Y todo filmado en una puesta en escena que rememora la obra maestra La Jetée (Chris Marker, 1962), es decir, a través de fotografías mínimamente animadas. Su intención no es más, ni menos, que la de tratar de poner en cuestión el estatuto del arte, la relación entre estética y política, creando algunas escenas realmente logradas pero que en su conjunto carecen de un discurso bien articulado. Un buen intento, en cualquier caso, de reflexionar sobre la condición del arte como propiciadora de una revolución en una sociedad enajenada y alienada, desconectada de su dimensión natural, en la que las calles metropolitanas ahogan cualquier recuerdo de una naturaleza que sólo se muestra encerrada en ese museo que vuela por los aires.

Como hemos podido ver en esta sucesión de filmes, la sociedad retratada en ellos navega hacia una deriva que desemboca en la naturaleza como instrumento de recuperación, de búsqueda y de expresión. Un modo de observar el mundo urbano como contrapuesto al paisaje rural, pero no como caras diferentes de una misma moneda, sino como reflejos de una imagen pretérita y futura.

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