Archivo de la etiqueta: Kiyoshi Kurosawa

Sitges 2017 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña (I)

Coquetear con el fin

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha demostrado una irremediable atracción por un supuesto (¿y esperado?) apocalipsis de incierta llegada. Una interminable lista de libros, películas, series de televisión, obras de teatro y en general todo tipo de manifestaciones artísticas así lo demuestran. En La Guerra de los mundos, H. G. Wells lo imaginó a lo grande, con invasión alienígena de por medio. Orson Welles realizó posteriormente una adaptación radiofónica de dicha novela y Byron Haskin y Steven Spielberg se encargaron de sendas adaptaciones cinematográficas en 1953 y 2005. Pero no fueron los únicos. Directores como Don Siegel (Invasion of the Body Snatchers, 1956), Roland Emmerich (Independence Day, 1996), Tim Burton (Mars Attacks!, 1996) o Guillermo del Toro (Pacific Rim, 2013) entre muchos otros, mostraron predilección por plantear la posibilidad de una vida en el más allá que acabase –o al menos tuviese la intención de acabar– con la del más acá. Otros prefirieron decantarse por las catástrofes más o menos naturales: volcanes entrando en erupción, terremotos y maremotos de magnitudes inconmensurables, huracanes, meteoritos, cometas y asteroides incontrolables. Twister (Jan de Bont, 1996), Volcano (Mick Jackson, 1997), Deep Impact (Mimi Leder, 1998), Armageddon (Michael Bay, 1998), The Day After Tomorrow (Roland Emmerich, 2004), 2012 (Roland Emmerich, 2009) o Melancholia (Lars Von Trier, 2011) son solo unos pocos ejemplos. También los hubo que optaron por amenazas letales en forma de virus o enfermedades: Terry Gilliam (Twelve Monkeys, 1995), Danny Boyle (28 Days Later, 2002), Alfonso Cuarón (Children of Men, 2006), Francis Lawrence (I Am Legend, 2007)… Y otros como Richard Kelly, Béla Tarr o Peter Brosens y Jessica Woodworth eligieron un fin del mundo, o bien bizarro (Donnie Darko, 2001) o bien minimalista y metafórico (The Turin Horse, de 2011 o La cinquième saison, de 2013). Hubo unos pocos incluso que optaron por no determinar el origen y causas de la catástrofe, para así acrecentar el misterio (The Road, John Hillcoat, 2009). Sea como fuere, la posibilidad de la extinción de la humanidad ha sido, es, y probablemente seguirá siendo una excelente motivación para realizar películas. Os hablamos a continuación de algunas representaciones del apocalipsis (con mayor o menor éxito) que hemos podido ver en este festival.

Buswick (Jonathan Milott y Cary Murnion, 2017) Corre todo lo que puedas, aunque no sepas la razón

Cuando Lucy sale del metro en Bushwick, se ha desatado el caos. Hombres armados disparando por doquier pueblan las calles y todo rastro de normalidad ha desaparecido, lo que era uno de los barrios de moda de Nueva York se ha convertido e un infernal campo de batalla sin razón aparente. Los muertos se amontonan en las aceras y un arisco vecino con pocas ganas de dar explicaciones será su único apoyo en este infierno. Jonathan Milott y Cary Murnion firman este trepidante filme que delega excesiva responsabilidad en una puesta en escena compuesta mayormente de elaborados y vertiginosos planos secuencia que, desgraciadamente, no consiguen mantener el interés de un esquemático filme que pierde fuerza a medida que transcurre su metraje.

Les Affamés (Robin Aubert, 2017) Los zombis y Samuel Beckett

El film de Robin Aubert nos ubica en un contexto apocalíptico en el que predomina la definición de personajes por encima de los efectos especiales, el silencio por encima de los gritos, la tensión por encima del desgarro, la elipsis por encima de la sobreexplicación. Los toques de humor negro y el desconcertante surrealismo de algunas secuencias diferencian a Les Affamés de las ya clásicas películas de zombis, esas que siguen unos códigos repetidos hasta la saciedad y cuyo final podemos predecir sin correr el riesgo de equivocarnos.

The Cured (David Freyne, 2017) El realismo social se disfraza para Halloween

En el pasado, un extraño virus convirtió a gran parte de la población en caníbales irracionales. Años más tarde se ha logrado encontrar un antídoto, pero un porcentaje de la población todavía infectada es inmune a él. ¿Cómo debería proceder el gobierno en casos como este? ¿ Habría que concederles un voto de confianza a los infectados o sería mejor no asumir el riesgo y acabar con todos ellos para evitar una nueva propagación del virus? David Freyne firma este melodrama social de tintes pseudoterroríficos que, al fin y al cabo, no habla más que de uno de esos eternos temores que siempre han estado ahí: el miedo al otro, al que es diferente o al menos nos lo parece.

The Bad Batch (Ana Lily Amirpour, 2016) Canibalismo hipster

El inhóspito desierto de Texas es el decorado idóneo para ambientar esta vistosa distopía protagonizada por Arlen, una joven de armas tomar que tras lograr escapar de una comunidad de caníbales, regresará para buscar venganza pero acabará encontrando otras cosas. De la mezcla imposible entre Mad Max y El topo surge The Bad Batch, el nuevo filme de Ana Lily Amirpour que tras sorprender a propios y extraños con su original debut (A Girl Walks Home Alone at Night, 2014) se alzó con el premio especial del jurado en el Festival de Venecia con esta segunda película. Aromas de western polvoriento, calor asfixiante, hermosa decadencia, humor negro y supervivencia extrema son las claves que la definen.

A Gentle Creature (Sergei Loznitsa, 2017) La Unión Soviética como animal despiadado

Sergei Loznitsa es bien conocido por sus documentales de creación, sí, pero también por ser un director inclasificable capaz de abordar la ficción cuando la ocasión lo requiere. La última media hora de A Gentle Creature despertó un considerable revuelo e indignación en Cannes, pero el resto del filme no es precisamente de digestión fácil. Una mujer intenta enviar un paquete a su esposo que se encuentra en la cárcel, pero los inextricables engranajes burocráticos del socialismo soviético se lo impedirán, introduciéndola sin piedad en una interminable pesadilla de tintes kafkianos que saca a la luz de modo inclemente las miserias y podredumbres de un estado que ha acabado fracasando en muchos de sus principios y además es incapaz de aceptarlo. No es el fin del mundo de modo literal, pero sí el inicio del fin de un sistema fallido para el que no sabemos si habrá redención posible.

Before We Vanish (Kiyoshi Kurosawa, 2017) Alienígenas como nosotros

Los alienígenas que invaden la tierra en el último film de Kiyoshi Kurosawa no son de color verde ni tienen antenas, y tampoco hablan mediante incomprensibles onomatopeyas. De hecho, jamás llegaremos a conocer su verdadero aspecto, ya que su táctica no es otra que camuflarse entre nosotros, introducirse en el cuerpo de los humanos e ir apre(he)ndiendo conceptos para así conocer mejor a la raza humana y prepararse para la conquista final. La interesante reflexión sobre el lenguaje, el significado de las palabras y los códigos de comunicación que contiene el film despierta un grato interés sobre todo en la primera parte, aunque lamentablemente, una cierta deriva narrativa y un final alargado en exceso acaban por provocar algo parecido al hastío en el espectador.

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Hitchcock/Truffaut (Kent Jones, 2015)

La (doble) conversación

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¿Un documental muy bien (re)construido sobre el oportunísimo encuentro que reafirmó las bases de la Politique des auteurs?, ¿o una adaptación cinematográfica del libro que ya de por sí Truffaut concibió estructuralmente como una película (algo así como un ensayo audiovisual sobre materia cinematográfica con soporte editorial que se transforma en aquello que pretendió ser originalmente)? Violeta Kovacsics planteó la disyuntiva junto a J.A. Bayona en el coloquio posterior a la proyección del film de Kent Jones, que tuvo lugar el martes 29 de marzo en los cines Verdi. Ambas opciones podrían ser correctas por complementarias, (aunque quizás cobre más importancia la segunda, al estar sugerida por un tótem de la crítica estatal como Carlos Losilla).

La película, en su afán por documentar de forma verosímil pero también totalizadora, todo lo que envolvió, provocó y originó aquella conversación entre genios, deviene un gran mosaico compuesto por diversas fuentes que, desde la diversidad de formatos, reconstruyen de principio a fin la que se ha dado en llamar “La Biblia del cine moderno”. Así, el desarrollo del film avanza cronológicamente en paralelo al índice del libro, profundizando en algunas de las anécdotas más brillantes que recoge cada uno de sus capítulos. Pero Kent Jones va más allá. Con tal de llegar a comprender el grado de fascinación que Truffaut sentía por quién llegara a considerar su padre cinematográfico, el film explora su atormentada y rebelde infancia, que daría pie a sus no menos contestatarias primeras películas, ya después de su providencial encuentro con André Bazin, y hasta la reedición del libro en 1983, 3 años después de la muerte de Hitchcock.

Robert Fischer, de extensa trayectoria como director de documentales televisivos en torno a Hollywood y algunas de sus figuras más controvertidas, ya abordó este encuentro entre los dos cineastas en su primer film, Monsieur Truffaut meets Mr. Hitchcock (R.Fischer, 1999), un documental televisivo en el que reconstruía la historia a partir de los testimonios de familiares y allegados de los protagonistas. Algunos años más tarde, esta vez en una pieza de tan sólo 13 minutos, se atrevería a poner imágenes a las grabaciones de audio con las voces de los cineastas en Ein 'Mord!' in zwei Sprachen: Alfred Hitchcock im Gespräch mit François Truffaut (Ídem, 2006).

En la película de Kent Jones también aparecen audios originales de la entrevista de Truffaut a Hitchcock, pero en una hábil maniobra (y aquí es dónde su film cobra importancia), el director afincado en Nueva York se aparta del mero documental de reconstrucción histórica e introduce también los testimonios de autores de distintas épocas y procedencias que se prestan al homenaje al mago del suspense, lo que provoca una curiosa revalorización de los documentos sonoros a la luz de una virtual asamblea entre cineastas. Así, por ejemplo, Richard Linklater destaca de Hitchcock el tratamiento de la temporalidad, mientras Olivier Assayas se reconoce influenciado por su concepción del erotismo; Wes Anderson se siente fascinado por su habilidad en convertir los objetos en fetiche y Arnaud Desplechin por el aspecto psicológico de todos sus films; David Fincher elogia su milimetrada concepción del espacio, a la vez que Kiyoshi Kurosawa ensalza una figura cuya puesta en escena es capaz de trascender el clasicismo de Hollywood; y así hasta completar una nómina que cuenta también con Scorsese, Bogdanovich, Paul Schrader o James Gray. Que autores tan dispares con poéticas tan personales suenen tan felizmente harmonizados, se debe, básicamente, a que todos ellos orbitan en torno a una figura cuya trayectoria sustenta buena parte de la Historia del cine, desde un periodo vanguardista en Reino Unido, hasta la postmodernidad en Estados Unidos, recorriendo transversalmente las diferentes etapas del clasicismo hollywoodiense y los distintos niveles de complicidad con el público. No es casual, pues, que en la pregunta que Violeta Kovacsics le hizo a J.A. Bayona (para cerrar esa segunda y oportuna conversación, entre crítica y cineasta), sobre cuál era la influencia que Hitchcock había producido en él, el director barcelonés aludiese a las múltiples capas de complejidad del cine de Hitchcock, desde lo puramente estético a lo estrictamente psicológico (pasando por lo simbólico), pero también a su consideración del espectador como parte esencial del medio cinematográfico. Parece ser que cincuenta años después de la publicación de Hitchcock/Truffaut, el cine sigue dónde estaba. El espectador, por desgracia, no.

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Sitges 2013 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (16/10/2013)

Profundidad y diversión: hoy antagonistas

V/H/S/2 es un claro ejemplo de cómo revisar un producto, analizar los errores pasados y realizar una película que cumpla la idea original siendo más fiel y mejor que su predecesora. Esta nueva entrega de películas de terror en capítulos parece guiarse por el principio de que menos puede ser más. De esta manera se reducen los episodios de siete a cuatro y la trama, por así llamarla, principal pasa a ser poco menos que un hilo conductor a modo de excusa para presentar los miniepisodios. Evidentemente, como en todos estos tipos de producciones, hay una disparidad entre la calidad de cada uno de los segmentos. Sin embargo en este caso uno de los motivos por los que la película funciona es por conseguir el equilibrio entre ellos, o incluso crear un crescendo que llega a su paroxismo en el tercer episodio, dirigido por Gareth Evans (director de Redada asesinaSerbuan maut, 2011–), una auténtica locura que por sí misma valdría ya la pena visionar. Sectas, zombis, espíritus maléficos, abducciones, todo ello reunido en una sola cinta con sustos garantizados, pero también mucha diversión. O lo que es lo mismo un terror old school resucitado y ejecutado de la mejor manera posible.

Expectación ante lo que Brillante Mendoza podría ofrecer en su aparente primera incursión en el cine de terror. Y sí, hay que remarcar el concepto de la apariencia porque las posesiones demoníacas son solo una excusa, una metáfora para hablarnos de la guerra de audiencias, del todo vale de los medios de comunicación para ganar público. En cierta manera es esa la posesión de la que nos quiere hablar el director filipino. Una metáfora que nunca acaba de funcionar ante la morosa presentación de personajes, el vaivén argumental y un uso de recursos para generar angustia ciertamente pobre. Incluso todo ello sería disculpable si no fuera porque Mendoza nunca acaba de creerse la película que está haciendo, nunca marca los límites de su propuesta y siente un cierto temor a defraudar a sus dos tipos de espectador para este film. Marcas de autor y de género se entrelazan a menudo por cuestiones que parecen más destinadas a satisfacer expectativas que a seguir una coherencia argumental. ¿Qué le falta pues a Sapi? Ante todo ritmo, pero fundamentalmente definición. No tanto en el qué sino en el cómo. Proyecto fallido el de Brillante Mendoza, pero aun así se le pueden sacar lecturas interesantes.

Este no es el caso de Real, último film de Kiyoshi Kurosawa, un auténtico desvarío en la realización que arruina un ya no muy brillante guión. Partiendo de un inicio que podríamos llamar tipo Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010), se desarrolla una historia que pretende ser una combinación entre romántica y low sci-fi. Hay dramas, requiebros, giros argumentales y vueltas de tuerca. Finales múltiples y narración que quiere ser explicativa hasta un punto de minuciosidad que consigue precisamente el efecto contrario al deseado: se quiere cerrar todo de una manera tan definitiva que quedan expuestos todos los parches, remiendos y descosidos de la trama. El principal problema de Real es que nunca nos la creemos. Hay demasiadas obviedades para conseguir sorprender a la audiencia. Por si fuera poco la parte romántica roza, si no cae directamente, en el más bochornoso de los ridículos. Diálogos de novelita rosa, colores apastelados, musiquita subrayando todo lo subrayable y lo que no también. Y claro, para rematar la jugada no podía faltar, en coherencia eso sí con su pretensión narrativa, un exceso de metraje absolutamente desesperante. Incontables son los fundidos en negro que podían haber dado cierre a un film que se empeña una y otra vez en seguir queriendo contar cosas que no interesan a nadie. En definitiva lo que el Sr. Kurosawa pretendía que fuera una preciosidad acaba por ser un catálogo de pretenciosidad, de malas elecciones, por ser, como se dice hoy en día, un epic fail en toda regla.

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