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Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan, 2017)

Una Segunda Guerra Mundial nunca antes vista

El nuevo film de Christopher Nolan, Dunkerque, nos muestra la evacuación del puerto de dicha localidad de la costa atlántica francesa, durante la Segunda Guerra Mundial. Más de 300.000 militares de las tropas aliadas se encontraron rodeados por los soldados nazis y tuvieron que abandonar dicho puerto huyendo hacia Inglaterra. Embarcaciones de todo tipo, tripuladas por gente corriente, provenientes de Inglaterra, salvaron a todos aquellos hombres que no hallaban salida al bombardeo aéreo incesante de los alemanes.

La película, que transcurre en tierra, mar y aire (con una temporalidad narrativa  y  una cronología diferente aplicada a cada elemento, construyendo así sendas historias cruzadas), explora el tema de la guerra desde sus personajes, priorizando el punto de vista de los soldados y sus dilemas internos por encima de la épica de las grandes hazañas. No se trata de conquistar una colina estratégicamente situada o de realizar un salvamento imposible, sino de huir, sin más. El director británico nos muestra un cine bélico más próximo a la mirada intimista y opta por ahondar en los conflictos personales de los combatientes que formaron parte en esta batalla descarnada. El film, además, pone a dialogar la visión desgarradora de la guerra y el conflicto interno que sufren los soldados, con el romanticismo patriótico representado por el personaje de Kenneth Branagh, comandante de las tropas aliadas.

Nolan, gran creador de personajes e historias, urdidor de tramas con la mente humana y su compleja estructura como mecanismo narrativo, parece haber desarrollado en Dunkerque un “cine de atracciones”[1] al que no nos tenía acostumbrados. Logrando el mismo efecto de espectacularidad que en anteriores trabajos, esta vez es la verosimilitud de las imágenes, planteadas mediante elementos de una gran simplicidad y concreción, lo que genera la fuerza visual de la película. Esta búsqueda del hiperrealismo, presente en films del mismo género que muestran la terrible dureza de la guerra, con secuencias como la del desembarco de Normandia en Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998), o los recuerdos y vivencias personales de los personajes  de La delgada línea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998);  es el punto de partida que da lugar a un film como Dunkerque. Con él, Christopher Nolan otorga una crudeza a las imágenes que, aunque cientos de veces vistas, nos producen un gran impacto visual y sonoro.

La masa militar, el sonido de las máquinas que se entremezcla con el tictac de los relojes y las pulsaciones de los personajes, en una omnipresente banda sonora de Hans Zimmer llena de sonidos mecánicos, nos va introduciendo en la cabeza de esos soldados que vivieron aquel momento. Estas sensaciones, producidas por los sonidos metálicos de la maquinaria bélica y sus engranajes, encajan perfectamente con la vivencia interna de los soldados que solo piensan en escapar. Un ejemplo claro de este cúmulo de percepciones es la sensación de vértigo producida por la vista subjetiva de un piloto británico en un avión de guerra, que no solo nos impacta sino que nos expone como espectadores, situándonos en la piel del piloto acechado por un avión nazi, a mil pies de altura y sin saber hacia dónde disparar. Pero el film va más allá de intentar recrear con espectacularidad y a través de la veracidad un contexto pasado. La preocupación por el detalle de sus aspectos perceptivos es lo que reafirma la opinión de este crítico, que recomienda, si hay oportunidad, disfrutar del film en Ultra-Panavisión 70mm (equivalente a  2.76:1), formato en el que está rodada la película.

[1] Término acuñado por Tom Gunning en: "The Cinema of Attractions: Early Film, Its Spectator and the Avant-Garde", Wide Angle, Vol. 8, nos. 3 & 4 Fall, 1986.

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‘Mucho ruido y pocas nueces’ (‘Much Ado About Nothing’, Joss Whedon, 2012)

Gente con clase

Cuando uno piensa en Mucho ruido y pocas nueces suelen aparecer varias imágenes mentales asociadas al título. Shakespeare, comedia, Kenneth Branagh, renacimiento alegre y florido y una banda sonora de Patrick Doyle que evoca una sola palabra: épica. De acuerdo que el film de Branagh versaba sobre el hedonismo, pero todo bajo la pátina de lo literario en el sentido más respetuoso posible. ¿Malo? En absoluto, pero sí literal en cuanto a lo que se espera de una traslación a la gran pantalla de la obra shakesperiana.

Por ello mismo el proyecto de Whedon mueve a extrañeza, no solo por el tipo de películas, más centradas en el fantástico, que suele rodar, sino por el propio formato. Blanco y negro, filmación rápida (12 días) y un aire de simple divertimento que puede inducir a pensar (erróneamente) en una puesta en escena tendente a la superficialidad, a querer no ir más allá de la simple traslación anacrónica del texto, a confundir la alegría de ser joven y el amor con la mera banalidad caprichosa. Curiosamente no estamos tan alejados de ello, por lo que al mensaje transmitido respecta, ya que si con una palabra podemos definir el film de Whedon esa no es otra que celebración.

Estamos ante una película que se despoja de toda pretensión literaria para ir a la raíz del asunto que no es otro que la felicidad, el jolgorio y el disfrute de lo que significa ser joven y enamorado con todo lo que ello conlleva: malentendidos, arrebatos, peleas y el delirio adrenalínico de descubrirse amado. La paradoja es que, para articular este discurso, Whedon opta por un dolce far niente formal consistente en dejar ir la cámara sin aparente planificación, como si fuera un invitado más dialogando amigablemente con el resto de los presentes. Un laissez faire que ayuda a sumergirnos en un ambiente desenfadado y que nos invita a olvidar los corsés (y clichés) asociados habitualmente a las adaptaciones shakesperianas.

Efectivamente, nada suena fuera de lugar, ni el lenguaje en verso, ni los atuendos, ni la ausencia de los usos habituales en los modelos cortesanos. Si acaso ofrece incluso perspectivas interpretativas como mínimo curiosas sobre los personajes y puede llegar incluso a disfrutarse como un capítulo alucinatorio de Los Soprano (por citar alguna serie referencial en cuanto al tema mafioso). Es en este sentido que Whedon sabe dotar el filme, dada su experiencia televisiva, del ritmo adecuado, prescindiendo de momentos más declamatorios y exprimiendo al máximo el gag bufonesco, casi como si de un slapstick se tratara.

Mucho ruido y pocas nueces funciona porque es despreocupada hasta el milímetro. Es esa fiesta de amigos que uno organiza porque sí, porque le apetece y de la que no se espera otra cosa que pasarlo bien. Eso sí, que no haya motivo para celebrar la fiesta no implica que no haya una especial atención en la preparación y eso se nota perfectamente en la selección de actores, amigos cierto, pero también caras que resultan atractivas; y es que no nos engañemos, esto no es un pogo en una discoteca grunge. Esto es un cocktail groovy, con easy jazz, smoking y nouvelle cuisine y por tanto necesariamente estilizado, como un after-party de un desfile de modelos.

Con esta adaptación Joss Whedon procede a un proceso de desmontaje absoluto de la tradición cartonpiedrista de las adaptaciones shakesperianas y gracias a ello consigue sacar la esencia misma de dichas obras. Shakespeare no es trajes de época, declamaciones, y muros palaciegos. Shakespeare es la destilación de grandes tragedias, de grandes dramas sobre la condición humana y, en casos como el que nos ocupa, es una visión burlesca de la presunta trascendencia del sentimiento amoroso. En definitiva nos hallamos ante un tema universal, y como tal no puede ser constreñido al corsé del marco temporal.

 

Así pues, Mucho ruido y pocas nueces es una sorpresa y no lo es al mismo tiempo. Ofrece lo que se espera de ella en un ambiente aparentemente ajeno a su posible desarrollo en un proceso donde hay una simbiosis de adaptación de formas y contenidos. En cierta manera, es como si fuera la mejor adaptación posible sin los recursos más obvios al alcance. Solo mediante la captación desnuda del mensaje se llega al fondo, al espíritu fundamental de lo narrado. No, esto no es Bresson, por supuesto, ni cine de lo trascendente. Es sencillamente una fiesta, y como en todas ellas, se disfruta en presente, y se recuerda difuminada, pero siempre queda el poso de lo que fue y lo que significó. En el caso de Mucho ruido y pocas nueces no puede ser más dulce.

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