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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (27/09/2018)

Jornada 7

Entre dos aguas (Isaki Lacuesta)

¿De qué va? Después de salir de la cárcel, Isra vuelve a su pueblo natal para reencontrarse con su familia y tratar de emprender una vida normal. Allí, su hermano Cheíto sirve a la marina.

¿Y qué tal? Doce años después de La leyenda del tiempo (2006), Isaki Lacuesta vuelve a trabajar junto a su protagonista gitano, Israel Gómez. Como en la trilogía Antes de…, de Richard Linklater, Entre dos aguas se organiza sobre la elipsis que ha mantenido a su protagonista ausente durante doce años.

En el reencuentro del realizador y el actor, los flujos entre la ficción y el documental son tan intensos que resulta imposible tratar de descifrar qué corresponde a cada terreno. El respeto y el afecto con el que Isaki Lacuesta filma a todos sus personajes se respira en cada una de sus secuencias. El plus de verdad de Entre dos aguas no hay que buscarlo discriminando cuáles hechos son reales y cuáles ocurrencias, sino en la mirada del realizador y en el lenguaje de sus personajes. Isra y su hermano Cheíto se entregan a la ficción con un realismo y una naturalidad insuperables, y la película convierte su historia íntima en la crónica social de toda una época. Sin duda, se trata de una película monumental. Viendo el resultado, los doce años de espera entre La leyenda del tiempo y Entre dos aguas han valido cada hora de espera.

 

The Sister Brothers (Jacques Audiard)

¿De qué va? En Estados Unidos, en el año 1850, los hermanos Sister (John C. Reilly y Joaquin Phoenix) persiguen por orden del comodoro a un prospector de oro.

¿Y qué tal? Desde el mismo título, el director francés Jacques Audiard rinde homenaje a las películas de cowboys y forajidos de la edad de oro del western. Aunque no falto de un particular sentido del humor, The Sister Brothers es un relato brutal en el que se puede rastrear la huella de los grandes realizadores del género: Ford, Hawks, Peckinpah… Los disparos de los hermanos Sister son certeros y ensordecedores, y no se compadecen de nadie.

Acompañados por la formidable música de Alexandre Desplat, la dupla C. Reilly / Joaquin Phoenix recorre los paisajes de un salvaje oeste hostil y despiadado. Probablemente el amor fraternal entre ambos personajes sea uno de los rasgos más notables de este western fronterizo, donde los hermanos Sister no dejan de ser dos niños grandes que sueñan con volver bajo el porche familiar.

Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón)

¿De qué va? En un futuro no muy lejano, en el que los narcotraficantes se han hecho con el control de México y las mujeres prácticamente han desaparecido, un padre y su hija malviven en un campo de baseball.

¿Y qué tal? La distopía violenta de Julio Hernández Cordón es como el cuento que un padre contaría a su hija para intentar explicarle la deriva contemporánea. No por casualidad, la protagonista de Cómprame un revólver, Matilde Hernández, es la hija del director de la película.

La narrativa de Mark Twain, los niños perdidos de Peter Pan o el mundo postapocalíptico de Mad Max (George Miller, 1979) son algunos de los elementos con los que trabaja Hernández Cordón en Cómprame un revólver. A ellos se suma una notable afinidad con el videoarte, que da lugar a algunas de las imágenes más originales y fantásticas de su relato. Marcada por la violencia, la película está narrada por una ingenua voz infantil, pero es más bien una llamada de atención, en forma de carta, al mundo adulto.

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‘Un Dios Salvaje’ (‘Carnage’, Roman Polanski, 2011)

Lobos con piel de cordero

Desentrañar la peliaguda cuestión sobre la verdadera naturaleza humana ha acumulado tantas preguntas como respuestas a lo largo de la historia. Aun así, sobrevolamos las teorías de filósofos, historiadores, artistas y antropólogos tendiendo a reducir dicha problemática a un mero dilema: el de si el hombre es bueno por naturaleza o si, por el contrario, su esencia viene determinada por los más bajos deseos e impulsos. Si algunos se erigirían, al igual que Rousseau, como fervientes creyentes de la grandeza y la bondad del ser humano, otros muchos se harían eco de la célebre cita del comediógrafo latino Plauto, Homo homini lupus est (el hombre es un lobo para el hombre), concibiendo una condición humana que se encuentra lejos de ser tan cándida.

Con Un Dios Salvaje, Roman Polanski parece querer pronunciarse alto y claro en medio de ese debate y aboga, sin titubear, por esa visión más oscura y turbadora. Como una potente crítica hacia la falsedad de la sociedad actual, Polanski hace caer la máscara de buenas maneras e intenciones que todos llevamos para hacernos ver que el rencor, el odio, la violencia y la rabia laten con una fuerza abrumadora debajo de ésta. Lejos de dictar sentencia con discursos grandilocuentes y pedantes, el director revela la cara más perversa y salvaje del ser humano a partir de una historia anecdótica: dos parejas, los Longstreet y los Cowan (interpretados por Jodie Foster y John C. Reilly, y Kate Winslet y Christoph Waltz, respectivamente), se reúnen en el apartamento de los primeros para resolver el conflicto provocado por la pelea de sus hijos.

El temple extrañamente civilizado con el que en un inicio abordan la tensa e incómoda situación irá degenerando a pasos agigantados hasta convertirse en una guerra encarnizada de todos contra todos, en la que no faltará la violencia (verbal) y las muestras contundentes de odio. Este cambio de tono abismal se refleja en múltiples ocasiones, por ejemplo, en la escena en la que la pareja anfitriona ofrece un tentempié a los invitados –acto social de cortesía y buenos modales por excelencia–. Lo que en un primer momento serán halagos hacia las habilidades culinarias de la anfitriona posteriormente se convertirá en ataques despiadados. No obstante, el momento más revelador de la cinta es aquél en que Nancy (Winslet) vomita encima de la mesa del salón dejando los libros de arte de Penelope (Foster) empapados. En efecto, esta situación sirve de metáfora para plasmar que aquella primigenia naturaleza bruta, visceral y salvaje (el vómito) puede a ese artificial constructo que entroniza el civismo y la cultura (los libros de arte) como estandarte de la condición humana.

Esta mordaz sátira sobre la esencia del individuo debe a Yasmina Reza, escritora de la obra de teatro original Le dieu du carnage y coguionista de la película, toda la carga cómica y reflexiva de la cinta. De ritmo febril y agudas líneas, el guión rebosa inteligencia, cinismo e ironía sin olvidar los matices burlescos. Con todo, la autoría de Polanski es notable tanto en el magistral manejo de la cámara como en el hábil uso del espacio como elemento dramático en el que la disposición de los personajes y los objetos responde en todo momento a la intención de remarcar el tempo del relato. La posición de los personajes en el salón cambia a medida que la discordia va aumentando: si primero se encuentran sentados frente a frente, dispuestos a dialogar civilizadamente, después se atrincheran en distintos lugares de la habitación para recalcar la postura de autodefensa y ataque. Digno de mención es, también, el trabajo interpretativo de los actores, remarcando, muy especialmente, la grandiosa ejecución de Christoph Waltz.

Con Un Dios Salvaje, Polanski, muy probablemente, no conseguirá ensanchar la huella que han dejado en la historia del cine Repulsión (1965), La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968) o Chinatown (1974). Aun así, resulta igualmente merecedora de la atención del público y de la crítica.

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