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D’A 2014 – ‘Jeunesse’ (Justine Malle, 2012)

Manual de instrucciones

Jeunesse es, si pudiéramos definirla de forma concisa, un déjà vu cinematográfico. Nada de lo visto en pantalla sorprende o impacta, y no, no hablamos de sus temas: el dolor de la pérdida, la rebeldía adolescente, el (des)amor, todo ello son temas universales que hemos visto y veremos en incontables ocasiones. No, el problema radica en el cómo, en una forma de contarlo que parece asumir la mecanicidad de un cierto tipo de cine de autor sin aportar el hálito personal necesario, y más cuando se trata de una historia autobiográfica.

Justine Malle nos habla de la enfermedad de su padre, el cineasta Louis Malle, y lo hace a través de su propia vivencia, de su propia mirada juvenil. El film transita pues por los derroteros de lo que supone la confusión de la adolescente ante tal doloroso acontecimiento, y de cómo se traslada semejante noticia, su impacto, a la cotidianidad. Es por ello que el foco se aleja voluntariamente del mundo de la enfermedad, dejándolo en el fuera de campo que suponen fugaces visitas de familiares o llamadas por teléfono. Estrategia esta que resulta inteligente al dejar la fácil explotación dramática a un lado para fijarse en las consecuencias que todo ello tiene en la joven protagonista.

Los problemas con Jeunesse empiezan justo aquí, porque diseñar una estrategia sobre el papel es una cosa y ejecutarla es otra bien diferente, y en este sentido Justine Malle se muestra como una alumna ciertamente aplicada pero que no sabe hacer evolucionar su producto más allá de las referencias que le interesan. Está claro que hay mucho del cine de Mia Hansen-Løve (especialmente de Un amour de jeunesse, 2011), cosa que en absoluto es mala por sí misma, la cuestión es que hay tanto que, por momentos, asistimos a una especie de recreación comprimida de su film. No se trata evidentemente de un plagio, pero sí de reproducir mecánicamente recorridos sentimentales, poses interpretativas o incluso conversaciones que siempre acaban derivando hacia paralelismos metacinematográficos (la broma del estilo invisible de Rohmer es casi insultante).

Para entendernos, lo bueno de Mia Hansen-Løve era ver cómo bebía claramente de las comedias y proverbios de Rohmer, y los pasaba por su propio filtro y sensibilidad. Justine Malle parece olvidarse de ello y decide que, si a otros les funciona, por qué no hacer lo mismo, y precisamente por eso la película acaba por ser un recorrido artificioso, poco creíble, donde la presunta realidad autobiográfica acaba empañada por la consciencia de que estamos ante meros formalismos cinematográficos. Si a esto sumamos un casting que no ayuda, especialmente en la elección de la protagonista, a la credibilidad emocional de la historia, el resultado no puede dejar de ser más frío, justo lo contrario a lo pretendido.

En definitiva, si alguna conclusión positiva se puede sacar de Jeunesse es que es un film útil para valorizar más al referente de donde se toman prestadas las ideas para hacerlo. Es un triste consuelo, pero al mismo tiempo también nos habla de que en la mente y en la cámara de Justine Malle hay materia por explotar. Se nota que sabe cómo y de qué nos quiere hablar, falta sin embargo la personalidad propia que marca la diferencia, algo sin duda que es pulible y mejorable. Seguiremos pues a la espera de futuras producciones para comprobar si los caminos de su cine van a algún sitio o se quedan en simples carreteras circulares con destino al punto de partida.

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D’A 2014 (25/04/2014) – El cine está en uno mismo

Pongamos a prueba al espectador y solicitémosle un minuto de su tiempo antes de seguir leyendo. Pidámosle una fugaz brainstorming que enumere todas aquellas obras –ya sean cinematográficas, literarias, fotográficas o de cualquier otro tipo– de cariz autobiográfico que haya descubierto recientemente. Con toda probabilidad conseguiremos una nutrida lista en poco tiempo. La autobiografía ha sido durante siglos uno de los recursos más recurridos en el campo del arte. Lo sigue siendo en el presente y lo seguirá siendo en el futuro. Pero hablar de uno mismo no es fácil, no nos engañemos. Requiere de un alto grado de valentía y de un pequeño porcentaje de sana inconsciencia. Hace falta sangre fría, pero también un poco de tempestuosidad. Puede ser terapéutico, sí, pero también contraproducente. El director ha de ser capaz de manejar todas esas verdades siendo muy consciente de lo que está haciendo, de lo que está contando y, por supuesto, de lo que está omitiendo. Porque cuando el espectador escucha aquello de “está basado en hechos reales”, “el protagonista es el director” o “esto pasó en realidad”, se producen efectos secundarios que constituyen un factor de riesgo a tener en cuenta.

El primero es que nuestro criterio como espectadores que realizan un juicio de valor varía notablemente. Resulta difícil hablar en términos “estrictamente cinematográficos” (¿a qué diantres nos estaremos refiriendo con esto de “estrictamente cinematográficos”?) o de puesta en escena y acudimos, como moscas a la miel, a los hechos narrados en el filme y a los posibles paralelismos con la vida real.

Tanto la película que ha inaugurado el D’A, Un château en Italie, como Jeunesse, la primera de las películas incluidas en la sección À toute vitesse, están realizadas por mujeres (¿casualidad?) y contienen el suficiente porcentaje autobiográfico como para que nos dejemos llevar por ese impulso tan natural y tan humano como es la curiosidad por las vidas ajenas.

En la primera de ellas, Valeria Bruni Tedeschi narra (y protagoniza) la historia de una familia que ha de vender el castillo familiar a causa de problemas económicos. Louise tiene algo más de 40 años, pero todavía no sabe muy bien qué quiere hacer con su vida. Sabe que quiere ser madre, eso lo tiene bastante claro, pero no todo lo demás. Duda respecto al amor, duda respecto a la religión y duda respecto a muchas otras cosas. Es un personaje algo excesivo, caricaturesco y un poco esperpéntico. De esos que, a pesar de todo, despierta cierta empatía sin que sepamos muy bien la razón. Tal vez sea porque no podemos dejar de pensar que, detrás de esta supuesta “semificción”, se esconden muchas cosas de la verdadera Valeria (y también mucha autocrítica, por qué no decirlo). El tercer largometraje de esta directora se nos presenta como una tragicomedia que narra las vicisitudes de una familia italiana de clase social alta. Hasta aquí, todo bien. Pero… ¿qué pasa cuando nos enteramos de que la madre de la protagonista es en realidad la madre de la directora? ¿Y de que su hermano, al igual que el hermano de la protagonista, murió a causa del SIDA en el año 2006? ¿Podemos juzgar el filme del mismo modo? ¿Podemos separar la vida real de esta vida construida que constituye un film? ¿No están acaso todas las vidas, cinematográficas y extracinematográficas, construidas de uno u otro modo?

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Y si Valeria Bruni Tedeschi consigue, no a la perfección pero sí con mucha valentía, realizar una comedia que humanice a una clase social que resulta predominantemente antipática, sobre todo para los mortales de a pie, Justine Malle (la hija de Louis Malle) se toma mucho más “en serio” el asunto (nótese mi hincapié al reivindicar el entrecomillado) y dirige Jeunesse, un drama en toda regla. Un drama que pretende hablar de la juventud, de las aventuras y desventuras que uno vive cuando es joven. De todo aquello que se siente las primeras veces. De todo ese abanico de sentimientos diversos, amplificados y contradictorios, que rondan a todo aquel que empieza a descubrir el mundo. Y también de la muerte; un espectro lejano que, cuando menos te lo esperas, aparece en tu vida. La pena, en proyectos de tal calibre, es quedarse a medio camino. Querer hablar de una persona pero acabar hablando de un cliché. Querer presentar a una familia en concreto pero acabar presentando a una familia en general. Franceses. Burgueses. Cultos. De clase social alta. Muy intelectuales. Muy perfectos. Muy…

Jeunesse

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