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Sitges 2012 – ‘Robot & Frank’ (Jake Schreier, 2012)

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Hay algunas películas que, de manera muy inteligente, escudriñan y se interrogan acerca de los sentimientos humanos pero sin llevar al primer plano estas cuestiones. Son películas maravillosas porque nos están contando algo muy concreto, pongamos por caso las aventuras de un policía en el futuro en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o las peripecias de un recluso en una dura prisión en Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994), pero en el fondo lo que hacen es plantear preguntas acerca de la naturaleza humana y su complejidad misteriosa (en Blade Runner se da vueltas sobre conceptos como el sentido de la vida o la humanidad de los seres artificiales y en Cadena Perpetua se habla de términos como la justicia, la amistad o la honestidad). Robot & Frank es una de esas películas.

Frank es un abuelo que, en un futuro cercano, empieza a tener pérdidas de memoria. Para ayudarle, uno de sus hijos le regala un robot asistente. Frank al principio rechaza el robot, pero pronto descubrirá que gracias al artefacto puede vivir una segunda juventud y resucitar su antigua profesión: ladrón de guante blanco. Bajo esta premisa, que ya de por sí me parece suficientemente interesante como para justificar toda una película, se esconde una lúcida reflexión acerca de varios temas que, como decía, subyacen en el texto en un discreto segundo plano pero que son los que al final acaban dotando de entidad propia a la película. Uno de ellos, quizás el más obvio a primera vista y también el que emparenta más directamente esta película con Blade Runner, es el de la relación entre los seres humanos y los seres creados por el hombre. La relación entre el robot y Frank es al principio fría y distante, igual que lo es el robot, pero acaba siendo humana y emotiva, cualidades en principio reservadas sólo para los humanos. De la misma manera que el colosal discurso final del androide Roy Batty (Rutger Hauer), al final de Robot & Frank nos damos cuenta de que la máquina quizás no es tan máquina como parece, quizás al intentar imitar la vida de manera artificial, el hombre ha conseguido involuntariamente una copia que va más allá de sus expectativas. Es posible, por lo tanto, que esta locura de mundo en el que estamos metidos nos lleve finalmente a algo similar a lo expuesto en esta película, a una sociedad en la que los límites entre máquinas y hombres se difuminen, en la que los sentimientos ya no sean una marca exclusiva del ser humano. La progresiva humanización del robot en su interacción con Frank así lo sugiere.

La tecnificación digital de nuestro entorno y su efecto sobre las personas es otra de las ideas apuntadas en Robot & Frank. La biblioteca del pueblo donde vive el protagonista es desmantelada para escanear todos sus libros. Es pues sintomático que Frank decida robar un incunable que se guarda en el edificio antes de que se lo lleven, una edición del Don Quijote de la Mancha. Frank es un abuelo, un residuo social hijo de la sociedad 1.0 al que la fractura digital ha barrido del mapa y que ni tan sólo sirve para ser reciclado (por mucho que el engreído encargado de la digitalización de los libros le mienta y le diga lo contrario). El robo del Quijote le sirve para demostrar la vigencia de las “viejas normas”: accede a la biblioteca forzando la cerradura de la puerta manualmente, sin métodos sofisticados, y burla los modernos sistemas de seguridad de la misma manera, a la antigua usanza, sin usar ni un solo aparato que funcione con pilas o baterías excepto una linterna. El triunfo (momentáneo, pero triunfo) de lo analógico sobre lo digital. Y un grito de alerta: no todo vale en esta locura de modernización tecnológica que lo engulle todo a la velocidad del demonio.

Robot & Frank discurre con este paisaje de fondo a través de un camino dulce, plagado de ingeniosas ocurrencias de guión (el gag de la secuencia de autodestrucción, repetido en dos ocasiones de la película, es inolvidable), en un discurso amable, clásico, sin estridencias, y con una interpretación portentosa de Frank Langella que está pidiendo a gritos que de una vez se dignen a darle un Oscar. Una pequeña joya tierna y brillante capaz de hacer reír y de hacer llorar al mismo tiempo.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (07/10/2012)

Expectativas en montaña rusa

Sí una película había generado expectación en la presente edición del festival, debido a la masiva campaña publicitaria y por la avalancha de buenas reseñas en festivales como el de San Sebastián, esta no era otra que The Impossible, film de J.A. Bayona destinado a consagrarle como uno de los grandes directores del momento. Una vez visionada, se puede decir que esta segunda película del director sigue lo ya mostrado en El orfanato (2007); hay talento para crear una factura impecable, un trabajo asombroso en cuanto a recreación de atmósferas, paisajes y eventos (la escena del tsunami es sencillamente apabullante). Este es el mayor triunfo de Bayona, su capacidad de armar un estructura sólida para sus películas, sin embargo a la hora de rellenarlo es donde el edificio se derrumba por completo. Siendo esta una película sobre la condición humana le falta precisamente eso, humanidad real, natural, sincera. En cambio aparece un catálogo de tomas perfectamente filmadas y planificadas, tanto que acaba por anular cualquier atisbo de emoción auténtica. Este es un film dictatorial en tanto que con los trucos de guión, de plano y un subrayado musical absolutamente incesante, estéril y agotador pretende dirigir las emociones del espectador sin dejarle espacio a que sienta realmente lo que está pasando. Al final The Impossible acaba siendo lo contrario de lo pretendido, un film de precisión matemática tan perfecta como hueca, tan impecable en su forma como grosera en lo emocional.

Al otro lado del espectro aparece una producción como Robot & Frank (Jake Schreier), donde se consigue precisamente lo que no hay en el film de Bayona. Esta es una pequeña historia, un film de factura low cost pero que se ampara en su sencillez y en la aparente imposibilidad del establecimiento de una relación entre hombre y robot. Lejos de la cursilería de títulos como El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) el discurso de Robot & Frank se articula en base a los contrastes; la premisa de un viejo ladrón con problemas incipientes de Alzheimer e incapaz de establecer una verdadera relación con su familia se contrapone a cómo lo consigue con la aparente frialdad de un robot doméstico. Con un tono que por momentos se balancea peligrosamente entre la amabilidad y la excesiva blandura se consigue finalmente empacar un producto tierno y eficaz, cuyas mejores bazas están en sus intérpretes y en su nula pretensión de grandeza. Una película que habla del placer de escuchar y ser escuchado y como esa es la base de toda relación humana sincera, aunque sea con una máquina.

También desde la amabilidad nos llega El alucinante mundo de Norman (ParaNorman, Sam Fell y Chris Butler), un film de animación que demuestra que hay vida más allá de Pixar. Cierto es que le falta cierta fluidez y reitera muchos tópicos sobre niños marginados que acaban siendo los héroes y sobre el respeto a la diferencia. No obstante tiene ciertos detalles como una estética tendiente a lo retro y unos toques grindhouse que la convierten no sólo en un entretenimiento familiar amable, también en una película si no notable sí recomendable para pasar un rato agradable.

La bomba nos llega con The Cabin in the Woods (Drew Goddard). Esta es una película que busca solo una cosa: dar placer a los aficionados del género. Lanzarlos por un mundo reconocible cuyo eje central lo podríamos encontrar en Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) de Sam Raimi y a partir de aquí dedicarse a plasmar tópico tras tópico para sin solución de continuidad subvertirlo, destrozarlo, convertirlo en un arma de destrucción masiva en lo humorístico. Un film que posiblemente puede llegar a horrorizar a los más puristas del género pero que funcionará con todos aquellos que busquen novedades y disfruten viendo cómo aquello que reconocen y aburren puede convertirse en un tren de la bruja descarado y surrealista. Esto sólo en primera instancia, porque lo mejor del film de Drew Goddard es posiblemente un tramo final donde la locura se desata al por mayor: no es que se subviertan las reglas, es que directamente dejan de existir y por tanto cada plano es como una bomba de relojería que, por cierto, en algunos momentos le acaba por explotar al director. Se nota una cierta falta de control, un alargamiento excesivo de los tempos y se desea algo más de horror que contraponer a la balanza de las risas. Una película quizás no perfecta, pero 100% festivalera.

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