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Hitchcock/Truffaut (Kent Jones, 2015)

La (doble) conversación

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¿Un documental muy bien (re)construido sobre el oportunísimo encuentro que reafirmó las bases de la Politique des auteurs?, ¿o una adaptación cinematográfica del libro que ya de por sí Truffaut concibió estructuralmente como una película (algo así como un ensayo audiovisual sobre materia cinematográfica con soporte editorial que se transforma en aquello que pretendió ser originalmente)? Violeta Kovacsics planteó la disyuntiva junto a J.A. Bayona en el coloquio posterior a la proyección del film de Kent Jones, que tuvo lugar el martes 29 de marzo en los cines Verdi. Ambas opciones podrían ser correctas por complementarias, (aunque quizás cobre más importancia la segunda, al estar sugerida por un tótem de la crítica estatal como Carlos Losilla).

La película, en su afán por documentar de forma verosímil pero también totalizadora, todo lo que envolvió, provocó y originó aquella conversación entre genios, deviene un gran mosaico compuesto por diversas fuentes que, desde la diversidad de formatos, reconstruyen de principio a fin la que se ha dado en llamar “La Biblia del cine moderno”. Así, el desarrollo del film avanza cronológicamente en paralelo al índice del libro, profundizando en algunas de las anécdotas más brillantes que recoge cada uno de sus capítulos. Pero Kent Jones va más allá. Con tal de llegar a comprender el grado de fascinación que Truffaut sentía por quién llegara a considerar su padre cinematográfico, el film explora su atormentada y rebelde infancia, que daría pie a sus no menos contestatarias primeras películas, ya después de su providencial encuentro con André Bazin, y hasta la reedición del libro en 1983, 3 años después de la muerte de Hitchcock.

Robert Fischer, de extensa trayectoria como director de documentales televisivos en torno a Hollywood y algunas de sus figuras más controvertidas, ya abordó este encuentro entre los dos cineastas en su primer film, Monsieur Truffaut meets Mr. Hitchcock (R.Fischer, 1999), un documental televisivo en el que reconstruía la historia a partir de los testimonios de familiares y allegados de los protagonistas. Algunos años más tarde, esta vez en una pieza de tan sólo 13 minutos, se atrevería a poner imágenes a las grabaciones de audio con las voces de los cineastas en Ein 'Mord!' in zwei Sprachen: Alfred Hitchcock im Gespräch mit François Truffaut (Ídem, 2006).

En la película de Kent Jones también aparecen audios originales de la entrevista de Truffaut a Hitchcock, pero en una hábil maniobra (y aquí es dónde su film cobra importancia), el director afincado en Nueva York se aparta del mero documental de reconstrucción histórica e introduce también los testimonios de autores de distintas épocas y procedencias que se prestan al homenaje al mago del suspense, lo que provoca una curiosa revalorización de los documentos sonoros a la luz de una virtual asamblea entre cineastas. Así, por ejemplo, Richard Linklater destaca de Hitchcock el tratamiento de la temporalidad, mientras Olivier Assayas se reconoce influenciado por su concepción del erotismo; Wes Anderson se siente fascinado por su habilidad en convertir los objetos en fetiche y Arnaud Desplechin por el aspecto psicológico de todos sus films; David Fincher elogia su milimetrada concepción del espacio, a la vez que Kiyoshi Kurosawa ensalza una figura cuya puesta en escena es capaz de trascender el clasicismo de Hollywood; y así hasta completar una nómina que cuenta también con Scorsese, Bogdanovich, Paul Schrader o James Gray. Que autores tan dispares con poéticas tan personales suenen tan felizmente harmonizados, se debe, básicamente, a que todos ellos orbitan en torno a una figura cuya trayectoria sustenta buena parte de la Historia del cine, desde un periodo vanguardista en Reino Unido, hasta la postmodernidad en Estados Unidos, recorriendo transversalmente las diferentes etapas del clasicismo hollywoodiense y los distintos niveles de complicidad con el público. No es casual, pues, que en la pregunta que Violeta Kovacsics le hizo a J.A. Bayona (para cerrar esa segunda y oportuna conversación, entre crítica y cineasta), sobre cuál era la influencia que Hitchcock había producido en él, el director barcelonés aludiese a las múltiples capas de complejidad del cine de Hitchcock, desde lo puramente estético a lo estrictamente psicológico (pasando por lo simbólico), pero también a su consideración del espectador como parte esencial del medio cinematográfico. Parece ser que cincuenta años después de la publicación de Hitchcock/Truffaut, el cine sigue dónde estaba. El espectador, por desgracia, no.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (13/10/2012)

El fin ha llegado

Llegamos a la última jornada del festival y lo empezamos de la mejor manera con Looper, film dirigido por Rian Johnson (Brick, 2005) en lo que se presume su salto al cine comercial. Aunque algo de esto hay, la gran virtud de Looper es saber desenvolverse en los códigos del cine de acción sin descuidar en ningún momento que detrás de los tiros y los efectos especiales existe algo llamado argumento y desarrollo de personajes con lo que construir una película sólida. Es evidente que, y más con el telón de fondo de los viajes temporales como excusa, hay algún que otro desliz de guión, pero nada que empañe el hecho de que, al recordar la película, lo que queda no es la espectacularidad de la misma sino sus momentos de intimidad, las relaciones que en ella se dan y que confieren un aire de credibilidad a esta obra de ciencia ficción.

Remontando el panorama, aunque no en exceso, del cine coreano proyectado en el festival nos llega The Thieves (Dodookdeul), film dirigido por Choi Dong-hoon (Woochi, 2009) que se adentra en el género de los denominados caper films. Con aires de superproducción y un argumento que se parece sospechosamente al de Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001) la película se mueve en varios registros, el ya comentado del caper y el thriller de acción mas “bournesco”, con todo ello sazonado con presuntos toques humorísticos. El resultado final es de un desequilibrio manifiesto ya que, curiosamente, la excusa argumental, el atraco, acaba por parecerse más a un tedioso y mal narrado Macguffin que al eje principal de la cinta. Es justo después del asalto a un casino cuando, y tomando los ya comentados derroteros de thriller, el film cobra un vigor y un pulso renovados permitiendo al director exhibir su dominio de la cámara en estas lides argumentales. Todo ello acaba por ofrecer un conjunto desigual, excesivo en metraje, sobre todo en su inicio y en una presentación de personajes demasiado exhaustiva para su importancia final. Aun así un producto nada desdeñable y más viendo el nivel de las últimas producciones coreanas.

Oír cosas como que Takeshi Kitano se repite y aburre con Outrage Beyond (Autoreiji: Biyondo) es casi como si alguien comentara lo mismo sobre los westerns de John Ford. Estamos en territorio yakuza, en territorio Kitano y por tanto ofrece exactamente lo esperado en lo argumental y en lo formal. ¿Aburrimiento? ¿Repetición? No, si acaso una lección de cómo el señor Kitano sabe movernos con elegancia y naturalidad por un mundo ajeno a nuestro acervo cultural, un mundo de criminalidad y códigos de honor y por encima de todo una master class en recursos formales que tienen como especial virtud que no son visibles hasta posteriormente, es decir una exhibición nada exhibicionista, valga la redundancia, sino sencillamente puesta al servicio de una puesta en escena impecable. Con este film Kitano se confirma ya, si es que hacía falta, como uno de los clásicos del cine nipón.

Para cerrar nuestro particular viaje por el festival visionamos la que, en palabras del director del festival, Ángel Sala, es la película regalo para la audiencia de cada edición. En este caso Beasts of the Southern Wild (Benh Zeitlin). Un film con grandes avales de crítica y público en festivales como el de Sundance o San Sebastián. Una película sin embargo notablemente torpe por su muestra impúdica de recursos sensibleros y su vano intento de disimularlos bajo un manto de cine independiente. En un bucle continuo consistente en desenfocar imágenes, mostrar a la niña protagonista en situaciones dramáticas, poner su voz en off con filosofía digna de un libro de autoayuda (y que además resulta inverosímil en boca de una niña de su edad) y acompañarlo todo con una musiquita reiterativa la sensación que se tiene es que estamos ante un continuo spot publicitario que tanto te vende una colonia, un seguro o intenta que te apuntes a Médicos Sin Fronteras o apadrines a un niño del Tercer Mundo. Un film que pretende crear conciencia sobre aquello de que otro mundo, otra forma de vida es posible, pero que lo hace apuntando de manera casi insultante a los recursos sentimentales de la audiencia. Un film que viene a ser la respuesta “arty” a The Impossible de Bayona, aunque en el fondo sean la misma cosa. Un producto que acaba haciéndose larguísimo, cosa nada extraña teniendo en cuenta que hay anuncios de Médicos Sin Fronteras mejores: son más cortos, y por tanto más concisos, directos y honestos.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (07/10/2012)

Expectativas en montaña rusa

Sí una película había generado expectación en la presente edición del festival, debido a la masiva campaña publicitaria y por la avalancha de buenas reseñas en festivales como el de San Sebastián, esta no era otra que The Impossible, film de J.A. Bayona destinado a consagrarle como uno de los grandes directores del momento. Una vez visionada, se puede decir que esta segunda película del director sigue lo ya mostrado en El orfanato (2007); hay talento para crear una factura impecable, un trabajo asombroso en cuanto a recreación de atmósferas, paisajes y eventos (la escena del tsunami es sencillamente apabullante). Este es el mayor triunfo de Bayona, su capacidad de armar un estructura sólida para sus películas, sin embargo a la hora de rellenarlo es donde el edificio se derrumba por completo. Siendo esta una película sobre la condición humana le falta precisamente eso, humanidad real, natural, sincera. En cambio aparece un catálogo de tomas perfectamente filmadas y planificadas, tanto que acaba por anular cualquier atisbo de emoción auténtica. Este es un film dictatorial en tanto que con los trucos de guión, de plano y un subrayado musical absolutamente incesante, estéril y agotador pretende dirigir las emociones del espectador sin dejarle espacio a que sienta realmente lo que está pasando. Al final The Impossible acaba siendo lo contrario de lo pretendido, un film de precisión matemática tan perfecta como hueca, tan impecable en su forma como grosera en lo emocional.

Al otro lado del espectro aparece una producción como Robot & Frank (Jake Schreier), donde se consigue precisamente lo que no hay en el film de Bayona. Esta es una pequeña historia, un film de factura low cost pero que se ampara en su sencillez y en la aparente imposibilidad del establecimiento de una relación entre hombre y robot. Lejos de la cursilería de títulos como El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) el discurso de Robot & Frank se articula en base a los contrastes; la premisa de un viejo ladrón con problemas incipientes de Alzheimer e incapaz de establecer una verdadera relación con su familia se contrapone a cómo lo consigue con la aparente frialdad de un robot doméstico. Con un tono que por momentos se balancea peligrosamente entre la amabilidad y la excesiva blandura se consigue finalmente empacar un producto tierno y eficaz, cuyas mejores bazas están en sus intérpretes y en su nula pretensión de grandeza. Una película que habla del placer de escuchar y ser escuchado y como esa es la base de toda relación humana sincera, aunque sea con una máquina.

También desde la amabilidad nos llega El alucinante mundo de Norman (ParaNorman, Sam Fell y Chris Butler), un film de animación que demuestra que hay vida más allá de Pixar. Cierto es que le falta cierta fluidez y reitera muchos tópicos sobre niños marginados que acaban siendo los héroes y sobre el respeto a la diferencia. No obstante tiene ciertos detalles como una estética tendiente a lo retro y unos toques grindhouse que la convierten no sólo en un entretenimiento familiar amable, también en una película si no notable sí recomendable para pasar un rato agradable.

La bomba nos llega con The Cabin in the Woods (Drew Goddard). Esta es una película que busca solo una cosa: dar placer a los aficionados del género. Lanzarlos por un mundo reconocible cuyo eje central lo podríamos encontrar en Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) de Sam Raimi y a partir de aquí dedicarse a plasmar tópico tras tópico para sin solución de continuidad subvertirlo, destrozarlo, convertirlo en un arma de destrucción masiva en lo humorístico. Un film que posiblemente puede llegar a horrorizar a los más puristas del género pero que funcionará con todos aquellos que busquen novedades y disfruten viendo cómo aquello que reconocen y aburren puede convertirse en un tren de la bruja descarado y surrealista. Esto sólo en primera instancia, porque lo mejor del film de Drew Goddard es posiblemente un tramo final donde la locura se desata al por mayor: no es que se subviertan las reglas, es que directamente dejan de existir y por tanto cada plano es como una bomba de relojería que, por cierto, en algunos momentos le acaba por explotar al director. Se nota una cierta falta de control, un alargamiento excesivo de los tempos y se desea algo más de horror que contraponer a la balanza de las risas. Una película quizás no perfecta, pero 100% festivalera.

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