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Canción de Nueva York (The Only Living Boy in New York, Marc Webb, 2017)

 

Melodía sin chispa

Parece que Marc Webb ha emprendido una rápida carrera por zafarse de la etiqueta de «director de películas de superhéroes» tras su discreto paso por la franquicia de Spider-Man; y lo hace con su segundo estreno del año, cuando no han pasado aún cuatro meses de su anterior largometraje en pantallas: Un don excepcional (Gifted, 2017). Webb vuelve con esta Canción de Nueva York al drama amable que gira en torno a un enredo amoroso, si bien es cierto que, en esta ocasión, renuncia al tono cómico o tragicómico que insufló a sus otras películas de género similar - 500 días juntos - (500) Days of Summer, 2009- y la ya mencionada Un don excepcional-.

Canción de Nueva York es la historia de un chico (Callum Turner) que descubre que su padre (Pierce Brosnan) tiene una amante (Kate Beckinsale). Al implicarse en el asunto y tratar de detener el adulterio, el joven acaba por entablar una relación con la amante de su padre. Si la premisa es sencilla, el desarrollo de la misma no ahonda mucho en su complejidad. Webb se parapeta en una serie de elementos de sobra conocidos y empleados por el cine. El retrato que hace de la clase ¿media? neoyorquina es el clásico, que a casi cualquiera nos saldría a base de rebuscar tópicos: el joven recién licenciado que, en su perdición existencial, genera un rechazo hacia sus acomodados padres y huye a vivir solo a un piso «de mala muerte» en cualquiera de los barrios en inicio de gentrificación de la gran ciudad. A eso añadimos alguna cena social regada con vino, un par de visitas a galerías de arte y una total falta de problemas económicos y tenemos el arquetipo newyorker que desde Woddy Allen hasta las sitcoms ambientadas en Nueva York se han encargado de alimentar sin revisión.

El título original de la película, The Only Living Boy in New York (El único chico vivo en Nueva York), parece bastante más revelador de la intención del largometraje que su traducción en castellano. Efectivamente, parece que la pretensión es que este chico, rebelde, que discute con su padre, que tiene experiencias sexuales que incluyen infidelidad, que comienza a caminar en la vida del asalariado que vive solo; parezca algo así como el bohemio definitivo, un personaje con tanta tensión emocional que es el único que realmente siente la vida en toda su intensidad. La realidad, en cambio, es que el personaje descrito coincide con una amplia porción de la población mundial. Esta disonancia a la hora de crear un personaje que carece de la entidad pretendida es un buen síntoma para diagnosticar la totalidad de la obra: un enredo romántico con tensiones familiares que acaba quedando en una anécdota de las que, seguramente, se pueden encontrar gran cantidad de ejemplos similares con más interés o intensidad dramática.

Si Un don excepcional y, sobre todo, (500) días juntos, consiguen explorar historias de relativa sencillez y poca originalidad de una manera fresca y atractiva es, en gran parte, por el toque personal que le infiere el director; esa pizca de innovación que le es suficiente para sazonar un plato que, de otro modo, pasaría mucho más desapercibido. Ese toque es el que falta en esta Canción de Nueva York, que, paradójicamente, y de la misma manera que sucede con las dos cintas de Spider-Man dirigidas por Webb, se vuelve incómoda por acomodarse entre tópicos y lugares comunes.

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La wedding planner (Jour J, Reem Kherici, 2017)

La trama inagotable

Mathias (Nicolas Duvauchelle) le es infiel a su pareja, Alexia (Julia Piaton), con Juliette (Reem Kherici), una organizadora de bodas que conoce en una fiesta de disfraces. A la mañana siguiente, Alexia encuentra la tarjeta de Juliette en el bolsillo de Mathias, lo que desencadena una escena de celos de la que al novio solo se le ocurre escapar asumiendo que tiene la tarjeta por estar preparando su propia boda. El triángulo Alexia - Mathias - Juliette se embarca, entonces, en la accidentada y peliaguda preparación de una boda por todo lo alto.

Reem Kherici dirige y protagoniza esta comedia romántica de enredos que pone de manifiesto algo interesante respecto al género: que es inagotable. Uno podría escudarse en aquel «todas las historias están ya contadas» para perdonar la repetición, pero seamos honestos: esto no es otra variación de una historia o arquetipo universal; esto es la enésima repetición de un patrón sin la más mínima pretensión de introducir una novedad. No es solo que uno pueda predecir el final de la película en la segunda escena, es que, prácticamente, pueden adelantarse todos y cada uno de los pasos que se van a dar para llegar a este final. Porque ya los hemos visto.

Kherici pone todos los pilotos automáticos posibles. Dispone el triángulo amoroso, al amigo (hermano, en este caso) cómico, la subtrama de trauma infantil que le da una falsa profundidad a su personaje, y, sobre todo, el ambiente burgués de riqueza insultante, que permite desarrollar todo tipo de fantasías aventureras, bellos paisajes y entornos elitistas sin que haya el más mínimo chirrido. Todo ello para terminar insinuando una suerte de discurso de que se puede llegar lejos siendo «el patito feo» y sin contactos, que parece más sano ignorar.

Un discurso que parece hacerse eco del mantra del «sueño americano» que tanto le ha gustado siempre al cine de Hollywood y que, ahora, un cierto cine europeo no se esconde de hacer suyo. En España ya vemos como hay una corriente —especialmente en la comedia, pero no solo— que apuesta, directamente, por hacer películas «a la americana». Los franceses, que tradicionalmente han sido los más protectores con su cinematografía y su manera de hacer cine —de manera, en ocasiones, realmente admirable— también sucumben a estos vicios. La wedding planner es eso, un objeto fílmico que, realmente, es difícil catalogar como francés, más allá de estar ambientado en ese ambiente aristócrata que tanto gusta en determinado cine cómico galo.

Tampoco ayuda mucho un guion que debería acudir a rescatar la originalidad que lapidan los clichés del género, pero que no lo hace. La mayoría de las cumbres humorísticas de la película son gags de golpes y objetos caros que se rompen, lo cual tampoco es como para levantarse a aplaudir en la sala.

A estas alturas de la historia, con tanto cine realizado y tantas historias contadas —y tantas posibilidades inexploradas— parece un poco fútil limitarse a copiar y repetir sin aportar prácticamente nada novedoso, ni siquiera el diseño de los títulos de crédito.

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