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Un don excepcional (Gifted, Marc Webb, 2017)

Ecuaciones difíciles, lágrimas fáciles

Mary Adler (Mckenna Grace) es una niña de siete años que vive con su tío Frank (Chris Evans) desde la muerte de su madre. Ambos llevan una vida relativamente controlada hasta que llega el momento de que la niña acuda a la escuela, momento en el que sus profesores descubrirán que la niña tiene un talento fuera de lo común para las matemáticas, lo que provoca una serie de disputas familiares entre el tío y la abuela (Lindsay Duncan) sobre si lo mejor para la niña es crecer en un entorno de superdotados o hacerlo como una persona normal; riña que desemboca en un juicio por su custodia.

Un don excepcional es la vuelta del director Marc Webb al estilo cinematográfico que le permitió dar el salto a la fama con su primera película (500) días juntos (500 Days of Summer, 2009), tras su fallido periplo por el (de momento) último reinicio de las aventuras de Spider-Man. Webb ha decidido crear una película cuyos elementos le son mucho más afines y controlables que las mallas, los saltos entre rascacielos y los villanos excéntricos, como lo son las historias basadas en el afecto, de personajes con algún tipo de tara vital. En este caso, una huérfana, un «padre» a la fuerza que ha decidido cambiar completamente de vida y una abuela obsesionada por el éxito intelectual. Todo acompañado por unos pocos acordes de guitarra acústica que le terminen de conferir la última capa de almíbar al tono decididamente sentimentaloide de la película.

En aquella (500) días juntos, Webb se aventuró con una comedia romántica al uso, pero supo jugar con habilidad sus cartas para conferirle un punto de originalidad que no permitiera que la cinta cayera en la masa del género. En aquel caso, la apuesta fue por una temporalidad no-lineal que le otorga a la película toda su entidad. En esta Un don excepcional, repite fórmula. Es fácil que una película de niña huérfana y juicio por su custodia entre en el cliché, tanto como que lo haga un «chico conoce chica»; en este caso, el mecanismo que Webb diseña para conferirle personalidad a la película es mucho más sutil y se trata de una habilidosa construcción del personaje de la niña.

La Mary Adler que tan bien defiende la pequeña Mckenna Grace es, a todas luces, el gran potencial de una obra bastante estándar en todo lo demás. Una niña superdotada, irreverente, dura y, sobre todo, con un sentido del humor que a veces es más ácido e irónico que el simple humor blando para todos los públicos que podría presuponérsele a una cinta de este tipo. La niña es quien soporta gran parte de la carga humorística de la película, lo cual es sorprendente teniendo en cuenta que el reparto cuenta con Jenny Slate, conocida actriz de comedia estadounidense del entorno del Saturday Night Live, que, sin embargo, aparece reducida aquí a la profesora cándida y buena de Mary: un personaje sin ninguna intervención cómica.

Más allá de este humor bien ejecutado, el resto de elementos de Un don excepcional no pueden evitar caer en lo que se espera del género. Hay varios ataques —un poco tramposos— a las emociones más básicas, escenas que construyen la lágrima y el revoltijo de tripas de la manera más elemental y facilona; como también hay una suerte de subtrama amorosa tan predecible como prescindible.

Quizá, en medio del discurso de que los niños han de ser niños y que ser un genio no debería importar más que ser una buena persona, la película esconde otra idea más interesante y mucho más valiente de plantear: la fractura social que se crea en el momento en el que se establece una jerarquía elitista, es decir, una sociedad con clases, cuyos mayores talentos son arrancados de «la masa» para ser encerrados y entrenados en una suerte de templos de marfil. Por supuesto la película no es un manifiesto marxista, ni explora esta idea mucho más allá de una línea de diálogo de Chris Evans que acaba convirtiéndose en un chiste sobre la incompetencia de los políticos. Pero es una idea que está ahí, en el germen de la motivación de Frank por retener a su sobrina y, desde luego, es un discurso que ojalá algún día quepa en un producto genérico de gran público como este.

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FILMADRID 2017: A Dragon Arrives! (Ejdeha Vared Mishavad!, Mani Haghighi, 2016)

Haghighi y el ornitorrinco

La historia de los géneros cinematográficos tiene su etapa posmoderna, como la tiene la historia del arte y del pensamiento. A escala pequeña corresponde la hibridación de los géneros, luego de haberse presentado en sus etapas experimental y clásica –y otras, dependiendo del autor que se consulte–. El resultado es lo de siempre: pastiches, mezclas; criaturas de siete brazos y tres ojos. Y es que frente a A Dragon Arrives! no se está ante Melinda y Melinda (Melinda & Melinda, Woody Allen, 2004), esa combinación de drama-comedia pensada para establecer una línea clara que divida los dos géneros; tampoco ante Cowboys vs Alien (Cowboys & Aliens, Jon Favreau, 2011), una mezcla homogénea que probó su éxito en la serie Westworld (creada por Lisa Joy y Jonathan Nolan). En efecto, ha llegado un dragón: la película de Mani Haghighi combina los géneros más inesperados en una cinta que apenas parece poder contenerlos.

La trama aparenta sencillez, puesto que siempre parece tener un solo objetivo: en Irán, año 1965, el joven y apuesto detective Babak Hafizi debe resolver un caso. Para hacerlo, se toma un camino principal que lo dirige al Golfo Pérsico, un camino que involucra a su superior y otros personajes extemporáneos que están dispuestos a prestarle ayuda. Lo que ocurre alrededor de estas situaciones, la entrada y salida de estos personajes de todos los “lugares fuera de lugar”, hacen de la cinta una experiencia que vale ser apreciada por su rareza, como si se estuviese ante vida extraterrestre. Un barco varado en la mitad de un océano de arena; un equipo de técnicos de sonido que revisa la edición de una cinta iraní en blanco y negro y crea ambiente en el paisaje desértico “westerniano” con el audio de una tormenta; la inserción de fragmentos filmados como entrevistas de un documental (que incluyen a Haghighi, quien también es actor) y escenas en las cuales se pierde definitivamente la coherencia diegética en un salto al cine fantástico.

Las alegorías, políticas o de cualquier otra índole, si las hubiere, pueden ser inalcanzables para todos los no iraníes. En ese sentido A Dragon Arrives! es hermética, no como cintas anteriores de su director, aunque conserve mucho del humor de estas y una fotografía vibrante y de alto contraste.

Haghighi ha trabajado con el laureado Asghar Farhadi y ha realizado una película a partir de una historia de Abbas Kiarostami. Su cine no se parece al de ninguno de los dos. Tal vez su intención de hacer alegorías lo acerque más al cine de denuncia de Panahi (en Men at Work –Kargaran mashghoole Karand, Haghighi, 2006–, dos hombres intentan sin éxito tumbar una roca que parecía fácil de derribar). Puede que tenga un poco de cada uno, como esta cinta donde los movimientos de cámara y paisajes del western se combinan con una trama de cine negro y thriller, ocasionalmente interrumpida por lenguaje propio del documental o la fantasía. La ferocidad de esta criatura, serpiente con alas y garras, está en el coraje de Haghighi por haberla llevado a cabo sin perder ni un poco de su sentido del humor.

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Capitán Calzoncillos: Su primer peliculón (Captain Underpants: The First Epic Movie, David Soren, 2017)

En defensa del humor básico

Jorge y Berto son dos amigos inseparables, que dedican sus días a hacer trastadas en el colegio y crear cómics que narran las aventuras del superhéroe de acción definitivo: el Capitán Calzoncillos. Sus bromas y chascarrillos traen de cabeza al director de la escuela, el Señor Carrasquilla, un hombre solitario, antipático y dispuesto a separar a los dos traviesos. Cuando finalmente Jorge y Berto son atrapados con las manos en la masa, el director decide imponer su castigo, para lo que los chicos se defienden mediante un anillo hipnotizador de caja de cereales que acaba revelando un asombroso poder: el Señor Carrasquilla es hipnotizado y se convierte en el Capitán Calzoncillos. Su trama heroica terminará de tomar forma con la aparición del nuevo profesor de ciencias: un científico chiflado obsesionado por erradicar la risa del mundo.

Capitán Calzoncillos: su primer peliculón es la fiel adaptación de los libros infantiles de Dav Pilkey, en los que se exploraban las aventuras de los dos chicos y el hipnotizado superhéroe. La (posible) serie de películas del superhéroe comienza por donde lo hace toda buena saga heroica: el relato del origen del héroe. Desde el nombre hasta el atuendo —que consta únicamente de unos calzoncillos y una cortina como capa— puede apreciarse que el Capitán Calzoncillos funciona más como comedia a través de los elementos característicos del género que como contribución seria al mismo; en una parodia, por otra parte, bastante coherente, al ser fruto de la imaginación de dos niños lectores de cómic, que aíslan los gestos y recursos que se repiten y los emplean «a su manera». La película recoge este tono mediante la inclusión de algunos guiños metalingüísticos y autorreferenciales.

El sentido del humor es una cuestión que transpira a lo largo de todo el relato: es lo que une e identifica a los amigos, es lo que da vida al héroe y es contra lo que lucha el villano. Un sentido del humor infantil y básico, que se sustenta en lo escatológico y en los juegos de palabras de guardería. Este punto puede suponer un rechazo a todo ese público adulto para el que, definitivamente, no está dirigida esta película; sin embargo, la cinta es altamente consciente de esta cuestión y apuesta por ese tipo de comedia abiertamente, con más de una línea de diálogo acudiendo en su defensa explícita.

Empleando un estilo de animación muy similar al que se empleó para dar vida a las viñetas de Schulz en Carlitos y Snoopy: La película de Peanuts (2015), David Soren crea un largometraje en el que la acción transcurre mediante un ritmo rápido; evolucionando desde la lógica de la gamberrada —movimientos con sigilo, golpes, clímax de revelación del chiste— hasta la de la batalla, momento en el que la película aprieta un poco el acelerador para terminar —como buena película de superhéroes— con una lucha que acapare toda la atención y una buena parte del metraje.

El resultado final es una película que, aunque puede que no cale entre el público adulto ni goce de que alguien la describa como “cine de animación apto para mayores” o “maduro”; es, sin duda, un trabajo bastante coherente y comprometido con lo que quiere ser, que se permite el lujo de reafirmarse en sus convicciones a lo largo de su discurso, sin perder el foco ni el tono en ningún momento. No es el cenit del cine infantil ni de animación, pero merece el esfuerzo de disfrutarla como un niño.

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