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Doclisboa 2012 – Competición Portuguesa

Terra de Ninguém (Salomé Lamas) ha acaparado todos los premios en la competición portuguesa de largometrajes, pero más allá de este film se ha presentado un compendio de buenos trabajos. Siendo filmes no premiados cabe destacar, a mi modo de ver, dos películas con una bella y original factura, O sabor do leite creme de Hiroatsu Suzuki y Rossana Torres y Seems So Long Ago, Nancy de Tatiana Macedo. Este último film destila una ironía y originalidad muy personal, Tatiana Macedo trata con una inteligencia onírica y humor sordo imágenes en la Tate Galery de Londres. La idea responde a una nueva perspectiva de un concepto utilizado en el cine como es la espera, pero en este caso no una espera activa –la espera o el suspense por algo que va a acontecer–, sino más bien la inacción de alguien que vigila sentado lo que acontece en un lugar donde el mirar y el vigilar entrecruzan sus miradas. Los vigilantes de las salas del museo son los retratos que recoge la realizadora y a través de pasillos que comunican una sala con otra –no nos detenemos tanto en las obras, como en los personajes que las vigilan– vamos encontrándonos con estas miradas, el juego de quién mira a quién... o hacia dónde mirar, o mirarnos a todos, pues todos podemos ser potenciales detonantes de una anomalía en un cuadro. Es un film de suspense casi imposible, donde la tragedia pocas veces acontece. En una sala de museo nos encontramos con una puesta en escena peculiar, un espacio diáfano con cuadros en las paredes y unos asistentes sentados en una esquina, es casi un lugar de oración, donde la palabra desaparece, ha dejado paso a lo más esencial, mirar la obra, contemplarla de forma reflexiva, ya pasó el tiempo de la adoración por una obra, aunque estas son únicas y por tanto el concepto de aura ganaría en significado. Es decir esas obras, bajo nuestros cánones culturales, han ido perdiendo el contenido sagrado y hemos dejado de adorarlas para admirarlas. Mirar a las personas que admiran la obra. Luego el mirar sobre el admirar o sobre el contemplar, lo esencial de nuestra materia prima, las imágenes y los sentidos que irradia el acto de mirar. Con todo este juego de miradas, además de palabras, entendemos que la película, siempre con una cámara cuidada y quieta, nos ha ofrecido un personal sentido del humor sobre el acto de mirar y esperar… pues no solamente hemos destilado el acto de ver sino el tiempo de esperar sentados, de diseccionar el tiempo sentados en una silla, en una sala de un museo. Esta es la idea que procesa Tatiana y nos la ofrece en un juego estilístico de ironía sin precedentes.

O sabor do leite creme también es un juego con el tiempo y una propuesta con la sabia elección del plano, o de otra manera, la sabiduría a la hora de elegir el mejor lugar para colocar la cámara, el mejor lugar en el mundo. El concepto del tiempo pasa a ser relativo cuando lo que se nos propone es la vida de dos hermanas, nonagenarias pero aún muy activas, en su casa familiar, en un lugar casi paradisiaco, una casa de campo, con su huerta, parterre repleto de flores y espacios de descanso y sosiego. En este inmejorable lugar de retiro van destilando las horas, los últimos momentos de una vida. Una de ellas más tranquila, creemos que aquejada, se mueve pausadamente por las estancias y se detiene más, relee los libros, ordena las fotografías y demás documentos de su escritorio, tiene una actitud más melancólica, nos ofrece planos donde la cámara nos propone la quietud de alguien descansando, cuadros más bien de alguien que está esperando el último momento. La otra hermana es mucho más activa, recorre las estancias y sobre todo sale al exterior de la casa a contemplar los campos, o más bien la vida que está en floración, los colores del día a día, ese espíritu otoñal del crepúsculo de la vida parece aún dilatarse ante el espacio que se nos dibuja, es un lugar realmente bello para esperar. Esta casa y sus jardines son la casa familiar donde probablemente ellas vivieron con sus padres, es de nuevo un paraíso emocional, un lugar de memoria, un lugar de paz. Quizás, escribiendo estas palabras es cuando he descubierto el sentido que intentaba encontrar a la película, este film irradia paz, y sobre todo un lugar en el mundo, el último lugar, el paraíso perdido. Al principio de la película una de las hermanas le pregunta a la otra: “¿Cómo pasaste la noche?” “Dormí muy bien, dormí, soñé.” ”Yo también sueño mucho… soñaste, ¿qué?” Ahí queda la pregunta que es respondida al tiempo después… esperando. La película esta llena de silencios maravillosos y de hermosos bodegones, es un verdadero canto estilístico, con una puesta en escena de una hermosura sosegada. El fin de la película es el postre: si durante todo el film nos han ido destilando momentos, es la hermana más activa, después de dilatar los instantes, la que nos descubre el último paraíso, los sabores de la infancia: prepara el dulce de leche.

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Doclisboa 2012 – Competición Oficial 4

Los filmes necesarios

El festival y la competición internacional, como hemos comentado, han puesto la atención en los conflictos que se están viviendo en el mundo, revoluciones, protestas… en otros casos levantamientos o catástrofes, como Babylon de Youssef Chebbi, Ismaël Chebbi y Ala Eddine Slim (Túnez, 2012) y Vers Madrid (The Burning Bright)! (Sylvain George, Francia, 2012). Caso aparte es la obra The Radiant, de The Otolith Group (Reino Unido, 2012); su propuesta, la investigación de las imágenes y una particular articulación del film con todo tipo de recursos son ya señas de identidad de un grupo con 10 años de actividad donde las propuestas artísticas navegan sobre la investigación del lenguaje de las imágenes y el documento sociocultural, bajo el lema “El mundo no necesita más películas, ni más vídeo arte”, una regeneración de la percepción de los acontecimientos filmados y sobre todo una disección de las imágenes que vemos y la cultura que las crea. Esta propuesta se ha dirigido en este caso a las consecuencias radiactivas generadas en la devastación acontecida por el último colapso nuclear. Babylon nos conduce, bajo una propuesta más convencional del tratamiento de las imágenes, por la creación de una comunidad humana, o una ciudad “babilónica”, en este caso los campos de refugiados levantados en la frontera con Túnez. Con su cámara el reportero finalmente encuentra un hilo narrativo en la necesidad de crear un lugar habitable en medio del desierto, respondiendo a la perentoria situación. Miles de refugiados huyen de la guerra… La Babilonia moderna aparece y desaparece en medio de una situación límite y miles de restos de basura, hoy por hoy el verdadero indicio de que la humanidad existe.

Alejado de este conflicto pero en la línea de las reivindicaciones y manifestaciones que han surgido en este tiempo, el movimiento 15M ha acaparado gran parte de la atención mediática, al igual que las movilizaciones, mucho más punzantes, de la crisis en Grecia. Vers Madrid (The Burning Bright)! es uno de los muchos documentos audiovisuales que podían surgir de esta situación, material de denuncia y registro, que a mi modo de ver resulta necesario proyectar en espacios como festivales internacionales, pero con el inconveniente de que sobre estos acontecimientos aún no se han conseguido construir obras con un lenguaje más cinematográfico, por lo que en general casi todos estos trabajos funcionan más como documentos de denuncia y registro que como obras cinematográficas –función, vuelvo a repetir, necesaria, la Historia esta llena de bellacos que han intentado echar cemento a hechos que acontecieron–; por tanto, la dirección del festival, de forma lógica y conociendo la situación, ha arriesgado en la proyección de estos documentos, sobre todo dentro de la competición oficial.

Desde la experiencia humana, foco inevitable del festival, y también en el campo de la denuncia, Bakoroman (Simplice Ganou, Francia / Burquina Faso, 2011) construye a través de uno de los recursos esenciales del lenguaje cinematográfico, el tránsito, el camino vital de un grupo de niños “da rua” en Burquina Faso, una película de lo esencial. El componente odisea, es decir el viaje y sus aventuras pero con un claro elemento motor, salir de la miseria para buscar trabajo en la ciudad, propone una película con una clara articulación cinematográfica. A través de esa acción se retrata a estos niños, víctimas todos ellos de la miseria ejercida desde arriba, descolonizaciones, gobiernos, falta de medios, pobreza, hambre y consecuencias aledañas como la drogadicción y el abandono. Es este pequeño éxodo, del campo a la ciudad, motivo reconocido incluso como inercia antropológica –la factura de esta película nos recuerda a los filmes de Jean Rouch–, donde encontramos la amistad, los sueños de mejora, los anhelos de todo tipo que son explicados infantilmente a cámara, por estos inocentes seres que viven su vida como algo fantástico, al menos de momento. La cámara, siempre dispuesta hacia el retrato y la imagen del rostro de estos niños, realiza un seguimiento de sus aventuras; cámara al hombro en muchas ocasiones, aunque perfila la presentación de las secuencias con una cámara fija, ubica a los niños en contexto dentro de la nueva escena, otro día más. De nuevo nos encontramos ante el paraíso de la infancia, el que ya vimos en Three Sisters (San Zimei, Wang Bing, 2012), en este caso demoledora, pero que será recordada por muy mala que parezca, si sobreviven, como el único lugar donde aferrarse.

Ese otro paraíso, el de la Naturaleza, puede llegar a ser un verdadero infierno y es en ese estado en donde se mueve Fogo, en mi opinión una de las mejores películas que se han visto en el festival, un verdadero viaje por los abismos humanos en medio de un entorno hostil pero arrebatador. La imagen de Yulene Olaizola (México / Canadá, 2012) es de una precisión barroca, excelente en el tratamiento de la luz y sobre todo el sentido en cada uno de los planos, los cuadros que ha dibujado –hago mención aquí a otro trabajo de verdadera precisión en el punto de la toma, O sabor do leite creme, película de Hiroatsu Suzuki y Rossana Torres, que estuvo presente en la competición portuguesa de largometrajes–. Fogo nos ubica en un lugar inhóspito pero bello: la isla del Fuego, al norte de Canadá, es un espacio donde parece que sólo existe el pasado, ya que el futuro está condenado por la tundra que poco a poco se está apoderando del lugar. Los pocos habitantes que residen se preparan para la despedida, irse a la ciudad, pero otros deciden permanecer. En esos paseos, por los espacios helados y húmedos, imágenes casi lunares de los lugares, brotan las conversaciones tras los muros de las pocas casas que quedan en pie, o la ocupación de las abandonadas, allí se desgranan las palabras y los lamentos frente a la ventana. La luz que entra por los vanos, débil y crepuscular, dibuja claroscuros en las siluetas de los personajes que piensan cuál será su futuro y qué hacer. Es un tiempo que se acaba, y para algunos, los más mayores, un dibujo adelantado de su propia muerte. Ese espacio crepuscular tiene unos colores tenues, grises, y una mirada gélida, en esos cuadros la cámara, solemne y quieta, se ubica para buscar el espacio de intimidad preciso, estar para ser parte de la soledad que cada una de las tomas de la película dibuja. Toda la obra es una continuidad de cuadros y espacios, plásticos y sonoros, no hace falta la continuidad; la luz, o mejor dicho la ausencia de, determina en los cuadros el paso del tiempo. Un tiempo que aquí se acaba.

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