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‘X-Men: Primera generación’ (‘X-Men: First Class’, Matthew Vaughn, 2011)

La otra historia

Después de la experiencia desagradable que supuso X-Men orígenes: Lobezno (Gavin Hood, 2009) y tras el agotamiento evidente al que llegó la saga con la tercera entrega (X-Men. La decisión final, Brett Ratner, 2006), al pensar esta precuela no podemos evitar revalorizarla.

X-Men: Primera generación no será una película innovadora por sus recursos formales, sus efectos especiales o su propuesta argumental. Estamos ante un film diseñado para entretener, es cierto, pero en su condición de divertimento remueve cuestiones que resultan interesantes. Como la relación, delicada o desacomplejada, entre arte popular e historia en el contexto de la (vieja pero no creemos que superada) discusión entre alta y baja cultura. Ahí donde unos ven la historia como algo intocable a la que debemos acercarnos con fidelidad y respeto (ecos del travelling de Kapò incluidos) otros ven una fuente inagotable de ideas [1].

El comic ha tenido que vestirse de “novela gráfica” para pasar de lo bajo a lo alto. En la operación sin embargo no ha renunciado a su desparpajo al acercarse a los hechos históricos. Si en Enki Bilal, Art Spiegelman o Joe Sacco encontramos una reflexión con tono grave, con los superhéroes de la DC Comics y la Marvel la urgencia (¿comercial, patriótica?) de la acción parece diluir el peso de la historia, al menos en una rápida lectura [2]. No cuesta mucho imaginarse entonces la impresión que debieron llevarse los defensores a ultranza de la supuesta inviolabilidad de la historia ante la primera entrega de la saga.

Fiel al argumento del comic, Brian Singer nos mostraba a un Magneto infante que revelaba sus poderes cuando los nazis lo separan de su madre. ¡Horror, un hecho como el Holocausto, EL hecho, convertido en pasto del entretenimiento! X-Men: Primera generación arranca precisamente de aquí y nos cuenta la formación de los X-Men, sí, pero también la venganza del joven Magneto (gran Michael Fassbender). Y lo mejor de todo es precisamente que no se acompleja, como Singer en su momento, al usar la Guerra Fría como telón de fondo.

El temor de los cautos, que la historia pierda su peso, nos parece que aquí se cuestiona. Y es que si alguien se cree que la crisis de los misiles de Cuba la evitaron los X-Men el problema es suyo y no del comic, ni mucho menos del cine. La cuestión debería enfocarse más bien en el otro sentido para ver cómo, en los Estados Unidos, los superhéroes del cómic han dado peso a su propia historia. Es decir que no estaría de más preguntarse por el rol que han jugado, en el imaginario colectivo, Batman y Superman luchando contra Hitler e Hirohito en los 40, el Capitán América cazando comunistas en los 50 y, desde luego, el colofón temporal que representan los X-Men luchando contra los soviéticos en X-Men: Primera generación. No nos olvidemos de la fantástica ucronía de Watchmen (Zack Snyder, 2009).

Lucha de imágenes, la que nos gusta pensar se establece entre el mainstream y la crítica que Godard le hiciera a los Estados Unidos en su Elogio del amor (2001), el de ser un país sin nombre ni historia.

Así nos gusta ver esta energizante precuela, como un film que se apropia de la historia para darle nuevo impulso a la saga al tiempo que juega con la memoria histórica. Quizá por eso nos excita tanto la única secuencia rescatable del film dedicado a la figura de Lobezno, la otra historia (americana) contada a los niños (del mundo entero).

Notas:

  1. A propósito de la pertinencia (actual) del texto de Rivette véase “De la abyección - Siglo XXI” de Diego Salgado en la revista Détour (leer el texto). 
  2. Sobre la relación entre historia, cine y comic véase el interesantísimo artículo de Ivan Pintor, “La tarea de Moisés. La experiencia documental en el cine y la historieta” (leer el texto). 
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Film socialisme: Barça vs Manchester.

Hasta que llegue el día 28 podemos diferenciar pasado y presente, antes y ahora, mayo de 2009 y 2011 porque no colisionan en la parte racional de lo visible anulando el tiempo en que parece repetirse la misma historia, la misma ilusión, el mismo deseo de victoria. Así que no deberíamos ver la próxima final de la Champions League como un déjà vu, aunque después dos años vuelvan a enfrentarse los equipos que mejor juegan al futbol. Entendiendo el concepto como la puesta en escena de un modelo inapropiable que ni impide ni dificulta aquel al que se enfrenta. Barcelona y Manchester United dejan jugar a su rival manteniendo, pese a todo, una idea. Su Idea, la que permite que un club perviva en el recuerdo más allá de un resultado –por eso a todo aficionado al futbol le cae simpático el Ajax de Ámsterdam–. Lo más curioso es que vuelvan a enfrentarse en un lugar dado al dèjá vu y con alta potencia simbólica; ambos ganaron su primera copa de Europa en Wembley. Aunque sobreviva como una sombra, como un gélido mausoleo de aquella catedral del fútbol que fuera derribada y reconstruida totalmente para las olimpiadas de Londres 2012. No cabe duda: El estadio ha modificado su aspecto y los clubs renovado parte de su plantilla pero realmente “no ha cambiado nada para que todo sea diferente”.

Por otra parte no debemos olvidar que el déjà vu posee la capacidad de adelantar el curso de los acontecimientos, de anticipar el futuro como un esbozo abstracto de lo que llegará posteriormente a ser. Si esto es así realmente, el Barça, muy a mi pesar, caerá por 2 a 0. Leyendo que Malick ganaba la Palma de oro recordé que hace exactamente un año estábamos frotándonos las manos con el regreso de Godard en Cannes, el plantón que dio al festival por “cuestiones de tipo griego”, y lo tranquilamente nerviosos que esperábamos poder ver lo antes posible Film socialisme (2010). Por lo tanto, se puede imaginar fácilmente las imágenes que vinieron a mí memoria posteriormente:

Tradicionalmente, cuando se producía el retorno de lo mismo se señalaba su origen en la noche de los tiempos. En esta ocasión tenemos la certeza de que nos llega desde el 27 de mayo de 2009. Aún así, no sabemos muy bien qué vuelve. Es la imagen de Iniesta cayendo, desde luego. Pero su valor principal, antes que icónico o simbólico, es haber logrado rasgar la memoria y abrir el tiempo de la propia imagen. Explicar esto en 3500 caracteres supongo que es tan difícil como quitarle el balón a Messi. Pero creo que, esencialmente, lo que pone en cuestión Film socialisme es la idea de historia “reflejada” de Benjamin que el propio Godard ha manejado con sus Histoire(s) du cinema. Si en un principio se enfrentaba a la tradición del historicismo con una reconstrucción artificial de la historia para revitalizar el curso de las imágenes, ahora despliega la ruptura de ese espejo en que ha devenido su operación. Por lo tanto, el gesto estaría animando a la suspensión de esa relación con el pasado tan placentera como socialista. Eso es precisamente lo que ha logrado cohesionar al movimiento ¡Democracia Real YA! hasta el momento en que han aparecido palabras como revolución y las inevitables asociaciones históricas con el mayo del 68 francés. No cabe duda: el movimiento triunfará si es capaz de ir olvidando día a día lo conseguido. Y el Barça ganará la Champions si Guardiola es capaz de motivar a los suyos con un video basado en el mismo precepto de uso del olvido. Está al alcance de la mano.

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