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Sitges 2013 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (15/10/2013)

Falsificaciones, engaños, timos

A estas alturas a nadie debería sorprender una película de Quentin Dupieux. Marcianadas como Rubber (2010) o Wrong (2012) ya son marca de la casa y como no podía ser de otra manera Wrong Cops sigue su estela. Estamos ante una película basada en la confusión, en la digresión de la realidad, con una estética donde el tiempo no ha pasado desde los 80 y donde el absurdo sigue siendo el eje donde pivota el sentido del humor. Sí, todo sigue igual en el universo Dupieux, solo que esta vez consigue facturar un producto más compacto, más equilibrado. A diferencia de sus anteriores trabajos no todo gira en torno a un solo chiste y por tanto no se agota el interés de inmediato. Hay giros, digresiones y situaciones imposibles, pero moviéndose siempre en una dimensión donde todo ello es perfectamente coherente y por tanto adecuado. En definitiva Wrong Cops es una película solo apta para fans que saben exactamente lo que van a ver o para aquellos que se estrenen con ella en el cine del director francés. Si las anteriores no gustaron es mejor no intentarlo con esta.

The Demon’s Rook (James Sizemore) es una película muy válida para plantear ciertos interrogantes sobre el criterio de exhibición en un festival. Resulta difícil de entender cómo un producto claramente de nivel, con todos los respetos, Brigadoon pueda proyectarse como sección oficial. Hay que decirlo claro, una sesión donde más de dos tercios de la sala abandona el visionado debido a lo que están viendo es para plantearse qué clase de filtro pasan ciertas películas para su proyección. Pero, ¿es realmente The Demon’s Rook tan mala? Pues lamentablemente sí. De acuerdo que hay voluntad en su director de crear atmósferas en la línea de Ti West y de salvajismo a lo Rob Zombie. Más allá de eso amateurismo alarmante, ausencia de guión que se quiere compensar a base de introducir personajes para ser masacrados sin ton ni son, maquillaje de látex que haría palidecer al Alfons Arús de hace 20 años, y lo peor es que la película se toma en serio a sí misma de una forma que es imposible que ni tan siquiera entre en esa categoría de películas pésimas que funcionan vía diversión.

Sin llegar a este nivel sí hay que lamentar el camino tomado por los responsables del remake de Patrick (Mark Hartley, 2013). De nada sirve advertirnos antes que el nivel de terror proporcionado no va a ser sutil porque una cosa es saber a lo que atenerse y otra atacar al espectador con unos recursos que son dignos de una película de William Castle allá por la década de los 50. En su momento el golpe de sonido para asustar podía funcionar; incluso hoy en día, bien usado, como hace Ti West en The Innkeepers (2011), puede resultar válido. Lo que no funciona es que sea el único recurso del film y abusar de él cada dos minutos de metraje. Por lo demás una revisión innecesaria de un clásico de culto, que no aporta ninguna novedad interesante en lo formal y que lo único que hace es empeorar a la original. Una lástima.

 

Borgman en cambio se enmarca en una especie de revisión de Funny Games (Michael Haneke, 1997) que obvia la maldad y el malrollismo de ésta para sumergirnos en un ambiente aparentemente más amable. De hecho el primer tramo de Borgman es el que mejor funciona debido al planteamiento que el director Alex van Warmerdam nos hace, intrigándonos, dejando muchas preguntas en el aire. Y precisamente ese es el problema del desarrollo y el desenlace del film, que no hay respuestas ni moraleja ni claves. La película se sobreintelectualiza hasta el punto de que el enigma deviene intrascendencia y le resta por ello interés. Sí, sabemos que se quiere diseccionar, deconstruir y denunciar un cierto modelo burgués, pero el cómo y el porqué quedan opacados bajo el manto del esteticismo y el requiebro argumental artificial.

Richard Stanley sorprende con un documental sobre apariciones, misterios, extraterrestres y portales dimensionales en el sur de Francia. Un estudio que según sus propias palabras resulta basado en experiencias personales y, por tanto, se nos quiere convencer de que es auténtico. Dicho esto, la factura es impecable, sabe dotar de ritmo a sus entrevistados y sabe mantener la expectativa alta con respecto a los sucesos que le acaecieron. Más allá de eso es cuestión de fe, y la sensación es que el señor Stanley nos intenta colar un gol por toda la escuadra pretendiendo la veracidad del documento. Sí, los lugares mostrados son famosos por su leyenda de mágicos, pero de ahí a lo que Stanley pretende que creamos hay un largo trecho. En el fondo su intento de hacer pasar L’autre monde como real le resta interés; hubiera sido igual de intrascendente pero más divertido como mockumentary, como una recreación a lo Cuarto milenio pero, eso sí, con más talento.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (08/10/2012)

Una de expectativas subvertidas

Sitges nos ha traído hoy una jornada intensa, con películas a la altura de lo esperado, alguna brillante sorpresa y un par de decepciones sonadas y sonadas dada la reacción del respetable una vez finalizados los pases respectivos. Empezamos pues la jornada con Sightseers, film con muchas y buenas expectativas después de que su director, Ben Wheatley, nos ofreciera el año pasado una de las revelaciones del festival, Kill List. En esta ocasión se plantea una road movie llena de humor negro, mala leche y una clara advertencia sobre los lobos disfrazados de cordero. Un film irónico aunque a ratos descompensado en una mezcla genérica que no acaba de cuajar del todo.

Pero para expectación la que había despertado el último film de Rob Zombie, The Lords of Salem, un film sobre brujería que prometía de nuevo el espectáculo visual al que el director nos tiene acostumbrados. Sin embargo, y aunque elementos característicos del cine de Zombie no faltan, como esa estética sacada del circo burlesque pasado por un tamiz malsano, nos hallamos ante un auténtico canto a la nada más absoluta. Con un guión que no sabe muy bien adónde va se nos narra una historia que divaga constantemente y que no acaba de encontrar su punto de conexión con la audiencia. Una película en general aburrida y cuyo mayor interés se puede resumir en los planos de Sheri Moon Zombie vinculados directamente a los de Brigitte Bardot en Le mépris (Jean-Luc Godard, 1963).

Todo país y cultura tiene un sentido del humor propio. Esto, aunque parezca de perogrullo, sirve para introducirse en una película como Robo-G (Robo Jî, Shinobu Yaguchi), una comedia amable, de tono familiar, cuyo mayor problema no estriba tanto en su blandura e ingenuidad, sino en que juega con un registro humorístico muy alejado del nuestro. Resulta especialmente difícil empatizar con el catálogo de muecas y expresiones niponas que seguro que tienen mucho éxito en su país pero que aquí resultan cargantes de tan infantiles. Una película sin nada destacable, para ver y olvidar.

Justo lo contrario de la que es, hasta ahora, la mejor película del festival. Hablamos de Safety Not Guaranteed (Colin Trevorrow), un film de factura independiente que aparentemente se mueve en la temática de los viajes en el tiempo. Y sí, sólo lo es de forma lateral, porque esta temática sirve de excusa para narrar una historia sobre relaciones y épocas pasadas. Una reflexión sobre el tiempo que ya no vuelve y cómo nos vincula emocionalmente al presente. Un viaje lleno de ternura, de naturalidad y de conexiones emocionales tratadas con una delicadeza muy cuidada, que huye conscientemente del exceso a través de sus tonalidades cálidas y de unos planos que optan por la desnudez y la transparencia. Una joya.

Aunque como documental no aporte nada formal al género sí vale la pena visionar Side by Side (Chris Kenneally), ni que sea para establecer a posteriori un debate sobre lo visto y lo opinado en el film. En él se nos muestra el enfrentamiento entre defensores del celuloide y los que optan por el cine digital. Un enfrentamiento un tanto maniqueo ya que pocas veces se tienen en cuenta posiciones más equilibradas y se opta por una confrontación de tintes talibanescos entre los directores que dan su punto de vista. No obstante es muy enriquecedor conocer quién es quién, cómo se posiciona y cuáles son sus razones.

Si el director de The Cabin in the Woods, Drew Goddard, hubiera visionado Modus Anomali (Joko Anwar), posiblemente estaría aún más satisfecho de su trabajo, y es que el film indonesio con el que cerramos la jornada podría describirse tal cual como la cinta americana. Las similitudes se quedan, no obstante, en la descripción, ya que contemplamos atónitos una película que intenta romper el cliché y cae en la obviedad más absoluta sin atisbo alguno de humor autorreferencial, tomándose totalmente en serio cuando debería ofrecer margen para la autoparodia. Lo peor está en su tramo metacinematográfico, disparando sin ton ni son a referencias tan dispares como Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), Funny Games (Michael Haneke, 1997) e incluso planos a lo Tropical Malady (Sud parlad, Apichatpong Weerasethakul, 2004). Una cinta en definitiva a la que le falta capacidad para desatarse, viviendo demasiado constreñida en sus propios márgenes autoimpuestos, lo que aún la acaba perjudicando al ser todo demasiado explícito.

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FICXixón: Día…¿Día?…Las horas

A medida que van pasando los días se va adquiriendo una perspectiva de conjunto del festival. La inevitable jerarquía marcada por el orden de la programación comienza a deshacerse en una especie de flujo continuo sobre el que las imágenes comienzan a rimar descontroladamente. Se conforma una dinámica armónicamente acelerada que cada vez adquiere más y más velocidad. Y que, por supuesto, te atrapa y arrastra hasta llegar a perder el control sobre la percepción de lo real. Pero esa pérdida de las coordenadas temporales también ayuda a apreciar el tiempo de otra manera. Fruto de esta circunstancia, creo que he podido dibujar una línea asociativa entre algunas de las sesiones de las 9:30 de la mañana, en las que han venido pasando una serie de películas que comparten el denominador común de la infancia y la preadolescencia como tema.

En Play, Ruben Östlund, después de su sorprende Guitar Mongoloid, continúa trabajando una nueva forma de realismo distanciando (que puede llegar a convertirse en rasgo de estilo para las generaciones que le precedan) sobre un juego un tanto peculiar. A la manera de Funny Games (Michael Haneke, 1997), un grupo de preadolescentes pretende robar a otro grupo de chavales de su misma edad desplegando un plan en el que ya no vale el objeto a conseguir, sino todo el calvario que les deben hacer pasar. Play, juego, que además ya no es divertido, ni violento, ni macabro. Juego sin atributos, pero como consecuencia del mismo bienestar producido por una sociedad postcapitalista. Lamentablemente, la película se diluye cuando el director hace obvia una interesante reflexión sobre la inmigración y la mirada que dichas sociedades proyectan sobre ella.

Play comparte con Le Géants la figura ausente de los referentes paternos. En este trabajo de Bouli Lanners (viejo conocido del festival), unos niños han sido abandonados por su madre durante el verano en una región agrícola de Francia. El único contacto con ella es a través de un teléfono móvil del que renegarán cansados de las excusas que les da su madre para no volver. Entre ríos, campos de maíz, anhelan huir de ese lugar para ir hacia el sur, hacia España. Los chavales se mueven a la deriva, experimentando las dificultades de la vida, de lo que supone el peso de hacerse cargo de ella. Su excesivo simbolismo hace que la película se mueva tan a la deriva como sus protagonistas.

En Iceberg tenemos más de lo mismo. Aquí se trata de un retrato coral de una serie de niños en el umbral de la adolescencia. O están a punto de pasarlo, o acaban de pasarlo. Viven solos, apartados, en la marginalidad. Algunos necesitan interpretar el papel en una obra de teatro para conformar su identidad. Otros matar peces en una piscifactoría con bombas caseras. Gabriel Velázquez desaprovecha todo lo que sugiere el título de su película; en lugar de mostrar la punta de un enorme iceberg, parte de ella para llegar hasta el fondo, para poner sentido a una interesante propuesta inicial de personajes aislados y las consecuencias de sus actos.

Después de este tríptico me surge una duda: ¿El problema de los jóvenes hoy en día puede asociarse todavía a la ausencia de figuras paternas o maternas? Salgo a la calle y llego corriendo hasta mi café favorito. En Gijón está lloviendo. Me he mojado los pies con un charco situado delante de uno de esos grupos de jóvenes que todas las tardes conversan distraídamente en los bancos de la plaza por la que se accede a los cines centro. Quizás debería haberme expresado mejor: está lloviendo en Gijón.

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