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D’A Film Festival 2019 (IV)

Sublimación de la tristeza

An Elephant Sitting Still (Da xiang xi di er zuo, Bo Hu, 2018)

 

El 12 de Octubre del año 2017, el director chino Hu Bo se quitó la vida cuando contaba con tan solo 29 años de edad, truncando así de modo repentino una prometedora carrera como cineasta y escritor. Dejaba tras él esta única película, opera prima y testamento cinematográfico al mismo tiempo, obra que marcará indudablemente un antes y un después en la historia del cine chino del siglo XXI. Cuando la película ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Berlín, su director ya no pudo estar presente. A este premio seguirían muchos otros en festivales de todo el mundo, pero Hu Bo nunca podría dar ya ningún discurso de agradecimiento. El mundo había leído su carta de suicidio demasiado tarde.

En esta sociedad nuestra, tan dada a los ensalzamientos, rumorologías y creación de mitos y leyendas, cabe la posibilidad de que la triste historia que rodea al filme acabe por eclipsar su propia e incuestionable fuerza cinematográfica. Podríamos hacer una encuesta para intentar saber cuáles fueron los motivos que llevaron a los espectadores a llenar la Sala 1 de los cines Aribau en un memorable pase único durante el festival. Algunos, probablemente, vendrían confiando en las recomendaciones de ciertos críticos, o en la calidad que se le presupone a una película que ha ganado premios en diversos festivales. Otros, tal vez, se dejarían arrastrar por sus amigos en lo que prometía ser una experiencia inolvidable. Puede que varios hubiesen acudido atraídos por la sinopsis o incluso por la duración del filme. Y muchos, probablemente, seducidos por la idea de asistir a la proyección del testamento prematuro de un joven cineasta.

An Elephant Sitting Still se ubica en una ciudad cualquiera de una China gris y desolada, repleta de ruinas contemporáneas que ya nacieron siéndolo. Una China habitada por una serie de personajes sumidos en el desaliento y aferrados al egoísmo como única tabla de salvación. En este árido contexto, los diversos protagonistas de la(s) historia(s), sobreviven como pueden enfrentándose cara a cara a la violencia y conteniendo a duras penas su desesperación: un anciano que se resiste a ingresar en una residencia, una adolescente que se ha acostado con su profesor, un alumno víctima de bullying, un joven que presencia el suicidio de su amigo tras acostarse con su novia. Cuatro historias que podrían suceder en cualquier parte del mundo, pero que suceden en una China desesperanzada y abocada al vacío, consciente tal vez de que el capitalismo vigente, inclemente y descarnado, solo beneficia a los más agresivos.

El filme de Hu Bo reflexiona con aflicción extrema sobre las relaciones, sobre el egoísmo, sobre el dolor y la ausencia de oportunidades. Pero ante todo y sobre todo, reflexiona sobre el tiempo. Sobre el tiempo cinematográfico y el extracinematográfico. Sobre un tiempo que se contrae y se dilata, sujeto siempre a nuestra propia subjetividad. Sobre un tiempo que puede estar vacío, que se puede perder, que se puede detener. Sobre un tiempo que puede quedar suspendido en la pantalla, dotando a las imágenes y las palabras de otro tipo de connotaciones, inalcanzables en todas esas superproducciones de montaje acelerado que tan acostumbrados estamos a ver en la sociedad contemporánea. Hu Bo dilata el tiempo en las secuencias; durante las cuatro horas que dura el filme somete a sus personajes a una serie de pausadas conversaciones, a una serie de repetidas e inútiles travesías. Los planos secuencia nos muestran el divagar de los personajes; muchas veces sin rumbo, y otras, tal vez, con el rumbo equivocado. Intentando encontrar su lugar en el mundo, los protagonistas saben que se han de marchar, que en realidad no tienen un hogar, que no son bienvenidos ni siquiera por los suyos. Por eso, de modo inevitable, el viaje a Manzhouli se convierte en la excusa perfecta para ellos. Viajar para intentar huir de un contexto que te rechaza y encontrarte, al final del camino,  con el elefante sentado del que habla la leyenda. Ese elefante que, pase lo que pase, permanece indiferente a la brutalidad del mundo. Ese elefante que, en algún momento, miró a los ojos a Hu Bo y le retó a hacer lo mismo, a asumir el transcurrir de la vida con absoluta indiferencia, aun a sabiendas de que el director, inevitablemente, perdería la apuesta.

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D’A Film Festival 2019 (III)

Desestructuras familiares

Belmonte (Federico Veiroj, 2018), Ray & Liz (Richard Billingham, 2018)

Javier Belmonte es un pintor que se enfrenta, como buenamente puede, a la tan temida crisis de la mediana edad. Atraviesa el ecuador de su vida con paso vacilante y lucha sin demasiado convencimiento contra la inseguridad y la incerteza respecto al futuro, aun a sabiendas de que, siendo artista, nunca llevará esa vida ideal, estable y tranquila que el resto de los mortales ansía conseguir. Su exmujer, de la que sigue enamorado, va a tener un hijo de otro hombre, y su pequeña hija Celeste no pasa con él todo el tiempo que le gustaría. Además, la relación con sus ancianos padres es últimamente algo distante y cada vez le cuesta más ser cordial con las personas que le rodean. A pesar de que Belmonte va a tener una importante exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, está claro que su cabeza está en otra parte y que no está pasando por su mejor momento.

En su cuarto largometraje, el director uruguayo Federico Veiroj reincide, una vez más, en resaltar la importancia de esas pequeñas historias que, a priori, podrían pasar desapercibidas si nadie se detuviese a observarlas con detenimiento. Si La vida útil (2010) mostraba la melancólica subsistencia de un trabajador de la Cinemateca Uruguaya y El Apóstata (2015) la odisea de un joven cualquiera que un buen día decide apostatar, en este, su último filme, Veiroj se centra en los efectos de la crisis de la mediana edad en un protagonista que lucha por conservar la esperanza aferrándose al arte, tabla de salvación que no siempre flota cuando uno lo necesita. Ambos Belmontes (la película y el protagonista) destilan sencillez y autenticidad. Tragicomedia agridulce impregnada de cotidianidad, el filme tiene en Gonzalo Delgado y la jovencísima debutante Olivia Molinaro Eijo dos de sus mejores bazas y demuestra que las historias pequeñas también pueden resultar vitales.

Otro de los directores presentes en el D'A que ha puesto el foco en la complejidad de las relaciones familiares ha sido el artista y fotógrafo británico Richard Billingham (finalista del Premio Turner en 2001) con su opera prima Ray & Liz. En su primer filme, Billingham realiza una radiografía nada complaciente de la clase obrera de la Inglaterra de los años 80, recuperando para ello gran cantidad de recuerdos de su propia infancia.

La mayor dificultad a la que se enfrenta un artista a la hora de crear una obra abiertamente autobiográfica es sin duda la de conseguir evitar la condescendencia y no edulcorar en exceso los recuerdos. Porque nos gusta pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero la experiencia nos demuestra a menudo que no siempre tiene por qué ser así. Desde que tenía dieciocho años, Billingham ha vivido pegado a su cámara, retratando constantemente su entorno más cercano: la vida de los habitantes del llamado Black Country, la zona industrial de los Midlands Occidentales. No era, de hecho, un contexto fácil en el que crecer, más bien todo lo contrario. Según palabras textuales de Billingham, "estadísticamente, tendría que estar en la cárcel, muerto o viviendo en la calle".

Alejado de cualquier atisbo de autocomplacencia, el director retrata una infancia dura, de aquellas que, a priori, contienen todos los elementos para conformar un drama tremendista y lacrimógeno de alta efectividad: padre alcohólico y sin trabajo, madre violenta, tío con diversidad funcional, apuros económicos… Pero Billingham, por fortuna, decide elegir un camino mucho menos transitado pero infinitamente más interesante: mezclando sobriedad, desencanto, humor negro y escatología a partes iguales –parece contradictorio, pero es en efecto la fórmula utilizada–, el autor se sirve del 16mm, del formato 4/3 y de primeros planos generalmente estáticos para transmitir esa sensación de claustrofobia constante que genera un contexto como el que vivió en su infancia. Desarrollando de modo pausado una trama de la que poco importa su desenlace (tal vez, porque se intuye desde el principio), Billingham nos remite sutilmente (tal vez de modo intencional o tal vez no) al Terence Davies de los años 80; sumándole, como resulta fácil deducir, un poso extra de amargura y desesperanza, para constituir así con estos ingredientes un prometedor debut que esperemos sea tan solo el inicio de una larga y próspera carrera cinematográfica.

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Entrevista a Christophe Leparc

Desde Contrapicado y con la colaboración de Catalunya Film Festivals, entrevistamos a Christophe Leparc, secretario general de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes y director de CINEMED: Montpellier Mediterranean Film Festival.

Entrevista realizada por Aaron Cabañas y Marla Jacarilla en el marco del Sitges Film Festival, Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.

 

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