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Abycine – Festival Internacional de Cine de Albacete (30/09/2011 – 06/10/2011)

Elogio de lo extradiegético

Albacete como la Nueva York de La Mancha o como el Locarno castellano. La primera es la definición que ofreció entre chascarrillo y chascarrillo el chanante Raúl Cimas en la inauguración de Abycine, el Festival internacional de Cine de Albacete, el pasado viernes 30 de septiembre. La segunda, obra y arte de José  Manuel Zamora, director del certamen manchego que en este 2011 celebraba su 13 edición sorteando las supersticiones y los recortes que tanto terror están provocando en los eventos culturales de nuestra piel de toro.

Si bien es cierto que Abycine se ha resentido de la temida tijera, el entusiasmo por el cine emergente que programan permanece intacto. Punto de encuentro del cine independiente y el cortometraje patrio, muchos reconocen en éste cierta filiación con Gijón, especialmente por su voluntad de riesgo. Como en el evento asturiano, en Abycine el margen del circuito de festivales se hace centro. Y de manera más subrayada. Su sección internacional, por ejemplo, bebía en esta edición de cinco trabajos seleccionados de varios certámenes: del Festival Internacional de Cine de Rotterdam provenían Bleak Night, del surcoreano Yoon Sung–hyun, y Club Zeus, del neerlandés David Verbeek; de la Quincena de Realizadores, la abrupta Le fin du silence, de Roland Edzard; del Bafici, Ocio, de Juan Villegas y Alejandro Lingenti; y de la Berlinale, The Education, de Dirk Lütter. Esta última logró el beneplácito del jurado gracias a una puesta en escena efectiva y a un tema de lo más urgente: la precariedad laboral y la dificultad de lo honesto en un mundo cada vez más competitivo. Planos medios, estáticos, colores gélidos y una violenta tensión hipercontrolada son algunas de las virtudes de un filme, en mi opinión, demasiado cerrado, milimétrico, demasiado racional. Por el contrario, Le fin du silence, merecedora de una mención especial, guarda no pocas similitudes con el trabajo de Lütter. A priori, no puede haber dos películas más antagónicas formalmente. Si la primera puede interpretarse como un trabajo cuadrado, la segunda podría esbozarse como una espiral. Tan visceral como su protagonista, la cinta sigue a un adolescente en plena huida y en plena caza, chivo expiatorio y rastreador, tan agreste como el bosque que contextualiza a la par que oprime el relato. En su esencia, sin embargo, tanto The Education como Le fin du silence claman contra la violencia ejercida desde el silencio, con la frustración y desconfianza de los jóvenes por hacerse con un espacio propio, lejos de toda contaminación.

También el resto de trabajos ahondaban en la violencia de lo colectivo sobre la juventud. La surcoreana Bleak Night emergía como otro meridiano ejemplo de la tendencia en Corea del Sur hacia el melodrama masculino con lo violento como telón de fondo. Aquí, los protagonistas son un trío de chavales cuya amistad se rompe cuando uno de ellos se convierte en el matón del instituto. Estructura en puzzle, tono sombrío y construcción a merced de la elipsis. Más tenebrosa aún se presentó la argentina Ocio, una suerte de brújula sin norte sobre la juventud del país albiceleste, llena de fisuras y una banda sonora de riffs sin horizonte. Club Zeus, por su parte, insiste en la soledad de la urbe contemporánea a partir de un uso del digital extremo: el verde y el rojo se aúnan como opuestos y complementarios, como el hilo conductor que hilvana los dos escenarios principales de la trama, los clubs de encuentros de los gigolós y los diminutos apartamentos donde estos chicos malviven [1].

Pero si hay un trabajo que mejor ejemplifica no sólo el espíritu de Abycine sino esa idea del margen como foco, de lo extradiegético como diégesis, es la ópera prima de Carlos Vermut, Diamond Flash. Première en el certamen albaceteño, dentro de la sección Abycine Digital (que también incluía la reciente Concha de Oro, Los pasos dobles, de Isaki Lacuesta, entre otras), Diamond Flash comparte no pocas resonancias con el segundo largometraje de Nacho Vigalondo, Extraterrestre. No son estas líneas para analizar los vasos comunicantes entre ambas, aunque ya llegará su momento. Así, la propuesta de Vermut, dibujante de cómics, ilustrador y cortometrajista (Maquetas se hizo en 2009 con el Gran Premio del Jurado de la 7ª edición del Notodofilmfest), pone en escena el reverso de una historia de superhéroes, la del Diamond Flash del título. ¿Y quiénes son pues las protagonistas de tal reverso? ¿Qué suele quedar fuera del relato dentro de las convenciones del género? Vermut lo tiene muy claro: las mujeres. Y por ello copan la narración de un modo apabullante. Trágicas, cotidianas, brujas, vengativas, el abanico y el tratamiento de lo femenino es tan abrumador que compensan las carencias técnicas, vaya por delante, no pocas. Aun y así, la película despierta muchos interrogantes (¿hubieran invadido ellas el relato si Vermut hubiese tenido presupuesto suficiente para hacer aparecer a Diamond Flash en pantalla luciendo pirotecnia?) y apunta un concepto que pronto será habitual, el elogio del margen como espacio de supervivencia, el fuera de plano como el escenario de donde brotan las historias. O, más llanamente, hacer de la necesidad virtud. De lo pequeño, un gran ingenio.

Notas:

  1. En Fugas en una ciudad rectilínea. XL International Film Festival Rotterdam, la compañera Covadonga G. Lahera realiza un certero análisis  de Club Zeus
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