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Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (09/10/2011)

A bittersweet life

Como si de un partido de fútbol se tratara hoy la jornada se puede dividir en dos partes claramente diferenciadas entre lo visto por la mañana y por la tarde. Un día de sensaciones encontradas con respecto a los films visionados que ha contado con la ventaja de finalizar con dos películas muy diferentes entre sí pero igualmente notables.

Pero centrándonos en la mañana, las propuestas escogidas han sido Another Earth de Mike Cahill y la española Verbo, dirigida por Eduardo Chapero-Jackson. Respecto a la primera, muchas esperanzas estaban depositadas en ella y, de hecho, tenía la vitola de ser una de las posibles sensaciones del festival. Ante esta perspectiva la decepción ha sido mayúscula. Cahill plantea un drama con ribetes existencialistas centrado sobre todo en la idea de la imagen especular de uno mismo, de quién somos realmente frente a los actos que cometemos. Un film intimista cuyo mayor pero es, y a la postre lo que lo lastra durante todo el metraje, su estética preciosista, un continuo desfilar de slow motions, y de imágenes de postal que no solo no aportan nada sino que le otorgan un ritmo cansino, deslavazado. Mike Cahill apuesta por un cine de la estética, muy en sintonía con Terrence Malick pero sin su profundidad. Sus imágenes son bellas pero no hay planos significativos, necesita demasiado del diálogo para explicar lo que otros consiguen con una sola mirada. Eso sí, lo que no hay que negar es que es un film que no engaña a nadie: desde el primer plano se sabe qué clase de película se va a ver, y por ello queda claro que al menos el director tenía clara cuál era su apuesta.

Si Another Earth se podría considerar fallida, Verbo entra dentro de la categoría de horrores monumentales. Sí, aquí también estamos ante una película existencialista, pero en este caso no se trata precisamente de Jean-Paul Sartre sino más bien de angustia adolescente tópica y manida pasada por un turmix bizarro de hip-hop, estética telecinquera, mucho polígono y escasas neuronas en el guión. Un espectáculo demencial al que hay reconocerle por un lado su valor para presentarse en Sitges y por otro su apuesta clara por el público fan de cosas como Sin tetas no hay paraíso y demás encefalogramas planos artísticos.

Ya por la tarde visionamos una de las películas que más están gustando hasta el momento, Attack the Block de Joe Cornish. Una comedia gamberra donde los hoddies (jóvenes de la periferia londinense) pasan de ser los gamberros oficiales a defender el barrio de un ataque alienígena. Un film de humor negro, acción y diversión a raudales que, sin llegar a los mismos niveles de calidad, podría ser al cine de invasiones lo que Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) al cine de zombies. Una propuesta que satisface sin duda a los amantes del género y que proporciona sin más hora y media de risas y entretenimiento.

Para acabar la jornada nada mejor que un pequeño film en presupuesto y pretensiones pero grande en la simplicidad de su belleza y en la forma de transmitir su mensaje. Hablamos de Les contes de la nuit de Michel Ocelot. Un film de animación que, aunque aprovecha la tecnología 3D, entra en terreno de lo digital presentando un aspecto artesanal, como los cuentos de antaño. Y de cuentos precisamente trata la historia, seis pequeñas historias multiculturales que nos hablan que temas como el amor, la verdad y la justicia son trasladables a todos los ámbitos por igual. Una pequeña joya deliciosa para los sentidos que demuestra que el cine familiar no tiene por qué ir ligado con la mojigatería.

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‘Paul’ (Greg Mottola, 2011)

Pura nostalgia

Debo reconocerlo: tengo envidia. Envidia de que, con una idea tan sencilla como homenajear la ciencia ficción y la figura del fan, Simon Pegg y Nick Frost, guionistas de Zombies Party (Shaun of the Dead, Edgar Wright, 2004) y Arma fatal (Hot Fuzz, Edgar Wright, 2007), hayan escrito una película tan correcta, dulce y encomiable como Paul. Este film es sencillamente un acto de compartir el sentimiento nostálgico de todo un imaginario colectivo, una pequeña celebración de aquello con lo que hemos crecido y por lo que nos hemos ilusionado. Entremezclando el cine de ciencia ficción con el de road movie y dándoles una nueva vuelta de tuerca, Greg Mottola (Supersalidos –Superbad, 2007, y Adventureland, 2009) dirige el guión de Pegg y Frost sabiéndose situar perfectamente en ese nivel de nostalgia y ternura en que quiere encauzarse la historia. Cuando a los pocos minutos de película somos testigos de un homenaje a aquella precaria pelea de Star Trek del capitán Kirk con un lagarto, y vemos que es un homenaje hecho con tanto cariño, inocencia y simplicidad, nos damos cuenta de que lo que nos propone este film es sencillamente mostrarse como un guiño a esa intrascendente pero vital sonrisa que la mayoría llevamos dentro.

Mas no solamente a Star Trek se dirigen los continuos homenajes de Paul, sino que todo un repertorio de la subcultura popular americana cimienta el alma de la película. Desde el cine de Steven Spielberg hasta la literatura de teorías conspirativas, pasando por el frikismo de cómics y el fanatismo engendrado por el “I want to believe” de Expediente X, Greg Mottola vuelve a hacer lo que ya consiguió con la notable Adventureland: una crónica de los momentos y fantasías vitales que han fundamentado a generaciones de jóvenes. A estas generaciones representan los dos protagonistas Graeme y Clive (a quienes interpretan precisamente los guionistas Pegg y Frost respectivamente): dos fans de los cómics y la ciencia ficción que están de visita en Estados Unidos asistiendo a la convención de la Comic-Con de San Diego y haciendo un recorrido en carretera para visitar los míticos lugares de la zona del área 51, así como el lugar en Roswell donde supuestamente se estrelló el famoso ovni en 1947. Es en este viaje en carretera donde Graeme y Clive se encuentran con Paul, un alienígena que necesita ayuda para volver a su planeta. Rápidamente nos damos cuenta de que lo que diferencia a este film de las películas de Spielberg a las que homenajea (Encuentros en la tercera fase –Close Encounters of the Third Kind, 1977 y E.T., 1982) es su humor gamberro: Paul no es el alienígena que estamos acostumbrados a ver en la gran pantalla. Se trata de un extraterrestre que habla un inglés (con la voz de Seth Rogen) lleno de tacos, humor y chistes malos; es bebedor, descuidado y fumador, un tipo que nos recuerda más al personaje de Roger Smith, el extraterrestre que vive con la familia de Stan en la serie American Dad (la copia mala de Family Guy), y que para nada nos hace pensar en E.T. y su inocencia lacrimógena. De hecho, Paul está dotado de una frescura tan actual y empática, que ni tan siquiera nos fijamos en los correctos efectos digitales con los que está construido.

El guión fresco y despreocupado se entremezcla con un montaje ameno de road movie, quedando todo ello envuelto bajo un manto que canta a la amistad, al compañerismo, al espectador geek, a la soez ternura y a la inocencia primigenia que nunca debería abandonarnos del todo. Quizás el pero que podríamos hacerle al film es que acabe dejándose llevar poco por el divertido tono gamberro y rudo de su humor, conformándose con la ternura y simpatía que despierta hacia el espectador que confraterniza con la nostalgia que se transmite. No obstante, lo cierto es que en Paul, tanto Simon Pegg y Nick Frost como Greg Mottola firman una notable y encantadora película, una película construida sobre la nostalgia de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que siempre seremos.

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