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La niebla y el horizonte

Me gustaría empezar este texto con una confesión: estoy llevando todo esto bastante regular. Supongo que, en una situación como la que estamos viviendo, cada cual canaliza la ansiedad a su manera y yo probablemente todavía no he encontrado la mía. Hay gente cuya rutina no ha cambiado en lo esencial y siguen teletrabajando desde casa solos y precarizados, as usual, otros han descubierto su pasión por la cocina o las manualidades, hay quien está aprovechando este apocalíptico intermedio para ponerse al día con las series (cosa para la que, de hecho, necesitaría varias vidas) y a otros les ha dado por la vida sana, el yoga en el salón y los vídeos de mindfulness en Youtube. También hay quien se pasa el día enviando memes y vídeos graciosos a sus familiares, allegados, amigos, colegas y conocidos, y los que se estresan porque no van a ser capaces de hacer todas las actividades en streaming que ahora se nos proponen. ¿Será que la hiperproductividad neoliberal también genera dopamina y por eso en momentos como estos preferimos hacer más y pensar menos?

Para ser sincera, ninguna de estas alternativas me resulta demasiado tentadora y es por ello que intento quedarme con lo de siempre: cine y literatura pendientes. Os aseguro que me encantaría aprovechar estas horas muertas disfrutando de todos esos libros sin leer amontonados en los estantes (tsundoku, le llaman a esto los japoneses) o de todas esas películas que ahora podemos disfrutar online de manera gratuita. Pero por desgracia, de poco sirve el tiempo si no hay suficiente ánimo y predisposición. Porque desconecto con frecuencia sea cual sea la película, para consultar, una y otra vez, las estadísticas de muertes por Covid-19 en el teléfono móvil (en escala lineal y logarítmica), las discusiones por redes sociales de todos los cuñaos capaces de arreglar el mundo, los artículos amarillistas escritos por reporteros que, cual habilidosos prestidigitadores, convierten la desgracia en pornografía, los mensajes oficiales de los distintos presidentes (los que nos caen bien y los que no), los pronósticos de los epidemiólogos optimistas y los pronósticos de los epidemiólogos pesimistas, los artículos que rememoran la peste bubónica del S XIV y las fotos de las principales capitales de Europa completamente vacías. Lo sé, es un considerable compendio de lo peor que se podría hacer en estas circunstancias. Lo sé, tendría que aprovechar estas semanas para desconectar por completo, focalizar en las cosas que puedo hacer sin atormentarme, empezar algún proyecto nuevo, hacer limpieza a fondo de la casa, empezar a escribir una nueva novela… Y sí, de nuevo la adicción a la hiperproductividad, como un fantasma siempre presente a nuestro alrededor, cualesquiera que sean las circunstancias.

Pero, aunque no lo parezca, he venido aquí a hablaros de cine. O al menos, a intentarlo. Aunque en estos momentos tenga unas irreprimibles ganas de llorar. Como Keiko, la camarera protagonista de uno de los primeros largometrajes de Sion Sono, Keiko desu kedo (I am Keiko, 1997), y apoye las manos en el cristal de la ventana con la esperanza de sentirme un poquito más cerca del exterior. Aunque cuente, como ella, los segundos, los minutos, los días que faltan para que todo esto termine y lo recordemos tan solo como una inoportuna pesadilla.

"Keiko desu kedo" ("I am Keiko", Sion Sono, 1997)

Por supuesto, todos sabemos que podría ser mucho peor. Al fin y al cabo, en mi caso, y en el de mucha gente, no deja de ser una suerte de pandemia en diferido retransmitida a través de redes sociales. Obviamente no es así para quienes la están sufriendo de verdad (ya sabemos todos quiénes son) y no en modo burgués o semiburgués, que al fin y al cabo es como muchos de nosotros la estamos observando desde nuestros cómodos hogares. Y sí, cuando pienso en todo eso, como es lógico aflora en mí el sentimiento de culpabilidad. ¿Quién eres tú para quejarte cuando hay gente que lo está pasando infinitamente peor? Deja de darle vueltas al asunto y habla de cine, que al fin y al cabo, es a lo que has venido.

Porque no eres víctima de violencia de género ni vives en una barraca de cartón. Porque tu nevera está llena y tienes ahorros para sobrevivir una temporada. Porque no tienes un hijo como Julito de la Cruz ni has de ser 24 horas al día como Clara, el personaje de Victoria Abril en Mater Amatísima (José Antonio Salgot, 1980), encerrándote en casa con el pequeño autista y evitando toda relación con el mundo exterior. Porque tus vecinos no son depredadores como los vecinos de Robert Laing en High-Rise (Ben Wheatley, 2015) y por el momento no vas a necesitar armas de fuego para seguir adelante. Porque tu familia siempre ha sido permeable a las influencias –positivas– del mundo exterior y no te han educado como los progenitores de Canino (Kynodontas, Yorgos Lanthimos, 2009) a sus hijos. Porque sí, porque hay gente que está mucho peor que tú, así que deja de dramatizar y habla de cine.

"High-Rise" (Ben Wheatley, 2015)

 

"Canino" ("Kynodontas", Yorgos Lanthimos, 2009)

En definitiva, de poco sirve hacerse la víctima y sentirse mal, aunque el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau nos haya dicho por Twitter que estamos en nuestro derecho a hacerlo, debido a lo excepcional de las circunstancias. Opta, en cambio, por la vía positiva, para variar. Recomienda a los lectores buenas películas, preferentemente largas (recuerda que ahora tienen mucho tiempo libre). Háblales de la estética magnificencia de los 450 minutos de Sátántangó (Béla Tarr, 1994), de la gozosa y juguetona incontinencia narrativa de Mariano Llinás en La flor (2018), de la ambición y la suntuosa complejidad experimental de Noticias de la antigüedad ideológica (Alexander Kluge, 2008), estupendas opciones todas ellas a las que dedicar ese tiempo que no queremos desperdiciar.

También puedes aprovechar el filón apocalíptico-epidémico para ser un poco oportunista y recomendar obras maestras desconocidas que tus compañeros de profesión crítica todavía no hayan desempolvado. Como la escalofriante Variola Vera (Goran Markovic, 1982), por ejemplo. Porque el cine yugoslavo de los años 80 es todavía para muchos un gran desconocido y la película lo merece. Por eso, y porque recrea un caso real de epidemia de viruela, la última que hubo en Europa, y que afectó a toda Yugoslavia en 1972. También por su inesperada mezcla de terror costumbrista y humor negro, y porque algo de esperanza no viene mal de vez en cuando (la epidemia fue contenida con relativo éxito y finalmente, “tan solo” hubo 175 contagiados y 35 fallecidos en todo el estado. Al menos, según los datos oficiales.).

"Variola Vera" (Goran Markovic, 1982)

Y si piensas en un espectador más dado a la melancolía y la decadencia sofisticadas, le puedes sugerir que recupere Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), una de las obras maestras de Luchino Visconti, en la que una epidemia de cólera azota una Venecia que, años después, se verá obligada a revivir el pánico en el mundo real. Puedes proponerle que busque paralelismos. Que analice la incredulidad inicial generalizada, tanto en el filme como a su alrededor. Que preste una especial atención a esa secuencia en la que Gustav von Aschenbach busca desesperado a alguien que le diga la verdad, a alguien que le cuente sin reservas todo lo que en realidad está pasando.

"Muerte en Venecia" ("Morte a Venezia", Luchino Visconti, 1971)

Me gustaría, en momentos como estos, tener la entereza de Jafar Panahi y utilizar la cuarentena forzosa para crear. A ser posible, una obra maestra. Aprovechando además, que las autoridades ni siquiera me lo prohíben como a él (a no ser claro, que necesite salir de casa). Pero admitámoslo, no soy Panahi y en estos días de encierro no creo que logre nada parecido a Esto no es una película (In Film Nist, 2011). Tampoco soy JD Salinger ni Emily Dickinson y, como ya dije al principio del texto, este confinamiento lo estoy llevando regular.

"Esto no es una película" ("In Film Nist", Jafar Panahi, 2011)

De hecho, mi tendencia al tremendismo desaforado (que por respeto a mis amistades intento manejar en privado) me lleva a menudo a imaginarnos, a mí y a mi pareja, como si fuésemos los entrañables ancianos de Cuando el viento sopla (When the Wind Blows, Jimmy T Murakami, 1986), asomándonos dentro de unas semanas a la puerta de la calle, asustados, hambrientos y deshidratados, manteniendo la esperanza de que no se repita el paisaje postapocalíptico del filme. Por supuesto, soy consciente de que la realidad no será así, y si bien las consecuencias de lo que está sucediendo serán nefastas para una mayoría, tal vez lo más sensato (o en todo caso, lo menos desalentador) sea dejar una puerta abierta al optimismo, como hace el filósofo Slavoj Žižek. Aun a pesar de que temamos que las medidas coercitivas van a acabar quedándose entre nosotros bastante más tiempo del necesario. Aun a pesar de que temamos que el neoliberalismo, con cada desgracia, acabe haciéndose un poco más fuerte.

"Cuando el viento sopla" ("When the Wind Blows", Jimmy T Murakami, 1986)

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Imágenes para una cuarentena

"La ventana indiscreta" ("Rear Window", Alfred Hitchcock, 1954)

¿Qué tal, cómo llevamos el aislamiento? Aislamiento, porque cuarentena (todavía) no. En este momento, cuándo llevamos escasamente 5 días y empezamos a subirnos por las paredes nos vienen a la cabeza tantas imágenes cinematográficas de personajes confinados, atrapados o encerrados en muy variadas situaciones. Y de como las sobrellevaban unos y otros…

Se me ocurre, pues, un ejercicio que planteo compartir con todos. Si el cine puede ser una opción buena para sobrellevar el aislamiento, podemos recuperar multitud de títulos que nos ayuden, sea en las plataformas abiertas en la red (Youtube, la red de Bibliotecas pública y otras entidades que ponen a disposición libre títulos clásicos), en las de pago para algunos o en los viejos dvd que tenemos olvidados por casa. Dejemos claro, por supuesto, que no pretendo un listado exhaustivo ni riguroso, sino que planteo opciones y líneas a seguir, y a disfrutar, por cada lector.

La selección, por supuesto, variará según el ánimo de cada uno. Para aquellos con gustos masoquistas las mejores opciones, sin duda, son La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971, con dirección de Michael Crichton, el autor del libro original), Estallido (Outbreak, 1995) de Petersen y Contagio (Contagion, 2011) de Soderbergh. Tenemos también multitud de películas de zombies o infectados (de los lentos y de los rápidos), desde el seminal y totalmente vigente La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968) de George A. Romero al dinámico Tren a Busan (Train to Busan, 2016).

"Estallido" ("Outbreak", 1995, Wolfgang Petersen)

Si queremos ponernos en situación tenemos opciones carcelarias para ver cómo mantenían la forma diversos prisioneros. No nos va a servir la excelente Fuga de Alcatraz (Escape from Alcatraz, 1979) o La gran evasión (The Great Escape, 1963) (no debemos buscar la salida) pero podemos recurrir a las técnicas de Burt Lancaster en El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962) o a los ejercicios de Steve McQueen antes de su fuga en Papillon (1973). Podemos, para decir aquello de “¡no estamos tan mal!”, buscar pelis de confinamientos forzados como el terrible accidente que encierra a su protagonista en El túnel (Teoneol, 2016), tenso thriller coreano sobre un conductor solitario atrapado por un desprendimiento durante semanas, superior al actioner de Stallone, Pánico en el túnel (Daylight, 1996) . Y si a nivel relativamente cotidiano no nos resulta suficiente, podemos pensar en aquellos personajes encerrados en sitios más “originales”, sea el fondo del mar como en la reciente Megalodon (The Meg, 2018) o en toda la variedad de catástrofes espaciales. Ahí tenemos un filón. Desde los astronautas de Atrapados en el espacio (Marooned, 1969) o Apolo XIII (1995) al pasaje entero de Aniara (2018), una gigantesca nave espacial a la deriva por toda la eternidad cuya nueva versión se vio hace un par de años en el Festival de Sitges. En otro orden de cosas, tenemos los peculiares encierros familiares (habitualmente de final fatal) como son los propuestos por Yorgos Lanthimos en  Canino (Kynodontas, 2009), Michael Haneke en El séptimo continente (Der siebente Kontinent, 1989) o las propuestas bizarras (pero más ligeras que las antes citadas) de nobles confinados como La portuguesa (A Portuguesa, 2018) de Rita Acevedo Gomes o Stella cadente (2014) de Luis Miñarro.

"El séptimo continente" ("Der siebente Kontinent", Michael Haneke, 1989)

Quizás, no obstante, no estemos para más malos rollos y queramos enfocarlo todo desde la comedia. Ahí van, por supuesto, una propuesta modesta pero divertida como era Ejecutivos agresivos (Corporate Animals, 2019), en la que Demi Moore arrastraba su equipo de trabajo a una cueva en la que quedan atrapados. Están también las visiones hilarantes de Edgar Wright sobre el apocalipsis, Zombies party (Shaun of the dead, 2004) y Bienvenidos al fin del mundo (The World's End, 2013) . Repescando el tema zombi, tenemos Little monsters (2019) dónde Lupita Nyong’o (antes de confirmarse como una heroína del terror moderno con Nosotros (Us, 2019), otra posible propuesta) defiende su clase de párvulos de una horda de no muertos o numerosas opciones mucho más contundente como Zombieland, su secuela y muchas otras. Y, ya que estamos en el ámbito de la comedia y la relevancia de la información (o desinformación) es absoluta, yo volvería a un clásico como Primera plana (The Front Page, 1974) de Billy Wilder para delatar el amarillismo o a dos obras sobre la manipulación de Armand Ianucci como son In the loop (2009) o La muerte de Stalin (The Death of Stalin, 2017) .

Hay, sin embargo, otra dirección totalmente opuesta. Plantear la desconexión del encierro hacia las aventuras en grandes horizontes, lo cual nos llevará a John Ford (Centauros del desierto (The Searchers, 1956)), a David Lean (Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962)), John Huston (El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King , 1975)) o Peter Jackson (El señor de los anillos). Aunque, si tenemos ansia de naturaleza, pero gustos más particulares, podemos bucear en las insólitas propuestas de Werner Herzog a caballo entre el documental y la ficción cómo Aguirre la cólera de Dios (Aguirre der Zorn Gottes, 1972), Fitzcarraldo (1982), Gasherbrum (Gasherbrum – Der leuchtende Berg, 1984), Grito de piedra (Schrei aus Stein, 1991), The wild blue yonder (2005), Encuentros en el fin del mundo (Encounters at the End of The World , 2007) o tantas otras.

Aunque inevitablemente, estando en casa y sean cuáles sean nuestros gustos, lo mejor es mirar a un clásico inolvidable y de absoluta vigencia. Sin duda alguna La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) podrá ser el modelo a seguir y el bálsamo para esta prolongada estancia. En este caso concreto es posible que no sólo podamos revisitarla sino, directamente, revivirla.

"Fitzcarraldo" (Werner Herzog, 1982)

 

Antoni Peris Grao (Barcelona, 18 de marzo de 2020, el año del coronavirus)

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Sitges 2011 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (06/10/2011)

Empieza la fiesta

Con la expectación y los nervios habituales nos desplazamos hasta Sitges para dar inicio a nuestra ya anual cita con el Festival. Siguiendo la tradición de las últimas ediciones el pase inaugural se ha otorgado a una producción española, Eva, que además cuenta con los alicientes de ser producida por entero en Catalunya y adentrarse en un género nada habitual en la filmografía nacional como es la ciencia ficción (aunque casos hay, por ejemplo la injustamente olvidada La hora fría, Elio Quiroga, 2006).

El resultado final del film del debutante Kike Maillo se antoja más que satisfactorio. Estamos ante un film cuyo mayor acierto es no dejarse arrastrar por sus magníficos efectos especiales y ser capaz de articular una historia de corte intimista donde el drama humano se mezcla perfectamente con el habitual interrogante sobre la capacidad o no de sentir de los robots. La estética es otra de las virtudes del film, posicionándonos en un mundo de corte claramente retrofuturista sin ubicación exacta tanto en lugar como en tiempo. Ello permite al espectador centrarse de inmediato en lo que realmente importa, la historia y sus personajes. Evidentemente, y más tratándose de una ópera prima, el film no es redondo y adolece de cierto sentimentalismo fuera de lugar (la última secuencia rompe el tono del film por completo) quizás en el intento de compensar una cierta tendencia a la distancia y a la gelidez que el propio ambiente invernal transmite.

Sin salir de este ambiente nos contextualizamos un poco más y nos vamos a los helados páramos de la Alemania rural postnazi. Si La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) nos hablaba de la incubación del mal, el film The murder farm (Bettina Oberti, 2009) nos habla de la imposibilidad de erradicarlo. Esta es una película de corte sucio que, mediante sucesivos flashbacks, trata de desentrañar la historia de un asesinato donde todo el mundo parece tener algo que ver. Un film que no deja títere con cabeza y se perfila como un negro retrato sobre la condición humana. Buenas interpretaciones, mensaje contundente y nulas pretensiones. Tres razones para dejarse llevar por el visionado de esta sencilla pero efectiva propuesta.

Y en las antípodas del film alemán está Contagion, nuevo film de Steven Soderbergh que vuelve al cine de grandes presupuestos con un film apocalíptico. Está no es claro una producción a lo Michael Bay, no estamos ante grandes efectos especiales, ni explosiones ni trucos digitales. Se trata de volcarse en el drama humano de los personajes, de su día a día, de cómo viven (y mueren) este relato epidémico que amenaza con destruir la humanidad. No falta en el film una buena dosis de crítica hacia las instituciones, el mercantilismo e incluso el uso demagógico de las nuevas tecnologías. El problema principal radica precisamente en uno de sus aparentes puntos fuertes: su reparto de lujo. Cierto es que los actores están más que correctos, pero son tantas estrellas a repartir que su papel queda demasiado desdibujado aparentando por momentos una lucha por ver quién destaca más en su actuación. Esto arroja una sensación final de cierta decepción, de film bien rodado e intencionado pero que no acaba de cuajar ni en lo formal ni en su contenido.

Punto y aparte de lo que son las películas, el Festival de Sitges de este año me ha sorprendido negativamente por la avalancha de nuevos stands de marcas y compañías que patrocinan el evento. Tampoco es una cuestión de ingenuidad, en los tiempos que corren, con la crisis y los recortes en cultura es obvio que hay que buscar financiación hasta debajo de las piedras pero, por momentos, el Auditori Meliá (enclave principal del festival) se asemejaba más a cualquier carrera de Fórmula 1 que a un evento cinematográfico. Esperemos pues que este detalle no acabe por arruinar el espíritu del Festival en pos de su canibalización comercial.

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