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D’A 2013 (02/05/2013) – Fin de fiesta y recapitulaciones siempre incompletas

Llegamos al final de esta tercera edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona y lo hacemos con la tristeza de no haber tenido la oportunidad de ver algunas de las películas y no haber tenido el tiempo para hablar de otras. Tan sólo una semana y más de cincuenta largometrajes, a ver quién es capaz de enfrentarse a eso. Entre el agotamiento cinefílico y la satisfacción de haber visto muchos y muy buenos filmes, damos un pequeño repaso a la jornada de ayer y también a algunas de las cosas que hasta el momento no habíamos tenido la ocasión de comentar.

La clausura del festival corrió a cargo de Neus Ballús y su película La plaga, una de esas obras enclavadas en el ya famoso terreno del documental ficcionado (o a veces también de la ficción documentalizada) que entrecruza las vidas de cinco personajes y nos muestra, desde un infinito cariño, el devenir de sus rutinas. A destacar las interpretaciones (cuando uno hace de sí mismo... ¿sigue teniendo sentido llamarlas así, interpretaciones?) de Rosemarie –enfermera en un asilo– y de María –anciana revoltosa que enternece el corazón de cualquiera–.

El premio Nou Talent otorgado por la ACCEC, Asociació Catalana de Crítics i Escriptors Cinematogràfics, fue a parar a manos de Eloy Enciso y su onírico film Arraianos. Una mirada reposada y sensitiva que, partiendo de la obra teatral O bosque, de Jenaro Marinhas del Valle, nos acaba remitiendo inevitablemente al cine de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet.

Pero la sorpresa de la noche fue sin duda el premio del público, otorgado a la película Otel·lo. Y digo sorpresa porque el que más y el que menos suponía que Frances Ha o incluso Laurence Anyways eran las que tenían más probabilidades de alzarse con el galardón. El público nunca dejará de sorprendernos.

De Laurence Anyways no hemos hablado todavía, y pedimos disculpas públicamente por ello. Nada más lejos de nuestra intención que hacerle el vacío a Xavier Dolan, el nuevo niño prodigio del cine canadiense que, con tan sólo veinticuatro años (habéis oído bien) ha dirigido ya tres películas de una calidad innegable, siendo sin duda alguna Laurence Anyways la más madura de ellas. Sí, ya sé, hablar de madurez a los veinticuatro suena extraño pero, sinceramente, ya quisieran algunos cineastas de consolidada carrera haber dirigido algo así en sus inicios. Las impecables interpretaciones de Melvil Poupaud y Suzanne Clément refuerzan la capacidad de impacto emocional de un guión ambicioso, innegablemente barroco aunque afortunado en sus excesos. Una historia de amor que desafía cualquier tipo de convención y cuyo único “pero” (si hubiese que ponerle alguno), sería su tal vez algo excesivo metraje.

Otra de esas películas que pasó por el festival de un modo aparentemente silencioso pero calando hondo entre quienes la vieron fue A última vez que vi Macao, inquietante experimento dirigido a cuatro manos entre João Rui Guerra da Mata y João Pedro Rodrigues, autor que ya nos trajo en el pasado D’A la emotiva Morrer como um homem y de la que Enrique Aguilar nos habló en aquel especial dedicado al cine portugués contemporáneo. Ecos de cine negro y de Chris Marker, sobre todo de Chris Marker (la sombra de Sans Soleil es alargada), en una historia con imágenes “aparentemente” aleatorias (una Macao turbadora en la cual nos sentimos permanentemente como turistas desubicados) que comete la osadía de no mostrarnos el rostro de su protagonista. Personalmente, aplaudo la arriesgada decisión. Y también la maestría de sus directores para sostener una película mediante la voz en off, ese recorrido recurso que muy pocas veces he visto utilizar con tanta pericia como en esta ocasión.

La dosis de sufrimiento que nos proporcionaron películas como Boy Eating the Bird’s Food, La lapidation de Saint Étienne o La cinquième saison se vio aumentada considerablemente durante la proyección de À perdre la raison, película que nos muestra con extremada crudeza las irremediables consecuencias de una esclavitud solapada, aquella a la que se ve sometida un ama de casa con cuatro niños cuyo agotamiento físico y psicológico acabará excediendo cualquier límite que seamos capaces de imaginar.

En definitiva, muchas historias que reflejan una realidad dura e inclemente (sí, esa maldita época de crisis que nos ha tocado vivir), un espacio importante para los largometrajes híbridos situados entre el documental y la ficción (La plaga, Arraianos, The Imposter...), una consideración especial a aquellos largometrajes “en primera persona” (A dream’s merchant, Mi loco Erasmus, Tiny Furniture... y por supuesto no nos olvidemos de Mapa, sobre la cual ya hablamos largo y tendido en este artículo), un pequeño hueco para la comedia (Tower, Wasteland, también esa Frances Ha que probablemente marcará a una generación; algo minoritaria, sí, pero generación al fin y al cabo) y un apartado dedicado al cine rumano que recoge algunos de los más representativos filmes realizados desde el 2000. Esperemos que lo hayáis disfrutado. Nosotros lo hemos hecho, y mucho.

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Doclisboa 2012 – Competición Oficial 2: ‘Arraianos’ (Eloy Enciso, 2012)

En busca del no-tiempo

Eloy Enciso, joven cineasta gallego, nos ha ofrecido, mejor dicho nos ha regalado una película, Arraianos (España, 2012), llena de acierto estilístico. La foresta de Portugal, al igual que la foresta de los bosques del interior de Galicia, da para mucho, si hablamos de cine. La confusión de la realidad con lo mágico –Luis Buñuel ya nos enseñó a ver que el cine era la mejor herramienta para expresar el mundo de los sueños y que la poética estaba en el día a día, también lo fantasmagórico–. Arraianos, segundo film del autor, incide en esta línea difusa de lo real. Utiliza las cantigas y dibuja la obra teatral, un cuento para sus personajes, hombres y mujeres del interior de Lugo, y así nos introduce en el bosque de la realidad, para acabar en la espesura de las fábulas. Esos espacios atemporales, húmedos, del interior de los bosques facilitan el no-tiempo y nos sumergen en un particular espacio, en un tiempo que corre fuera de la lógica de lo contemporáneo. La monotonía no es aburrimiento, es una forma de vida, o mejor, un estado de tránsito, contemplar las hojas movidas por el viento, ver pastar a los animales, escuchar a los pájaros, los detalles pequeños de la vida aquí se descubren como verdadero paso al otro lado del espejo. Así ocurre cuando uno de los protagonistas, bajo el contraluz de la ventana, comienza a contar el cuento de Pitipín: “Era un niño que no soñaba dormido, sino despierto… y le preguntaban Pitipín, Pitipín, ¿Qué quieres, comer o soñar?” Todo parece cobrar sentido con la declinación del personaje, bajo la luz tenue de la ventana reflejada en su rostro, que modula un cuadro de claroscuros, una pintura que dejó de estar iluminada con luz eléctrica, es decir nos llevó a otro tiempo. El estilo, muy cuidado, juega con el material documentado de los entornos y las actividades de la aldea, con una cámara dispuesta hacia la puesta en escena a lo Straub o a lo Bresson del cuadro y sus personajes. La declinación descubre la inspiración en estos autores y en una película que al ver el film me surgió en la memoria sin vacilar, Veredas de João César Monteiro (1978), obra canon que construye caminos entre el presente y el pasado, entre lo imaginario y lo real, simplemente atravesando bosques, el espacio idóneo para el realismo mágico. El tratamiento de ese espacio y de los rincones lugareños transmite otra idea que las obras que se han proyectado este año creo han destilado, una idea del Paraíso, o la idea del regreso al Paraíso, al lugar de donde eres… y también del paso o huida de un particular espacio infernal o de tránsito. El regreso a la tierra donde nacimos, o la vida en lugares recluidos, bellos, pueden dar esta idea de Paraíso, aunque también de cárcel, de nunca poder salir de allí.

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