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PREMIO LUX DE CINE 2019

El pasado 27 de noviembre se celebró en Estrasburgo la ceremonia de entrega del Premio LUX de Cine, que el Parlamento Europeo concede anualmente desde 2007 a una película que defienda la cultura y los valores europeos y se interrogue sobre la construcción de un espacio común en el continente. Tres películas optaban a este galardón: Caso abierto: Hammarskjöld (Cold Case Hammarskjöld, 2019), del danés Mads Brügger, coproducida entre Dinamarca, Noruega, Suecia y Bélgica; Dios es mujer y se llama Petrunya (Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija, 2019), de la macedonia Teona Strugar Mitevska, con la participación de Macedonia del Norte, Bélgica, Eslovenia, Francia y Croacia; y El reino (2018), de Rodrigo Sorogoyen, coproducción hispanofrancesa, la primera película española que ha llegado a la tríada finalista desde que los premios echaron a andar.

Entrega del Premio LUX de cine 2019 en el Parlamento Europeo

El voto del diputado

Pueden optar a los Premios LUX largometrajes de ficción o documentales creativos (animación incluida) de sesenta minutos o más, producidos o coproducidos por países miembros de la Unión Europea o por estados que no forman parte de ella pero sí del subprograma MEDIA de Europa Creativa, es decir Albania, Bosnia y Herzegovina, Islandia, Liechtenstein, Montenegro y Noruega. Deben haber sido estrenados en festivales o en salas comerciales entre el 10 de mayo del año anterior y el 15 de abril del año del premio, y no pueden haber ganado el galardón principal en Venecia, Donostia, Berlín, Cannes, Karlovy Vary o Locarno. En cuanto al tema, estos títulos deben “ilustrar la diversidad de las tradiciones europeas, arrojar luz sobre el proceso de integración europea y ofrecer puntos de vista sobre la construcción de Europa”[1].

Según el Parlamento Europeo, los Premios LUX tienen dos objetivos fundamentales: “mejorar la circulación de películas europeas por toda Europa y estimular un debate a escala europea sobre las cuestiones más importantes desde el punto de vista social”[2]. El primero se concreta en el subtitulado de las tres películas finalistas en las veinticuatro lenguas oficiales de la UE y una copia nacional para cada uno de los veintiocho estados miembros, así como en la elaboración de materiales pedagógicos a partir de ellas. Entre varias colaboraciones con instituciones y proyectos de formación en todo el continente, en nuestro caso el efecto más tangible de este programa de difusión es el hecho de que, desde hace años, la Filmoteca de Catalunya proyecta los tres títulos finalistas e invita a algunos de sus directores a presentarlos. La película que finalmente obtiene el Premio LUX recibe, además, su adaptación para personas con dificultades visuales y/o auditivas.

El segundo objetivo es más intangible, pero resulta clave si tenemos en cuenta los temas de las obras seleccionadas y la decisión final sobre la ganadora. De hecho, aunque los premios LUX son infelizmente poco conocidos por el gran público, tienen una naturaleza muy interesante, porque su concesión depende, en última instancia, de los diputados del Parlamento Europeo. En una primera fase, veinte profesionales de veinte países distintos de la Unión Europea proponen una serie de títulos cada uno, tanto de sus respectivos países como de otros; José Luis Cienfuegos, director del Festival de Cine Europeo de Sevilla, es el representante español en este comité. Después de varias votaciones se llega a una selección de diez títulos, que otra comisión reduce a tres. Esos tres finalistas son propuestos a los europarlamentarios, que tienen acceso a la obra y votan una de las tres opciones. La concesión de los premios se lleva a cabo en Estrasburgo dentro del contexto de las Jornadas LUX de Cine, en las que los directores finalistas pueden conversar con la prensa y los políticos sobre su trabajo.

En este sentido, los LUX se distinguen de la mayoría de premios concedidos por festivales e instituciones, porque la decisión final no la toman ni especialistas ni profesionales, sino personas ajenas al mundo del cine que, sin embargo, actúan como representantes democráticos de los ciudadanos de la Unión Europea[3]. Por ello los Premios LUX son galardones de una representatividad democrática importante, cuyo interés no reside tanto en cuestiones cinematográficas como en la elección de temas o en sus postulados ideológicos. Según la Unión Europea, “El PREMIO LUX DE CINE del Parlamento Europeo seguirá poniendo en el candelero historias y películas que no se limitan a entretener, sino que reflejan nuestra sed de respuestas, nuestra búsqueda de identidad y nuestra necesidad de consuelo en épocas de apuros, y que hacen que tomemos conciencia de nuestras propias realidades y de las de los demás”[4]. A modo de ejemplo, los cinco títulos premiados entre 2014 y 2018 fueron Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015), Toni Erdmann (Maren Ade, 2016), Sameblod (Amanda Kernell, 2016) y La mujer de la montaña (Kona fer í stríð, Benedikt Erlingsson, 2018). Quien haya visto uno o varios de estos títulos puede empezar a hacer conjeturas sobre el tipo de películas premiadas y los asuntos que ponen sobre la mesa.

La tríada finalista: colonialismo, patriarcado y corrupción

Las tres películas finalistas de este año planteaban, como era de esperar, asuntos fuertemente relacionados con la política europea. Caso abierto: Hammarskjöld es un documental que se interroga sobre la muerte en 1961 del economista y diplomático sueco Dag Hammarskjöld, Secretario General de las Naciones Unidas desde 1953. Hammarskjöld falleció en un supuesto accidente de aviación en la actual Zambia cuando se dirigía a negociar la resolución del conflicto secesionista de Katanga, que quería independizarse de Congo-Léopoldville, hoy en día Zaire. Brügger empieza a señalar las lagunas en esta historia oficial, entrevista a las personas implicadas y rastrea los detalles en el lugar de los hechos. Tirando de la cuerda, acaba revelando la existencia un grupo paramilitar destinado a asegurar el control postcolonial de las nuevas repúblicas africanas, con el precioso apoyo de la compañía anglobelga Union Minière du Haut Katanga y de los servicios de inteligencia estadounidenses. Entre las acciones perversas de este grupo se incluyó un plan de difusión del SIDA entre la población negra de Sudáfrica como un plan supremacista para blanquear la población en los últimos estertores del apartheid.

"Caso abierto: Hammarskjöld" (Mads Brügger, 2019)

Brügger es un periodista de radio y televisión que ya se ha acercado a cuestiones geopolíticas semejantes en documentales como The Red Chapel (Det røde kapel, 2009) y El embajador (The Ambassador, 2011), así como en la sorprendente ficción El sindicato San Bernardo (St. Bernard Syndicate, 2018), disponible en Filmin, sobre dos empresarios daneses de tres al cuarto que quieren montar un negocio de venta de San Bernardos en la China de la efervescencia neoliberal. Caso abierto: Hammarskjöld mezcla el reportaje con la autoparodia: Brügger se pone en escena vistiéndose igual que el villano de su historia y trata de dar sentido a los hechos dictando su texto a dos secretarias africanas que, si bien actúan como delegadas del espectador, se encuentran en una posición subalterna que irónicamente alude a los viejos esquemas coloniales. La historia podría ser el caso del siglo del periodismo de investigación o bien la teoría de la conspiración más ridícula jamás contada, como el propio director admite al inicio.

En Bruselas Mads Brügger nos concedió la siguiente entrevista, donde le preguntamos sobre las luces y sombras de ese acercamiento irónico y sobre la relación de la Unión Europea con el tema de su película.

Al lado de Caso abierto: Hammarskjöld se situaba Dios es mujer y se llama Petrunya, de la macedonia Teona Strugar Mitevska. La película se centra en una tradición del cristianismo ortodoxo en Macedonia del Norte celebrada cada mes de enero para conmemorar la Epifanía: un sacerdote lanza un crucifijo a un río y el primer hombre que lo recupere recibe un premio, tradicionalmente una Biblia y una bendición, aunque recientemente se han añadido a esta cesta productos menos píos como televisores y ordenadores. En 2014, en la población de Stip, una mujer se sumó a la competición y consiguió hacerse con el crucifijo, levantando un revuelo entre el tradicionalismo machista que puso en jaque esa fiesta de culto popular[5]. Mitevska ha partido de estos hechos para dar forma a la historia de una mujer sin trabajo, despreciada por su familia e insegura de sí misma, que consigue dicha cruz y consiguientemente es acechada por una manada de hombres, con lo cual debe refugiarse en la comisaría de policía local.

"Dios es mujer y se llama Petrunya" (Teona Strugar Mitevska, 2019)

El relato de Dios es mujer y se llama Petrunya se construye a partir de este espacio cerrado asolado por una amenaza externa, en el que poderes fácticos como la policía, la religión y la prensa (la periodista Slavica, interpretada por la hermana de la directora, Labina Mitevska) meten baza en lo que Petrunya debe hacer o dejar de hacer con esa cruz. Los debates sobre tradición y machismo se hilvanan con una parodia de los sistemas burocráticos y, de forma todavía más interesante, con una reflexión sobre el significado que damos a los objetos: en cierto modo, la cruz acaba teniendo el valor que cada uno de los personajes le asigna, ya sea sacro, legal o económico; sin esa atribución de valor, se convierte en un simple ente inanimado sin precio ni aura. Los momentos más interesantes de Dios es mujer y se llama Petrunya son, precisamente, aquellos en los que se destapa la arbitrariedad con la que esta cruz se ha convertido en una especie de anillo para dominarlos a todos, en torno al cual se articulan debates sobre religión, tradición y género.

Mitevska, nacida en Skopje pero afincada en Estados Unidos desde 1998, ha dirigido un total de cinco largometrajes, siempre en régimen de coproducción entre Macedonia del Norte y otros países europeos. Se trata de ficciones sobre su país natal, como I Am from Titov Veles (Jas sum od Titov Veles, 2007) y The Woman Who Brushed Off Her Tears (2012), protagonizada por Victoria Abril. Ahora ha regresado a Macedonia del Norte a vivir y Dios es mujer y se llama Petrunya es la primera película que rueda después de este retorno. Invitada por la Filmoteca de Catalunya antes de las Jornadas LUX, Mitevska estuvo en Barcelona y conversó con la prensa sobre su película y las dificultades que tuvo para realizarla. Señaló que las autoridades eclesiásticas de su país se negaron a colaborar, afirmando en un comunicado que Dios existe y es un hombre, pero que la película ha tenido un gran éxito y que la tradición de la captura del crucifijo ha empezado a renovarse: en algunos lugares, la participación de mujeres ya se ha admitido. En relación con la popularidad del filme, debemos añadir aquí una breve nota sobre su título: la traducción inglesa, con la cual se ha distribuido internacionalmente, es God Exists, Her Name is Petrunya. Es decir, aunque igualmente sitúa la divinidad en su protagonista, una mujer normal y corriente, su aserción de género es más leve que en la versión española Dios es mujer y se llama Petrunya. Desconocemos el significado exacto del original en macedonio Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija, pero en cualquier caso tampoco incluye la palabra “mujer”. La traducción española, pues, denota un subrayado de la cuestión femenina que muy probablemente se deba a las reacciones que la película ha generado dentro y fuera de su país.

Finalmente, la tercera candidata al Premio LUX fue El reino, de Rodrigo Sorogoyen, que, como dijimos, es la primera película española en llegar al podio de los galardones concedidos por el Parlamento Europeo. Otros títulos habían conseguido entrar en la lista de los diez más votados, concretamente La plaga (Neus Ballús, 2013), Hermosa juventud (Jaime Rosales, 2014), Estiu 1993 (Carla Simón, 2017) y El silencio de otros (Robert Bahar y Almudena Carracedo, 2018), pero la historia de corrupción protagonizada por Antonio de la Torre y directamente inspirada en el caso Gürtel ha sido la primera en llegar a los europarlamentarios. La película de Sorogoyen se estrenó en España en septiembre de 2018 y explora cómo el destape de un caso de corrupción remueve los intestinos de un partido político y alienta los cuchillazos y las traiciones entre sus miembros, al mismo tiempo que pone en tela de juicio sus relaciones con empresarios y periodistas. Iniciándose con una generosa mariscada de la cúpula del partido, El reino se vuelve progresivamente oscura y paranoica, un relato de terror sobre las telarañas del poder. No creemos necesario ampliar aquí el comentario sobre esta película, ya conocida por las audiencias españolas, pero sí señalar que Sorogoyen no pudo asistir a la entrega de premios y en su lugar lo hicieron Antonio de la Torre y el productor Gerardo Herrero, que mantuvo un loable equilibrio entre cordialidad y crítica al hablar de la clase política en las ruedas de prensa en Estrasburgo, con altos cargos del Parlamento Europeo sentados a su lado.

"El reino" (Rodrigo Sorogoyen, 2018)

Caso abierto: Hammarskjöld, Dios es mujer y se llama Petrunya y El reino representaban de forma clara tres temas clave de la política europea contemporánea: el neocolonialismo, el patriarcado y la corrupción. Los tres están a la orden del día, ya sea por el lavado de manos institucional ante la llegada de refugiados y escándalos como el del buque Open Arms; ya sea por el movimiento Me Too y el cuestionamiento de un machismo estructural en todas las esferas sociales; ya sea por el destape de cuentas en paraísos fiscales, el razonable descrédito de la clase política tradicional y la consecuente emergencia de movimientos populistas que supuestamente proponen hacer borrón y cuenta nueva. Finalmente, la película galardonada fue Dios es mujer y se llama Petrunya, con un segundo puesto para Caso abierto: Hammarskjöld y un premio de consolación para El reino. Fue un resultado previsible, no tanto por la fuerza social y mediática del feminismo hoy en día, sino más bien por el enfoque de la película. Tal como los filmes de Brügger y Sorogoyen dibujan con cinismo un panorama en el que todos los personajes son mezquinos y despreciables, y en el que “la construcción de Europa” es más bien destrucción y demolición sin demasiadas perspectivas de salida, el filme de Mitevska parte de una mujer víctima que se convierte en heroína gracias a su valentía y su tesón; a su alrededor se mueven machitos heridos en su orgullo testosterónico, policías burócratas, sacerdotes conciliadores pero cobardes y periodistas arribistas y oportunistas. Pero Petrunya es un ejemplo a seguir. “Todos somos Petrunya”, dijo alguien a lo largo de las jornadas. Seguramente eso le valió los votos favorables de los europarlamentarios.

En términos narrativos y estéticos, Dios es mujer y se llama Petrunya era la menos interesante de las tres películas. Pese a sus logros, resultaba la más blanda, la más reconfortante, la más cómoda, la más esperanzada. Hay también otra cuestión, que es que, curiosamente, era una película sobre un país que hoy en día no pertenece a la Unión Europea ni al subprograma MEDIA de Europa Creativa, que incluye también a Albania, Bosnia y Herzegovina, Islandia, Liechtenstein, Montenegro y Noruega, pero no a Macedonia del Norte. Su participación en los Premios LUX venía a raíz de ser una coproducción con participación de Bélgica, Eslovenia, Francia y Croacia. El tema concreto al que se refería era, pues, algo que ocurría fuera de las fronteras de la UE y en el que sus países no tenían intervención alguna, contrariamente a Caso abierto: Hammarskjöld y El reino, en las que las compañías mineras belgas y los partidos políticos españoles no quedaban muy bien parados (siempre quedará la duda de cuántos miembros del Partido Popular europeo apostaron por El reino, por ejemplo). En cierto modo, y de forma tal vez casual, al premiar Dios es mujer y se llama Petrunya el Parlamento Europeo daba visibilidad a un conflicto acaecido fuera de sus fronteras, es decir, dejaba traslucir un cierto interés por hablar de territorios cuya incorporación a la Unión (y la adaptación a sus valores) podría estar sobre la mesa. Algo parecido ocurría con la película premiada en 2015, Mustang, situada en Turquía e igualmente crítica con machismos estructurales. Si los Premios LUX se conceden a filmes sobre “la diversidad de las tradiciones europeas”, “el proceso de integración europea” y “la construcción de Europa”, los galardones en sí mismos implicaban, tácitamente, un interés en la integración y la construcción más allá de las fronteras actuales de la Unión Europea.

El cineasta preso

También durante las Jornadas LUX de Cine, el Parlamento Europeo concedió el Premio Sájarov al cineasta ucraniano Oleg Sentsov, vinculado al movimiento AutoMaidán. Abiertamente crítico con la anexión rusa de Crimea, en 2014 fue arrestado bajo acusaciones de terrorismo y al año siguiente sentenciado a 20 años de cárcel, que empezó a cumplir en dos prisiones situadas al norte de Rusia. El caso generó presiones internacionales y el apoyo abierto de numerosos cineastas, tanto rusos (Aleksandr Sokurov, Andrey Zvyagintsev e, inicialmente, Nikita Mikhalov) como extranjeros. En 2018 Sentsov llevó a cabo una huelga de hambre que duró 145 días, pero no fue liberado hasta septiembre del año siguiente, tras un intercambio de presos entre Rusia y Ucrania y el consiguiente retorno a su país natal. Los detalles del caso y el revuelo que generó en varios ámbitos de la cultura cinematográfica en Europa y en todo el mundo pueden verse en el documental El caso Oleg Sentsov (The Trial: The State of Russia vs Oleg Sentsov, Askold Kurov, 2017), disponible en Filmin.

"El caso Oleg Sentsov" (Askold Kurov, 2017)

El Premio Sajárov está dirigido a reconocer la Libertad de Pensamiento y ha galardonado, entre otros, a las Madres de Plaza de Mayo (1992), al colectivo antiterrorista ¡Basta Ya! (2000), al cineasta Jafar Panahi (2012) y a la oposición política en Venezuela (2017). Como es fácil de deducir, sus elecciones no están exentas de determinadas tomas de posición ideológicas. En el caso de Sentsov, la concesión del premio supone una oposición clara al régimen de Putin, aunque no está del todo claro cuál es el vínculo entre el trabajo de Sentsov como cineasta y su activismo político. Por un lado, antes de su detención solo había estrenado un largometraje, Gámer (2011), que narra la historia de un adolescente que quiere convertirse en campeón en el mundo de los videojuegos, y que, hasta donde sabemos (no hemos podido acceder a la película), no tiene relación alguna con la situación política de Ucrania. Así que hasta cierto punto tiene sentido la afirmación de Vladimir Putin en el citado documental, cuando responde a Sokurov que Sentsov no fue condenado por su obra, sino por sus actos políticos. Por otro lado, Sentsov ha afirmado que su próxima película, que ya había empezado a preparar antes de su detención, tratará del Euromaidán, de modo que se establece un vínculo claro entre obra cinematográfica y trabajo político. Aquí sí que tendría sentido vincular su detención con su trabajo cinematográfico, pero no tenemos más datos al respecto. En qué medida el compromiso político de su cine fue causa o consecuencia de su encarcelamiento se nos escapa.

Antes de recibir el premio en Estrasburgo, Sentsov estuvo en Barcelona, donde presentó el documental sobre su caso y dio una rueda de prensa en la que se habló de su historia, de la situación actual de Ucrania y de la posición que debería tomar la Unión Europea al respecto.

Como ocurría en el caso de Dios es mujer y se llama Petrunya, con el premio a Oleg Sentsov el Parlamento Europeo optaba por reconocer los derechos de un pueblo fuera de sus fronteras, Ucrania, y a reforzar la idea de integración europea en un espacio común. En este caso, la defensa de la libertad de expresión y de los derechos humanos se hermanaba con un claro movimiento geopolítico frente al gigante ruso y su hegemonía conservadora en el este de Europa. Nada que objetar a esta ambición internacional de defensa de los derechos humanos, pero no está de más señalar que, al hacerlo, el Parlamento jugaba en territorio ajeno, cuando existen notorias violaciones de dichos derechos dentro de sus fronteras, y es inevitable entrever ahí una cierta voluntad de mirar hacia otra parte.

Sin embargo, es loable la existencia del Premio Sajárov, como lo es también la de los Premios LUX. Estos son, sin duda, una excelente toma de posición respecto al rol social y político del cine, una defensa de la cultura europea frente al poder económico de productos extranjeros, y un reconocimiento de la diversidad. También son, por supuesto, un termómetro de los tiempos. El mosaico de películas premiadas desde 2007 es, ciertamente, un retrato de la evolución ideológica de Europa, un tema que merece sin duda un estudio más a fondo, que permitiría entendernos mejor a nosotros mismos como europeos e identificar con mayor claridad las ideas que nortean a nuestras instituciones.

[1] Unión Europea: LUX Film Prize. Cine europeo para un público europeo, 2019, p. 4.

[2] Ídem, p. 2.

[3] Núria Vidal, que anteriormente formó parte del comité de selección, nos señaló en un encuentro la relevancia de esta cuestión. Se lo agradecemos, pues eso contribuyó a que apreciáramos en su justa medida el gran interés social y político de los Premios LUX.

[4] Unión Europea: op. cit., p. 2.

[5] Marusic, Sinisa Jakob: “Holy Day Takes Aggressive Turn in Macedonia”, BalkanInsight, 21 de enero de 2014. Recuperado de https://balkaninsight.com/2014/01/21/unruly-conduct-stains-christian-feast-day-in-macedonia/ [acceso: 10 de enero de 2020]

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián 2018 (Clausura)

Palmarés alternativo

Ahora que ha pasado un tiempo desde que se anunciara el palmarés de la 66ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, con algunos títulos ya en cartelera, es quizá una buena ocasión para recordar algunos de los momentos más destacados a través de una selección personal y alternativa de premios a partir de algunas de las películas vistas en las diferentes secciones del festival:

Mejor vestuario:

Jo Thompson por In Fabric (Peter Strickland)

El vestido asesino de la película de Strickland podría colgar perfectamente en el fondo de armario de cualquier giallo. El ensayo audiovisual que anticipaba Berberian Sound Studio (2012) se complementa ahora en un estudio completo y autoconsciente que asume las claves del terror italiano más exacerbado. In fabric convierte la trastienda de unos grandes almacenes de ropa en un aquelarre satánico y la temporada de rebajas en una jornada infernal. Una crítica a la sociedad de consumo tan lúdica como el juego de Strickland con el género.

Mejor canción:

‘Shallow’, de Lady Gaga y Bradley Cooper (A Star is Born, Bradley Cooper)

El debut de Bradley Cooper en la dirección lo tiene todo para contentar al jurado de los Oscar. Al parecer, a cada generación le corresponde su remake del clásico de George Cukor Ha nacido una estrella (1954), y Bradley Cooper ha optado por una actualización donde convierte a Lady Gaga en excusa para su propio lucimiento. Sin embargo, el rock de Cooper, llenando festivales de música como Coachella o Glastonbury, es tan viril como frágil, y queda rápidamente eclipsado por la voz de Gaga. Ahí está esa versión de ‘La vie en rose’. Bradley Cooper no ha descubierto ninguna estrella: simplemente ha sabido explotarla. No sorprendería nada ver a la pareja, actuando a dúo, en la próxima edición de los premios de la Academia.

Mejor banda sonora:

Olivier Arson por El reino (Rodrigo Sorogoyen)

Si la corrupción en España hubiera sido una fiesta, muy probablemente habría seguido el ritmo desfasado de un after. Las composiciones electrónicas de Olivier Arson consiguen atrapar al espectador desde el primer compás en un ritmo frenético y tenso de persecuciones, construyendo una atmósfera vibrante. El último thriller de Rodrigo Sorogoyen se mueve al ritmo de la música de Arson y del agresivo movimiento de su protagonista, interpretado por Antonio de la Torre. Quizá a El reino le falte algo de sutileza en su discurso crítico pero, como decía John Doe en Seven (David Fincher, 1995), “si quieres que la gente te escuche no puedes limitarte a darles una palmadita en el hombro: hay que usar un mazo de hierro; solo entonces se consigue una atención absoluta”.

Mejor set piece de acción:

Illang, la brigada del lobo (Kim Jee-woon)

La adaptación del manga ‘Kerberos Panzer Cop’ de Mamoru Oshii habría sido mucho más estimulante si, en sus más de dos horas de metraje, hubiera aligerado su densidad narrativa para centrarse en los bloques de acción. Intentando concentrar doce años de narrativa serial en una única película, el largometraje de Kim Jee-woon naufraga en un batiburrillo de personajes, intrigas y distopías políticas. De haber prescindido de alguno de sus múltiples epílogos o de haber disminuido los bloques de información para abandonarse puramente a la acción, perfectamente podríamos estar hablando de una película a la altura de John Wick.

Mejor montaje:

Yanan Qin por Long day’s journey into the night (Bi Gan)

La fractura con el dispositivo que se produce a mitad de la película de Bi Gan no tiene nada de gratuito. El cambio tecnológico, que invita al espectador a continuar la travesía en 3D, supone la transición de un mundo hacia su reverso onírico. Bi Gan incide sobre las posibilidades estéticas del plano secuencia -recurso que ya había marcado su anterior película, Kaili Blues (2015)- para llevarlo un paso más allá. La cámara vuelve a liberarse de los anclajes que la mantienen fija a los personajes y la trama, y se convierte en una nueva entidad que deambula y gravita con aparente libertad por los escenarios de un largo viaje del día hacia la noche.

Mejor fotografía:

Roma (Alfonso Cuarón)

Alfonso Cuarón es el guionista, realizador, director de fotografía y montador de Roma. Ya sea en el espacio, en un futuro distópico o navegando por el álbum de su memoria íntima, la impronta del cineasta mexicano queda siempre patente a través de una suerte de épica íntima, donde todo resulta ampliado y magnificado por la puesta en escena. Filmada en blanco y negro y en un formato 2.35 : 1, la Roma de Cuarón es un álbum familiar demasiado grande para las pequeñas pantallas de Netflix.

Mejor actriz:

Eva Llorach por Quién te cantará (Carlos Vermut)

Cuando la superestrella musical Lila (Najwa Nimri) pierde la memoria, su representante acude a una de sus mayores fans, Violeta (Eva Llorach), para que ayude a la cantante a recuperar su personalidad. De la relación entre los dos personajes femeninos surge un juego psicológico en el que Carlos Vermut cruza referencias a Kafka, Lynch, Bergman, Alaska o Mocedades. Un drama psicológico en el que la interpretación de Eva Llorach es simplemente deslumbrante. Con una simple mirada, la actriz es capaz de decir prácticamente todo sin articular apenas ninguna palabra.

Mejor actor:

John C. Reilly por The Sisters brothers (Jacques Audiard)

Teniendo en cuenta lo transitados que están los paisajes del viejo oeste, parece prácticamente imposible caminar por ellos y dejar huella alguna. Si, además, se cabalga junto a Joaquin Phoenix, la cosa parece más complicada todavía. Sin embargo, John C. Reilly está colosal y no solo despliega una química insuperable con su hermano Sister -el de Audiard es uno de los mejores westerns fraternales-, sino que además asume el rol de líder con total naturalidad. Probablemente, su mejor interpretación desde Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999).

Mejor guion:

Drew Goddard por Malos tiempos en El Royale (Drew Goddard)

Después de deconstruir los tópicos del cine de terror en la sobresaliente The cabin in the woods (2012), Drew Goddard se lanza en solitario a escribir un thriller lleno de giros de guion. Cambiando la cabaña en el bosque por un hotel en decadencia y al grupo de adolescentes por un buen puñado de indeseables dignos de Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2016), Malos tiempos en El Royale coquetea con el suspense del cine de Hitchcock y la ingeniosa charlatanería de las películas de Tarantino.

Mejor directora:

Celia Rico por Viaje al cuarto de una madre

El primer largometraje de Celia Rico tiene muy poco de debut y mucho de madurez. La calidez y la ternura de Viaje al cuarto de una madre solo se pueden explicar con esa imagen en la que madre e hija (inmensas Lola Dueñas y Anna Castillo) se refugian bajo una manta en su sofá. El universo íntimo de la película, constreñido a la vivienda familiar, crece con cada uno de los pequeños detalles que componen este precioso mosaico sobre las relaciones materno-filiales.

Mejor director:

Isaki Lacuesta por Entre dos aguas

El trabajo que Isaki Lacuesta firma como director en Entre dos aguas es fascinante a muchísimos niveles. El más evidente, quizá, es el relacionado con la temporalidad: siguiendo la estela de otros autores como Richard Linklater, Lacuesta recupera a algunos de los personajes que ya había filmado 12 años atrás -en La leyenda del tiempo (2012)-, convirtiendo el cine en registro fundamental del paso del tiempo.

El otro tiene que ver con la proximidad: desde filmar un parto hasta meterse entre las sábanas de unos personajes que difícilmente podemos distinguir hasta qué punto son reales o ficticios. Y, en este sentido, dejar que ellos mismos se expresen con naturalidad: con su propio acento, su deje y su jerga, es otro de los triunfos de la película a la hora de construir un escenario real. Demasiado real, quizá, porque las imágenes de Entre dos aguas pueden resultar poco estilizadas, pero el profundo respeto y el cariño con el que filma a sus personajes -y los paisajes en los que se inscriben- son insobornables. Si tomamos como máxima el principio por el que el cine debe restablecer la dignidad de lo filmado, la película de Isaki Lacuesta es una obra monumental.

Gran premio especial:

Le livre d’image (Jean-Luc Godard)

A sus 87 años, Jean-Luc Godard no ha perdido ni un ápice de su rebeldía. Le livre d’image es un aluvión de aforismos y reflexiones que amenaza en todo momento con derribar la paciencia de cualquier espectador. A partir de un amalgama de fragmentos visuales y sonoros que se descomponen, se recomponen y, en definitiva, se descubren en constante mutación, Godard reflexiona sobre el poder de la imagen en el siglo XXI, pocos años después de que pronunciara su Adiós al lenguaje (2014). Prolongando el espíritu crítico de sus Histoire(s) du Cinéma (1989-1999), Le livre d’image puede ser visto como un epílogo que extiende las reflexiones del cineasta a los tiempos de la era digital.

Mejor película:

High Life (Claire Denis)

La incursión de Claire Denis en el espacio exterior habría formado un programa doble muy interesante con otra de las películas del festival: First Man (Damien Chazelle). En ambos casos, la travesía espacial se vive a partir del trauma y la muerte, convirtiendo las naves en auténticos ataúdes. Sin embargo, partiendo de dos premisas similares, los caminos no podían ser más opuestos. Mientras que la película de Chazelle se decanta por un modelo aparentemente riguroso, científico y biográfico, Claire Denis dinamita cada uno de esos puntos para quedarse con lo más esencial. En High Life la tecnología es completamente obsoleta (desde los ordenadores hasta los trajes de astronauta), las cuestiones relacionadas con la física son inverosímiles y la ciencia se retuerce hasta el punto de convertirse en magia negra, con una Juliette Binoche transformada directamente en bruja. Mientras la película de Chazelle aspira a la exaltación tecnológica y la redención nacional, la High Life de Claire Denis se sumerge en las miserias de sus personajes para explorar las contradicciones del individuo. Una ciencia ficción, la de Denis, completamente humanista.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (22/09/2018)

Jornada 2

Un hombre fiel (L’homme fidèle, Louis Garrel)

¿De qué va? Cuando Marianne (Laetitia Casta) se queda embarazada, decide abandonar a su amante Abel (Louis Garrel) por Paul, el supuesto padre del niño. Ocho años después, con la repentina muerte del marido, Abel vuelve junto a Marianne. Es entonces cuando la joven Eve (Lily-Rose Depp) entra en juego para confesar su amor por Abel, latente desde la infancia.

¿Y qué tal? Garrel propone una actualización de los códigos de la Nouvelle Vague en clave de comedia romántica. En el triángulo sentimental planteado por el actor y cineasta francés, él mismo decide invertir los roles tradicionales para situarse en el papel de hombre-trofeo. Reducido a la función de sujeto pasivo, el personaje de Abel se somete a las decisiones de las dos figuras femeninas.

En la rueda de prensa, el veterano Jean-Claude Carrière, co-guionista de la película junto a Garrel, contaba cómo en más de cien guiones escritos esta era la primera vez que había utilizado la voice over, ¡y por partida triple! Un recurso narrativo que, aunque fugaz, permite poner de relieve la multiplicidad de puntos de vista en lo que a las relaciones se refiere. Y es que Un hombre fiel no busca ser un tratado de nada, pero en su simpática cotidianeidad -y en apenas una hora y cuarto de duración- da con alguna que otra interesante reflexión sobre los entresijos del amor.


El reino (Rodrigo Sorogoyen)

¿De qué va? Cuando los escándalos de corrupción empiezan a salpicar al exitoso vicesecretario autonómico Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre) y su entorno le deja caer en picado, Manuel emprende una huida hacia adelante en la que amenaza con arrasar con todo el tejido político que le rodea.

¿Y qué tal? Que Rodrigo Sorogoyen es actualmente uno de los mejores directores a la hora de dirigir un thriller y generar suspense parece indiscutible. Ahí están, como ejemplos destacados, el tour de force de Que Dios nos perdone (2016) o el tramo final de El reino. En ambas películas sobrevuela la sombra de un director de la talla de David Fincher y, al mismo tiempo, cuentan con un protagonista de lujo como Antonio de la Torre, cuya sola presencia confiere a la escena una dimensión extremadamente física.

En El reino, Sorogoyen apunta su objetivo contra la corrupción política, que se propaga bajo todo el poder como un tejido invisible. “El poder protege el poder” es la frase que se repite como un mantra para cuestionar los mecanismos del sistema. Esta violencia a la que alude la película de Sorogoyen tiene más que ver con la sofisticación del mal que con una violencia directa. Quizá es por eso que el personaje de De la Torre parece más verosímil en su perfil animal, cuando por ejemplo se encara a un grupo de jóvenes, que cuando hay que imaginarlo como político corrupto. O quizá es que Sorogoyen se siente más cómodo rodando un thriller policial que un thriller político y, a causa de ello, poco a poco, su película va evolucionando desde un modelo de intrigas hacia uno mucho más cercano a la trilogía de Bourne. Todo para concluir con un epílogo que pone en evidencia cualquier texto, subtexto o doble lectura. Si, efectivamente, el poder protege el poder, tal vez sería pertinente preguntarse cuál es el papel que juega El reino en todo esto.

Cold War (Pawel Pawlikowski)

¿De qué va? A mediados de los años 50, Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Joanna Kulig) se enamoran, pero su relación se encuentra constantemente torpedeada por el destino, y ellos se ven obligados a separarse y volver a encontrarse a lo largo de las décadas.

¿Y qué tal? Como una relectura de Romeo y Julieta con la Guerra Fría de telón de fondo, la historia de Wiktor y Zula avanza entre elipsis desde su primer encuentro. A cada episodio de su relación le precede una pantalla en negro que, durante apenas unos segundos, suspende el sentido para después retomarlo con sustanciales modificaciones. Cada década presenta nuevos obstáculos a los que la pareja de enamorados se enfrenta una y otra vez. Como ya hiciera en Ida (2013), Pawlikowski trabaja una preciosa fotografía en blanco y negro y compone sus imágenes en un formato estrecho (1.37:1).

Igual que un leitmotiv, la canción tradicional cantada por Zula va evolucionando con el paso de los años. Y, de la misma manera, su relación con Wiktor avanza en el tiempo, abocada a la tragedia, para acabar dirigiéndose “al otro lado, donde las vistas son mejores”. No parece casual la doble alusión a Antonioni: en ese local francés llamado “L’éclipse”, ni en ese campo que queda vacío cuando la pareja de amantes se dirigen a un más allá figurativo. Incomunicación, pasión, trauma… la película de Pawlikowski es un poema tan precioso como trágico.


Alpha, The right to kill (Brillante Mendoza)

¿De qué va? La corrupción de filipinas se extiende al cuerpo de policía. Después de una redada contra un importante narcotraficante, uno de los detectives del cuerpo aprovecha para desviar parte de la droga gracias a su “alfa”, la persona infiltrada.

¿Y qué tal? Con una ensordecedora banda de audio, la película de Brillante Mendoza se presenta como una suerte de John Woo sin recursos, en la era digital. La estructura de Alpha, The right to kill plantea un cine de acción anclado en los lugares comunes: el policía corrupto, el teniente irascible, el traficante de buen corazón, el cabecilla de la mafia… Todo podría ser completamente anodino, de no ser porque es precisamente aquí donde resulta necesario resaltar el valor de la película de Mendoza, que se construye sobre una doble ruina. Por una parte, la ruina de unos arquetipos o de un cine de acción casi reducido ad nauseam al exploitation; por la otra, las ruinas de una Filipinas llena de escombros y desechos.

Un asunto de familia (Shoplifters, Hirokazu Koreeda)

¿De qué va? Osamu (Lily Franky) acoge a una niña que parece haber sido abandonada. Aunque apenas tienen dinero para subsistir, la familia de Osamu sobrevive a base de pequeños hurtos y triquiñuelas, manteniéndose al margen de la justicia. Los vínculos afectivos se van estrechando con el tiempo, hasta que una serie de inesperados acontecimientos dinamita toda la situación.

¿Y qué tal? La maestría de Koreeda a la hora de desarrollar vínculos afectivos entre sus personajes es simplemente insuperable. El mayor drama de Shoplifters, quizá, reside precisamente en la capacidad del director nipón para producir un álbum familiar lleno de preciosas estampas que, finalmente, son sacudidas por una realidad dolorosa sin ser lacrimógena. Koreeda convierte el gesto en monumento, y una acción tan trivial como el juego de manos del pequeño antes de cada hurto se convierte en un ritual. Si en Dos o tres cosas que yo sé de ella (1967) Godard concentraba todo el universo en una taza de café, Koreeda hace lo propio con el mundo familiar y la canica que los pequeños de la familia contemplan. A fin de cuentas, todo es una cuestión de mirada: que cada ojo negocie por sí mismo.

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