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‘El gran Gatsby’ (‘The Great Gatsby’, Baz Luhrmann, 2013)

El rayo verde

Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros… Nos esquiva, pero no importa: mañana correremos más de prisa, abriremos los brazos, y… un buen día…”

A diferencia de la protagonista de Rohmer, el Gatsby de El gran Gatsby encuentra cada noche su rayo de luz verde. Esta vez no se trata de un preciso instante en el atardecer, sino del faro situado en la casa de la orilla de enfrente: aquella donde vive Daisy, su amada, que todavía no sabe que él la está esperando.

Gatsby tampoco sale a la búsqueda del rayo con la intención de entender sus propios sentimientos y los de los demás, sino para certificar los de los demás dentro de los que él mismo ya ha imaginado. Algo parecido puede decirse del trabajo de Baz Luhrmann, ese hombre megalómano que, como el protagonista de El amor está en el aire (Strictly Ballroom, 1992), vive con miedo a vivir a medias. Su Gatsby es un bote que insiste en ir hacia delante, pero que para ello necesita remar contra corriente, incesantemente arrastrado hacia el pasado.

Hay una extraña lucha de fuerzas en la película: a un lado de la bahía se encuentra un empeño explícito en romper con el canon de la adaptación clásica mediante el uso y abuso de música anacrónica, el 3D, los guiños a la realidad contemporánea, los juegos textuales y ese montaje abrumador marca del director. Al otro lado se encuentra ese pasado del que habla Fitzgerald y que, en este caso, refleja al propio escritor: la obra original de la que Luhrmann prácticamente nunca se aleja y que no se atreve a cercenar. La pirotecnia es espectacular, pero en el fondo no estamos tan lejos de la cortés adaptación que hizo Jack Clayton de la misma novela en el 74.

Es cierto que varios elementos importantes se simplifican (la relación entre Jordan Baker y Nick Carraway), desaparecen (ese imperecedero plato de leche con galletas que hace llorar a Tom Buchanan), se reinterpretan (Daisy sucumbe a su destino inocentemente en lugar de construirlo conscientemente) o se suman (Nick como reflejo de F. Scott y Zelda desintoxicándose en un centro sanitario), pero más allá de unos cuantos detalles que disfrazan la estructura y diálogos de la novela, Luhrmann es mucho más respetuoso con la fuente original de lo que en un principio cabía esperar. ¿Dónde se encuentra entonces su particular triunfo? Precisamente en la fuerza de esa adaptación errática y a dos bandas. En el hecho de que la ilusión por adaptar El gran Gatsby se intuye todavía más colosal que la adaptación como tal. Como el propio Gatsby dotando e imaginando al rayo verde de un significado que tal vez no tiene, Luhrmann va más allá, más allá de todo. Se había entregado, con creadora pasión, acrecentándolo todo, adornándolo con toda brillante plumita que en su camino hallara”.

El Gatsby de Luhrmann entiende que ésta nunca fue una historia de amor, sino una historia sobre el ensueño provocado por el mismo. Gatsby y Luhrmann caminan hacia su consecución (o pérdida) creyendo firmemente que ésa es la única vía posible. En el camino, se avanza tanto (la sonrisa de DiCaprio es la sonrisa de Gatsby) como se tropieza (la no inclusión del padre de James Gatz anula el clímax). Hay tantas secuencias armónicas como arrítmicas. La fantasía de perfección nos esquiva, pero eso sólo puede significar que la hemos avistado de cerca.

Como una biblioteca de libros reales pero que nunca se han abierto, como una casa inundada de flores pero sin darse cuenta de que éstas no permiten respirar, como un armario lleno de ropa bonita pero que uno no ha escogido, El gran Gatsby es un hombre retraído que organiza las fiestas tal y como imagina que gustarán a sus invitados. En ocasiones el artificio acaba con el objeto encantado y hace que el rayo acabe convertido tan sólo en una luz verde en un muelle, pero también es verdad que, al final, la cuestión verdaderamente relevante es que Luhrmann sabe realmente cómo y por qué dar grandes fiestas. Y es que ya se sabe: “las grandes fiestas nos gustan, son tan íntimas..., las fiestas íntimas son las que carecen de intimidad.

 

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