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D’A 2013 (26/04/2013) – Empatía por la mediocridad, instinto de supervivencia, obstinación desaforada

El protagonista de Tower se llama Derek. Tiene 34 años y no ha hecho nada remarcable en la vida, no ha conseguido nada que merezca la pena recordar, no ha influenciado a nadie. Su vida es completamente anodina por mucho empeño que él ponga en evitarlo. Si desapareciera del mundo, las cosas seguirían tal y como están. No sabemos muy bien qué es lo que tiene de especial, porque si está protagonizando una película, será que algo tiene de especial, ¿no? ¿O tal vez no? Tal vez lo especial sea eso, a lo mejor la virtud del director es conseguir que empaticemos con la mediocridad del protagonista y aceptemos que la misma es extrapolable a cualquiera de nosotros. Que todos podríamos ser él aunque no nos apasione admitirlo. Probablemente el mayor logro del filme de Kazik Radwanski consiste en lograr que admitamos esta insustancialidad como parte inherente de nuestro ser: sin aspavientos, sin dramas, sin exacerbación de la tragedia.

El protagonista de Boy eating the bird’s food (To agori troei to fagito tou pouliou) no tiene nombre, y si lo tiene eso es algo irrelevante para la historia. Porque resulta que la sociedad ha decidido prescindir de él y el pobre no sabe muy bien cómo reaccionar al respecto. Durante los escasos 80 minutos que dura la película asistimos con impotencia a su progresivo aislamiento y su degradación, tanto física como psicológica. Una serie de rutinas y pequeños actos cotidianos que podrían no tener importancia producen por efecto sumatorio catastróficas consecuencias. A pesar de tener algunas características en común con el cine de Babis Makridis o Giorgos Lanthimos, más representativas son las diferencias que las semejanzas. El sentido del humor que recorre L de un modo directo y Kinétta, Canino (Kynodontas) o Alps (Alpeis) de un modo más velado, se diluye aquí hasta desaparecer por completo. Ni una mínima sonrisa puede aparecer en el rostro del espectador durante el visionado de Boy eating the bird’s food, a no ser que sea una de esas sonrisas de incomodidad que en el fondo no son más que punzadas de dolor que empiezan surgiendo en el estómago y acaban repercutiendo en la mente y la conciencia. Además, en el cine de Lanthimos o Makridis los diálogos entre los personajes son un elemento imprescindible. Si los personajes callasen, desaparecerían como tales. Lo que dicen construye gran parte de lo que son. En cambio, el protagonista de Boy Eating the bird’s food no necesita hablar para que sepamos cómo se siente, cómo (no) se relaciona con el mundo que le rodea, cómo intenta sobrevivir a las progresivas privaciones a las que le obliga el devenir de la historia. Esta película habla de la crisis en Grecia, de un sistema económico que colapsa y de las personas que pagan las consecuencias, sí, eso resulta obvio. Pero tal vez de tan obvio que resulta puede que no sea verdad, no sé si me explico. Porque a veces sucede (no frecuentemente, pero sí de vez en cuando) que la primera lectura no es la que en realidad importa. Y esa es la sensación que despide la ópera prima de Ektoras Lygizos. No hace falta hablar para decir ciertas cosas.

El protagonista de Mi loco Erasmus se llama Dídac Alcaraz. Dídac es artista, o como mínimo está convencido de ello. Y eso, en según qué situaciones, puede ser más que suficiente. Dídac ha encontrado su motivación en la vida, el motor creativo que le impulsa a levantarse cada mañana. Dídac quiere dirigir un documental sobre los estudiantes Erasmus en Barcelona. ¿Qué es lo que buscan? ¿Por qué Barcelona? ¿Por qué no cualquier otro lugar? ¿Cuáles son sus razones? ¿Qué es lo que hace de Barcelona una ciudad cool? ¿Por qué tenemos tantos hipsters? ¿tantos modernos? ¿tanta gente que mola tanto? ¿Por qué somos tan guays? Dídac es un charlatán, un liante, el protagonista del cuento de la lechera. Dídac se cree que lo que tiene entre manos es en verdad muy grande, pero lo realmente difícil es convencer al resto del universo. La personalidad de Dídac oscila todo el tiempo en mi mente, de genio incomprendido a imbécil integral, sin saber muy bien por cuál de las dos decantarme. Mi loco Erasmus no es exactamente una película, es más bien un bizarro experimento low cost que navega entre los géneros alternándolos sin aparente criterio pero consiguiendo una suerte de increíble honestidad, incontables momentos de inusitada lucidez y un predominio del absurdo que en realidad esconde la más afilada crítica social. Y aquí es donde me acuerdo de Ionesco y de ese personaje suyo que, por no transformarse en rinoceronte, acaba siendo el bicho raro de la historia.

 

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