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DocLisboa 2011: IX Festival Internacional de Cinema

El día después

El festín de realidad del DocLisboa ha saciado las expectativas. Las retrospectivas de Farocki y Rouch han sido completas; los estrenos y pequeñas sorpresas condensadas como Wang Bing, Varda, Wiseman, Costa, Morrison, Panahi, Sokurov, Mekas, Provost, las experiencias visuales de Ben Russell, el minimalismo de James Benning en Twenty Cigarettes… Una larga lista, una mezcla de pesos pesados junto a nuevos directores, nuevas visiones y secciones. Un festival vivo donde existe un equilibrio entre la calidad global del festival y un tratamiento cercano, sin esferas. Las secciones paralelas, las interacciones del festival con otros espacios culturales de la ciudad: sesiones para escuelas, cine en el barrio, exposiciones como la de Farocki. Los films han hablado con la voz de la realidad, de lo humano, enfoques vitales, comprensión de nuestro mundo, humildad cinematográfica, análisis… y una ciudad que no me cansaré jamás de visitar. Es hermosa.

La decisión del jurado decantó como mejor película al film de Gonçalo Tocha, É na Terra Não é na Lua. Identitario y con un tratamiento fílmico esmerado y correcto. ¿Qué género? Incalificable. A mi modo de ver, como tienen que ser las películas, actos de creación sin etiquetas. Destaca su punto de ironía lunática sobre la pregunta ¿quiénes somos? En este pinacho en medio del Atlántico: Corvo, las islas Açores. ¿Es el eslabón perdido de Portugal o de la humanidad entera? Una línea de texto abre la película. El capitán del navío que acerca al equipo a la isla hace una declaración reveladora: “La gente de las Azores está loca, pero los de Corvo lo están aún más”. Dentro de lo portugués, lo que habíamos llegado a intuir se ha confirmado. Yama no anata (Aya Koretzky) ha sido el film revelación, Premio Doclisboa y Premio Escolas. A nossa forma de vida (Pedro Filipe Marques) es otro de los films ganadores con el Premio Caixa Geral de Depósitos. Obra inteligente e irónica sobre el devenir del mundo, bajo los comentarios atentos de una pareja de ancianos que viven en un apartamento en la octava planta de un edificio. No me canso de decirlo.

Sobre los films extranjeros, dos de los galardonados, The collaborator and his family (Ruthie Shatz & Adi Barash) película franco-americana e israelí, es un retrato social sobre un colaboracionista palestino que vive en Israel. Una vida estigma, un hombre y su familia que no podrán volver a Palestina; y lo que es peor, con dificultades en el mundo “libre” al otro lado del muro, los mismos problemas policiales sobre la cabeza de su hijo. El testimonio vital es crucial, la vida de la familia contempla una peculiaridad extrema. El tratamiento fílmico, en muchas ocasiones, es devorado por el propio peso dramático de esas vidas. Una paradoja más en nuestra forma de vida regularizada en extremo.

De Engel Van Doel (Tom Fassaert), producción belga-holandesa, es una visión crepuscular del final de una vida y de un barrio que desaparece -hay algo en el recuerdo de esta película que lo relaciona con el film de Jose Luis Guerin En Construcción (2001)-. Solamente vemos demolición, no parece que construyan nada, no se ve una reconversión burguesa. Es el final de una historia y el día a día de una anciana que ve cómo todo su mundo, el que le quedaba, incluso el físico, las propias paredes de los edificios de enfrente, se desmorona. La cinta destaca los momentos de intimidad y el vacío, las estancias, los espacios que se van abriendo al desaparecer las casas que fueron un día hogares con vida, niños jugando. La mujer en su día a día recoge soledad y desasosiego, buscando siempre arrancar un poco de tiempo humano con las visitas peregrinas, el cartero. Ella va a perder su casa y aunque le den otra la primera era su hogar, donde había hecho toda su vida, un acto cruel de la modernidad. La estética hace hincapié en la soledad y los espacios vacíos, en los objetos cotidianos sin compañía humana, reflejos de que un día se vivió y ahora la espera traumática.

El Mejor Cortometraje, Con la licencia de Dios (Simona Canonica) es un pequeño detalle. Su elección descubre el buen hacer del jurado. En mi opinión, por el equilibrio entre, testimonio, retrato social, tratamiento fílmico, utilización de los recursos, sentido de la imagen en cada instante (todo tiene un sentido), metraje y lo que es más destacable: la descripción bella y metafórica de la espera en el Cine. La película nos cuenta el día a día de una mujer mexicana que vive en una pequeña aldea fronteriza en el interior del país. Tiene una tienda de ultramarinos en medio del páramo. Bocas que alimentar, niños juguetones, padre a cuidar. Ella espera a que vuelva su marido que se fue a USA, la espera de los días a que vuelva, la espera de las horas a que llame… pasan los minutos y hoy no llama a la hora (no hay móviles). Las imágenes de la cotidianidad y el tiempo que las confiere dotan a la cinta de dos particularidades esenciales: belleza y tiempo, el mismo tiempo de espera que tenemos que sentir con nuestra protagonista, un inteligente tratamiento para que la película nos atrape.

Fuera de competición tenemos que hacer mención a la sección Movimientos de liberación y el espacio Heart Beat. Este último ha generado una inteligente demanda con la que el festival se ha visto muy dinamizado. La sesión Movimientos de liberación ha generado diálogos muy interesantes entre espectadores y directores sobre la identidad portuguesa y su pasado más reciente. Una identidad y revisión del pasado que responde a una reflexión sobre la Historia. Los acontecimientos de la colonización, sus consecuencias, tanto externas para con esos pueblos como internas en el devenir de la historia del país. Una revisión en la mayoría de los casos crítica de una parte oscura de la historia de Portugal. Un espacio abierto para todos, espectadores y directores que con sus obras han creado un espacio de debate: fascismo, explotación, identidad, guerras. Una decisión inteligente que, a mi modo de ver, debería aplicarse en todos los festivales. Al fin y al cabo el documental y su tratamiento, la realidad y sus revisiones, son una forma de conocimiento y mejora.

Finalmente hago hincapié en varios trabajos interesantes. Nshajo (The game) (Raquel Schefer) es una revisión antropológica con material de archivo (familiar) sobre la época colonial en Mozambique. Con este material, entrelazado con material propio (recogido) de observación empírica de la actualidad, revisa los límites de la aculturación. Entre esas revisiones de la explotación cultural portuguesa, sus pros y contras -que han sido debatidos por los propios espectadores (algunos nacieron y vivieron en las colonias), historiadores y los propios directores-, A embaixada (Filipa César), Soldier playing with dead Lizard (Daniel Barroca) o Alheava filme (Manuel Santos Maia) han sido buenos ejemplos de piezas que han intentado reflexionar, desde los contenidos y la estética de esos materiales, sobre el cine y su capacidad de revisión histórica.

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DocLisboa 2011: IX Festival Internacional de Cinema

Aromas de Lisboa: peixe, bacalhau y frango grelhado

Estar en el DocLisboa y no hablar del documental portugués visto y oído estos días, es como entrar en una pastelería y no probar bocado. La visión general, exceptuando las sensaciones agridulces de los cortometrajes, es luminosa, con un buen puñado de cintas de hondo calado. A Arca do Éden de Marcelo Félix es, desde mi punto de vista, un muy buen trabajo de texturas fílmicas, consiguiendo con el material y los recursos utilizados una atmósfera más que interesante. Es un canto a la naturaleza en forma de poema visual, una película fraccionada, no lineal –el off se expresa claramente en este sentido, y el producto final es una obra bella. Por tanto una buena película que utiliza nuestra unidad semántica: la imagen, notablemente y su capacidad simbólica como corresponde y sin estridencias. La banda sonora resalta la intención visual, y no encontramos un exceso en la música –de hecho ni nos acordamos de ella, luego en mi opinión, bien utilizada. No es un film que explica el estado del planeta, la sostenibilidad que nos compromete; no explica, simplemente procura emocionar y lo consigue.

Desde una visión mucho más identitaria sobre lo portugués, dos muy inteligentes formas de expresarlo. É na Terra Não é na Lua, de Gonçalo Tocha, plantea una pregunta… ¿De dónde soy? Corvo es un pequeño pueblo de las islas Açores, un lugar en medio de ninguna parte. En medio del Océano, que no es continente, que no es europeo, o sí, o que es portugués o no, pero que está aquí, en la Tierra como un islandés (dícese en castellano de los oriundos de Iceland –Islandia–), es decir la identidad de un outsider geográfico. No hay mucho material sobre las islas, la película recoge historias de vida, testimonios sin ninguna intención narrativa, simplemente de constatación de estar aquí, que en este pueblo casi incomunicado hay gente… hay proyectos y hay poesía. Una identidad parecida a la portuguesa –parecido no quiere decir lo mismo– pero al fin y al cabo esencial de lo portugués: atlántica. 30.000 anos de Maya Rosa es otro film que se mueve en la frontera entre lo identitario, lo irónico y la pregunta existencial humana por naturaleza: ¿qué hago aquí? En el Valle del Côa en el norte de Portugal se han encontrado restos de pinturas rupestres con más de 30.000 años de antigüedad. Este es el hecho que plantea una catarata de preguntas humanas. De repente los vecinos de la comarca se convierten en sabios que revisan los anhelos de la humanidad, la consciencia de ser humanos, el pasado y el futuro.

A Nossa Forma de Vida de Pedro Filipe Marques es uno de los platos especiales en esta selección. Una película inteligente y por lo tanto esencial. Una cinta repleta de ironía y luz, como la que ilumina las estancias de esa casa, la que habitan hace casi cuarenta años una  maravillosa pareja de ancianos en una octava planta, de una torre levantada en la desembocadura del Duero. Él, Armando, comunista y proletario, ella, María Fernanda, consumista y capitalista. Objetos de culto: el televisor y una caja de música donde suena la internacional. Armando en sus ratos libres arregla “cosas” y escribe poesías. Fernanda mira la televisión y hace la colada. Ambos se relajan contemplando el maravilloso estuario del río, unas fantásticas vistas que serán sus estampas crepusculares. Dos percepciones del mundo en un matrimonio, dos visiones del mundo en un edificio ya viejo pero aún confortable, eso es lo que ha conseguido transmitir la cinta: un acuerdo de hecho en un espacio mínimo. Los diálogos, sus pensamientos sobre los problemas del mundo, parlamentos frente al televisor, o escuchando la radio. Dos personas, dos mundos y el mismo mundo, el que habitamos. ¿Esta forma de vida acabará? ¿No hay espacio para dos sistemas distintos? Sólo un matrimonio de pensionistas lo sabe.

Orquestra Geração de Filipa Reis y João Miller es un seguimiento que recoge en documental el proyecto de educación a través de orquestas musicales que se aplica en Portugal. Adolescentes con distintas problemáticas son incluidos dentro de las artes musicales como medio de socialización y desarrollo. Una película de concienciación y sensibilidad social.  En la vertiente de cortometrajes, el retrato social y testimonios de vida abundan, hago hincapié en el corto Tio Rui de Mário Macedo y la más que interesante Água Fria de Pedro Neves. Una vieja costumbre portuguesa en la romería de São Bartolomeu do Mar, el bautizo de niños en las aguas heladas del Atlántico, sirve al director para desarrollar una inteligente crítica sobre los sueños no materializados, como jarros de agua fría. Una visión global de una sociedad, la portuguesa, que parece estar abocada a la tragedia. Ese baño de agua fría, sumado al peso de la religión, parece una historia antigua, pero el tratamiento fílmico y el transfondo que destila la película la convierten en un buen trabajo contemporáneo.

Yama No Anata

Ser buena persona, ¿qué es? Creo que sentimiento y sabiduría para agradecer y mitigar el dolor. Eso quiero pensar, al fin y al cabo nos tenemos que aferrar a algo, no todo vale y tus acciones tarde o temprano se convertirán en consecuencias, y creo que la consecuencia más clara de ello es la relación con la belleza, con sentir y hacer cosas bellas. La realizadora Aya Koretzky con su película Yama No Anata ha conseguido llevar a cabo una película buena, y no es buena porque esté bien realizada, que lo está, es buena por la consideración de la primera premisa: creo que es buena persona.

Este bello relato de momentos en que pregunta a su padre y su madre: ¿Por qué vinimos desde Japón a vivir a Portugal? ¿Cuándo conociste a mamá? ¿Por qué compramos esta casa en el campo? Una revisión de su vida y la de sus padres, de las cosas que pasaron, de la abuela, del amigo que murió con 13 años, de la naturaleza. En síntesis de cosas pequeñas, que son las más grandes. Una autobiografía de tres personas: Aya y sus padres y las personas que pasaron y dejaron algo, debió ser importante, porque se recordó aquí, en esta obra. Los materiales con los que se realiza la película y su solución fílmica, su tratamiento, logran completar un trabajo pleno, un collage donde fotografía, grabaciones en VHS, sonido, alta definición, cualquier recurso que contenga un gramo de sentimiento vale, es necesario gracias a la coherencia emocional que suspira el film. Las imágenes evocadoras, colocadas en espacios donde se plantean preguntas, reflexiones sobre la vida, lo efímero y el recuerdo. La búsqueda de la identidad, también cinematográfica. Hay música… no, hay un canto del padre sobre los créditos. Todo ha sido un gran poema, una visión dulce y condescendiente con lo que nos rodea en la vida. Yama No Anata es una revelación, un objeto bello de alguien que, creo, antes de buena realizadora es buena persona y porta consigo cosas bellas. Quiero pensar así.

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