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El cine femenino, las tramas psico-sociales, la tecnología y los vampiros se apoderan del 50º aniversario del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña

Este festival que nació en Sitges en el año 1967 empezó siendo un evento modesto de fotografía y cine que pretendía atraer al turismo de la zona. Poco a poco, fue creciendo y transformándose en un festival de cine de terror, para finalmente convertirse en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña que conocemos en la actualidad. La compañía teatral La Fura dels Baus fue la encargada de llevar a cabo el espectáculo de la cloenda del festival y lo hizo mediante un gorila gigantesco que se paseó por las calles de Sitges y su Iglesia, en homenaje evidente a King Kong.

Esta figura de King Kong, que lleva siendo la imagen del festival desde 1984, y que nació en 1933 con el film de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, y que como muchos ya saben, narra la historia de unos cineastas que, con el afán de filmar una película, llegan a una isla misteriosa donde se encuentran con un extraño muro que “separa el mundo real del mundo de lo inconsciente” [1]. Detrás de esta gran fortaleza encontrarán a King Kong y a un montón de criaturas extraordinarias. Hablando de modo poético, esta “muralla” se trasladada a Sitges cada octubre en forma de pantallas donde, a través de los films proyectados, estos dos mundos, el consciente y el inconsciente, se unen en este festival tan grande como la propia criatura de King Kong para “entrar en el mundo de lo perdido y desafiar el peligro”[2].

La 50ª edición del Festival ha coincidido, a su vez, con el 25º aniversario de la película Drácula de Bram Stoker (1993), dirigida por Francis Ford Coppola. Drácula es un personaje claramente representativo del cine fantástico que se ha convertido en el emblema de esta edición. El festival de Sitges homenajea, por lo tanto, a esta figura misteriosa del cine mediante la reposición de films relacionados y llevando a cabo un ciclo sobre el personaje en el cual hemos podido visionar Blacula (1972) de William Crain, Drácula Barcelona de Carles Prats (2017), El Conde Drácula de Jesús Franco (1970), interpretado por Christopher Lee, y más propuestas sobre esta figura enigmática que ha marcado el cine fantástico para la “eternidad”.

El Festival Internacional de cine Fantástico de Catalunya se ha convertido en un festival rico en propuestas, que contiene en su haber las últimas tendencias del cine de terror, del fantástico, del thriller y de la ciencia ficción tanto de Europa (España, Hungría, Francia, Estonia, Turquía...), norteamericana (USA, Canadá...), así como las últimas tendencias del cine proveniente de Asia (China, Corea, Sudeste-Asiático, Japón...).

Sitges se ha convertido en un espacio de encuentro ineludible para los profesionales del medio audiovisual y para la prensa cinematográfica. No se trata de un mercado como el Marché du Film de Cannes por ejemplo, pero sí que es un lugar de encuentro para que la industria del cine catalana, española e internacional disfruten de la experiencia colectiva de visionar propuestas de genero fantástico, algunas de las cuales difícilmente podrán ser proyectadas fuera de este marco. Los profesionales de la industria se encuentran arropados por un gran número de seguidores y aficionados al cine de genero y al cine en general, en un festival en el que todo el mundo está invitado a participar y disfrutar de la experiencia.

Por otra parte, el Festival de Sitges pretende explorar las nuevas tendencias del cine fantástico y de terror, sobre todo desde un punto de vista tecnológico. Prueba de ello es la fuerza que está cobrando la realidad virtual dentro del festival, con espacios como la sala Samsung VR Experience, la nueva sala de realidad virtual Samsung VR Cinema o la sección oficial Samsung Sitges Cocoon en la que, en esta edición, compiten 27 cortometrajes de VR. Todo ello responde a una clara apuesta por explorar la influencia de las nuevas tecnologías en el cine y reflexionar sobre el futuro del genero fantástico y de terror. El estreno de la primera serie de terror en realidad virtual Campfire Creepers (2017), interpretada por la estrella del cine americano Robert Englund (Freddy Krueger) y producida por la empresa española Light House demuestran esta apuesta decidida del festival por explorar los caminos que el cine de género puede tomar en el futuro.

Otro elemento muy a tener en cuenta en esta edición del festival ha sido la presencia de la mujer, más relevante que en otras ediciones, hecho que se ha manifestado tanto en la autoría de películas, como en el número de protagonistas femeninas, en la narrativa y temática de los films que plasman un tipo de terror sutilmente distinto al que estamos acostumbrados a ver en el festival y que se ha traducido en el palmarés con una fuerte presencia femenina. Un ejemplo de ello son los films de 2017 Inflame (Turquía) dirigido por Ceylan Özgun Özçelik, The Book of Birdie (Suecia) dirigido por Elizabeth E. Schuch e interpretado por Suzan Crowley, As boas maneiras (Brasil) film de hombres lobo protagonizado por dos personajes femeninos llamados Ana y Clara, ganadora del Premio de la Crítica (junto a The Killing of a Sacred Deer de Yorgos Lanthimos); The Shape of Water (Estados Unidos) dirigido por Guillermo del Toro y protagonizada por Sally Hawkins; Wind River (Estados Unidos) que reclama mayores derechos para la mujer nativa en Estados Unidos; Marlina the Murderer in Four Acts (Indonesia) dirigida por Mouly Surya e interpretada por la actriz Marsha Timoth, que ha ganado el Premio a Mejor Actriz; Tehran Taboo (Austria), que muestra la vida de 3 mujeres y un hombre de la capital Iraní; November (Estonia) con la protagonista femenina interpretada por Rea Lest; Revenge (Francia) con la que Coralie Fargeat ha ganado el Premio a Mejor Dirección, en un film claramente feminista y de lucha de géneros; y, por último, el Premio a Mejor Guión y Premio Especial del Jurado, que fueron para el drama psicológico Thelma (Noruega), que cuenta la vida de una chica con poderes fuera de lo normal. Son el ejemplo de un festival de cine que ha apostado elocuentemente por la mujer desde un punto de vista tanto temático como autoral e interpretativo.

Este aspecto característico de la edición numero 50, ha precedido y tal vez producido otra tendencia del festival, en el que se ha acentuado una particularidad del cine de género basada en el juego psicológico entre el conflicto social y la psique individual de los personajes. Hecho que adquiere una gran presencia en varios films que se han proyectado y como apreciamos en las temáticas de varios de las cintas premiadas, como es el caso del ganador a Mejor Película y Efectos Especiales, Jupiter’s Moon (Hungría) de Kornél Mundruczó, que según Salvador Llopart[3] “es una metáfora sobre lo divino y lo humano”, en el que se narra la vida de un inmigrante que al intentar cruzar una frontera es disparado, herida que le otorgará el poder de levitar. El film, por lo tanto, afronta el drama de los refugiados en Europa desde lo real a lo fantástico y desde lo social a lo psicológico.

El cine de animación como el film biográfico Loving Vincent (Reino Unido), o el drama que muestra los suburbios de la capital iraní en Tehran Taboo, así como la represión histórica de Japón sobre Corea en la película The Battleship Island (Corea del Sur), son la muestra de esta reivindicación social que ha estado presente en esta edición del festival de manera tímida y con poca vinculación con el cine fantástico o de género.

Sí se puede decir, sin embargo, que ha habido un cine enfocado a hablar de la pulsión de romper un statu quo social establecido siempre desde el género de terror o fantástico, que en muchos casos se ha sumado a esta presencia femenina destacada del festival. Ejemplos de ello son: Inflame en la que una montadora de televisión se ve en conflicto interno a la hora de editar las noticias de una cadena totalmente parcial y al servicio del gobierno imperante, o The Shape of Water, en la que una mujer se ve obligada a sopesar entre la ley establecida en EE.UU. o sus propias convicciones de lo que está bien o está mal a la hora de rescatar a un hombre anfibio encarcelado y torturado. En Marlina the Murderer in Four Acts (Indonesia) o Revenge, este juego psicología-sociedad se vincula más a una lucha de géneros (mujer-hombre) en el que las mujeres protagonistas tratan de romper una evidente moral retrógrada y de sumisión establecida por el hombre.

Nos encontramos, por lo tanto, ante una edición marcada por la tecnología, el contexto psicológico-social y la mirada femenina que ha contado con la participación de grandes figuras de Hollywood como del resto del continente americano, como Guillermo del Toro presentando su film The Shape of Water, que abrió el festival; William Friedkin con uno de sus films posteriores a The Exorcist (1973) llamado Sorcerer (1977); o Susan Sarandon recogiendo el Premio Honorífico del Festival y presentando uno de sus primeros films, The Rocky Horror Picture Show (1975).

La presencia de Robert Englund, por otra parte, que presentó la serie de realidad virtual Campfire Creepers (2017), es un ejemplo y nos confirma la importancia del VR en el festival de Sitges, y a nivel global nos confirma como el star system internacional se va adaptando a su vez a los nuevos formatos que propician las tecnologías.

Victoria Price, la hija de Vincent Price, recogió también La Máquina del Tiempo, por la imponente trayectoria del actor ya difunto, sobre todo en la época en la que se asoció con Roger Corman, el rey del cine de culto de bajo presupuesto estadounidense, con el que llevaron a cabo numerosos films que fueron un importante aporte al cine de género de terror norteamericano.

También pasaron por el festival importantes personalidades cinematográficas, como Johnnie To, en representación del cine hongkonés presente en el festival, o el siempre interprete de malvados, Udo Kier, que recogió el premio de la Maquina del Tiempo y presentó su film Brawl in Cell Block 99 (EE.UU.), un film marcado por cierta influencia de populares videojuegos como GTA.

En un festival lleno de premios, eventos y propuestas fílmicas diversas, hemos podido apreciar un cine que tiene como punto de partida ser fiel a su identidad de terror y fantástico, recogiendo todo tipo de propuestas, ya sean americanas, europeas o asiáticas. A su vez, el festival está decidido a absorber todas aquellas propuestas innovadoras, tanto formales como de contenido, haciéndose permeable a las pulsiones sociales del momento que vivimos, hecho indispensable para seguir siendo un gran centro de reunión de los profesionales y enamorados al cine.

[1] QUINTANA, Àngel, Después del cine , Imagen y realidad en la era digital, Editorial Acantilado, (pág. 85)

[2] QUINTANA, Àngel, Obra citada. En una referencia al film King Kong (pág 86)

[3] La Vanguardia, artículo: Sitges levita con Jupiter’s moon

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‘Abbott y Costello contra los fantasmas’ (‘Abbott and Costello Meet Frankenstein’, Charles Barton, 1948)

 

El centenario de la Universal (y, seguramente, el vacío en las carteleras veraniegas) son la excusa para recuperar Abbott y Costello contra los fantasmas, que se reestrena ahora proyectada en Alta Definición (2K). El film, realizado poco después del ocaso del ciclo de monstruos de la Universal pero antes de que la ciencia ficción fuera hegemónica [1], seguía la estela de películas como La zíngara y los monstruos (House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944) o La mansión de Drácula (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945), que habían sido el máximo exponente de los crossovers de la Universal (mucho antes de que esta práctica se popularizara en el mundo del cómic), en los que, mediante forzados planteamientos argumentales, conseguían hacer coincidir en un mismo plano a diversos monstruos de su panteón. Siguiendo la lógica de esta estrategia de reclamo, puestos a desempolvar el traje de Drácula o el maquillaje del Hombre Lobo, nada parecía más apropiado para salpimentar un cocktail elaborado a partir de unos personajes ya en horas bajas que cruzarlos con dos cómicos que, tras haber saltado a la fama con su rutina Who’s On First? y de haber realizado ya varias películas, vivían en ese momento el cénit de su carrera: “Bud” Abbott y Lou Costello.

En esta ocasión el dúo cómico interpreta a dos trabajadores de una estafeta de correos que reciben un cargamento llegado del corazón de la vieja Europa, en el que no verán nada especial hasta que una misteriosa llamada anónima los ponga sobre aviso acerca del contenido del mismo. La identidad del enigmático personaje no será otra que el Hombre Lobo (por supuesto, Lon Chaney Jr.), en un papel de héroe-villano muy fiel a la dualidad arquetípica del personaje. En cuanto al cargamento, se trata de dos ataúdes que contienen los cuerpos del mismísimo Conde Drácula (interpretado por un Bela Lugosi visiblemente consciente de su condición de guest star) y la criatura de Frankenstein (interpretada en este caso por Glenn Strange, el sucesor de Karloff).

Durante la primera parte de la película, en la que lo más importante es que el dúo cómico desarrolle los gags y las rutinas por los que eran populares, la utilización de los monstruos y los elementos visuales típicos del género (el castillo, las telarañas, los ataúdes, las bobinas Tesla) “aparece absolutamente vaciada de sentido, no extremada en su función de signo, sino reducida a un simple movimiento de reconocimiento genérico” [2], tal y como ocurría en las películas de decadencia de la Universal. El elemento humorístico se ve potenciado por una trama más propia de una screwball comedy que de una película de terror en la que Costello es víctima de las interesadas artes de seducción de la ayudante del Conde Drácula (que aquí mezcla su arquetipo con el del Mad Doctor al ser el responsable de resucitar a la criatura de Frankenstein). Convirtiéndolos en objeto de comedia, los elementos que habían hecho del horror film (en principio, el género más opuesto al cómico) la expresión de los abismos de la sociedad norteamericana de los años 30 parecen quedar neutralizados, efecto que acentuaría el comportamiento de Abbott quien, en una actitud que seguramente el espectador compartiría en la vida real, ridiculiza constantemente a Costello por tener miedo de los fantasmas.

Sin embargo, el mayor interés de la película es que la comedia viene propiciada fundamentalmente por la actitud con la que los protagonistas afrontan unas situaciones que se encuentran en un entorno donde el resto de personajes respetan rigurosamente las convenciones del género de terror. No se trata de una parodia como La familia Monster (The Munsters, CBS, 1964-1966) o, por poner un ejemplo más reciente, Scary Movie (Keenen Ivory Wayans, 2000). En Abbott y Costello contra los fantasmas la coherencia interna del horror film se mantiene en todo momento (una fórmula que tendría su más honorable sucesora en El baile de los vampiros [The Fearless Vampire Killers, Roman Polanski, 1967] [3]). A medida que la película avanza, el terror va ganando terreno hasta expulsar definitivamente la comedia en los últimos minutos del film (elocuentemente, una vez Abbott se ha convencido de la realidad de los fantasmas), que transitan puramente dentro del horror más ortodoxo, convirtiendo la película en un honesto homenaje al género. Un homenaje que se basa en la conciencia del espectador de contemplar la manifestación de una variante del género ya extinta. Esta actitud, que ya debía encontrarse en los espectadores de 1948, no ha hecho sino acentuarse con el tiempo, convirtiendo la película en un entrañable, pero no por ello menos consistente, ejercicio de nostalgia.

Notas:

  1. Pocos años más tarde, en 1954, una película como La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold), que en muchos aspectos seguía los códigos del cine de monstruos de la Universal, ya se promocionaba únicamente como una película de ciencia ficción, sin hacer ninguna referencia a su cualidad de horror film (el ejemplo se cita en ALTMAN, Rick: Los géneros cinematográficos, Barcelona: Paidós, 2000). 
  2. LOSILLA, Carlos: El cine de terror. Una introducción, Barcelona: Paidós, 1993, p. 97. La cita hace referencia a La zíngara y los monstruos
  3. Realizada también en un momento de transición dentro del cine de terror (en concreto al final de lo que Losilla llama el “manierismo colorista”, cuyo máximo exponente fue el ciclo de películas de la Hammer dedicado a reinventar los monstruos clásicos de la Universal; LOSILLA, op. cit., pp. 109-137). 
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