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Americana Film Fest 2018 (III)

Pasión, sordidez y una buena dosis de extrañeza

Concluimos nuestras crónicas del Americana Film Festival hablándoos de algunas de las películas que más nos han interesado: los dos cortometrajes de animación de Don Hertzfeld, la desoladora The Strange Ones y las surrealistas Sylvio y Lemon.

World of Tomorrow I & II (Don Hertzfeld, 2015 y 2017)

Autor de numerosos cortometrajes de animación y ganador de un sinfín de premios internacionales, el animador californiano Don Hertzfeld debutó en el largometraje en el año 2012 con It’s Such a Beautiful Day, película basada en un corto del mismo nombre dirigido por él mismo un año antes. Esta película, que tuvimos la oportunidad de ver en L’Alternativa, Festival de Cinema Independent de Barcelona, muestra a la perfección el universo creado por Hertzfeld, sus múltiples obsesiones y ante todo su incuestionable imaginación. En los dos episodios que conforman World of Tomorrow Hertzfeld da el salto a la ciencia ficción, pero sus inquietudes siguen siendo las mismas. ¿Cuál es nuestra misión en la vida? ¿Qué lugar ocupamos en el mundo? ¿Qué sentido tiene nuestra existencia? ¿Qué papel tienen en nuestra vida los recuerdos? Estas parecen más bien las preguntas que se han hecho a lo largo de la historia del cine directores como Ingmar Bergman, Andréi Tarkovski o Terrence Malick, cineastas serios y en general atormentados que destacan más bien por su capacidad para dirigir dramas. Pero uno de los principales rasgos de la obra de Hertzfeld, en cambio, es su innegable sentido del humor. En apenas 40 minutos y con un estilo visualmente minimalista pero al mismo tiempo al borde de una deliciosa hipertrofia narrativa, Hertzfeld nos narra la historia de Emily Prime, una inocente niña que recibe la visita de un clon suyo, que llega del futuro para explicarle cómo funciona esa realidad que todavía no es capaz de entender. Con cuatro rudimentarios trazos, algunas manchas de color y un guion desbordante, Hertzfeld logra desarrollar una historia de ciencia ficción cuyo único propósito es (nada menos que) el de intentar averiguar cuál es la esencia de la naturaleza humana. O como mínimo, preguntárselo.

World of Tomorrow II (Don Hertzfeld, 2017)

The Strange Ones (Christopher Radcliff, Lauren Wolkstein, 2017)

El joven Nick y el adolescente Sam viajan en coche por Estados Unidos. Aparentemente son hermanos, y aparentemente van de camping. Pero claro, las apariencias, como ya todos sabemos, a menudo nos engañan, y el espectador pronto descubrirá que Nick y Sam tienen mucho que esconder, aunque nadie parezca saber el qué. Christopher Radcliff y Lauren Wolkstein dirigen juntos su primer largometraje, un thriller atmosférico repleto de turbadoras secuencias que poco a poco van introduciendo al espectador en un ambiente oscuro y opresivo. Un filme pausado y con escasos diálogos que opta por la opción más radical, la de provocar un profundo malestar al espectador.

The Strange Ones (Christopher Radcliff, Lauren Wolkstein, 2017)

Sylvio (Kentucker Audley, Albert Birney, 2017)

Y si los directores de The Strange Ones optan por un argumento perturbador y una atmósfera siniestra para conseguir que el espectador se revuelva en su butaca, Kentucker Audley y Albert Birney se decantan con Sylvio por la opción opuesta: la de desarrollar una historia colorista, simple y naif, tan plagada de elementos surrealistas que no se puede tolerar a no ser que el espectador acepte desde el primer minuto el pacto tácito de la suspensión de la incredulidad. Si dicho espectador acepta que es normal que un gorila viva en un apartamento como si fuese un ser humano cualquiera, trabaje como agente de cobro en una oficina y pase sus ratos libres creando espectáculos con marionetas DIY, entonces probablemente sea capaz de disfrutar de una película tan desconcertante como Sylvio, mezcla imposible entre Michel Gondry, Wes Anderson y el posthumor más experimental y underground.

Sylvio (Kentucker Audley, Albert Birney, 2017)

Lemon (Janicza Bravo, 2017)

Terminamos esta crónica hablando de otra película extraña y abracadabrante que ha provocado opiniones diametralmente opuestas entre la audiencia. Se trata de Lemon, el debut en el largometraje de Janicza Bravo. Una historia que a veces parece concebida exclusivamente para provocar, en la que los personajes no tienen sentido del ridículo y las situaciones no se rigen según la razón. Al menos, no según la razón que hasta ahora conocemos. El protagonista de Lemon es Isaac Lachmann, un hombre de 40 años que no tiene más remedio que enfrentarse a sus fracasos, tanto profesionales como personales y amorosos. Un actor en horas bajas que se ve obligado a aceptar la mediocridad de su vida. Abandonado por su novia después de diez años de relación, Isaac encadenará una serie de castings y empleos humillantes y será cuestionado por su familia durante un extraño encuentro. A partir de aquí, un cúmulo de situaciones extravagantes se suceden, provocando la irritación de algunos espectadores y la risa nerviosa de otros. Por momentos, Lemon nos recuerda a algunas comedias de Jared Hess como Napoleon Dynamite (2004) o Gentlemen Broncos (2009), pero a diferencia de Hess, Janicza Bravo estira hasta el límite la sensación de incomodidad y se muestra mucho más inclemente con sus personajes, ofreciéndonos con Lemon una de las comedias negras más enervantes y al mismo tiempo sorprendentes del año.

Lemon (Janicza Bravo, 2017)

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L’Alternativa 2013 (19-20/11/2013)

Entre dos aguas

Comenzó oficialmente L’Alternativa con la proyección en la sección de largometrajes de Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Verena Paravel, 2012). Mascarón de proa de este festival que corta las aguas por donde navegarán los diversos films. Este navío pesquero se erige como un buen maestro de ceremonias, contundente en su imagen; ya comentamos en el festival IndieLisboa los valores y probablemente la tendencia que podía generar en próximas películas (leer el texto).

El arranque caníbal de Leviathan dio paso a A batalha de Tabatô (2012), que no nos brindó el mismo impacto, al menos con la imagen, pero cuya capacidad para llegar a un sinfín de circuitos es excelsa. El film portugués firmado por João Viana profundiza en el turbio pasado colonial del país, las guerras de independencia y los recuerdos de Baio, un soldado de Burkina Faso que combatió en el bando de los represores portugueses contra sus hermanos revolucionarios-independentistas en la liberación y proceso de creación de la identidad nacional de la antigua colonia. Una lectura más de las heridas abiertas de Portugal, y de las vidas truncadas de un pasado oscuro, eso sí, con un final redentor... quizás excesivo.

No me voy a detener a destilar It’s Such a Beautiful Day (Don Hertzfeldt), porque me encantó la locura surrealista y abrupta de ideas; quiero más de estas películas juego –es más, habría que abofetear constantemente a los espectadores para despertarlos de esta manera–. Para continuar este viaje, una película delicada y sutil, Tzvetanka (Youlian Tabakov), a través de la vida de una mujer longeva, con detalles estéticos que sirven de transiciones a las distintas partes, toques naif y mezclas de instantes y tiempos cinematográficos; con un montaje muy acertado y dinámico, sobre todo en su banda sonora. Por delicadas imágenes descubrimos y conocemos el siglo XX búlgaro desde el salón de una casa, los ventanales y terrazas de una torre desarrollista –construcciones públicas de los estados socialistas– con unas maravillosas vistas a los bosques de la ciudad de, parece, Sofía. Una película que me ubica en un espacio identitario, la torre, los edificios de viviendas públicas de construcción en los 70s… De una torre en el fin del mundo, o de una vida en el fin del mundo o del tiempo me llegan las imágenes de A Nossa Forma de Vida (Pedro Filipe Marques, 2011), aquella película portuguesa –que tuvimos el placer de ver en el DocLisboa del 2011 (leer el texto)– que retrataba a dos jubilados, una pareja en su octavo piso, un edificio de plantas en el fin del mundo, el Finisterrae, a las afueras de Oporto, que con sus comentarios dibujaban esa extraña pareja que es o ha sido: el comunismo y el capitalismo en el siglo XX. Son vistas desde la terraza de torres extrarradiales levantadas a golpe de ladrillo y de protección oficial, mirando siempre hacia el horizonte: en este caso marítimo, en el caso de Tzvetanka, arbóreo.

En la sección Curts, tanto el martes como el miércoles se ofreció un amplio abanico de cortometrajes, de diversa factura: animación, ficción, material de la realidad, incluso found-footage, o más bien remontaje, como la película G/R/E/A/S/E, de Antoni Pinent, todo un cuadro plástico irreverente y erótico-festivo con el sonido de Dirk Schaefer, compañero de viaje de los found-footage de Matthias Müller, autor que no hace mucho pudimos ver, y conocer, en el Xcèntric. El cómputo general de cortometrajes, en estas dos primeras entregas (Curts 1 y Curts 2), nos ha revelado el eclecticismo de esta propuesta en el festival, con trabajos de nuevo cuño en la animación como la destacable Sonntag 3, de Jochen Kuhn, una fábula existencial del poder donde la canciller alemana Angela Merkel se desnuda ante nosotros en su afán amoroso… un pequeño juego de sinceridad existencial e intimismo de alcoba. Soles de primavera, de Stefan Ivančić, es una mirada a los paréntesis del verano, esos momentos perdidos donde al final del camino encontramos a los amigos mirando al sol, tirados frente al agua, jugando y sincerándose entre chapuzones en la orilla del Danubio. El tiempo estival da sobre todo para conocernos. Este verano, el que escribe también estuvo en Belgrado y se encontró con una ciudad llena de gente joven que quiere hacer un montón de cosas, una ciudad, ese primo lejano, que Europa ha tenido castigada y sin postre.

Otro clásico apareció por L’Alternativa, Nicolas Provost con Tokyo Giants, un juego más de su amplio repertorio de engaños en donde con material documentado del devenir de las calles de Tokyo inventa un psycho-thriller postmoderno en medio de la deriva de consumo y bajos fondos de las calles de la capital nipona. Aparecen Trespass (Paul Wenninger), un juego de soledades más, y el juego de la soledad por excelencia, Resistente (Renate Costa Perdomo & Salla Sorri), el corto mejor anclado en el tiempo –si es eso el cine, el tiempo de las imágenes–, donde un ermitaño moderno nos cuenta su devenir solitario y su espera ante la muerte –de nuevo hemos podido degustar este pequeño trozo de cine puro en 20 minutos–: un canto de luz tenue que se balancea, navega entre sombras selváticas y sombras de techumbre, entre la maleza del bosque y el libro La búsqueda, que acompaña en estas horas finales al creyente, el viejo D. Alberto Bonet… Maravillosa.

En la sección Panorama, Otel·lo (Hammudi Al-Rahmoun Font) reconstruye entre bambalinas el trabajo de un grupo de actores con el director del ensayo. Todo es un juego dramático entre actores llevado a cabo por los chicos de la ESCAC (Escándalo Films), muy bien llevado, el tiempo y la imagen notables; pero encuentro excesivas estas apuestas, necesito aire libre y cine sin corsés. Dime quién era Sanchicorrota (Jorge Tur Moltó) me pareció deliciosa y sin corsés: cercana y reconstituyente película de viaje, retratos, encuentros y descubrimientos, y heridas abiertas… no soy analítico con esta película y eso está bien, de vez en cuando.

20 años no es nada y me he regocijado hasta llenarme de dos películas alemanas de mis amores, y perdonen los ortodoxos de los títulos El amor es más frío que la muerte (Liebe ist kälter als der Tod, Rainer Werner Fassbinder, 1969) y Mi enemigo íntimo (Mein liebster Feind - Klaus Kinski, Werner Herzog, 1999). De la primera me quedo con una frase de Fassbinder: “robar un banco es ético si vas a hacer una película”. La obsesión intranquila, malsana del joven Fassbinder por reconstruir la vida, incluso la historia de un país destruido como su alma, Alemania (1945)... todo valía la pena para crear y correr, murió a los 37 años de edad (1982) por una mezcla de cocaína y barbitúricos después de realizar Querelle (Un pacto con el diablo), adaptación de la novela de Jean Genet. La fotografía de Klaus Kinski intentando degollar a Werner Herzog la he tenido durante años en mi habitación, Klaus siempre tuvo razón. Él, que fue un degenerado, sabía que Herzog también lo era y además se las hacía pasar de jefe… había que matarlo. La mirada del actor alemán, esos ojos maníacos y el gesto desencajado siempre me han perseguido e invariablemente los he relacionado con Werner Herzog, mucho antes de conocer la amplia trayectoria del director alemán. Mi enemigo íntimo siempre ha sido una de mis películas favoritas por lo que hay de autorretrato del ego, y no me refiero a Klaus sino, y sobre todo, a Herzog.

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