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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (06/10/2012)

Transversalidades y locuras

Media hora de videoclip sobre fiestas más o menos rave en Chile. Así es como comienza Aftershock (Nicolás López), un film que en estos momentos (e incluso dada la similitud de uno de los personajes con Zach Galifianakis) iniciales podría pasar por una tercera parte de Resacón en Las Vegas (The Hangover, Todd Phillips, 2009). A partir de aquí se inicia un film que recoge el espíritu de las producciones setenteras de grandes catástrofes. Lamentablemente el transcurso de la narración se presenta endeble y divagatorio, con situaciones y personajes que pretenden transgredir el rol aparentemente asignado en esta clase de géneros pero que, por más giros, por más sucesos que les ocurran acaban por ser predecibles cuando no ridículos. La autoparodia crítica se convierte pues en un convencionalismo que raya lo irritante, quedando lejos por tanto de sus pretensiones subversivas iniciales para caer en un mero entretenimiento de bajo calado y de fácil olvido.

Con muy buen criterio se aprovecha la presencia de Don Coscarelli no tan solo para ofrecer su nueva película y de paso entregarle el premio “Máquina del Tiempo”, sino que se rescata lo que ya se podría considerar un clásico del género de terror: Phantasma (1979). Una película de ambición y presupuesto pequeños, pero que supo jugar con habilidad sus cartas y ofrecer un hábil descenso a los infiernos. Combinando lo psicológico con lo explícito, el film de Coscarelli demuestra que se puede jugar con varios elementos (terrores infantiles, mezcla entre realidad y ficción, monstruos, saltos dimensionales) sin que el conjunto se resienta y ofrecer así un brillante estudio sobre la misma naturaleza del terror. Una película a la que el tiempo le hace justicia y que no se resiente ni estética ni argumentalmente del paso de los años.

Es una auténtica lástima asistir a un producto tan fallido como Iron Sky (Timo Vuorensola), y más cuando tiene todos los elementos para ser una producción que uno se siente incitado a visionar. Nazis en la luna buscando venganza, efectos especiales camp, estética retrofuturista y la siempre estimulante presencia de Udo Kier suman un cocktail que a priori está destinado a ser todo un festín para paladares freak. Al final todo se queda en las buenas ideas porque su plasmación queda lastrada por un guión endeble que no da coherencia argumental y que produce situaciones y diálogos que lejos de ser graciosas acaban siendo casi de sonrojo por su ingenuidad y falta de empaque. Sí, al final lo mejor del film es su estética, pero no resulta suficiente para aguantar su estructura quedando la sensación, parecida por ejemplo a la de Machete (Ethan Maniquis, Robert Rodriguez, 2010), de que el tráiler sigue siendo mucho mejor que el resultado final de una cinta que prometía ser magnífica y acaba siendo un simple desvarío inocente.

Pero para locura, la que nos muestra el documental Method to the Madness of Jerry Lewis (Gregg Barson). O mejor dicho, la falta de ella, porque el título no deja de ser un referente irónico a aquellos que creen ver en el actor americano un simple comediante gesticulante hasta lo insoportable. Lo que este, por otro lado correcto pero sin nada especial en lo formal, documental nos enseña es precisamente a comprender a Jerry Lewis, a ir más allá de lo aparente y descubrir aspectos, fundamentalmente relacionados con las entrañas del propio cine, que van más allá de la mera reivindicación. Sí, evidentemente este es un documental-elogio, pero no se trata tan solo de poner testimonios y que digan maravillas de la persona-actor. Se trata de descubrir que detrás de las muecas hay una persona realmente preocupada por los mecanismos del arte cinematográfico, desde las repercusiones monetarias de sus películas hasta la idea de conocer y ejecutar todos los aspectos técnicos de sus filmes. Lo mejor sin duda del documental es que no pretende adoctrinar, no quiere que el espectador salga enamorado de Jerry Lewis, puede que siga odiando sus interpretaciones o sus películas, pero sí, a través de lo visto, uno puede aprender a respetarlo.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (05/10/2012)

Buenas y malas noticias

Día de contrastes y también de preocupaciones, y es que esta segunda jornada del festival arroja un balance desigual. Por un lado clásicos como Léos Carax siguen ofreciendo la mejor versión de sí mismos. Otros en cambio como Coscarelli o Takashi Miike aparecen con propuestas menores e irregulares. Lo peor sin embargo viene de la filmografía local con Insensibles y especialmente con el mediometraje El peix Sebastiano.

No se le puede negar a Insensibles (Juan Carlos Medina) una factura correcta y, en lo que es su mejor baza, una rigurosidad histórica más que apreciable. Sin embargo se constata que, a pesar de la potencia de la idea, no se consigue trasladar a las imágenes. Con demasiada frecuencia se confunde la distancia con la frialdad consiguiendo así el efecto contrario al buscado; tratándose de una película donde debería primar la emoción acabamos por desinteresarnos de unos personajes demasiado esquemáticos en su funcionamiento y que acaban por recitar más que interpretar sus papeles.

En el lado opuesto tenemos a Holy Motors, la última obra de Léos Carax, un filme que puede hablarnos de la locura, de la paranoia o de la velocidad, pero que tiene la virtud de que nada de ello importe. Lo realmente importante aquí es la profundidad, la poesía, en sus múltiples facetas, de las imágenes. Aunque cierto es que no todo funciona en la película, especialmente el clip parisino de Kylie Minogue, sí que muestra la suficiente solidez para refrendar que esta es una de las propuestas más potentes del año, capaz de convencer a través de la lateralidad y la sutileza en su manera de abordar los temas tratados si es que realmente hay algunos.

Aunque no podamos decir lo mismo del último Coscarelli hay que matizar que, viendo su última trayectoria, tampoco es una sorpresa que su última película, John Dies at the End (que parece casi un título de Bresson), sea una propuesta fallida. No obstante hay que reconocer su apuesta por rejuvenecer su cine y demostrar que está al tanto de lo que se cuece en los parámetros del género. Así hay un intento de combinar la casquería, el gore y un humor un tanto irreverente junto a la propia autorreflexión y parodia del cine de terror. Todo ello conforma un mix irregular, que no acaba de cuajar excepto en contadas ocasiones y que adolece de jugarlo todo a que los puntos de humor sean celebrados. Como si fuera un film realizado pensando más en la audiencia festivalera que en el propio film en sí mismo.

El que ya no puede sorprender de manera alguna es Takashi Miike. No, no es esto algo negativo sino todo lo contrario. Su cine es precisamente lo contrario a lo que podríamos denominar marca de autor, cada obra suya es un desafío completo a las convenciones de género. Así en For Love’s Sake llegamos al paroxismo de mezclar musical, comedia, anime, cine de pandillas y así hasta el infinito. Justamente es esta indefinición lo que acaba por hacer del film una interminable sucesión de eventos, de giros y regiros argumentales que dan la sensación de no saber a dónde nos llevan, o mejor dicho, de escoger el camino más largo y tortuoso para alcanzar ese final que lamentablemente acaba uno deseando después de tan excesivo metraje. Sí, es este un film reconocible en cuanto a ciertas imágenes marca de la casa, pero da la sensación de que a Miike se le escapa el producto de las manos y acaba poniendo el piloto automático.

Mención especial del día para El peix Sebastiano (Marcel·lí Antúnez Roca). Realmente cuesta entender una obra así en un festival que programa a gente como Cronenberg, Resnais o Carax. No se trata de criticar por criticar, y está muy bien promocionar y dar a conocer el producto local, pero un mediometraje como este (al que seguro no le falta buena voluntad), con una estética a la altura del Club Super 3 y un argumento que confunde imaginación y surrealismo con delirio y amalgama, no hace ningún favor a nadie, ni al espectador ni mucho menos a su equipo.

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Sitges 2012 – ‘John Dies at the End’ (Don Coscarelli, 2012)

Mientes más que hablas

Goya no dudó en asegurarlo, hace ya más de 200 años: el sueño de la razón produce monstruos. Quizás alguien verá en John Dies at the End una especie de plasmación cinematográfica del famoso grabado, una versión 2.0 de aquellos murciélagos y aquellos búhos. Y quizás, sólo quizás, no le falten motivos para establecer esta conexión, porque al fin y al cabo lo que hemos visto en esta película no es otra cosa que una alucinación lisérgica provocada por una droga. En este caso, y dado el historial previo del director, estaba cantado que este delirio se adentraría en los límites del infierno. Paranoia total. Los “dos colgaos muy fumaos” salvan a la humanidad entera de una extinción segura. Los murciélagos y los búhos aquí son monstruos de texturas infernales, muertos que se resisten a morir, y me olvidaba, Bruce Willis en un cameo acreditado no con su nombre sino con el de un reconocido actor orondo. A diferencia del grabado de Goya, en John Dies at the End los protagonistas ni siquiera necesitan estar dormidos para fabricar sus monstruos, les basta con inyectarse salsa negra para viajar al otro lado.

Coscarelli no es el primero –ni será el último– en explicar una historia desde el punto de vista de la mente perturbada de sus protagonistas. La película es, en ese sentido, graciosa a ratos, especialmente al principio, cuando su caligrafía modernilla te coge desprevenido con el gag recurrente del hacha que se rompe cada vez que es usada para cometer un asesinato. Es un buen inicio, no lo dudo. Luego ese nervio narrativo se mantiene mientras conocemos a los dos protagonistas y rápidamente entramos en sus mentes y empezamos a ver lo que ellos ven, su realidad, su dimensión paralela, es decir, los monstruos de su razón. Es aquí cuando John Dies at the End, que hasta ese momento era simpática y hasta ingeniosa, se vuelve monótona y pesada, el ritmo se atasca en una sucesión de chorradas alucinadas a cual más extravagante y absurda. Para cuando llega el final, hacía ya mucho metraje que la película había desvelado su verdadera naturaleza: detrás de su rabioso trazo moderno y de su tufillo friki-cachondo se esconde una historia que navega hacia ninguna parte o, mejor aún, que aparenta movimiento cuando en realidad no progresa de ninguna manera. Atragantada con su propia originalidad y parapetada en la coartada del “todo vale” que le proporciona el hecho de que estamos ante alucinaciones de dos yonquis, John Dies at the End se recrea en el absurdo, en gags visuales inconexos, en un sentido del humor referencial que pacta con el espectador una necesaria tregua de cualquier tipo de rigor cinematográfico: como estamos en un mundo onírico, no le pidamos coherencia interna al producto.

Es sorprendente y al mismo tiempo desolador comprobar cómo un director digamos que “clásico” se deja doblegar ante el lenguaje narrativo de esta post-modernidad engendrada por Quentin Tarantino en la que los géneros se desmoronan atomizados por una salvaje relectura descreída, desmitificadora y deconstructiva. Vale, no es que Don Coscarelli sea precisamente el responsable de ninguna obra maestra, pero su clasicismo se entiende en base a que desarrolló sus mejores trabajos en una época, finales de los 70 y principios de los 80, donde a los géneros aún se les respetaba. Y ¡eh!, que El señor de las bestias (The Beastmaster, 1982) era una imitación parida a rebufo de Conan, el bárbaro (Conan The Barbarian, John Milius, 1982) que acababa, por su delirio y su desacomplejada violencia, siendo mejor que su modelo, y Phantasma (Phantasm, 1979) conseguía, con su modestia de medios y de resultados, ser mucho más terrorífica que buena parte de las series A de terror que se estrenaron en aquella época. El tipo no marcó la historia del cine, pero al menos demostró una personalidad en sus trabajos que en John Dies at the End brilla por su ausencia, así de ordinaria es la película.

Y si alguien se está preguntando a cuento de qué viene el título de esta crónica, lo único que puedo decir es que yo también me quedé igual al final de esta película, preguntándome, con cara de no haber entendido nada, el motivo de que se llame John Dies at the End.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya – Previa

sitges2012@apocalipsis.net

El año pasado, el Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya tuvo como leitmotiv la inteligencia artificial, pero la verdad es que la sección Oficial Fantàstic se vio inundada de películas que se aproximaban al fin del mundo, algunas de manera velada y otras explícitamente. Este año, Ángel Sala y su equipo han decidido oficializar esta (parece que nueva) corriente temática del cine actual dedicándole ya sin subterfugios al apocalipsis el protagonismo absoluto. Una propuesta interesante si echamos un vistazo en detalle al cartel oficial. En este póster (que, aprovecho para destacarlo, es uno de los mejores que recuerdo de este festival) vemos la famosa iglesia de Sant Bartomeu i Santa Tecla de Sitges, bueno, en realidad lo que vemos es la parte superior de su icónica torre octogonal medio destruida y emergiendo de las orillas de la playa entre montañas de chatarra y escombros, restos de humanidad que se amontonan bajo un cielo sobrecogedor. Lo que incita a la reflexión no es este paisaje, que hasta cierto punto sucumbe al cliché de lo que se espera de un Armagedón en Sitges, sino que es lo que descubrimos en la parte superior e inferior del cartel: arriba, los iconos que habitualmente aparecen en la barra de estado de la pantalla de un teléfono móvil (nivel de batería, intensidad de señal, hora), y abajo los que se usan para grabar contenidos también con un móvil (botón de REC, botón de grabación de vídeo, botón de captura de fotografías). Estos detalles son los que redimensionan el significado del cartel, porque en realidad no estamos ante un apocalipsis, estamos ante la grabación de un apocalipsis, lo que sugiere que el fin del mundo será retransmitido en directo y abre fascinantes debates acerca de la implantación de las nuevas tecnologías en la evolución de la especie humana, cómo han transformado esa evolución, y cómo y de qué manera estarán presentes en el fin de nuestros días, ya sea causándolo o como testigos de excepción.

Quedan tres meses para el comienzo de la edición de este año, la número 45, que se desarrollará entre el 4 y el 14 de octubre, y la Fàbrica Moritz de Barcelona (maravilloso, por cierto, el trabajo de reciclaje de este espacio histórico de la ciudad) acogió el pasado 26 de junio un primer avance de programación. De los títulos ya confirmados destacaré algunos, aunque lo haré con una obligada cautela teniendo en cuenta que lo que conocemos es una pequeñísima parte de la totalidad de la programación.

El Cuerpo, ópera prima de Oriol Paulo, inaugurará Sitges 2012 en lo que más que una tradición (abrir con una película española o, si puede ser, catalana) ya se ha convertido casi en una seña de identidad más. La cinta servirá para reunir en Sitges a tres destacados integrantes del star system patrio como son Hugo Silva, Belén Rueda y José Coronado, y se trata de un thriller de terror apadrinado por los mismos productores de dos películas que recientemente también han abierto el festival, El orfanato (J. A. Bayona, 2007) y Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010), lo que no es precisamente un buen augurio. Que Sitges es un festival que mima la producción nacional y le ofrece espacios de programación privilegiados no lo duda ya nadie a estas alturas, y en este sentido, a competición encontramos, entre otras producciones españolas, Insensibles (2012), debut en el largometraje de Juan Carlos Medina que anuncia un oscuro viaje por la Catalunya de los años 60 adentrándonos en una institución donde se intenta rehabilitar a niños que no sienten dolor infringiéndoles sufrimiento físico.

Chained, de Jennifer Lynch (sí, hija de su padre), supondrá el regreso de esta directora a Sitges después de ganar el premio a la mejor película en 2008 con su extraordinaria Surveillance. El hecho de que esta cinta aún hoy después de cuatro años permanezca inédita en cines españoles invita a varias reflexiones, la más obvia de ellas acerca del lamentable estado de la distribución cinematográfica en España, que de manera alarmante lleva años ignorando docenas y docenas de títulos que pasan por los festivales, títulos que, en muchos casos, incluso encajan dentro del modelo de exhibición vigente actualmente en nuestro país y que se basa en un sistema de multisalas encastadas en centros comerciales. Pero también abre la puerta a una discusión sobre la necesidad (o no) de reformular los festivales de cine habida cuenta de que parecen haber perdido buena parte de su capacidad de dar a conocer al gran público (y también al resto de la industria) nombres y propuestas que no cuenten de entrada con la infraestructura publicitaria y de distribución de las grandes compañías mundiales.

Otra de las películas que nos depara este Sitges 2012 es Sinister, de Scott Derrickson, protagonizada por un Ethan Hawke en la piel de un escritor de novelas basadas en crímenes reales que descubre que en su nueva casa se cometió un brutal asesinato múltiple. Sinister vendría un poco a confirmar el auge de un tipo de cine de terror basado más en la sugerencia que en el gore, en la creación minimalista de atmósferas (ligadas con frecuencia a escenarios cerrados como casas encantadas) antes que en la pirotecnia de los F/X. Quizás para cuestionar la anterior reflexión acerca de los festivales que lanzaba a propósito de Surveillance, hay que reconocerle a Sitges el indudable mérito de haber actuado como generador de tendencias dentro del fantástico actual cuando presentó una película tan sorprendentemente efectiva como Insidious (James Wan, 2010), que abrió la puerta de esta nueva corriente del cine de terror.

Sitges también reunirá este año algunos nombres gordos que ya han pasado antes por el certamen: David Cronenberg y su Cosmopolis; Sam Raimi como productor de The Possession, que en Estados Unidos ha tenido que ser editada para evitar la temible clasificación R y conseguir la más laxa PG-13; Eduardo Sánchez con su Lovely Molly; y mucho cuidado con este, el siempre pasado de rosca Alexandre Aja, que produce Maniac (dirigida por Franck Khalfoun), remake del oscuro clásico ochentero que promete una de las sensaciones más fuertes del festival, la de ver a Elijah Wood convertido en un turbio psycho-killer repartiendo cuchilladas y hachazos a diestro y siniestro.

John Dies At The End también supone otro rencuentro, el de todo un clásico como Don Coscarelli, director de Phantasma (Phantasm, 1979), con una película protagonizada por Paul Giamatti que dará mucho que hablar por su extraña combinación de comedia y cine de terror.

Y finalmente, una de las películas llamadas a agotar todas las localidades en sus proyecciones, ya lo veréis: Gangs Of Wasseypur, de Anurag Kashyap, una violenta epopeya criminal india de, atención, ¡cinco horas y veinte minutos de duración! Las primeras opiniones son espectaculares y hablan de una película entretenidísima, pero colocarla mucho más allá de las ocho o las nueve de la noche sería un grave error de programación que podría mermar las indiscutibles posibilidades de éxito que tiene en un festival como el de Sitges.

 

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