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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (II)

Mirando por el retrovisor sin ira

Durante la primera década de este siglo uno de los debates cinéfilos más encarnizados fue aquel que enfrentó a los defensores del género frente a lo que podríamos denominar cine de autor. Un debate, si se quiere, que obviaba de alguna manera cosas tan evidentes como que en el fondo el auteur no dejaba de ser alguien que no se enfrentaba al género, sino que lo revisitaba pasándolo por su filtro. No hace falta acudir al tópico de mentar a Quentin Tarantino como ejemplo paradigmático, otros como Godard ya habían hecho algo tan posmoderno (aunque el término llegaría mucho después) como filtrar bajo sus parámetros deconstructores de género el noir americano en Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959) y Banda aparte (Bande à part, 1964). Como en todo debate, y siguiendo el modelo hegeliano, la superación del mismo toma forma de síntesis. Este el caso de 4 cineastas, Dolan, Cattet, Forzani y Donzelli, quizás reacios a autoconsiderarse autores "stricto sensu", cuyas últimas obras tienen mucho que ver con el género pasado por el tamiz de sus propias obsesiones e ideas cinematográficas.

Sea por su juventud, por sus maneras grandilocuentes o por su insistencia en dejar descaradamente su sello personal en sus películas, Xavier Dolan no deja indiferente a nadie. De hecho sus admiradores y detractores se vuelcan en su cine con la misma pasión tanto en loanzas como en vilipendios. Más allá de los gustos personales tal apasionamiento no resulta extraño ya que si de algo no adolecen los filmes del director canadiense es de eso, pasión. Por ello mismo Tom à la ferme es sin duda su película más objetivable (si algo como eso es posible), precisamente por la moderación en sus estilemas autorales. Sin duda, su ubicación contextual genérica, y más su localización geográfica, parecen contribuir a ello ya que estamos ante una suerte de película de terror psicológico, fronteriza con el submundo del paletismo rural, situada en una gélida granja canadiense. No hay que llevarse a engaño, no veremos seres deformes con máscara descuartizando a jóvenes ávidos de sexo, aquí de lo que se trata es de la contención de los sentimientos, de la amenaza velada, del intimismo del miedo al qué dirán o a lo que pueden hacerte ante un hecho no precisamente popular en esos parajes como es la homosexualidad. Travellings furiosos para escapes imposibles, primeros planos desesperados y una puesta en escena de la congelación, del no movimiento, de la desesperación emocional cautiva se suceden para crear un espacio tan abierto como claustrofóbico. Un lugar que es el Síndrome de Estocolmo hecho realidad. En este sentido Dolan denota que conoce perfectamente los trucos genéricos para la angustia, sin embargo, y aunque en menor medida que de costumbre, no puede dejar de mostrar su militancia queer, casi política, en escenas que bordean la vergüenza ajena por su condición de manifiesto completamente desubicado. Aun así estamos ante posiblemente la mejor obra de Xavier Dolan en tanto consigue crear un artefacto híbrido que mezcla voluptuosidad y miedo a partes iguales.

Del Miedo es de lo que mejor sabe hablar en sus filmes el dúo Hélène Cattet y Bruno Forzani. Sus conexiones con el giallo, ya mostradas en su ópera prima Amer (2009), se aumentan y se refuerzan con su nueva aproximación al género. Quizás hablar de evolucionar no es exactamente la palabra a utilizar ya que sus constantes estilísticas permanecen ahí, reconocibles, aunque tomando una ligera dirección diferente. La imagen, la atmósfera y el color siguen siendo elementos configurativos de suma importancia, cierto, pero a diferencia de Amer no definen la película, dejando a la palabra la responsabilidad de la exposición argumental. El problema fundamental aparece cuando la potencia visual no complementa sino que choca con la historia contada. Por ello L’étrange couleur des larmes de ton corps resulta una película claramente identificable en autoría pero difícilmente digerible en cuanto a género. De alguna manera este intento de evolucionar y depurar un estilo acaba por convertirse en su contrario, en una barroquización excesiva de elementos que hacen del film un experimento quizás más adecuado para ser una instalación audiovisual de museo que una película como tal.

La inspiración rosácea, tan presente en los tonos pastel de la película de Valérie Donzelli, Main dans la main, es evocadora del musical clásico. Invita a la ligereza del baile, de la comedia amable, del romance seguro, del happy end sin paliativos. No, no hablamos de las coreografías pantagruélicas a lo Busby Berkeley. Estamos más bien en el territorio Astaire & Rogers, donde el argumento es solo un pretexto para que nazca el romance. Quizás pueda decepcionar esta ligereza viniendo de alguien cuyo anterior trabajo, Declaración de guerra (La guerre est déclarée, 2011), sabía conjugar la dureza del argumento con la delicadeza de su tratamiento. El resultado puede resultar tanto dulzón como cargante, cierto, pero de alguna manera Donzelli sabe impregnar esta fantasía rosa de otra de las constantes en su cine: el dibujo preciso, sin obviar las aristas más antipáticas, de sus personajes. De esta manera conseguimos “salir” de la irrealidad bailada a través de la empatía y la fácil identificación con ellos. Sí, quizás esta no sea la película más profunda de su directora pero tiene la virtud de ser una feel good movie que nunca renuncia a vestirse con el traje de la credibilidad más auténtica.

Como hemos visto el fenómeno de la autoría asumiendo lo genérico no es nada nuevo. Este es un proceso que se ha ido repitiendo a lo largo de la historia y cuya pervivencia se hace más y más acusada a medida que los propios cineastas toman conciencia del bagaje histórico que llevan detrás. Cierto es que este tipo de productos mixtos suelen aparecer en manos de directores jóvenes y noveles (Godard, por citar el ejemplo inicial, también lo era cuando filmó las películas anteriormente citadas) ansiosos por expresar sus ideas a través de aquellos géneros que les entusiasman, pero ello no es síntoma de inmadurez, más bien de reflexión y respeto a una herencia, a una forma de revivir y a la vez reinventar el cine. Una forma si se quiere de que los recuerdos y la pasión por el séptimo arte nunca mueran.

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FICXixón 49: ‘Declaración de Guerra / La guerre est déclarée ’ (Valérie Donzelli, 2011)

Declaración de Guerra / La guerre est déclarée baila portentosamente sobre el difuso límite que separa lo sublime de lo ridículo, y bien podría considerarse como las Histoire(s) du cinéma de ese límite. Tiene algo del primer Godard, de Demy, de Honoré, de todo ese cine que ha utilizado el trazo grueso de manera liviana para enfrentarse a lo indecible, a lo irrepresentable. Porque lo que se trae entre manos es algo demasiado grande para contarlo desde su misma altura. ¿Cómo hacer entonces? Yéndose a su contrario, a su opuesto. Primero el amor: Música ligera en la banda de sonido para acompañar a Romeo (Jérémie Elkaïm) y Julieta (la propia directora, Valérie Donzelli) paseando distraídamente por la ciudad, disfrutando alegremente de unas atracciones de feria. Partiendo de una mirada furtiva en una fiesta, queda representada en un par de minutos la génesis de su relación. Después aparece el cáncer que sufre su hijo. A partir de aquí Declaración de Guerra / La guerre est déclarée queda predispuesta para la tragedia, para el valle de lágrimas: tenemos un drama hospitalario, un niño al borde de la muerte y una pareja que debe poner a prueba su vínculo en la dificultad. Pero también el recuerdo de la propia Valérie Donzelli; su segundo trabajo como directora es la narración de su experiencia y el agradecimiento a todo el equipo médico que logró salvar la vida a su hijo. A estas alturas, el panorama no puede ser más desfavorable.

La guerra a la adversidad ha sido declarada. ¿Cómo hacerle frente? Desde la insistencia; acudiendo una y otra vez al pediatra cuando todo no es más que una amenaza. Desde la rutina; pasando por el hospital a la misma hora o esperando con un cigarrillo en la mano delante de la misma puerta cuando aparece la certeza de la enfermedad. Pero la vida de la pareja continúa aunque ya no sea tan luminosa, aunque viva instalada en una guerra tan fría como la fotografía que les retrata. Es el momento de dar un poco de colorido a base de brochazos. Aquí florece la habilidad de Donzelli para recubrir la realidad asfixiante a partir de esos momentos que podrían componer las historias del cine de ese límite ente lo sublime y lo ridículo. Quedan tan cerca, que las relaciones que entablan son capaces de generar una potencia capaz de dar la vuelta a lo impensable, de convertir lo banal en algo muy diferente. Como caminar por el pasillo de un hospital o esperar a que aparezca un cirujano. Ahora son gags que han adquirido la capacidad de aliviar lo que comienza a ser demasiado pesado.

Al final el niño se salva. No es ningún secreto ni debe serlo. Declaración de Guerra / La guerre est déclarée no va de eso. La propia directora se encarga de recordárnoslo a cada plano: Su historia no es nuestra historia, y el manejo de los más variados recursos cinematográficos [1] abren el intervalo donde nos coloca para vivir el intercambio entre ambos. Ella a lo suyo: el homenaje. Nosotros a lo nuestro: disfrutar de un vaivén emocional sin parangón dentro del cine contemporáneo. Un aplauso.


[1] Son incontables. Caben todos lo que se pueda imaginar el lector.

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